El fracaso de la democracia social en la Argentina

La democracia argentina vive su momento de mayor longevidad y vigor: todos los actores parecen respetar las reglas del juego. Sin embargo, su saldo social es negativo: la pobreza y la desigualdad aumentan sin pausa. La reforma impositiva pendiente para construir una democracia social sólida.

Los treinta y ocho años de democracia que se acaban de cumplir en la Argentina, el mayor período sin golpes de Estado, son ya un éxito e invitan a felicitarse. Pero precisamente el valor de ese logro colectivo inédito puede estar obturando el reconocimiento de otro hecho, no menos importante en especial para las fuerzas progresistas: el fracaso de la democracia social en la Argentina.

En efecto, el comprensible temor a que tan desolador diagnóstico sea cargado a la cuenta de la democracia, justo además cuando las fuerzas de la extrema derecha neoliberal avanzan, retrae el juicio. Pero son otros los factores que quizá estén también actuando: verbigracia, la reducción de todo “debate” —que acaba por no ser tal— a lo que en España se denomina el “y tú más”, es decir, el contentarse con no ser peor que el adversario. Así es, la acusación de “corrupción” es contestada con la de “endeudamiento” y la aspiración a “salvar al Pueblo” es retrucada con la de “salvar la República”.

Han sido enormes los avances en estas casi cuatro décadas de democracia política en la Argentina. No sólo por aquello a lo que se aspiraba al inicio del camino, allá por 1983, la fría continuidad institucional, que se imaginaba como una solución a la recurrente prepotencia de los poderes corporativos y privados. Estas décadas han mostrado también los efectos de la democracia como proceso. Sus efectos han sido potentes en términos de cultura política: identidades, valores, rituales, agenda pública se han ido transformando y, de algún modo, clarificando los debates. Hoy la discusión política en la Argentina, sin dejar de lado sus particularidades nacionales, se ha vuelto más reconocible en términos de las democracias occidentales. A diferencia del período previo a 1983, la competencia política ya no se da principalmente entre dos formaciones nacional-populares —como eran la UCR y el PJ—, sino entre un polo de centro-izquierda, de fuerte anclaje nacional-popular, y otro de centro-derecha, de raigambre liberal-conservadora.

Pero son otros los factores que quizá estén también actuando: verbigracia, la reducción de todo “debate” —que acaba por no ser tal— a lo que en España se denomina el “y tú más”, es decir, el contentarse con no ser peor que el adversario.

Esto ya es un bien en sí mismo. La competencia se da en un suelo común —de ahí los casi cuarenta años de democracia política—, lo cual ha permitido que el debate sea por algo más que la democracia como reglas del juego. Más igualdad o más libertad, más Estado o más mercado, más latinoamericanismo o más atlantismo, más comunidad o más individualidad, son los ejes que vertebran a las principales voluntades políticas existentes. En esto, Argentina no se pierde en la traducción de lo que ocurre, a grandes rasgos, en el resto del mundo democrático occidental, aun con las importantes diferencias entre países centrales y periféricos.

Esto implica dos transformaciones que han dado lugar, de algún modo, a fuerzas políticas renovadas o incluso inéditas. Por una parte, las tradiciones nacional-populares se han dejado permear por valores de cuño liberal político, como fundamentalmente los Derechos Humanos, reivindicaciones de género y de autonomía individual, y las socialistas democráticas han tendido a reconciliarse con formas de lo popular provenientes del imaginario nacional-popular, abandonando su antiguo anti-peronismo. Esto ha dado pie a la constitución de un espacio progresista, de centro-izquierda, en el cual resultan reconocibles trazas del alfonsinismo, de la renovación peronista y del centro-izquierda clásico, que coaguló —aunque sin agotarse— en el kirchnerismo, con su transversalidad y diversas al(m)as.

Por otra parte, las tradiciones liberales, conservadoras y nacional-popular de derecha —tanto radicales como peronistas— han confluido a su vez en un centro-derecha autopercibido como republicano y anti-populista, aunque no por ello necesariamente anti-peronista. No sólo porque sectores peronistas —e incluso de proveniencia kirchnerista, como Pichetto— lo integran, sino porque su antinomia es con el kirchnerismo, al que no dudan incluso en contraponerlo al peronismo histórico, en tanto éste —o más bien su propio líder— fue refractario a sus corrientes internas de izquierda. Hoy explicitar el antiperonismo probablemente deje fuera de juego a cualquier actor político. Un dato relevante de esta fuerza de centro-derecha —y un aporte para la democracia— es que se mantenga unida tras el fracaso de su gobierno y la primera derrota electoral importante. Parece ir dándose allí una coagulación de rasgos similares a la que se produjo en el otro polo desde la propia recuperación de la democracia.

Otro rasgo de la democracia como proceso en la Argentina es la formidable vitalidad política del país. Aquí debería hablarse más bien de un rasgo histórico que se ha mantenido. La historia argentina es la de las fechas de sus movimientos sociales y políticos, desde 1890 hasta 2001, pasando por 1918, 1945, 1973 y 1983. El tesoro de la política argentina es que cada problema o incluso tragedia ha hecho brotar sujetos nuevos, movilizaciones horizontales propias de una comunidad en la que nadie se adocena estando fuera. Quizá el único punto bajo fue la despolitización menemista, restañada por el kirchnerismo, que volvió a unir juventud y política, tal como Alfonsín y los movimientos de Derechos Humanos en 1983.

Este contrapunto entre centro-izquierda y centro-derecha, más legible en clave  de la contraposición socialdemocracia-neoliberalismo que en los viejos términos peronismo-antiperonismo, parece no obstante sentarle mejor a la derecha. En efecto, todo hacía indicar que el fin de la división interna del espacio nacional-popular traería un reforzamiento de los valores progresistas, sobre todo tomando en cuenta que el espacio de centro-derecha aún estaba en formación, ya que al fin y al cabo llegó al gobierno doce años después que el kirchnerismo. Se objetará que el poder mediático es una fuerza profunda capaz de moldear los marcos de la discusión pública en unos términos que favorecen a la derecha. Desde luego, aunque la tosquedad del “periodismo de guerra” también podría resultarle contraproducente. Pero mi hipótesis es que tal predominio no tiene lugar sólo por la fuerza del centro-derecha, sino asimismo por la debilidad del progresismo argentino.

Si el centro-izquierda no prioriza la reforma del sistema impositivo hacia su progresividad, para afrontar la situación objetiva y subjetiva de los sectores formales asalariados y la de los condenados a la informalidad, el desapego entre sociedad y Estado seguirá creciendo, para único beneficio de la extrema derecha neoliberal.

Para muestra, basten dos botones: pobreza e impuestos[1]. Ambos problemas no son sólo hegemonizados, sino agitados por la derecha en su favor. En efecto, la injusticia social ha sido absorbida por el problema de la pobreza, cuyo índice es mostrado como el paradigma de la cuestión social. El propio Macri pidió que su gobierno fuera evaluado en esos términos. Con esto lograba varias cosas. Además de la más obvia, anudar pobreza y “populismo”, responsabilizando a sus adversarios, consiguió algo aún más importante: desvincular pobreza y riqueza, como si no se tratara de dos caras de una misma moneda, y así desligar pobreza y desigualdad, como si aquélla no fuera una consecuencia de ésta. Es posible reducir la pobreza y conservar la desigualdad e incluso aumentarla. En eso consisten las medidas neoliberales puntuales de ayuda contra la exclusión y la miseria extremas. Lo que no veremos es al neoliberalismo combatiendo la pobreza a través de la reducción de la desigualdad.

Pero la derecha también monopoliza la cuestión impositiva. El sistema tributario argentino es regresivo, en tanto proporcionalmente pagan más quienes menos tienen, porque a) penaliza el consumo al basarse impuestos indirectos generalizados como el IVA (con una alta tasa del 21%, además), y al gravar más la renta de las empresas, capaces de trasladar esa carga a los precios, que la de las personas físicas; b) se centra más en el ingreso salarial que en las rentas financieras; c) se recauda poco por impuestos patrimoniales, esto es, por la riqueza acumulada[2].

Sin embargo, el discurso hegemónico —político y, sobre todo, mediático— sostiene una y otra vez que “los argentinos pagan muchos impuestos”. No es así, pero el progresismo debe tomar en consideración esa percepción[3], pues tiene efectos políticos. En efecto, un sistema impositivo que grava más el consumo y los ingresos que la riqueza se centra en quien trabaja en el sector formal percibiendo un salario, abandona al que trabaja informalmente y beneficia al que más tiene. Estos sectores, además, reciben a cambio bienes y servicios públicos deficientes, si bien no en igual medida, pues los sectores medios y medios-altos pueden obtenerlos en la esfera privada. Esto torna verosímil el discurso de la derecha de la “voracidad estatal”, más allá de que el Estado apunte a ellos precisamente por debilidad y no por fortaleza.

Si el centro-izquierda no prioriza la reforma del sistema impositivo hacia su progresividad, para afrontar la situación objetiva y subjetiva de los sectores formales asalariados y la de los condenados a la informalidad, el desapego entre sociedad y Estado seguirá creciendo, para único beneficio de la extrema derecha neoliberal. Además, ésta rechaza el sistema tributario actual por confiscatorio en nombre de “lo que ocurre en los países serios y desarrollados del mundo”, cuando en verdad éstos deben su crecimiento y cohesión social a la progresividad fiscal y a la fortaleza del Estado, justo lo opuesto de América Latina[4]. El resultado de ese relato hegemónico es el desprestigio del hecho impositivo y el debilitamiento creciente del Estado.

Las fuerzas progresistas, pese a la rica investigación científica existente, no tienen un discurso acerca del aumento de la desigualdad en la Argentina desde 1975 hasta hoy. Período que incluye, obviamente, el de la recuperación de la democracia, inaugurado con el objetivo de reunir lo que habían dividido las distintas sensibilidades nacional-popular y progresista: democracia política (“reglas del juego”) y justicia social. Así quedó plasmado en la ya famosa afirmación de Alfonsín: “con la democracia se come, se cura y se educa”. Esa idea-fuerza preanunciaba, prometía y alentaba la confluencia de distintas tradiciones igualitarias a la que hoy asistimos. Pero en la promesa está la carencia, la prioridad ineludible de lo que queda por hacer.

Ambas miradas, la nacional-popular y la socialdemócrata, impidieron hacer de la progresividad fiscal la clave del financiamiento del bienestar en Argentina. En Europa, aun en tiempos de crisis de la socialdemocracia, el centro del debate electoral sigue siendo la cuestión impositiva.

Aquí parecen operar también los límites de estas tradiciones. La nacional-popular, basada históricamente en la alianza entre trabajadores y burguesía “nacional”,  ha tendido a utilizar el Estado para contener la lucha de clases, eludiendo la progresividad fiscal, y ha apostado al desarrollo del mercado interno, al pleno empleo y a los ingresos directos como factores necesarios y suficientes para la redistribución. Estos recursos ya no están disponibles como entonces. Por su parte, las corrientes socialdemócratas, engrosadas por las clases medias y desligadas del mundo sindical, han visto en la educación —sin ocultar su ambición de ilustrar a esas masas que les eran esquivas— el motor de la igualdad de oportunidades. Ambas miradas impidieron hacer de la progresividad fiscal la clave del financiamiento del bienestar. En Europa, aun en tiempos de crisis de la socialdemocracia, el centro del debate electoral sigue siendo la cuestión impositiva.

La estructura social argentina es la de los ’90, la que edificó el menemismo, no sin amplio apoyo popular. La mejor experiencia igualitaria de los últimos cincuenta años —los gobiernos kirchneristas— sólo pudo combatir la exclusión. Se objetará que no está el mundo para que un país periférico como la Argentina resuelva en términos de democracia social lo que otras naciones centrales y con larga tradición socialdemócrata no han podido. El argumento es plausible y acertado. Pero no se trata sólo de eso, sino de tener un diagnóstico claro, cierto y traducible a la acción política como herramienta de análisis y detección de problemas. La derecha neoliberal viene repitiendo hace décadas los mismos leitmotivs de reducción del Estado, rebaja impositiva y reducción del “gasto político”, a pesar de que los ha llevado a cabo y producido con ello la inmensa desigualdad que hoy vemos. Las fuerzas progresistas deberían tomar nota para luchar políticamente por aquello que constituye su razón de ser, la igualdad, sin la cual —lo sabemos hace siglo y medio— no es posible una democracia plena. Esto supone hacerse cargo, sin rubores, de la parte que les corresponde en el fracaso de la democracia social en la Argentina, a fin de encaminarse a reparar ese daño.


[1] Para profundizar sobre ambas cuestiones, véase: Kessler, G. y Assusa, G: “Informe Foro Universitario del Futuro. Pobreza, desigualdad y exclusión social”. Disponible en: https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/pobreza_y_desigualdad_editado.pdf

[2] A. López Accotto, C. R. Martínez, M. Mangas y R. Paparas: “Los impuestos a la riqueza en Argentina en una perspectiva comparada”: Revista Economía y Desafíos del Desarrollo I/I/2, junio-noviembre 2018, pp. 111-132, p. 113. Disponible en: http://www.unsam.edu.ar/escuelas/economia/revistaedd/3n2/ .

[3] Sobre la relevancia de las percepciones en la cuestión tributaria, véase: Grimson, A. y Roig, A:  “Percepciones sociales de los impuestos”, en J. Nun (comp.), La desigualdad y los impuestos II, Buenos Aires, Capital intelectual, 2011, pp. 87-119.

[4] Al respecto, véanse: Jiménez, JP:  “Equidad y sistema tributario en América Latina”, Revista Nueva Sociedad 272, 2017, pp. 52-77; y Ayos, EJ y Pla, JL: «Trabajo, condiciones de vida y bienestar. Un análisis de las fuente de ingresos individuales y familiares en perspectiva comparada. España y Argentina», en A. Salvia y M.B Rubio (comps.): Tendencias sobre la desigualdad: aportes para pensar la Argentina actual, Universidad de Buenos Aires-Instituto de Investigaciones Gino Germani, Buenos Aires, 2019, pp. 49-83. Disponible en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20190920101935/Tendendcias_sobre_la_desigualdad.pdf?fbclid=IwAR2mdGX-OBAh_r7afRz5zdJqu0YVQYdY2S4JL4Qnsm969R3OwrmNmz_LCxA

Javier Franzé

Javier Franzé

Doctor en Ciencia Política. Docente e investigador en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado "El concepto de política en Juan B. Justo" (CEAL, 1993) y otros libros sobre teoría política e historia conceptual.

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