De libertades, incorrecciones y política

Las redes sociales se han vuelto, una vez más, terreno de disputa política, lejos de la neutralidad y la democracia que se presumía otrora. La libertad y la corrección política, la cancelación y la censura, y un largo etcétera. Finalmente, todo internet es político.

Con la baja de las redes sociales de Donald Trump, diferentes voces nacionales pusieron el grito en el cielo por cómo empresas privadas intervenían en la conversación pública y, así, debilitaban el debate y entorpecían el fluir del pensamiento democrático.

Este planteo sería urgente y edificante si no fuera que las conversaciones públicas están, más que debilitadas, perdidas en una fragilidad sin rumbo. Porque la noción democrática se aborda, se piensa, se discute y, sobre todo, se defiende desde una distancia a la realidad territorial que es tan abrumadora como alarmante.

Que la urgencia en este mundo incendiado de desigualdades y ardiendo bajo la lava de los discursos de odio sea la salud de un debate público con sobrerrepresentación de clases acomodadas que no se cuestionan los tipos de debates que se buscan sostener es, de mínima, una percepción elitista.

Dejando de lado la demora con la que algunos sectores descubren la no neutralidad de internet, y lo oportunamente que lo olvidan o con la conveniencia que lo recuerdan, que la urgencia en este mundo incendiado de desigualdades y ardiendo bajo la lava de los discursos de odio, que no son más que arengas, sea la salud de un debate público con sobrerrepresentación de clases acomodadas que no se cuestionan los tipos de debates que se buscan sostener es, de mínima, una percepción elitista, romántica, que no le escapa al narcisismo de la época ni a sus ambiciones efímeras. Pero que también nos deja ver la abstracción con la que se piensa la conducta cívica y, en consecuencia, el cuerpo democrático: ¿Cuán público es, finalmente, el debate público?

LIBERTAD, LIBERTAD, LIBERTAD

“Creo en la libertad de expresión, pero también creo que tenemos la obligación de condenar los discursos racistas, intolerantes, antisemitas y de odio”, decía John Lewis. La clave de comprensión de la cita está en el “pero también”, además, claro, de que sea él quien dice esto: actor fundamental en el Movimiento por los Derechos Civiles y de una trayectoria política que lo mantuvo activo, lúcido y como faro hasta sus últimos días. Con todas las credenciales a su favor para plantear un puente entre el derecho a decir y la responsabilidad por lo dicho, Lewis también nos recuerda que ni la libertad ni el lenguaje que usamos para esa expresión libre son “gratuitos”. Ninguna libertad es ingenua y ninguna expresión libre es inocente ni ajena a los cuerpos que la ponen en circulación, pero, yendo hacia la huella marxista, tampoco a su tiempo, al clima que la envuelve y a sus condiciones materiales de existencia. 

Lewis era un activista pacifista nato. Su pacifismo está signado por la comprensión fundacional del movimiento que lo tuvo de protagonista y que comandó Martin Luther King: la paz no es la falta de conflicto, es la presencia de justicia. Conocemos el lema global: sin justicia no hay paz. No es metafórico, no es motivacional, no es vivencial. Por supuesto, no es una amenaza. Es una demanda política.

Conocemos el lema global: sin justicia no hay paz. No es metafórico, no es motivacional, no es vivencial. Por supuesto, no es una amenaza. Es una demanda política.

¿Cómo se sostiene una demanda política signada por el pacifismo cuando se utiliza la idea de libertad de expresión para la divulgación de discursos de odio y dar arenga a acciones de violencia? ¿Cómo se sostienen demandas políticas que buscan mantener una construcción democrática que repare desigualdades estructurales cuando a los movimientos pacifistas se les cae con todo el peso de las fuerzas de seguridad y mediáticas, las que justifican, estigmatizan, criminalizan, callan u omiten, según les convenga, cuando a los movimientos que destilan discursos de odio se le atribuyen los “buenos valores”, la libertad, la vida, la justicia, la independencia, la bandera del país?

LA INSOPORTABLE NECEDAD

El meme de Hitler diciendo “es mi opinión, bro, respetala” grafica muy bien los bordes sutiles de la “libertad de expresión” mal entendida y captura la esencia de la época en cuanto a cómo atraviesa los procesos sociales más dramáticos de la historia de la humanidad. “El racismo no es una diferencia de opinión”, dice Bernice King. Funciona igual si tachamos racismo y ponemos nazismo, terrorismo de estado, etcétera. También funciona si tachamos diferencia de opinión y ponemos incorrección política. Ergo, el antinazismo, el antirracismo, las banderas de Memoria, Verdad y Justicia no son correcciones políticas.

El viciado clima moderno, que pide posicionamiento por todo, necesita una conciencia crítica que rompa el loop mediocre y efectista en el que se está tensando la realidad: por un lado, los que están a punto de cancelarse a sí mismos porque ya no les queda nada por cancelar, pero, por el otro lado, los que están a un pestañear de acusarse a sí mismos de cancelación porque es lo único que ven en todo. Si todo es censura, no solo que nada es censura, sino que cuando realmente ocurra no va a importar, va a estar naturalizada en la marea de todos los gritos de censura en vano que se dieron antes. Si todo es libertad, entonces, en esa universalización absoluta, la única libertad posible es la individual, un individualismo en el que siempre ganan los mismos.

Si todo es censura, no solo que nada es censura, sino que cuando realmente ocurra no va a importar, va a estar naturalizada en la marea de todos los gritos de censura en vano que se dieron antes. Si todo es libertad, entonces, en esa universalización absoluta, la única libertad posible es la individual, un individualismo en el que siempre ganan los mismos.

Hay ciertas semillas reduccionistas y negacionistas en querer debatir ciertas cosas o llevarlas todas hacia un mismo campo de comprensión, como si el siglo XX no hubiera existido y no nos hubiera enseñado nada. Tal vez una buena manera de marcar los bordes sea ver en qué punto se pone en juego la integridad de las personas, sus derechos, su calidad de vida. Los discursos de odio tienen en su mayoría los mismos destinatarios y tenemos, de mínima, más de 500 años de historia que nos confirman la ingenuidad de defender que ciertos discursos puedan difundirse y que esa es una idea de libertad saludable. Como si en el nombre de la libertad, de la paz y del amor no hayan ocurrido las más grandes atrocidades. Como si realmente alguien pueda pensar que Donald Trump está siendo cancelado. Bueno, pensaron que Donald Trump iba a ser el salvador de los trabajadores y repiten como loros que no bombardeó otros países. Así que, pensar, pueden pensar cualquier cosa y bastante mal, sin inmutarse.

El “rompan el aislamiento” emblemático de Rodolfo Walsh hoy podría dirigirse perfectamente a los microclimas que se construyen a partir de un ejercicio “crítico” que se pulsa en escritorios y sobremesas afines a uno, afinidades culturales y de clase, sin dimensionar el territorio, los territorios, sus faltas y las disputas con ellos, sobre ellos. Ni hablar cuando se pretende analizar escenarios internacionales desde la lógica de la política nacional, la que, la mayoría de las veces, ni siquiera es útil para pensar más allá de AMBA.

REDES SOCIALES Y ESTADO, ¿ASUNTO SEPARADO?

Las suspensiones definitivas y parciales de cuentas y las bajas de algunas publicaciones abundan desde que las redes sociales empezaron. Bienvenidos, también, a los que empiezan a descubrirlo. Obras de arte con desnudos (o “demasiada piel al descubierto”), partes del cuerpo femenino, algunos símbolos contundentes, como una esvástica, son registrados cada vez en un tiempo más inmediato a la subida y así de automático se bajan. Esto pasó siempre, incluso cuando todo era una celebración alrededor de las redes por la democratización que estos espacios abrían. Una vez más, pensando de forma bastante abstracta la idea de democratización. La cuestión es que esa horizontalidad incluía también la posibilidad de las denuncias de usuarios, las que fueron ampliando los motivos predeterminados. Superpoder para una sociedad que para repudiar algo, lo muestra, que rompió la idea de presunción de inocencia, en definitiva, siempre lista para la vigilancia y escalar en supremacismos obvios, pero también sutiles, propios de los progresismos y el campo popular. 

Las redes sociales no fueron hechas para que los gobiernos, gobernantes y políticos las tomen como trinchera ni termómetro, aunque así las usen. Tal vez haya que repensar el uso de las redes, tal vez haya que repensar si está bien la relación del Estado con las redes o qué tipo de relación debería tener el Estado y los funcionarios públicos con las redes. Desde empezar a desnaturalizar que funcionarios públicos, políticos en carrera, líderes de partidos puedan bloquear, chicanear y/o escrachar a usuarios/ciudadanos, hasta pensar por qué, en una realidad que exhibió la desigualdad digital como nunca antes, se siguen utilizando las redes más que nunca para sus anuncios, explicaciones, advertencias, informaciones diversas. Es decir que, si realmente importa la conversación pública en pos de un fortalecimiento democrático a partir de las redes, quizás las preguntas y los “reclamos” más urgentes e importantes no son, esta vez, para las empresas privadas.

Por otro lado, consumimos medios y portales que constantemente intervienen en la conversación pública debilitándola y atentando con la democracia y, demasiadas veces, con la integridad de las personas. Y parte de la contaminación informativa, así como también de la construcción microclimática, ese aislamiento a romper, es el entramado íntimo que termina haciendo funcionar como una misma gran cosa a todos los medios, portales y app, aunque, a su vez, compitan entre ellos. Todo funciona como satélite de lo que pasa en internet. Una internet que no es neutra y que propone un presente permanente.

Silenciamos, mutamos, bloqueamos, seguimos, dejamos de seguir, denunciamos, escrachamos, capturamos una imagen, la guardamos como un as bajo la manga, y más. Pero los discursos no funcionan así, la vida y la realidad, tampoco. Lo político y la política, menos.

Es obligación salir de esa medida de tiempo si apelamos a una disciplina crítica, porque ese presente permanente es pura exasperación emocional y yoica que nos despoja de toda historia, de todo margen de descanso (asimilación) y, lo peor, que nos presenta el pasado como un tiempo decorativo, al que se recurre solo para compartir imágenes. En este tiempo presente permanente y emocional que propone internet (es decir, hoy por hoy, la época), las redes sociales funcionan como una estadía de juventud eterna, un estado de aula de secundario sin profesor ni director a la vista, con las hormonas implosionando, todos gritando bajo una lluvia de elementos que vuelan.

Pero hay una trampa más, y es el broche de oro: la ilusión de poder controlar lo que decimos. Silenciamos, mutamos, bloqueamos, seguimos, dejamos de seguir, denunciamos, escrachamos, capturamos una imagen, la guardamos como un as bajo la manga, y más. Pero los discursos no funcionan así, la vida y la realidad, tampoco. Lo político y la política, menos. Hay una tragedia en creer que lo que decimos se puede controlar y no construye empoderamientos que nos llevan puestos, que llevan puesto a todo eso que muchos pretenden defender.

Estas líneas están lejos de defender a empresas privadas y no están en contra de la libertad de expresión. Hay que decirlo explícitamente porque otro mal de época es leer lo que no se dice literal como un posicionamiento que se interpreta de acuerdo con el prejuicio lector. 

Estas líneas están a favor de direccionar la atención y la demanda, de una no violencia basada en una idea de justicia. Esto requiere con urgencia problematizar y forzar conflictos necesarios para darle mayor representatividad y carnadura a los debates coyunturales. Siempre tan blancos, tan porteños, tan clasemedieros. Por eso, también, estas líneas están en contra del decir cualquier cosa y que todo y todos sigan como si nada, salvo aquellos a los que ese decir, más temprano que tarde, toca, golpea, afecta. En definitiva, es a favor del discernimiento, de un periodismo de calidad, de una disciplina crítica no anímica y que corre peligro de extinción. El pecado de nuestro oficio es que rara vez transforma realidades hacia el bien común, pero sí puede ser muy útil para empeorarlas y lo hace a diario. Y si el siglo XX también nos enseñó que si no se quiere resolver algo hay que armar comisiones, el XXI nos dice que, si queremos que algo no cambie, apelemos a las buenas intenciones. Que el yo vuelva a devenir en sujeto colectivo, el único sujeto en condición pública que ilumina. Ese sujeto que mate, de una vez por todas, al yo biempensante, tan impoluto como estéril.

Bárbara Pistoia

Bárbara Pistoia

Comunicadora y artista visual. Edita Delivery, un newsletter de arte. Dirige Hiiipower Club, un sitio sobre hip hop y black arts. Escribió "¿Por qué escuchamos a Tupac Shakur?", editado próximamente por Gourmet Musical Ediciones.

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