De grietas, clivajes y varas altas

A veces uno siente que pierde el tiempo dialogando con quien piensa distinto. Sin embargo es importante insistir en hacerlo, porque las personas no discrepamos siempre en los mismos temas: no hay una sola grieta o clivaje sino que varía de acuerdo al tema que se trata. Y porque –por suerte– existen personas que insisten en dar y pedir razones. Hay que elevar la vara si queremos que vengan tiempos mejores.

Se nos quiere imponer la creencia de que hay una sola línea divisoria entre las personas («grieta» le llaman de un lado; «contradicción», o «clivaje», usan quienes rechazan el uso de la anterior. Pero cómo le llamen es lo de menos). Se pretende, incluso, que esa especie de confrontación entre el Mal y el Bien se remonta a tiempos inmemoriales. O al menos desde 1810, afirman algunos, desde “federales” y “unitarios”, otros.

La idea es falaz: pretende que si dos personas estamos de acuerdo en algo –por ejemplo, en que los impuestos deben ser progresivos, o sea que más paguen quienes más ganan–  tenemos que estar de acuerdo en cualquier otra cosa –por ejemplo, en que hay que legalizar el aborto–. Y no hay nada que indique que las cosas sean así.[i]

En verdad es tan absurdo como pretender que si a dos personas nos gusta la música de Spinetta, también nos tiene que gustar la obra de Antonin Artaud o ambos ser de River, como era el Flaco (alguien podría objetar que una cosa son gustos o criterios estéticos y otra las ideas políticas o filosóficas. Sin embargo no es tanta la distancia, ya hay estudios que indican que hay un fuerte componente emocional en las ideas que hacemos nuestras).

La grieta falaz tranquiliza a ciertas almas, que creen hallar en esa forma lineal de ver el mundo una guerra permanente entre dos campos. Alguna vez a eso se le llamó «maniqueísmo», por el nombre de una creencia religiosa antigua que consideraba que hay dos principios en pugna en el mundo, el bien y el mal, y que todo se reduce a esos dos campos: estás conmigo, o estás contra mí.

La grieta falaz tranquiliza a ciertas almas, que creen hallar en esa forma lineal de ver el mundo una guerra permanente entre dos campos.

Si eso que describo resulta familiar en relación con la actitud que sostienen no solo muchas religiones sino también muchas cofradías partidarias, sectoriales o incluso musicales, no es en absoluto casualidad: quienes estudian estos temas dicen que en cierto modo nuestro pensamiento está moldeado para utilizar esa permanente confrontación de dos polos (noche-día, frio-calor, blanco-negro, seco-húmedo, etc). El maniqueísmo no sería otra cosa que una versión más pronunciada del dualismo presente en casi todas las culturas humanas desde siempre.

La historia del pensamiento registra filosofías que aplicaron ese dualismo de distintos modos: para algunas, era siempre confrontación inevitable, que sólo se podía zanjar con la supresión de uno de los términos; para otras, la superación de la dicotomía solo se da cuando surge algún término nuevo, que integra y conserva elementos de ambos términos contrapuestos; para otras, el eje conceptual para superar la dicotomía era la complementariedad de esos términos contrarios. En estos tiempos pareciera que muchas personas, sin ser del todo conscientes de ello, apuestan a la primera posición: para que haya “paz” debería desaparecer la contraparte, ser eliminada, borrada de la escena.

Pero la realidad nos muestra a cada paso que no hay una sola grieta. Eso se evidencia cuando se abordan temáticas relevantes de manera «técnica», a partir de ciertos consensos que están en la base de nuestra Constitución: desde cómo podríamos modificar nuestro sistema impositivo para que cada persona tribute de manera proporcional a sus ingresos, hasta cómo se podría favorecer un acceso a la tierra por parte de jóvenes que desean vivir en el campo; desde cuál es la mejor manera de transformar la matriz energética hasta cómo podría favorecerse la cooperación entre las personas con monedas virtuales; desde quiénes deberían nombrar a los jueces que hoy solo nombra la política hasta cómo deberían resolverse las autorizaciones de proyectos que ponen en riesgo lo ambiental; en fin, lo que se desee analizar detalladamente mostrará que en cada tema se abren «grietas» o «clivajes» bien diferentes a los que se nos quieren imponer, llevando a las personas a razonar como si la vida fuera una guerra constante en función de una única línea divisoria.

Creo que esa ficción nos destruye, degrada la convivencia. A diferencia de otras ficciones que nos ayudan a vivir mejor (por ejemplo la idea de que todos tenemos derechos que deben ser respetados) esa ficción enturbia la vida y enrarece el aire. Hace irrespirable la convivencia. Da oxígeno a una vieja y errada aspiración de homogeneidad (que edulcoradamente se presenta como «unidad»), la también falaz idea de que «estar unidos» significa tener un enemigo común.

Pero lo cierto es que las grietas son incontables. Y en la medida que cambia el tema en discusión, también cambiará «el bando» en que nos enrolamos. Por eso es importante intentar hablar con quienes piensan distinto, procurar escucharnos, diferenciar los temas, profundizar el análisis, separar el cuestionamiento a las ideas del cuestionamiento a las personas. Cosa que (doy fe) no es nada fácil. Pero por difícil que sea hay que intentarlo.

Suelo constatar (con cierta sorpresa, que revela cuánto me ha afectado a mí mismo esa imposición de una única grieta) lo que ocurre cuando comparto posteos o noticias sobre temas ambientales. Entre quienes reaccionan favorablemente es frecuente ver a personas que están en distintos campos de la grieta que nos imponen. Y a quienes es impensable verles coincidir en otros asuntos.

Es una buena muestra de que no es cierto que haya una sola línea divisoria y de que si hablamos, si nos escuchamos, podemos zafar de ese enfrentamiento espurio del que se benefician precisamente quienes nunca «caen» en la grieta: los grandes grupos empresarios, los que controlan la extracción de los recursos naturales de nuestro país (gobierne quien gobierne), los que manejan los «alimentos» (entre comillas) que consumimos, los que controlan las finanzas desquiciadas y obscenas de la Argentina, los que deciden, en el fondo, cómo se usa el dinero de todos; protegidos, mimados y favorecidos por todos los gobiernos sin excepción, con la sola condición de que compartan con las castas gobernantes unas gotitas de sus ganancias extraordinarias, de modo que les permitan seguir en el poder real a unos, y en la ficción de poder a los otros, al menos por un período más.

Claro que hay quienes hacen mérito para sostener la idea de una única grieta: aquella persona para la cual todo lo que haga el Gobierno está mal, sea lo que sea, incluso si se trata de medidas que siempre reclamó esa misma persona. O aquella otra persona para la cual todo lo que haga el Gobierno está bien, haga lo que haga, e incluso si se trata de medidas por las que repudió a gobiernos anteriores.

Lo cierto es que son tiempos difíciles para razonar y para argumentar en base a evidencia. Demasiado fanatismo, demasiada burbuja conceptual, demasiada gente que sucumbe de lleno en los brazos del sesgo de confirmación de ideas sencillas que permiten «explicar» el mundo.

Pero creo que después, en lo cotidiano, esas mismas personas se suelen entremezclar si el tema de discusión no presenta posiciones monolíticas en el «bando» del que se siente parte (por ejemplo, la legalización del aborto o la mencionada cuestión ambiental, sobre todo cuando se discuten aspectos específicos: el fracking, la protección de humedales, el uso de agroquímicos, etc).

Lo cierto es que son tiempos difíciles para razonar y para argumentar en base a evidencia. Demasiado fanatismo, demasiada burbuja conceptual, demasiada gente que sucumbe de lleno en los brazos del sesgo de confirmación de ideas sencillas que permiten «explicar» el mundo, gente que no tiene otra ambición que esta: creer que entendió el caos que nos rodea con el simple recurso de saber, siempre, de antemano, a quién echarle la culpa.

Silvio Rodríguez, que para mí ha sido no solo una referencia artístico-musical sino también en el pensamiento (lo considero parte de esa valiosa “raza” de artistas que han hecho relevantes aportes filosóficos con su arte), dice en una de sus canciones:

«Para pronunciar el nosotros,

para completar la unidad,

habrá que contar con el otro

las luces y la oscuridad. 

Es grande el camino que falta

y mucho lo por corregir.

La vara, cada vez más alta,

invita a volar y a seguir».

A veces uno siente que pierde el tiempo dialogando con quien piensa distinto. Si lo sigo intentando es porque felizmente no son siempre las mismas personas: como decía antes, varía de acuerdo al tema que se trata (aborto, «campo», ambiente, glifosato, lawfare, extractivismo, impuestos, medios de comunicación, Trump, vacunas, Venezuela, etc). Y porque por suerte existen personas que insisten en dar y pedir razones. Con la vara cada vez más alta.

Paciencia, vendrán otros tiempos. Pero solo vendrán si las personas razonables insisten en dar razones. No «cancelándonos», no insultando o suprimiendo a quien piensa distinto, no encerrándonos por decisión propia en ghettos de elegidos, no anulando la posibilidad de dialogar y debatir.

Vendrán elevando la vara, y no bajando las barreras.


[i] De hecho, para poner un solo caso, si hablamos de 1810 es fácil ver las profundas coincidencias entre Moreno y Artigas en ciertos aspectos (que llevaron a que algún historiador calificara al primero como “un Artigas sin pueblo”) y sus diferencias en otros, por ejemplo en el rol que debía jugar la ciudad de Buenos Aires o en la forma de organización institucional que a cada uno le parecía preferible.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Licenciado en Filosofía y Periodista. Integra la cooperativa periodístico cultural El Miércoles, en Entre Ríos. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013). Fue director de La Vanguardia.

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