El imperativo de la memoria y la democracia inconclusa

Cada 24 de marzo irgue un reclamo por Memoria, Verdad y Justicia, que cuestiona al pasado y, al mismo tiempo, interpela nuestro presente y futuro. Las deudas de nuestra democracia, la violencia que no cesa y las imposturas frente a un orden profundamente desigual nos obligan a levantar la voz y actuar políticamente.

Permitiéndonos una memoria corta de lo que buscamos rememorar cada 24 de marzo, incluso más allá de la fecha calendario exacta, algunas de las imágenes que podemos destacar son al menos dos: por un lado, las multitudes diciéndole «No al 2×1» a lo largo y ancho del país y, por otro, la primera plaza sin Santiago Maldonado, en la que Sergio, su hermano, se hace cargo del lugar político al que fue empujado y se envuelve con los pañuelos blancos frente a una plaza que también le canta que lo abraza a él. Esa presencia, marcada por una ausencia más de las miles que se han ido sumando año tras año con toda la impunidad de la violencia estatal, pretende sacudir una verdad que se mantiene solapada, domesticada bajo el manto de una narrativa que se regodea en una madurez democrática y civilizatoria que no es tal: esto que nos convoca cada 24 de marzo está en nuestro día a día con otras formas, por otros medios.

Esta captura caprichosa de elegir dos manifestaciones recientes permite una lectura fundamental. No solo porque en esas plazas se puede encender el trazo histórico de la implicancia del 24 de marzo, sino que permanece el pulso anímico que debería resonar este 2021, con un año de pandemia en la espalda y de alta violencia institucional y represión estatal. Pero también debería ser el pulso que resuena cada año, cada vez que sea necesario, sin importar el contexto ni el gobierno de turno, sin importar a quién uno votó, para quién uno trabaja, dónde se encuentra uno en la coyuntura exigente. Porque lo que se moviliza en torno al 24 de marzo se irgue, primero, frente al Estado y no solo frente al terrorismo de Estado. En segundo lugar, frente a la sociedad toda, independientemente de su ideología y posicionamientos al respecto. Lo que se condensa ahí, no solo como marcha y acto, sino ya en el sentido de los gestos políticos que lo contienen, está hablándonos a todos y, 45 años después, en una época donde el ejercicio de la escucha está en extinción, es un diálogo sordo. Un diálogo oportunamente sordo.

El trabajo sostenido de los organismos más allá de los gobiernos de turno por mantener viva una historia que, como toda historia, valga la redundancia, está viva entre nosotros de manera directa e indirecta, los ubica como los grandes arquitectos de la memoria nacional desde los tiempos en los que era inimaginable ver a un presidente democrático bajando el cuadro de Videla. Pero esa memoria necesaria, urgente, caliente e interpelante también trasciende ese momento emblemático, inolvidable, porque no es una memoria más, no es una memoria partidista ni generacional, tampoco de época. Es una memoria en mayúscula: Memoria, porque ahí entramos todos, un todos anterior a 1976, un todos durante 1976-1983, un todos hasta la actualidad y los todos que vendrán. También, por supuesto, es un todos que incluye e involucra a los que niegan, manipulan, minimizan, repudian, desprecian y hasta utilizan políticamente, para bien o para mal, a esa Memoria. Es un todos tan absoluto que trasciende, más aún, a las víctimas del terrorismo de Estado en su máximo alcance y dimensión. Un terrorismo de Estado que no se diluye en la democracia ni se ausenta en discursos democráticos.

No perdonar y no olvidar es reconocer el límite de hasta donde son conversables las cuestiones que atentan contra los derechos humanos en su alcance y condición absoluta.

Por eso es fundamental esta Memoria, la que nos respalda a la hora de decir que no perdonamos y no olvidamos. No perdonar y no olvidar no es solo una reducción a un proceso judicial con todas las garantías, ahí donde los familiares y organismos marcan la diferencia fundamental a favor de toda conducción democrática y, ante todo, humana. No perdonar y no olvidar es reconocer el límite de hasta donde son conversables las cuestiones que atentan contra los derechos humanos en su alcance y condición absoluta. Ese ni olvido ni perdón no tiene revanchismo ni resentimiento, ni siquiera tiene deshumanización del otro que ha hecho de la deshumanización su fuerza política: porque ahí están los juicios por delitos de lesa humanidad haciendo lo que corresponde, o debiendo hacer lo que corresponde, aunque cada tanto vuelven a darnos dolores de cabeza y poner en jaque lo tanto tiempo construido. Lo que sí tiene es una señal, una alerta, un legado esencial que debería ser una dirección constante. Es lo que nos recuerda que no hay un día del siglo XX que no muestre lo que sucede cuando se conversa con fascistas, genocidas, derechas, desideologizadores seriales que hacen de la muerte del pueblo y del quiebre de todo don comunitario su potencial político.

Ni olvido ni perdón es, entonces y ante todo, un propósito de acción desde el cual se edifica nuestra joven, frágil y errática democracia. Democracia que unos cuantos celebran como civilizada y madura porque “somos una sociedad que sabe esperar a las elecciones”. Esa sola idea da pavor, esa noción es la que revela, no un saber, sino una violencia volcada tan abismal, más allá de la visual, palpable y concreta, que no solo interrumpió la vida y la organización de varias generaciones políticas, mayoritariamente obreras y de las bases, sino que moldeó estereotipos, sembró nuevos dispositivos de criminalización y aisló la historia de tal manera que responsables de la conversación pública pueden pensar que esa herida abierta, aun sangrando de pánico, es un talento civilizatorio. Para más, estas ideas suelen surgir siempre como contraste a lo que sucede en otros países, como sucedió con los escenarios que fueron aconteciendo en Chile, Bolivia, Ecuador, entre otros países latinoamericanos, y también en Estados Unidos. Escenarios pacíficos, a priori, y violentados luego por las fuerzas y los motivos intervinientes, relacionados en su mayoría a desigualdades y racismos estructurales. La idea de una democracia madura y civilizada en un país con el 40,9% de pobreza midiéndose frente a un continente con el que comparte, mal que le pese a cierto «supremacismo argentino», procesos políticos, sociales y culturales marcados desde la colonización, es vergonzosa. No solo registra una gran incapacidad de leer la historia, al menos, de los últimos 45 años, sino que también es consecuencia de esa domesticación disfrazada de educación cívica. Necesaria, tal vez, pero insuficiente.

Una democracia que tuvo un hito en 1983 y, quizá, otro cuando Néstor Kirchner baja el cuadro de Videla. Entre el alfonsinismo y el momento aquel, tramo que algunos, entendiendo esto mismo, llaman “postdictadura” antes que democrático, se reorganizaron las mismas fuerzas económicas de siempre y se reordenaron los poderes políticos en frente a un nuevo modelo capital. Porque la Memoria también nos recuerda que las dictaduras latinoamericanas fueron guionadas y funcionaron como un laboratorio de ese neoliberalismo que explotaría de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Es ahí, en ese encadenamiento de violencia política, cultural y económica que la Memoria se funda con la Verdad y la Justicia como un tridente indispensable de construcción. Una construcción repleta de intermitencias que no necesariamente son tan contundentes como un golpe de Estado o un diciembre 2001, sino que son constantes y se respaldan, vaya madurez, por medio de elecciones democráticas.

A 45 años de aquel 24 de marzo de 1976, ¿cuánto falta para que dejemos de leerlo como un tramo histórico aislado y cerrado? ¿Cuántas más muertes se va a cargar el Estado para que empecemos a ver la intimidad de la violencia cotidiana de las fuerzas, del gatillo fácil, los encarcelamientos sin causa, la situación en las cárceles y los desaparecidos en democracia con los 30 mil compañeros detenidos desaparecidos? ¿Cuántas más violencias debe impartir el Estado para que logremos ver esa intimidad con el accionar de las fuerzas en las villas y con los que duermen en la calle? ¿Cuánto más debe centralizarse en las capitales la idea de lo nacional bajo el pulso de la gentrificación? ¿Qué estadística, qué acontecimiento, qué tanto más necesitan los que se posicionan frente a la derecha para canalizar en la dirección urgente su peso político de clase? Un peso político que no tienen las clases bajas y ahí también se marcan las desigualdades estructurales y el paternalismo, la concentración de diferentes tipos de poderes que se construyen a través de sistemas jerárquicos, siempre ordenando las dinámicas para que “las revoluciones” contemporáneas sucedan bajo el pulso del «cambiar para que nada cambie«. Tan así que lo revolucionario se volvió mainstream y acá todavía se sigue festejando como una reinversión de orden sin ver ese pequeño pero delator gesto de mercado. Entonces, ¿cuánta espectacularización más hace falta para considerar la simultaneidad de las violencias y los efectos colaterales cuando se las piensa desde esencialismos? Esencialismos, para más, racistas, clasistas, biologicistas, o a lo sumo, a fuerza de corrección política, con un sentido de la inclusión y la igualdad tan estereotipado que acontece solo para reforzar los lugares de cada quien en la pirámide.

A 45 años de aquel 24 de marzo de 1976, ¿cuánto falta para que dejemos de leerlo como un tramo histórico aislado y cerrado? ¿Cuántas más muertes se va a cargar el Estado para que empecemos a ver la intimidad de la violencia cotidiana de las fuerzas, del gatillo fácil, los encarcelamientos sin causa, la situación en las cárceles y los desaparecidos en democracia con los 30 mil compañeros detenidos desaparecidos?

Los propios organismos, con lógica, porque aún buscan —y no solo justicia, sino que buscan reencuentros y respuestas—, mantienen todo su potencial político tanto en visibilizar su historia como en no perder de vista los ecos, las réplicas, la vigencia. La democracia está en falta frente a ellos, pero los electorados también. Frente a ellos y frente a los 30 mil compañeros desaparecidos que no son solo 30 mil, porque no es un número cerrado. La falta está, justamente, en cerrarlo ahí. Y es nuestra falta la que también facilita a los negacionismos modernos su envión para crecer, para acomodar e instalar relatos que ya no tienen lugar y que no deberíamos siquiera poner en conversación porque legitimamos una duda que no es tal, es una provocación, un atentado.

Esa legitimación que hacemos cuando se le quiere explicar al fascista de turno por qué hablamos de Memoria, Verdad y Justicia, nos hace caer en su trampa discursiva, nos hace explicar porque decimos que son 30 mil, cuando en realidad no es un decir, es lo que es: son 30 mil sin simbolismo alguno, son 30 mil que se reafirman a sí mismo como desaparecidos en cada año que pasa sin saber dónde fueron enterrados y qué pasó con ellos, pero también es una cifra que se amplifica a partir de los nietos robados y las familias que, a esta altura, fueron creciendo en base a identidades robadas o creciendo con la búsqueda, con una inminencia siempre irresuelta. No son 30 mil, porque, en todo caso, son 30001, nos falta por segunda vez Jorge Julio López, una segunda vez que sucede bajo el sol de esta democracia que llaman madura. Pero, hilando aún más fino, tampoco son 30001, el número cambia de forma y de peso, como decíamos acá mismo en agosto del año pasado, cada vez que hay que preguntarle al Estado dónde está alguien y cada vez que alguien queda frente al Estado en una situación en la que, potencialmente, será el próximo a buscar, pero también cuando el Estado lo disminuye porque sí, por puro mal uso de su autoridad.

Como si esto ya no fuera lo suficientemente violento, hay un gesto aún más contundente de la falta a la que aplicamos democráticamente, y es la reducción de toda idea de derechos humanos a delitos de lesa humanidad. Hay responsabilidades políticas claras en ese reduccionismo instalado. Cuando se le reclama esto al kirchnerismo, las respuestas se dispersan hacia otras carteras, enumeran políticas públicas de desarrollo social, las que, además, responden al corazón de lo que representan, o sea que no debería ser motivo de alarde, sino que son parte del deber y del compromiso que se toma cuando uno está en un lugar de representación tal.

Hace unas semanas atrás, Santiago Cafiero armaba un condicionamiento inaceptable al decir “a nosotros no nos tienen que venir a decir qué tenemos que hacer con los derechos humanos”. Sin importar lo que vino antes o después, esa es tal cual la idea que pregonan no desde ahora, sino desde los últimos años de Cristina en el gobierno. Cafiero puso en palabras lo que estaba implícito en diversas prepotencias y definiciones. ¿Cómo vamos a dudar de la buena fe de Berni si está con el gobierno de los derechos humanos? ¿Cómo vamos a cuestionar a Insfrán? ¿Cómo vamos a reclamar por la situación en Chubut? ¿Cómo vamos a pedirle explicaciones a Frederic que, además de estar en el gobierno de los derechos humanos, es mujer? 

Cafiero puso en palabras lo que estaba implícito en diversas prepotencias y definiciones. ¿Cómo vamos a dudar de la buena fe de Berni si está con el gobierno de los derechos humanos? ¿Cómo vamos a cuestionar a Insfrán? ¿Cómo vamos a reclamar por la situación en Chubut? ¿Cómo vamos a pedirle explicaciones a Frederic que, además de estar en el gobierno de los derechos humanos, es mujer? 

Dejando de lado que ese “nosotros” que pronuncia Cafiero no le pertenece, porque su “nosotros” está hecho de todos los que pusimos un voto para que él esté sentado ahí, es justamente a ellos que se les tiene que decir, porque son ellos los que hacen campaña con los derechos humanos como bandera y, sobre todo, los que se proponen como representantes de un electorado con bases justicialistas. Y más allá de la particularidad, los gobiernos deben responder. Si no querés que nadie te pregunte, si no querés que una oposición te pida explicaciones sobre hechos en los que, posiblemente, ellos hubieran actuado igual de mal o mucho peor, si te molesta que se te exijan respuestas y se te presenten demandas, bueno, quizás deberías dedicarte a otra cosa. Si no, una muy buena idea es hacer lo que corresponde de acuerdo con el lugar de representación que se te dio. Y aun así habrá preguntas que responder. Algo que también deberían entender los electorados, por cierto.

Cuando los que representan ciertas banderas, por decirlo de alguna forma sintética, no responden a ellas y los electorados propios no demandan, no usan su potencial político, no solo se exponen los privilegios y la comodidad consensuada, también se revela la pereza y banalidad con la que se componen los sujetos políticos, incluso los que se muestran intensa y activamente atravesados por la realidad. Una intensidad que se suele confundir con compromiso en un contexto de virtualidad que ayuda a esa confusión. Pero hay algo más en esta dinámica, lo más grave de este escenario es que se siembra una desprotección irreparable: si los que tienen que hacer ciertas cosas no las hacen o las hacen de manera tal que perjudican a sus propias bases, los que representan exactamente intereses opuestos pueden hacerlo aún peor porque tienen el antecedente servido en bandeja para partir desde ahí, y sin mayores justificaciones.

La democracia es un ejercicio interminable, arduo, exigente y agotador, porque no es lineal, es corporal y siempre es con otros. No se trata de buenas intenciones. Si lo no lineal, corporal y la omnipresencia de la otredad montan un ejercicio de lo imposible en una época yoica, imperativa y motivacional, la pasión enunciativa de este tiempo calza justo para que domine el intencionalismo. Se asiste, así, a un escenario político desde empatías y estéticas. Como si el ejercicio democrático fuera lógico, coherente y manual, se buscan consignas como estribillos pop y, cuando el hit funciona, la consigna se vuelve inmutable, es decir, conservadora. Ni hablar cuando las consignas se reciclan de otro tiempo y lugar, como si el ejercicio democrático no respondiera a la crudeza particular del tiempo y lugar que lo contiene, ahí, además, la consigna se convierte en falaz y peligrosa. El mercado va por delante y el principal problema es que el Estado funciona como gestor, ese es el núcleo del neoliberalismo. Por eso no es posible descansar en lo aprendido ni en lo hecho y el clima predominante, indistinto de ideología, es la sensación de que nada alcanza y todo será cada vez peor. Y es cierto, porque la democracia necesita siempre más, mucho más, tanto más que no alcanzará nunca y el confort del no ser “tal” o “cual” cosa solo ayuda al reformismo que el propio orden busca para mantenerse vigente.

Partiendo de estas ideas, se necesita una proactividad antifascista, antirracista, una organización social que entienda que el anticapitalismo es una cuestión de ética, no la utopía de tirarlo abajo, utopía que opera en el orden de lo inaccesible y, como dice Angela Davis, ya funciona por egocentrismo y purismo, algo inadmisible en un tiempo de exclusión voraz. Una ética social que entienda al anticapitalismo, entonces, como una causa perdida pero indispensable. Una proactividad política sin miedo, que no confunda contradicción con ambigüedad, diferencia de opinión con diferencia ideológica y que mantenga lo personal en su lugar privado o íntimo, según corresponda, para no despolitizar ni dramatizar ese todo social-democrático en construcción.

Se asiste, así, a un escenario político desde empatías y estéticas. Como si el ejercicio democrático fuera lógico, coherente y manual, se buscan consignas como estribillos pop y, cuando el hit funciona, la consigna se vuelve inmutable, es decir, conservadora.

La experiencia política, atravesada por la pulsión, es también una porción de Eros, como tal, hay un despojo del yo y una pérdida inminente e incesante. Es una experiencia que se hace de acontecimientos, y el acontecimiento no solo no se controla, tampoco se ve venir. Por eso, se necesita, entonces, una proactividad política sin miedo al arrasamiento político, a ese dejar de ser todo el tiempo el que (creemos que) somos para devenir en comunidad y, lo más importante, para dejar de ser el que tiene lo que tiene. Es un ponernos en juego constante que danza con la rosca sobre una realidad movediza, pero con puntos cardinales tan claros que su complejidad no es un imposible.

«La gente dice ‘cómo toleraban la esclavitud, cómo iban a participar de los linchamientos, cómo racionalizaron la segregación así. Si hubiera vivido en ese tiempo no hubiera tolerado esa locura’. Pero la verdad es que vivimos este tiempo, y lo estamos tolerando», desafía agudo el activista Bryan Stevenson y da otra pauta. Para dejar de ser “la gente” y pasar a ser comunidad política, una comunidad sostenida en el propósito social y solidario, hay que desidealizar al pueblo, los Hitler no se hacen solos, hay que desromantizar las plazas, envueltas, los últimos años, en una estetización condescendiente. Hay que dejar de buscar héroes ignorando la tragedia que traen bajo el brazo y lo que esa tragedia nos dice, en definitiva, que hay dejar de deshumanizar lo humano, porque ahí se pierde toda noción de ética social. Es en ese desentenderse de toda ética relacional que ganan los moralismos vivenciales. Y es imprescindible dejar de caer en la trampa narrativa, no solo porque desplaza el contenido ideológico, también a la fe. Y sin fe no hay lazo social sostenible. La fe es una apuesta, ante todo, territorial. Es hora de ser y hacer territorio.

Este tiempo hiperconectado, de comunidades sociales rotas y comunidades virtuales que fundan islas, en las cuales los opuestos no son tan distintos, aún diciendo exactamente lo contrario, no se puede seguir llevando adelante el ejercicio intelectual como se hacía hace 50 años, 25 o 10 años, ni siquiera como hace un año atrás cuando la pandemia apenas comenzaba y desde un surrealismo inaudito algunos vociferaban la caída del capitalismo. Que la conveniencia sectorial tome como fascismo toda crítica al elitismo que pregona la academia y al regodeo por el conversatorio de los intelectuales es también otra tensión propia de la banalización, de una contemporaneidad que se manifiesta sin quitarse de encima nunca la ambición efímera de no perderse los quince minutos de ser odiado y amado por sus microclimas habituales. Ya advertía, hace más de 50 años, Henri Lefebvre sobre el peligro de despojar de responsabilidades sociales a la academia y a los intelectuales, porque su intelectualidad, justamente, es marca y/o producto de estructuras que se sostienen en mantener ciertas desigualdades, pero, además, como si ellos no fueran un canal activo para circular narrativas de poder, cuando no hegemónicas. No hay mejor clima para sembrar fascismo que banalizar el fascismo. La resistencia a la disciplina crítica cuando toca a uno de cerca es también la habilitación a un clima endogámico tan caro de sostener que, más temprano que tarde, se vuelve una caricatura de lo que se buscó originalmente proponer. Sin ir más lejos, hace unos meses Twitter Argentina diagnosticaba el mal estado de la democracia porque se bloqueó a Trump, “un fascista tiene derecho a twittear, enriquece la conversación pública”, decían.   

Mientras algunos pierden el sueño en nombre de una libertad de expresión que es utilizada para constituir propios acomodamientos, Victoria Ginzberg cuenta en Página 12 que hace unos meses se encontró con una cuenta de twitter que lleva el nombre de su madre desaparecida. Una cuenta que, además del nombre, lleva la foto de su madre y dialoga con otras cuentas que repiten la misma operación con otros desaparecidos. Son cuentas con un sentido de lo siniestro que no merece comprensión alguna y que, lamentablemente, no sorprenden en una época que hace del consumo irónico y estético su móvil vincular hacia cualquier posicionamiento. Esto también nos advierte que no se trata de un saber o no saber que amerita que se le explique quiénes son los desaparecidos y por qué son 30 mil, su utilización confirma saber todo muy bien, esa manualidad que se hace de la Memoria es puro conocimiento, y su accionar frente a ese conocimiento es un convencimiento ideológico no permeable a ninguna dialéctica. Permitir la conversación con el fascista solo aporta una espectacularización, otra más, que no logra impacto alguno más que el relamerse entre convencidos. La Memoria, así en mayúscula, no debe permitirse devenir en una pedagogía que no distingue receptor, su lugar es motorizar el ejercicio democrático, no legitimar lo que atenta contra su andar.  

Un ejercicio democrático, por cierto, ya demasiado atentado, al que encontramos precarizado a gran escala en este nuevo aniversario del Golpe de Estado. En un panorama desalentador, no solo local, sino global, pareciera que nos quedamos sin tiempo para ajustarlo, por eso el momento político para articular deudas históricas tiene que ser este, y se está usando para tener conversaciones que tuvieron su discusión, desarrollo y conclusión entre las décadas del 80 y del 90. 

El periodista Jorge Duarte rescataba una estadística que facilita cómo ajustar el GPS para redireccionar y recorrer ese tramo de intimidad entre las desapariciones y violencias estatales de la dictadura con las de la democracia sin perder de vista la estructura económica: “el 67% de los desaparecidos son trabajadores, fundamentalmente activistas de base y cuadros sindicales intermedios”. Este porcentaje dialoga perfectamente con cada uno de los porcentajes que nos muestran desde la CORREPI al INDEC. Lo dicho: las violencias operan en simultáneo, el tratamiento aislado solo las consolida y perpetua.

Hay cifras por todos lados, cifras que tienen cuerpo y demuelen mitos. Los números no están vacíos, son vidas y son duelos. La manera en la que tomamos esos duelos, cómo los pensamos, cómo accionamos frente a ellos, marcan profundamente el devenir de la convivencia social.

Hay cifras por todos lados, cifras que tienen cuerpo y demuelen mitos. Los números no están vacíos, son vidas y son duelos. La manera en la que tomamos esos duelos, cómo los pensamos, cómo accionamos frente a ellos, marcan profundamente el devenir de la convivencia social. La tensión sobre la consolidación democrática no puede darse el lujo de ignorar, minimizar, relegar o tratar como tema de moda la realidad de los sectores que están al borde del sistema y que, en parte, es la propia bota del Estado la que los desplaza más allá de todo borde visible para luego licuar y/o desarticular todo reclamo.

No hay camino más claro para validar con cuerpo y contundencia el Nunca Más que poner la mirada y los pies en el ancho y largo territorio partiendo de esos bordes. No hay otro camino, además, para mantener presentes a los 30001 del modo más fiel a su orden político y al camino que ellos mismos eligieron andar, aun cuando ya sabían lo que podía tocarles vivir, siendo y haciendo un territorio que nunca empieza por arriba ni por el medio, sino por las bases. Bases en las que esos bordes se vuelven difusos y permiten que el desaparecido siga “ni muerto ni vivo” mientras se convierte en una pregunta abierta con la que se va a dormir una madre todas las noches. Una madre de Plaza de Mayo, de Lugano, de Tucumán o de Comodoro Rivadavia. Una madre, hermana, un padre, una abuela, amigos, amigas, una familia, un barrio, una comunidad, una democracia demorada que elige qué duelos dar.

Bárbara Pistoia

Bárbara Pistoia

Comunicadora y artista visual. Edita Delivery, un newsletter de arte. Dirige Hiiipower Club, un sitio sobre hip hop y black arts. Escribió "¿Por qué escuchamos a Tupac Shakur?", editado próximamente por Gourmet Musical Ediciones.

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