Entre el pluralismo y el mal: apuntes para una democracia posible

Con la propuesta teórica de William Connolly, entre San Agustín y Baruch Spinoza, Juan José Martínez Olguín despliega una profunda discusión sobre el pluralismo y los riesgos de su ausencia. Esta reflexión lo lleva hasta la política argentina y sus dificultades para aceptar la pluralidad.

En su maravilloso libro Pluralism (2005), William Connolly propone comprender la centralidad del pluralismo para nuestras sociedades democráticas a partir de lo que el autor denomina, con una lucidez teórica que no reniega de sus fuentes tanto teológicas como filosóficas, una «fenomenología del mal». Una fenomenología del mal es, en primer lugar y como toda fenomenología, una invitación a incurrir, y discurrir, por nuestra vida perceptiva. ¿Qué vemos, qué percibimos, cuando percibimos al Otro, a los otros y, más particularmente, qué vemos y percibimos cuando percibimos sus creencias y credos, su fe (o su faith según el riquísimo término original en inglés que, por las razones que veremos enseguida, no puede de ningún modo escapar a esa lucidez teórica en diversos sentidos)?

Una fenomenología del mal implica, dicho de otro modo, la oceánica tarea de pensar, a partir o sobre el fondo del horizonte que traza la idea del mal, el lugar que tienen nuestras percepciones sobre las creencias, ideologías y credos ajenos en la composición de nuestras propias creencias, ideologías o credos y, más ampliamente, de la sociedad y sus diferentes actores políticos, por supuesto y sobre todo, pero de la sociedad civil también. Aquélla, decía, no reniega de sus fuentes filosóficas (el uso de la palabra fenomenología para nombrarla responde en buena medida a esta postura) pero tampoco de sus fuentes teológicas. De allí, si se quiere, la importancia que tiene para su reflexión teórico-política la idea del mal. Esta idea es extraída, sin ir más lejos, de dos historias que remiten, directamente y sin rodeos, a la tradición teológica. Dos historias, entonces, parecidas pero con resoluciones bien distintas. Parecidas porque ambas se basan en dos lecturas posibles de las sagradas escrituras (más particularmente del génesis y de la caída de Adán del paraíso), y distintas porque ambas derivan -insisto- en resoluciones bien diferentes.

La idea del Mal en las ideologías, credos y creencias tiene, dicho de otro modo, una larga y rica historia en la historia de la humanidad.

La primera es, comencemos por el principio, la vieja y conocida interpretación agustiniana del tema. Vieja y conocida, digo, interpretación agustiniana de este relato bíblico porque es, como bien señala el propio Connolly, la que marcó, y aun marca, la concepción cristiana del génesis, o simplemente la cristiandad. Según San Agustín, entonces, el acto a través del cual Adán hace lugar al pecado original, el acto de “rebeldía” a través del cual éste come el fruto del árbol del conocimiento del Bien y del Mal, fruto que le estaba prohibido por “orden expresa” de Dios, es un acto que cae bajo su propia responsabilidad. Dios, por ende y en primer lugar, ninguna responsabilidad tiene sobre ese pecado que lo hace “eyectar” del paraíso que aquél le tenía preparado para que goce junto a Eva de sus beneficios, de su buenaventura o felicidad. Lo central de esta historia, que es mucho más que una historia en el sentido que inaugura toda una doctrina teológica, la doctrina agustiniana -insisto, predominante en la cristiandad- es que, indica Connolly, San Agustín la toma en su sentido literal. La figura del Mal que empuja a Adán, y a Eva, a cometer el pecado original es, por ende, también literal.

El Mal (así, con mayúsculas) está entre nosotros y no es de ningún modo una metáfora o un deslizamiento del lenguaje hacia una autonomía del sentido que haga posible escapar a esa literalidad. El Mal, puesto de otro modo, es introducido por San Agustín en la dimensión misma del Ser, y por lo tanto en la dimensión misma de las creencias, los credos o la fe que componen nuestra existencia y permiten, de hecho, comprender lo que es (fe, credos e ideologías también). Así, la deriva de la historia agustiniana conduce, sin sobresaltos y en línea recta, hacia una concepción de la faith (en el doble sentido que la palabra anglosajona le tiene reservado al término: como fe -creencia- en alguna divinidad pero, también, como creencia -fe- en cualquier visión del mundo que -bien podría, o no- incluir a la fe en su sentido religioso, es decir no secular) que actúa sobre, y que la ata a, el Mal. Toda faith que no se ciña a, o se desvíe de, esta lectura del génesis y de la caída de Adán del paraíso es, por ende, un acto del Mal (aquí San Agustín está pensado, en particular, en el paganismo y sus intentos de hacer aparecer otros Dioses en el radar de las creencias y la fe). Porque el Mal está entre nosotros, es parte de lo que es, de nuestro ser, y es por lo tanto tan existencial como la posibilidad misma de la fe. La introducción de la idea del Mal en la fe o las creencias en general conspira, así, contra la idea misma del pluralismo o la pluralidad. Las cancela o las suspende bajo la perspectiva de que todo credo que no esté en consonancia con el mío es, como quisiera San Agustín sobre la lectura de las sagradas escrituras, producto del Mal. La diferencia es borrada producto de la imposibilidad de aceptar la fragilidad propia de mi fe, de lo que creo que es como es, por un lado, y de la condición propiamente existencial de toda faith (que es oblicua a toda la humanidad, a todas las existencias, y esa oblicuidad existencial es, al mismo tiempo, coexistente con otras faith).

El pluralismo es, así, aceptado en toda su dimensión existencial: tanto horizontal (lo que relaciona las creencias y los credos con otras creencias y credos) y vertical (al interior mismo de nuestra fe: lo que implica la asunción de su fragilidad).

La segunda historia es, por supuesto, bien distinta a la primera en virtud, insisto, de su desenlace o su resolución: la forma, opuesta, en la que Spinoza lee el génesis y el relato de la caída de Adán del paraíso. Esta forma opuesta invita, a diferencia de la interpretación agustiniana, a una lectura alegórica, y no literal, del origen y el advenimiento, como diría Merleau-Ponty, del pecado original. Esta lectura alegórica permite, en sus propios términos, “pasar por encima de la cruda moralidad de la ley (religiosa o cualquier otra), de la voluntad y del castigo a la diversidad, y dirigirse (así) hacia una compleja ética de la cultivación. Esta ética de la cultivación está fundada en el amor intelectual por la complejidad del ser y alimentada de una tolerancia presupuesta hacia la variedad de fes”. Como vemos, no se trata, en realidad, sólo y únicamente, de una interpretación teológica de los primeros capítulos del antiguo testamento sino, antes bien, de una apuesta filosófica que imprime a esa interpretación una arista netamente política: la del pluralismo.

La diversidad de sentidos a la que hace lugar este tipo de lectura, alegórica y no literal, insisto, de las sagradas escrituras es así una concepción que se separa de la fenomenología del mal de la que deriva la idea agustiniana del pecado original. Aquí, para decirlo de otro modo, no hay, estrictamente hablando, Mal. Pues este último es extirpado de las ideologías, creencias y credos que guían nuestras más íntimas percepciones del mundo, de los otros y de la variedad de fes. El pluralismo es, así, aceptado en toda su dimensión existencial: tanto horizontal (lo que relaciona las creencias y los credos con otras creencias y credos) y vertical (al interior mismo de nuestra fe: lo que implica la asunción de su fragilidad).

La idea del Mal en la fe, la “historia agustiniana” del génesis y del pecado original, no es, desde luego, y para Connolly, una simple historia sobre la fe no secular. Como destacaba un poco más arriba, ambas historias tienen, están de hecho impregnadas, de una arista netamente política: la de la cancelación o la de la aceptación del pluralismo. Porque, como señalaba al inicio, toda faith es en sí misma (de facto) oblicua a toda la humanidad: nadie puede escapar a una percepción del mundo, de los otros y de sus diferentes fes (lo que, dicho sea de paso, forma parte de un mismo combo: no hay percepción del mundo sin los otros, no hay otros sin percepción del mundo, y no hay percepción de la fe de los otros ni otros sin percepción del mundo). La cuestión crucial es aquí el salto, por ende, de las creencias, ideologías y credos de la esfera privada a la esfera pública (un salto que, por razones que exceden ampliamente este texto y que el propio Connolly explica muy bien en su libro, es mucho menos un salto que una derivación, necesaria e intrínseca, de una esfera a la otra). La idea del Mal en las ideologías, credos y creencias tiene, dicho de otro modo, una larga y rica historia en la historia de la humanidad: sin ir más lejos Connolly parte de cómo aquélla funcionó -¿y funciona?- como discurso público-político en los Estados Unidos bajo la figura de la “guerra contra el terrorismo”.

En la Argentina, sin embargo, la idea del Mal en el discurso público no es, si se quiere -aunque es discutible- tan transparente como en otras latitudes, como es el caso de los Estados Unidos. Pero la historia agustiniana a propósito de la percepción de la fe y los credos ajenos no está, de ningún modo, exenta del debate público. Su aparición en la esfera pública reviste, si se me permite, otra complejidad. En las últimas semanas asistimos, de hecho y con cierta perplejidad, a la exposición más cruda, y al mismo tiempo banal, de esa falta de pluralismo que explica y determina muy bien la historia agustiniana de la fe. Me refiero, en particular, a la “implosión” (carta y renuncias públicas mediante) de la coalición oficial. Esta implosión, insisto, muestra con una claridad meridiana cómo el Mal, la cancelación sin más de otras formas de pensar, actúa en la política local, acentuándose o retrocediendo según las circunstancias, pero sin dejar nunca de actuar.

Una vez más, una parte de este kirchnerismo dio muestras de lo que fue su principal déficit desde, al menos el año 2010, a la actualidad: el desprecio por el pluralismo como forma de construcción política. Un desprecio, desde luego, que se repite al interior mismo de la coalición opositora pero también en el vínculo entre ambas coaliciones.

La virulencia con la que una parte de la coalición oficialista, con su dirigente líder a la cabeza, reaccionó a la derrota electoral y, fundamentalmente, a la negativa de los otros sectores de la coalición a acatar su percepción de la realidad (de esa derrota, entre otras cosas), forjada en base a sus propias ideologías y creencias, muestra, insisto, con toda claridad el modo en el que el pluralismo, al interior mismo de la coalición, es mucho más una prédica -si todavía lo es- que un dato de su identidad. Una vez más, una parte de este kirchnerismo dio muestras de lo que fue su principal déficit desde, al menos el año 2010, a la actualidad: el desprecio por el pluralismo como forma de construcción política. Un desprecio, desde luego, que se repite al interior mismo de la coalición opositora pero también en el vínculo entre ambas coaliciones.

Si, como señala Martín Plot en un texto reciente [1], esta última se desgrana socialmente por la imposibilidad, del 83 para acá, de compatibilizar o consolidar junto con la democracia política una democracia social, para evitar, justamente, que ésta se “desgrane socialmente”, la posibilidad misma de que eso no suceda está, también, atada a la posibilidad de que, como bien señala el propio Connolly, la falta de pluralismo político no termine de desgranar a las instituciones democráticas y a la “democracia política” que, dicho sea de paso, tantas vidas costó forjar.


[1] El texto permanece inédito y será publicado próximamente en la revista Nueva Sociedad.

Juan José Martínez Olguín

Juan José Martínez Olguín

Doctor en Filosofía por la Universidad de Paris VIII e investigador del IDAES-UNSAM. Es autor de "Politique de l’écriture" (Paris, L’Harmattan, 2018), "El parpadeo de la política. Ensayo sobre el gesto y la escritura" (Miño y Dávila, 2021) y "Ensayos en tiempos de cuarentena. Pandemia, política y filosofía" (Eudeba, 2021).

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