Menem somos (fuimos) todos

Menem supo encarnar muchas cosas: un peronismo pendular, la corrupción y el neoliberalismo, la democracia posible y la estabilidad forzada, la promesa y la crisis. Un nombre propio que dice mucho de la Argentina que fue y la que, a pesar de todo, todavía somos.

El nombre de Menem alcanzó, como pocos, la virtud quimérica de serlo o representarlo casi todo. Pieza rara y singular, pero al mismo tiempo perfecta del peronismo, sintetiza, en primer lugar, esa condición camaleónica que define la “identidad” escurridiza de este último: la capacidad de albergar, con movimientos pendulares que trazan y re-trazan una y otra vez sus límites identitarios, un arco ideológico o cosmovisión de ideas tan amplio como contradictorio y hasta imposible. O, mejor aún, Menem es, encarna, ese gesto pendular que hace del peronismo algo más que la identidad de lo mismo. Porque Menem, que se autopercibió siempre y hasta el final de sus días como peronista, y que ganó todas y cada una de las elecciones bajo el paraguas del Partido Justicialista, llegó al poder prometiendo el “salariazo” y la “Revolución productiva” para terminar haciendo la revolución que, reformas estructurales mediante, algunos gustan en llamar “del neoliberalismo”.

Pero Menem no solo expresa o sintetiza muy bien eso. Expresa o sintetiza, también y con algo de ironía, la vocación modernista que supo enarbolar la vieja y querida élite conservadora de principios del siglo XX y que, una y otra vez, surge como resorte siempre renovado de nuestra derecha autóctona: las privatizaciones de los ’90 y todo ese conjunto de beneficios modernizadores del que gozamos mucho menos como ciudadanos que como clientes o consumidores, la entrada con bombos y platillos de las grandes multinacionales a las telecomunicaciones (y a la economía en general) y, por ende, el ingreso de la infraestructura y la tecnología de punta que nos hizo entrar al mundo a través de la línea de teléfono y de la tele. Todo eso rememora y abreva en esa vocación que nunca se agota.

Menem es, encarna, ese gesto pendular que hace del peronismo algo más que la identidad de lo mismo.

Pero hay más: Menem expresa, también y contra todo, la consolidación del orden democrático vía indultos, vía la estabilización de la economía y el olvido de los años hiperinflacionarios. Expresó el sueño de cierta clase media que viajó a Miami y a Disney con la ficción de un sueldo pagado en dólares. Refleja el símbolo del caudillismo del interior que encarnaron, a su manera y con sus matices, Rosas, Chacho Peñaloza y Facundo Quiroga. Patillas grandes y prominentes y dueño, durante su mandato (y un poco más también), de su feudo de origen, La Rioja.

Expresa, también como pocos, la extravagancia de nuestra farándula llevada a su extremo: Moria Casán, Sofovich y tantos otros yendo a la Rosada como si fuera su propia casa. Menem es, también, las crisis argentinas, todas juntas, en una: es las penas de esa misma clase media que viajaba para ver a Mickey golpeando 10 años más tarde las puertas de los bancos (blindados con mampostería de chapa, donde golpeaban las cacerolas, no lo olvidemos) para reclamar sus ahorros, viendo derribarse, para decirlo más crudamente, la ficción de su salario ahorrado en dólares. Porque, hablando precisamente de imaginarios: ¿Quién no se acuerda de Menem, tanto como de De la Rúa, con la crisis del 2001?

Menem es el otro del sentido común del progresismo argentino: ese otro que hay que expulsar de la política y la historia doméstica porque “hizo mierda a la Argentina”, es el Mal banal de nuestros amigos de la centro izquierda. Pero es también el sí mismo del liberalismo local y de la ortodoxia económica: Melconian, Sturzenegger, Cavallo, todos hijos del imaginario del buen Estado retirado del mercado que, como pocos, representa Menem.

Menem fue el Presidente asociado a la corrupción mucho antes que el enlatado “se robaron todo” fuera endilgado a los Kirchner. Porque antes que Nestor, Cristina, los bolsos, López, Báez, la ruta del dinero K y las cajas fuertes enterradas en el Mausoleo del primero, antes que todo eso y que ellos estuvo Menem. Es por eso, y en buena medida, la expresión, el anverso del reverso de la anti política: de esa clase media que odia tanto a Menem como a la política, o que odia tanto a la política en buena medida por Menem. Menem es la entrada del terrorismo internacional a la Argentina: es el atentado a la AMIA y la impunidad sobre la que se posa el dolor de los familiares de las víctimas.

Menem es el otro del sentido común del progresismo argentino: ese otro que hay que expulsar de la política y la historia doméstica porque “hizo mierda a la Argentina”, es el Mal banal de nuestros amigos de la centro izquierda.

Menem es la pobreza estructural de una economía hiper transnacionalizada, terciarizada y vuelta una máquina de importar dinamita hecha mercancías para nuestra industria. Es la desindustrialización hecha paradigma. Ni supermercado del mundo. Servicios, servicios y más servicios. Es la deuda privada, la fuga, y la deuda pública. Los únicos índices, los de pobreza, de deuda y fuga, que llegaron, de la mano de Menem, a la estratosfera (donde iban a llegar “esas naves espaciales” que iban a salir de acá mismo, de Córdoba).

Simpático, carismático, animal político como pocos, Menem es todo y (ya no) es nada: es polvo. Menem está y ya no está entre nosotros. Menem es el nombre que lo sintetiza casi todo. Porque, en el fondo, Menem somos (fuimos) todos.     

Juan José Martínez Olguín

Juan José Martínez Olguín

Doctor en Filosofía por la Universidad de Paris VIII e investigador del IDAES-UNSAM. Es autor de "Politique de l’écriture" (Paris, L’Harmattan, 2018), "El parpadeo de la política. Ensayo sobre el gesto y la escritura" (Miño y Dávila, 2021) y "Ensayos en tiempos de cuarentena. Pandemia, política y filosofía" (Eudeba, 2021).

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