Siempre a seguir

Las pérdidas golpean y duelen, es inevitable. En política, puede ser devastador. El fallecimiento de Miguel Lifschitz fue uno de esos cimbronazos duros e inesperados. Pero el socialismo debe mantenerse de pie, seguir adelante, nos queda el futuro.

DE AUSENCIAS Y LEGADOS

A estas alturas ya serán mucho los mensajes de afecto, la pena por la muerte injusta y temprana. Un homenaje que resonó en cada rincón de su provincia y en muchos del país. Un homenaje que, como a él le hubiera gustado, fue extenso, plural y diverso. Familiares, amigos y amigas, compañeros y compañeras, adversarios y adversarias, periodistas, simpatizantes, votantes, ciudadanos y ciudadanas despidieron a Miguel Lifschitz. Frente a la Legislatura de Santa Fe se montó en estos días una suerte de santuario con banderas de militantes, suvenires, fotografías y carteles, toda una rareza para agradecer a un ateo en tiempos de desgracias globales. La esperanza de su recuperación movilizó, activó, unió y conmovió. Quizá se pueda convertir ese genuino y puro sentimiento de desazón en algo diferente.

Las pérdidas se acumulan, el socialismo ha vivido un año fatídico. Primero Hermes Binner, luego Élida Racino, ahora Miguel Lifschitz. Figuras señeras para los que tuvimos, como uno de nosotros, la suerte de vivir y disfrutar la era progresista en la provincia de Santa Fe. A los que venimos de Mar del Plata, otra tierra prolífica en socialista célebres, se suman las dolorosas ausencias de Francisco «Pancho» Morea, María del Carmen Viñas y Stella Piergentili que nos dejaron algún tiempo atrás, por otras circunstancias, pero dejando vacíos equiparables. Quizá se podrían contar más, no se trata de conformar un panteón. El bronce pertenece, para bien o para mal, a otras tradiciones políticas, porque en el socialismo siempre se ha privilegiado el lazo humano y fraterno antes que el olímpico y distante. Hay que seguir, por ellos y por nosotros. La huella, ese patrimonio común que queda, es profunda y marca un rumbo. Será momento de recuperar fuerzas y seguir adelante.

No todo tiene que ser tristeza. Después de todo, la política es vocación de poder hacer, pero también poder imaginar y proyectar ideas y valores que van más allá de la existencia misma de las personas que los enaltecieron. Hay, entonces, esperanza.

Como ocurrió con Hermes, sobre Miguel se escribió mucho. Su obra como intendente y gobernador está a la vista, sus cualidades como el dirigente provincial que no dejó pueblo sin recorrer, también. Sus virtudes como militante y dirigente están reflejadas en tantos testimonios como miembros tiene el Partido Socialista y sus compañeros de ruta en la no siempre fácil empresa progresista, desde los más cercanos hasta los que tuvimos la posibilidad de escucharlo en el estrado, en una entrevista o, en alguna oportunidad, más de cerca. Tuvo una ejemplaridad sin grandilocuencias, en base al trabajo y una perseverancia inmune a las adversidades. Supo ganar y supo perder, pero nunca rendirse.

Miguel Lifschitz se fue siendo un líder socialista, uno con proyección y vocación nacional, con mucho, muchísimo para dar. Un referente que, entre tanto personalismo, promovió y supo alentar el crecimiento de figuras a su alrededor, con una mirada más progresista, diversa y feminista que otros mucho más jactanciosos que él. Su gabinete paritario, su muy activa política frente a las cuestiones de diversidad, su relación estrecha con dirigentes más jóvenes, lo atestiguan mucho mejor que cualquier discurso que se hayan podido pronunciar.

A pesar de estas duras circunstancias, el Partido Socialista está en buenas manos, será hora que muchas y muchos otros den un paso al frente, como ya lo hizo Mónica Fein, Enrique Estévez y, con ellos, tantos y tantas más. Será el tiempo de otros y otras, de los jóvenes y las mujeres, como le gustaba recordarnos en cada intervención. La última, justamente, en la celebración de Fein como nueva presidenta del PS. Nada es casual. No todo tiene que ser tristeza. Después de todo, la política es vocación de poder hacer, pero también poder imaginar y proyectar ideas y valores que van más allá de la existencia misma de las personas que los enaltecieron. Hay, entonces, esperanza.

¿QUÉ SOCIALISMO?

El progresismo vive tiempos críticos. El avance de las derechas en distintas latitudes, la crisis perpetua de las políticas de bienestar, un capitalismo tan salvaje como incólume y siempre adaptable, la democracia en jaque entre promesas incumplidas y deudas impagables, la desigualdad que devora todo a su paso, en fin, un panorama desolador. En la Argentina, el escenario no es menos incierto, entre una polarización que se profundiza y problemas estructurales que se retroalimentan. A pesar de su debilidad, sería baladí negarla, el socialismo tiene un papel que cumplir. Lifschitz lo sabía e hizo mucho para devolvérselo. Pero, como se preguntara Norberto Bobbio alguna vez: ¿qué socialismo?

En una conferencia por los 40 años de la fundación del Partido Socialista Popular, el historiador Darío Macor (a quien debemos en gran medida esta amistad y coautoría) avanzó en una interpretación de la evolución de ese nuevo socialismo que se consolidó al filo del siglo XXI. En sus orígenes, el Partido Socialista Popular quiso pensarse como heredero de la tradición filiada en Alfredo Palacios, apelando a un socialismo popular y criollo, antiimperialista, patriotero y algo belicoso. Pero cuando esa fuerza política fue madurando, al calor de la democracia reconstruida en 1983, de los valores y desafíos asumidos en una etapa que ya no era la de los convulsionados años ’70, el socialismo comenzó a reivindicar a la par a otra figura de aquellos “años heroicos”: la de Juan B. Justo, el médico que se había hecho socialista porque consideraba que la sociedad de su época era una gran metáfora de los pacientes sufrientes que trataba. Un socialista más equilibrado, si se quiere, una espada que también tenía la pluma como arma. Para Darío Macor, ese devenir demostraba una elección y un aprendizaje que tenía algo de discreto. La estridencia y el coraje del duelista, admirado en los primeros tiempos, debía conjugarse con el reconocimiento de la inteligencia y la labor paciente del teórico y práctico de la política. Guillermo Estévez Boero emprendió esa tarea- quizá inspirado por Portantiero, Aricó y tantos otros-, tendió puentes y abrió puertas. Se trataba de recrear un socialismo más abierto y plural, sin perder la intensidad militante y la vocación de transformación. Nadie bajó las banderas, simplemente cambiaron los tiempos.

Se trata más bien de la conformación acompasada de un espacio que, de la mano de distintos actores de la sociedad y la política, fue marcando con el sello del gobierno responsable, eficiente y de carácter progresista a una experiencia única.

A casi una década de ese balance a cargo de alguien que conoció desde dentro ese proceso, probablemente estemos en condiciones de esbozar uno nuevo, quizá más modesto y al calor de los acontecimientos. La desaparición de dos de los principales exponentes que llevaron a su momento más brillante –aunque sin aquellas estridencias– al socialismo argentino con núcleo en Santa Fe nos devuelve una imagen si no tranquilizadora, al menos lo suficientemente luminosa como para alumbrar el sendero de lo que viene. Las experiencias de gobierno en Rosario y luego en toda la provincia del litoral, al encabezar el PS al Frente Progresista Cívico y Social, han moldeado una vez más esa tradición socialista y lo han hecho con una materia noble y duradera.

No se trata ya de grandes elaboraciones doctrinarias en donde se sistematizan prestigiosas referencias intelectuales, algo que se le ha recriminado desde ciertos paladares a este “socialismo realmente existente”, como si eso fuese una falta irreparable para identificarse con él y palpar sus logros, por demás evidentes para propios y extraños. Tampoco se trata de la rimbombancia y los fuegos de artificio de quienes prometieron el Cielo y quemaron los puentes para llegar a él. Se trata más bien de la conformación acompasada de un espacio que, de la mano de distintos actores de la sociedad y la política, fue marcando con el sello del gobierno responsable, eficiente y de carácter progresista a una experiencia única. Todo ello le granjeó a los socialistas el respeto y, en más raras ocasiones, el desdén malintencionado de sus competidores. Precisamente porque la forma de construir comunidad de esos gobiernos socialistas fue, ante todo, diferente. Antes que aportar una identidad con oropeles, ese espacio hizo sentir representados a militantes y ciudadanos que en un contexto dramático como el actual realzan aún más todo lo que ello significó, significa y puede significar de aquí en más.

Un socialismo de gestión y valores

Se ha criticado duramente al Partido Socialista por su “honestismo” y, a veces, quizá con razón. Pero la política argentina da muestras una y otra vez que ciertos valores puestos en práctica son mucho más que un historial de “manos limpias y uñas cortas”. Hacen a un concepto de la cosa pública, una gestión de cara a la ciudadanía, de cercanía y participación. Más profundo y extenso que las muchas veces banalizadas manifestaciones del “no roban”, condición necesaria pero para nada suficiente. El socialismo santafesino consiguió cosas inéditas, a veces lo perdemos de vista, con quejas agrias porque el modelo “no se nacionalizó”. El PS se ha visto tironeado muchas veces de un lado y otro, corrido por derecha y por izquierda, invitado a tomar atajos y tentado por doquier. Ha capeado eso como ha podido, por pura pulsión de supervivencia. El bastión santafesino ha sido su marca y tal vez su límite, Lifschitz lo sabía, como también Binner, Bonfatti, y muchos otros. Las soluciones a ese atolladero son más difíciles de lo que parecen, pero eso no tiene que hacer perder de vista lo conseguido. La autocrítica siempre es sana, pero no debe suponer la negación de lo se ha logrado con mucho esfuerzo y constancia.

El socialismo en Argentina se ha convertido en sinónimo de salud pública, de educación, de diversidad e inclusión, de igualdad. Políticas de Bienestar, con mayúsculas, que muchos quisieron replicar. La gestión de lo público fusiona dos dimensiones inescindibles de la política: el poder llegar allí, primero, más la pericia y la capacidad de obrar desde ese lugar de responsabilidad, después. Si, pese a todo, eso se logra sin abandonar y honrando las convicciones que prepararon el camino, la ética socialista nos muestra otro rostro de la política. Honestidad, sí, para construir, para transformar, para hacer, sino el mundo, una comunidad un poco mejor. Una proximidad de los gobiernos con la sociedad que no requirió de grandes discursos o de personalidades avasallantes, aunque eso imponga un precio ante la dinámica de la política actual. Un precio que, al fin y al cabo, puede valer la pena pagar.

El socialismo en Argentina ha logrado convertirse en sinónimo de salud pública, de educación, de diversidad e inclusión, de igualdad. Políticas de Bienestar, con mayúsculas, que muchos quisieron replicar. La gestión de lo público fusiona dos dimensiones inescindibles de la política: el poder llegar allí, primero, más la pericia y la capacidad de obrar desde ese lugar de responsabilidad, después.

Un socialismo de coalición

El socialismo contemporáneo, al menos el encarnado por el PS (es cierto, hay muchos otros socialismos con múltiples modulaciones), es uno modesto, reformista y, sobre todo, plural. Desde muy temprano, no sin desistir de viejos dogmatismos y arraigadas certezas, apostó por la construcción desde la diversidad: primero para reagrupar a la malherida y dispersa familia socialista, luego para confluir con otras familias, diferentes e incluso extrañas. La construcción coalicional es trabajosa y endeble, a veces estéril, siempre difícil. Construir con otros implica ceder, apostar a algo más que nosotros mismos, abjurar de cierto amor propio. Un poco por necesidad, otro tanto por virtud, la vocación de lo colectivo es también un aprendizaje indispensable.

Las coaliciones son construcciones frágiles, asimétricas, cambiantes. Se las puede pensar como un signo de los tiempos, un dato de la era posterior a la de los grandes partidos políticos de antaño que llegó para quedarse, pero que de forma inexorable incluye a esas viejas formaciones. El socialismo argentino tiene un sendero recorrido en ese sentido, tanto en su historia como en su presente. Y lo cierto es que, pese a todo, no lo ha hecho mal. El FPCyS en Santa Fe, con su más de una década de vida, es una experiencia singular y, de algún modo, ejemplar. El Frente Amplio Progresista a nivel nacional se vivió con esperanza y llevó a un candidato presidencial socialista más lejos que nunca antes. También el camino está empedrado de intentos fallidos y fracasos resonantes. De todo hay que aprender, sin beneficio de inventario, la construcción de frentes, alianzas y coaliciones parece una tarea hoy tan dificultosa como ineludible para evadir la testimonialidad. A veces se lidera y a veces se acompaña, a veces se gana y muchas otras se pierde.

La política es un camino arduo de promesas, decepciones, logros parciales, nuevos objetivos. Una dinámica de nunca acabar, a cada solución le nace un problema nuevo. Este desafío es todavía mayor cuando se basa en el inconformismo, cuando mucho de lo que ocurre nos disgusta, cuando la realidad duele. Las desigualdades y las injusticias parecen aflorar cada vez, tomar el cielo por asalto no parece una solución posible (aunque todavía lo imaginemos). No hay pases de magia ni conquistas definitivas, solo problemas y personas en un mundo que se nos hace muchas veces hostil. Y son diversos los actores sociales y políticos que han caído en cuenta de que caminar a la par con otros puede llegar a ser la única forma de transformar lo que solos resultaría imposible. Aquellos grandes fines de la libertad, la igualdad y la emancipación sólo pueden visualizarse en el horizonte si las energías son puestas en movimiento. Recorrer un territorio, conversar, convencer, construir. Todo eso está en marcha, hay que seguir.   

Un socialismo plural   

Durante mucho tiempo pensamos la desigualdad en singular, de forma simple, unilateral. Una batalla única, a muerte, con promesas de un desenlace definitivo: “¡Es la lucha final!”, rezaba La Internacional. Más allá de las injustas simplificaciones, ese diagnóstico pareciera ya no ser así. Ya no existe ni la posibilidad de pensar en singular, ni la esperanza o la lucha por la victoria definitiva. Las desigualdades son muchas, se reproducen, se potencian, se apuntalan. Los triunfos son módicos, perecederos. Cuando parece que llegamos, la línea de meta se corre un poco más. La política es el vehículo que nos hace perseverar, que corre tras el horizonte aunque nunca se lo alcance, que, incluso, sueña nuevos horizontes. Algunos, producto de las necesidades y de las iniquidades flagrantes del presente; otros, de la imaginación de mujeres y hombres que se permiten creer en un mundo de realización de sus deseos y añoranzas.

Hacerse cargo de estas desigualdades y de estas pluralidades no resulta tarea simple. Esa complejidad obliga a empezar una y otra vez, incluso antes de haber terminado nada. Donde no siempre se avanza hacia adelante, donde no todo es acumulativo. Donde, como se ha dicho, crecer es aprender junto con otros. El socialismo plural es uno de mujeres, de diversidades, de jóvenes, de trabajadores y trabajadoras, de cooperativistas, de empresarios y empresarias. De los que tienen voz y de los que todavía no han podido tomarla y alzarla. De los que están con vos y los que no. En el viejo y bueno siglo XIX, cuando nacía este movimiento en tiempos de revoluciones y romanticismo, uno de los primeros sentidos del socialismo era el de la asociación. Asociación era acercarse no sólo a los pares, sino también con los diferentes pero similares, con los singulares pero semejantes. El sueño de una sociedad de iguales en libertad no puede ni debe pensarse como uniformidad, algo que el socialismo del siglo XX no siempre entendió ni toleró. Asumir la pluralidad es forjar una irreductible fe democrática, un talante liberal en el mejor sentido de la palabra (como recuerda cada vez que puede nuestro querido amigo Mariano Schuster) y una genuina vocación de diálogo: “dialogar hasta con el que no quiere dialogar”, decía Estévez Boero. La responsabilidad también requiere, aunque parezca paradójico, una profunda convicción. Honrar el pasado socialista conlleva, una vez más, imaginar ese horizonte de lo posible entre iguales y, al mismo tiempo, diferentes.  

Un socialismo para el futuro está obligado a pensarse en la acción y ante la incerteza. Un socialismo en construcción, en movimiento, vivo. Con una tradición de la cual abrevar, una caja de herramientas infinita, una historia en la cual reflejarse y aprender.

Un socialismo para el futuro

Los valores y las convicciones a veces no entienden de restricciones, y está bien. Pero la política se construye en base a esos límites, quizá para desafiarlos, tal vez para asumirlos. Tendemos a desconfiar en la vena utópica sin pies en el barro, fantasear con la mera imposibilidad no la acerca más a nosotros. Tampoco el mero posibilismo, el realismo mal entendido, ofrece demasiado. Puede constituirse en una acumulación de diagnósticos y quejas porque “el mundo ha vivido equivocado” que no conducen a ningún lado y nos puede inmovilizar al contemplar ese mundo desmoronándose. La política es construcción, a veces no con los mejores materiales, muchas otras con un proyecto que no goza de las precisiones y las fronteras que nos gustarían. Desde la tribuna todo parece más claro y sencillo, entrar a la cancha trae costos pero también satisfacciones.

Un socialismo para el futuro está obligado a pensarse en la acción y ante la incerteza. Un socialismo en construcción, en movimiento, vivo. Con una tradición de la cual abrevar, una caja de herramientas infinita, una historia en la cual reflejarse y aprender. Nombres propios, hitos imperecederos, y una lucha incansable contra la desigualdad. Pero la nostalgia no parece ser la mejor consejera, al menos no siempre. Asumir un legado implica a veces dejar atrás a los abanderados de otrora, sin olvidarlos. Mejor aún, reemprender el camino señalado requiere ubicar a cada uno de sus precursores y aún de sus próceres de carne y hueso en el lugar que les cabe en pos de esa ardua tarea que deben emprender los que quedan. El socialismo que pensaron esos dirigentes a los que homenajeamos y homenajearemos, pero sobre todo el socialismo en el que actuaron, para el que trabajaron, el que construyeron. Mirar adelante es el mejor modo de recordar. Construir como ellos construyeron, con su legado, pero sin el temor de no estar a la altura. Después de todo, los cimientos están a la vista y son sólidos. La casa común tiene sobre qué elevarse. Hay mochilas que vale la pena cargar, aunque pesen, aunque duelan. Como dice la canción de otro rosarino, por los que ya no están: “A no bajar la guardia, siempre a seguir”.

Francisco Reyes y Fernando Manuel Suárez

Francisco Reyes y Fernando Manuel Suárez

Francisco Reyes es Doctor en Ciencia Política e investigador del CONICET. Fernando Manuel Suárez es Magíster en Ciencias Sociales y editor de La Vanguardia.

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