La renovación del PSOE y el fulgir del «felipismo», entrevista con Alexander Garagarza

El PSOE esplendió con la democracia española tras décadas de dictadura, su renovación fue, al mismo tiempo, un relanzamiento, con Felipe González a la cabeza. Sobre este proceso de transformación y ascenso, conversamos con Alexander Garagarza.

La historia de la socialdemocracia contemporánea sería difícil de entender sin analizar en profundidad al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), histórico partido español, sobreviviente de una historia cruenta. Una especie de hermano menor de los partidos socialistas europeos más notorios, malherido por la guerra, lacerado por las luchas fratricidas y vuelto a nacer en una época en donde la socialdemocracia se había vuelto módica en promesas y vasta en urgencias. Sin embargo, sigue allí, quizá no impoluto, pero con las arrugas y las cicatrices que advierten que, a pesar de todo, no resulta baladí seguir con vida. Quizá sin mayorías absolutas, quizá ya sin épica, pero sigue allí, y por eso vale la pena hablar de él.

Los estertores de la dictadura franquista propiciaron un proceso de renovación en el PSOE, no exenta de conflictos y pugnas, avances y retrocesos, menos lineal de lo que muchos piensan. Varios hitos se sucedieron: renovación de autoridades, transformaciones ideológicas y, con la democracia, un renacer político-electoral. Un nombre propio es emblema y síntesis de ese proceso de renovación: Felipe González. El «felipismo» simbolizó y condensó todas esas transformaciones múltiples de un PSOE que, más allá de cualquier duda razonable, se convirtió en algo diferente a lo que era. Cuarenta años de persecución y ostracismo, una transición plena de negociaciones y concesiones, y un triunfo electoral que derivó en hegemonía por más de una década.

El historiador vasco Alexander Garagarza ha indagado de forma magistral ese proceso, evitando tanto las tentaciones teleológicas como las lecturas sustancialistas. El PSOE atravesó un proceso de renovación propio, casi idiosincrático, pero al calor de otros cambios que atravesaron a todas las fuerzas de izquierda y, sin exagerar, al mundo todo. Publicado por la editorial asturiana Trea, La renovación ideológica del socialismo (1976-1992) (Trea, 2019) es un libro que analiza con minuciosidad la transformación del actor partidario más relevante de la España democrática, con foco en las cuestiones ideológicas. Del marxismo autogestionario a una socialdemocracia con coqueteos con la agenda neoliberal, de Llopis a Felipe, del ostracismo al éxito, de la renovación al anquilosamiento. De todo ello, conversamos con Alexander Garagarza para La Vanguardia.

Este nuevo PSOE en poco o en nada se parece al PSOE histórico. Las diferencias serán de orden estructural, estratégico e ideológico.

En tu tesis y posterior libro vos analizás el proceso de transformación del socialismo español en el período posfranquista: ¿Cuáles son los aspectos fundamentales de esa transformación? ¿Cuánto hubo de tradiciones pretéritas y cuánto de radical innovación? ¿Es el “felipismo” una nueva criatura ideológica o, más bien, una variante de la socialdemocracia pos-bienestarista?

El PSOE que nace del viejo PSOE de posguerra al arrebatar Felipe González la secretaría general a Rodolfo Llopis, más que un PSOE “renovado”, representa un PSOE “refundado”. Este nuevo PSOE en poco o en nada se parece al PSOE histórico. Las diferencias serán de orden estructural, estratégico e ideológico. En el plano estructural se produce una reorganización orgánica del partido. En el plano estratégico se dará luz verde a la abierta colaboración con el Partido Comunista Español durante la transición a la democracia además de apostar por la ruptura democrática a través de un amplio frente de fuerzas antifranquistas en lugar de la anterior estrategia centrada en llegar a pactos de compromiso con las fuerzas monárquicas y otras fuerzas reformistas procedentes del franquismo para ir avanzando hacia la democracia. En el plano ideológico se elaborará la llamada “vía democrática de transición al socialismo”. En ella nos encontramos una nueva concepción de socialismo que yo incardino en el llamado “socialismo democrático” en oposición a la socialdemocracia, cuyo aspecto externo más reconocible será la definición del PSOE como un partido marxista. Este beberá de diversas fuentes ideológicas que van desde los movimientos estudiantiles de resistencia al franquismo de los años 50, mayo del 68, el resurgimiento del marxismo en los años sesenta, o los movimientos de liberación del tercer mundo. Pero fundamentalmente “la vía democrática de transición al socialismo” se caracterizará porque concibe el socialismo como un proceso en el que la profundización de democracia y el avance hacia un sistema económico en el que se hubiera superado el capitalismo constituyen la misma cosa, no pudiendo concebirse lo uno sin lo otro.

Yo definiría el “felipismo” como una manera personal de hacer política que impuso González basada en un fuerte liderazgo, en poner los logros económicos por encima de la ideología, y anteponer la acción del gobierno a la del propio partido, no digamos a la del sindicato socialista “hermano” de la Unión General de Trabajadores.

Tu libro se ancla en la historia conceptual y, de hecho, tu director (Javier Fernández Sebastián) es un referente en ese campo. ¿Por qué es valioso e interesante abordar la transformación del PSOE en esos años desde esa perspectiva? ¿Qué lecturas alternativas ofrece a las interpretaciones canónicas?

A través de mi director, entré en contacto con la historia de los conceptos y el giro lingüístico, y para mí fue revelador descubrir que no existe un conocimiento pre-lingüístico de la realidad. Los conceptos representan unos prismas o lentes de colores a través de los cuales observamos el mundo circundante. En un asunto tan capital para el estudio de la izquierda como es el nacimiento de la conciencia de clase, ésta no nace cuando el artesano, desposeído de los medios de producción, toma conciencia de su condición alienada en las primeras fábricas surgidas en Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX. Para el surgimiento de la conciencia de clase ha de aparecer primero la matriz discursiva que permita al artesano poder identificar sus condiciones materiales de existencia e interpretarlas en un relato biográfico en base a nociones de justicia, desigualdad, o explotación. Esa matriz discursiva previa no es otra que la noción de individuo natural nacido libre en derechos que propició la ilustración y la Revolución francesa. Entonces, si la causa de la conciencia de clase está más en una matriz discursiva previa que en las condiciones materiales de existencia, si bien estas últimas imponen limites objetivos al desarrollo de la misma matriz discursiva, tenía que investigar acerca de cuáles eran esos conceptos fundamentales que conformaban el discurso socialista, y que relación guardaba el cambio discursivo con las transformaciones socioeconómicas del país y las políticas socialistas.

Vinculado a esa perspectiva vos discutís la evolución de ciertos conceptos fundamentales en la configuración ideológica del PSOE en esos años, me interesan particularmente dos: “modernización” y “socialdemocracia”. ¿Qué importancia tuvieron estas nociones en ese proceso de redefinición identitaria? ¿Cómo fue cambiando su definición a lo largo de los años y qué impacto tuvo en cuestiones concretas tanto dentro del partido como en la labor de gobierno?

El concepto “socialdemocracia” siempre fue un concepto incómodo para el PSOE, y prácticamente hasta hace muy poco el PSOE huía de definirse abiertamente como partido socialdemócrata. En general el concepto “socialdemocracia” es un concepto mal entendido a izquierda y derecha, interpretándose vulgarmente como una forma de socialismo muy moderada que acepta plenamente la economía libre de mercado. En realidad el tema no es tan sencillo. La socialdemocracia de posguerra no estaba más interesada en el mantenimiento del capitalismo que el socialismo democrático, si bien la diferencia se establecía en que la socialdemocracia sí concebía que podía existir socialismo incluso en un contexto capitalista mientras que el socialismo democrático no lo hacía. La razón por la cual el PSOE tardó tanto en denominarse socialdemócrata es que debía de ir transformando primero los componentes de su discurso centrado en la vía democrática de transición al socialismo de manera progresiva hasta que este le permitiera poder argumentar en el plano discursivo la existencia de socialismo incluso en un contexto capitalista. También se tiende a olvidar el hecho de que la socialdemocracia hasta la crisis del Estado del Bienestar Keynesiano y el resurgir del neoliberalismo a principios de los ochenta planteaba la superación del capitalismo a través de la acumulación progresiva de reformas sociales en el tiempo.

En cuanto al concepto de “modernización” creo que ha sido otro de los conceptos que ha llevado a lecturas erróneas al interpretar la renovación ideológica del PSOE. En sí el concepto de modernización es un concepto ampliamente usado en las ciencias sociales para interpretar diferentes procesos de cambio social. Si bien es un concepto que comienza a formar parte del discurso socialista coincidiendo con el abandono del marxismo durante el congreso extraordinario de 1979, creo que se interpreta erróneamente como prueba de conversión del PSOE en un partido socialdemócrata en esas tempranas fechas. La razón que expongo en mi tesis es que el mismo concepto de “modernización” no quiere decir lo mismo dentro del discurso del socialismo español a principios de los años ochenta que hacia finales de la década. Hacia finales de la década de los ochenta, por modernización se entendía la superación de los conceptos económicos más arraigados en la izquierda, acepción que no tenía a principios de los ochenta.

El concepto “socialdemocracia” siempre fue un concepto incómodo para el PSOE, y prácticamente hasta hace muy poco el PSOE huía de definirse abiertamente como partido socialdemócrata. En general el concepto “socialdemocracia” es un concepto mal entendido a izquierda y derecha, interpretándose vulgarmente como una forma de socialismo muy moderada que acepta plenamente la economía libre de mercado.

En ese sentido, vos discutís y matizás el viraje neoliberal del PSOE o, al menos, proponés una periodización alternativa: ¿Qué características tuvo ese viraje ideológico y cómo se produjo? ¿Fue el PSOE un ensayo de lo que luego se conocería como la “tercera vía”?

El PSOE ganó las elecciones generales en 1982 con un programa electoral que aunaba reformismo socialdemócrata con medidas provenientes del socialismo democrático centradas en la expansión de la participación democrática hacia la esfera de la economía en un momento de agotamiento y crisis general del socialismo keynesiano y auge del conservadurismo y el neoliberalismo. A la entrada de la década de los ochenta, y ante la crisis del capitalismo fordista, España como país del sur de Europa que acababa de salir de una dictadura militar, no reunía las condiciones estructurales objetivas necesarias para la implementación de políticas de expansión keynesiana, por lo que contrariamente a unas posiciones ideológicas más a la izquierda que sus “socios” socialdemócratas del norte y centro de Europa, realizó políticas económicas más abiertamente liberales. Pero, para ser considerado un partido socialista liberal, no es suficiente la realización de políticas liberales, sino que es necesaria la adopción de una serie de conceptos dentro del discurso del socialismo, así como el cambio de significado de otros, como ocurrió en efecto con los conceptos de igualdad, solidaridad y justicia social. Esto vino a suceder a partir de la segunda legislatura del PSOE, que coincidió con un proceso de renovación ideológica del conjunto del socialismo y la socialdemocracia europeos cercanos a lo que luego se conoció como “tercera vía”. Cuando el PSOE fue consciente a comienzos de la segunda legislatura (1986) de que, a pesar de la recuperación económica, los cambios sociales y económicos acaecidos en España y Europa eran irreversibles y que no permitirían la vuelta a las antiguas políticas expansivas de corte keynesiano, llegó a la conclusión de que las políticas económicas habían de coincidir con el discurso político y económico.

La vida interna del PSOE en esos años vivió al ritmo de la relación entre dos figuras principales, Felipe González y Alfonso Guerra, que terminó en un conflicto ostensible. ¿Cuánto influyó esa relación en este proceso de renovación ideológico? ¿Ese conflicto tuvo una traducción ideológica clara entre los guerristas, más doctrinarios, y los felipistas, más pragmáticos?

A lo largo de mi tesis doctoral no he querido adentrarme en esos conflictos internos que en gran parte tuvieron componentes que iban más allá de las diferencias ideológicas. De hecho, la mayor parte de las conclusiones teóricas a la que se llegó desde la revista el socialismo del futuro y durante los encuentros de Jávea dirigidos por Alfonso Guerra a partir de la segunda mitad de la década de los años ochenta quedaron olvidadas en un cajón y no se llevaron a la práctica debido más a cuestiones de luchas de poder internas que a diferencias en el plano ideológico.

La transformación ideológica del PSOE se dio en un marco de cambio de las izquierdas europeas, tanto de raíz socialista como comunista, al calor del neoliberalismo: ¿Qué características tuvo esa transformación general? ¿Se puede hablar de una crisis de la izquierda y, más puntualmente, de la socialdemocracia? ¿Qué rasgos comunes y que peculiaridades tuvo el PSOE en ese contexto?

El detonante de esa transformación ideológica de la izquierda europea fue sin duda la crisis del capitalismo fordista que culminó con el agotamiento definitivo del socialismo keynesiano y de sus políticas socioeconómicas. Ante una crisis económica sin precedentes hasta el momento, ya que se centraba en la oferta y no en la demanda, como en las anteriores, las fórmulas keynesianas no funcionaban. El socialismo y la socialdemocracia europea comenzaron entonces a ser permeables a las críticas procedentes de la derecha neoliberal y a autores como Milton Friedman. Estas críticas se centraban en la creencia de que las subvenciones económicas públicas de todo tipo de un Estado intervencionista hacían más ineficiente la economía, desincentivando tanto al empresario como al trabajador.

La coincidencia de la estanflación con la teoría del índice NAIRU acabaron con el llamado “socialismo del bienestar evolucionista” de matriz keynesiano. Hasta la fecha, el aumento del gasto público aceleraba la inflación pero también el crecimiento económico y con él el empleo, en una época en la que tanto la izquierda como la derecha privilegiaban las políticas económicas que perseguían de pleno empleo. La teoría del índice NAIRU, no corroborada hasta la fecha, asegura que existe una tasa natural de desempleo compatible con la inflación. De improviso, ocurrió lo impensable, el gasto público inflacionista coincidió por primera vez en la historia con el estancamiento económico y la pérdida de empleo. Había que devolver la economía a la sociedad, a privilegiar la recuperación de la rentabilidad empresarial, que era lo que a la postre crearía crecimiento y empleo, y eso pasaba por situar la lucha contra la inflación en primer lugar dentro de las políticas económicas, comenzando a existir en este punto un creciente consenso tácito a izquierda y derecha.

No obstante, la izquierda no podía sin más realizar las mismas políticas económicas que la derecha, debiendo diferenciarse de ella, con lo que comenzaron a hablar acerca de crear un nuevo “contrato social” que aunara libertad con igualdad, eficacia económica con justicia social de una manera equilibrada. Por ello, apostaron por salvaguardar el papel del Estado en su función redistribuidora de la renta, pero de una manera que no perjudicara al dinamismo económico. De este modo se pasó del Estado del Bienestar al Estado Social. El primero perseguía crear una sociedad socialmente más igual a través de una intervención directa sobre la economía, y una redistribución de rentas igualitaria entre el trabajo y el capital. El Estado Social, que no intervenía como empresario público en la economía, sino a través de regulaciones y de una apropiada política fiscal (antiinflaccionisa), apostaba por un gasto social más selectivo destinado a las clases sociales más vulnerables, para que “nadie fuera tan desigual que pudiera ser excluido”. El problema fue que, este “nuevo contrato social”, que en nada se parecía el contrato social por el Estado del Bienestar de la posguerra europea, más bien se parecía a un nuevo “laissez faire” con algunas garantías sociales, cada vez más exiguas a medida que se sucedían las crisis económicas globales a partir de los primeros noventa del pasado siglo. En este sentido se puede decir que la socialdemocracia ha entrado en una crisis que dura hasta nuestros días. Renunciaron el keynesianismo y perdieron la identidad al creer erróneamente que habían dado con la fórmula de un nuevo contrato social dotado de falsos aires de modernidad.

Esta evolución de la izquierda europea tuvo exactamente los mismos componentes en España. No obstante, en España existían unos factores particulares. A partir de 1985, fecha en la que comenzó la renovación ideológica de la izquierda europea y española, la oposición política al PSOE no estaba en la derecha, debilitada y recomponiéndose. La oposición a la izquierda en España en esas fechas se situaba en el sindicalismo, en el sindicato socialista UGT que estaba rompiendo con el PSOE, y en el sindicato comunista Comisiones Obreras. La renovación ideológica del socialismo en España por tanto, tenía también como objetivo el construir un nuevo discurso que volviera a ilusionar a la ciudadanía como en el 82, presentando nuevos argumentos para combatir el discurso sindical y poder seguir así con la política económica del gobierno que privilegiaba el cuidado de los índices macroeconómicos.

La renovación ideológica del socialismo en España por tanto, tenía también como objetivo el construir un nuevo discurso que volviera a ilusionar a la ciudadanía como en el 82, presentando nuevos argumentos para combatir el discurso sindical y poder seguir así con la política económica del gobierno que privilegiaba el cuidado de los índices macroeconómicos.

El PSOE, a pesar de todos los avatares políticos, parece tener mayor sobrevida y fortaleza que otros partidos socialistas europeos. ¿A qué atribuyes esa fortaleza? ¿Qué características tiene el PSOE actual? ¿Cuánto refleja del legado “felipista” y qué cuestiones son novedosas? ¿Cuánto impactó el surgimiento de Podemos como rival, primero, y luego como aliado?

Hasta la derrota electoral de 1996, el PSOE apenas tuvo rivales a su derecha, ya que como he dicho anteriormente, la oposición a sus políticas económicas provenía del frente sindical. Pero pienso que el principal factor que ayudó al PSOE a tener una mayor vitalidad electoral en el tiempo (dos mayorías absolutas consecutivas en 1982 y 1986 y mayorías simples en 1989 y 1993) es la inexistencia de tradiciones e instituciones keynesianas debido a la larga dictadura franquista. Esto permitió al PSOE desarrollar políticas económicas de corte social-liberal sin la oposición que estas tradiciones e instituciones keynesianas (sindicatos más fuertes e institucionalizados, estructuras de concertación social, gran sector público, funcionariado familiarizado con las políticas del bienestar, etc.) hacían en el norte y centro de Europa a los tradicionales partidos socialdemócratas cuando querían cambiar de políticas económicas.

El nuevo PSOE de Pedro Sánchez tiene aspectos novedosos, pero también ciertas inercias procedentes del “felipismo”. Entre los aspectos novedosos está una mayor vocación para la realización de políticas económicas que permitan dar un “giro a la izquierda”. Entre las inercias, una preeminencia del gobierno y del Presidente del gobierno sobre el partido y la militancia, a pesar de que durante las primarias, Pedro Sánchez prometió que los militantes tendrían un especial protagonismo en el partido. Pero lo más destacado de la supervivencia de las inercias del antiguo PSOE, es la afirmación retorica de ideas y conceptos que luego no se trasladan a la práctica política. Se apuesta por políticas sectoriales progresistas, incluso más progresistas que en cualquiera de las etapas anteriores, pero en el fundamento de las políticas económicas, se sigue fiel al “consenso liberal” centrado fundamentalmente en los acuerdos de Maastricht que preconiza que el gasto social no puede poner en peligro el cuidado de los índices macroeconómicos.

La irrupción de Podemos ha tenido como virtud el que el PSOE no pueda girar en exceso hacia la derecha como en tiempos de Felipe González. Además, este PSOE más basculado hacia la izquierda no ha sido castigado por el electorado de centro, ya que el giro a la derecha que ha dado el principal partido de la oposición, el Partido Popular, sumado al surgimiento de varios partidos de derecha y de ultraderecha (Ciudadanos y Vox), ha dejado el centro político libre para que sea ocupado por el PSOE de Pedro Sánchez.

QUIÉN ES

Alexander Garagarza Roteta es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Deusto y doctor en Historia por la UPV-EHU. Especializado en el análisis de procesos de cambio ideológico en el socialismo hacia finales del siglo xx en relación con los cambios sociales y económicos producidos. Actualmente el autor está inmerso en el sugerente y desafiante reto de establecer el futuro del socialismo y de la izquierda desde una doble perspectiva, académica y política. La renovación ideológica del socialismo (1976-1992) (Trea, 2019) es su primer libro.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Es docente de la UBA. Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es jefe de redacción de La Vanguardia.

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