Impuesto a las Ganancias o «todos somos clase media»

El Impuesto a las Ganancias es un tema recurrente entre nuestro debate público, esto responde a oportunismos políticos y a una serie de problemas sin resolver. Una clases media empobrecida y una inflación imparable son el trasfondo de un debate que debería ir al meollo de la cuestión.

El cambio en el Impuesto a las Ganancias es agitado como el caballo de batalla de Sergio Massa en su función de traductor entre “la clase media”, a la que considera su propio coto de caza electoral, y el kirchnerismo. En un contexto de destrucción sostenida de la capacidad de compra del salario y donde el impuesto alcanzaba a sueldos cada vez más bajos, el proyecto suena razonable. Ahora bien, ¿quiénes son en el contexto general los beneficiados por la medida? En rigor, la clase media alta. Mientras el gobierno resuelve esta tensión, se pierde de tomar medidas de fondo sobre el tema. 

EL ESTADO Y LOS IMPUESTOS

De dónde se financia el Estado, quién gana y quién pierde en ese sistema, tema de larga data que decapitó reyes e inició revoluciones. Para poder pensar qué hacer con los impuestos en la Argentina tenemos que tener bien presente dos fotos, una del Estado y otra de nosotros mismos.

Foto 1: el Estado debe cumplir con los impuestos dos funciones importantes: la primera, recaudar. Por más que parezca obvio, el Estado necesita un conjunto de impuestos que financien las políticas que lleva a cabo. Por otro lado, hay mucho consenso entre los especialistas que a través de la estrategia de impuestos se debe ayudar a que la economía produzca más y se redistribuya mejor. De ahí la gastada frase “que más paguen los que más tienen”.

Medido por cualquier variable económica o puesto en la calle, los sueldos más bajos que están alcanzados por el impuesto te abren las puertas a una vida apenas razonable. Este proyecto destapa la tragedia argentina: hace rato que se acabó la sociedad del bienestar, para una vida digna hace falta ser rico y la clase media se volvió, de hecho, pobre.

Foto 2: para poder encarar una discusión sobre qué está bien y qué está mal en esta materia hay que asumir dos cuestiones bien mundanas, con mala prensa pero mucho arraigo: a nadie le gusta pagar impuestos y todos (o muchos) creemos formar parte de la clase media. Sin entender estas dos pulsiones, todo debate se convierte en una búsqueda en el cajón de argumentos para ver cómo puedo pagar los menores impuestos posibles. 

Vuelvo al proyecto: en concreto se busca eximir del impuesto a las Ganancias a sueldos menores a $150.000, porque hoy los empleados y empleadas solteros/as pagan el mismo a partir de un sueldo de $74.810 al mes, mientras que las y los casados con dos hijos lo pagan a partir de $ 98.963. ¿Esto está bien? ¿El proyecto busca proteger los ingresos de grandes potentados o de individuos con una vida apenas si placentera? El problema para responder esa pregunta es que ambas respuestas son ciertas.

¿Qué lugar en la fila me toca? Obligación de escuela primaria: «ordénense del más bajo al más alto». Me evoca recuerdos de intentar estar lo más atrás posible. Si miramos cuánto gana el conjunto de los trabajadores y trabajadoras del país y los ponemos en una fila de menor a mayor, podemos ver que las personas alcanzadas por el impuesto hoy forman parte del 20% más rico de la población, según datos en base a publicaciones del INDEC. ¿Cuánto ganan los que están a la mitad de esa fila? Para 2020, $40.000. Esa vendría a ser, siendo estrictos, la clase media y acá es cuando la cosa se pone incómoda. Por una serie de motivos que podrían explicar mucho mejor los sociólogos, en Argentina todos aspiramos a ser clase media. Los sectores populares intentan esconder su pobreza y los sectores más altos se asumen a sí mismos como «los del medio», pero la verdad, en sentido estricto, ingresos mayores a 70 o 80 mil pesos mensuales te colocan hoy en los sectores medios-altos de la Argentina.

Ahora bien, si miramos la fila a través de qué vida se pueden garantizar los distintos sectores, el proyecto tiene más sentido: medido por cualquier variable económica o puesto en la calle, los sueldos más bajos que están alcanzados por el impuesto te abren las puertas a una vida apenas razonable. Este proyecto destapa la tragedia argentina: hace rato que se acabó la sociedad del bienestar, para una vida digna hace falta ser rico y la clase media se volvió, de hecho, pobre. 

LA BRÚJULA IMANTADA

El emprobecimiento de grandes sectores sociales que se viene consolidando desde hace 40 años se profundizó durante el gobierno de Macri y el primer año del de Alberto Fernández: los salarios vieron derrumbar su capacidad de compra y, en ese contexto, las medidas para recuperarla parecen razonables. 

Pero si miramos un poco más lejos, las iniciativas del gobierno tienen la brújula imantada. Existe un consenso mundial al momento de pensar estos temas de que el tan mentado Impuesto a las Ganancias es un buen impuesto y que además debiera recaer más sobre las personas y menos sobre las empresas: poder exigir colaboración a través de aquellos ingresos netos que, si no, irían a consumos de lujo o ahorro privado y alivianar la carga en las ganancias que todavía están en las empresas y pueden ser reinvertidas para producir más. El gobierno está haciendo todo al revés: aliviana la carga a las personas y planea en unos meses imponer tasas más altas sobre las empresas. 

El gobierno está haciendo todo al revés: aliviana la carga a las personas y planea en unos meses imponer tasas más altas sobre las empresas. 

En vez del camino que está tomando, sería más razonable pensar una reforma integral sobre el tema. Eliminar las innumerables exenciones que existen a ganancias no laborales; que los salarios que exceden largamente el costo de vida paguen un “Impuesto a los altos ingresos” para salir de la chicana semántica de que “El salario no es ganancia”; mejorar los descuentos que puedan hacer quienes tienen cargas de las familias reales (hoy por ejemplo la pareja solo cuenta si hay casamiento o unión convivencial, pero no si simplemente conviven); y por qué no pensar en herramientas para zanjar la brecha de género: si en promedio una mujer gana 30% menos que un varón, ¿por qué no pensar deducciones diferenciadas y así equiparar ingresos?

El Congreso esta semana se encaminará a dar aire a los sectores medios-altos que tienen una vida de, apenas, una clase media. En el camino queda la oportunidad de una reforma integral que pegue a varias bandas y nos augure un futuro más equitativo.

Maximiliano Díaz

Maximiliano Díaz

Contador público (UNMdP). Magíster en en Evaluacion de Politicas Publicas por la Universidad Internacional de Andalucía. Coordinador del CEMUPRO Buenos Aires.

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