Democracia social ¿un horizonte compartido?: a propósito de la polémica socialdemócrata

La democracia social tiene una historia política y conceptual que va mucho más allá del Estado. Una historia de luchas y proyectos sociales que, al calor de estos tiempos y sus desafíos, merece la pena revisar.

En una reciente nota, Mariano Schuster se propuso examinar los usos del término “socialdemócrata” en el actual discurso político latinoamericano. Usado por la derecha como una manera de tercerizar la crítica al populismo y por izquierda como sinónimo de tibieza, esta histórica tradición política se diluyó en los últimos treinta años a raíz de cierta incapacidad por reinventarse luego de un innegable viraje neoliberal hacia fines del siglo pasado. El impasse ha sido de tal magnitud que no son pocos los que se preguntan si no es mejor terminar el prolongado velatorio, cerrar el cajón y pasar a otra cosa. Ante esta disyuntiva, el texto de Schuster es una bocanada de aire fresco y una convocatoria a repensar si esta tradición todavía tiene algo que ofrecer en la incesante tarea de proyectar horizontes de futuro.

Desde mi punto de vista, la conversación a la que nos invita Schuster sólo tiene sentido si se aceptan dos postulados que en la práctica han sido difícil de conciliar. En primer lugar, que la socialdemocracia es parte de una casa común más grande (Francisco Reyes dixit) habitada por posiciones ideológicas plurales y diversas que mantienen entre sí interpretaciones a veces francamente antagónicas. En efecto, la actual socialdemocracia puede ubicarse en el árbol genealógico del socialismo democrático. El rechazo a la “dictadura del proletariado” fue sin duda uno de sus aspectos medulares. Acotación crítica que conduce a una -a veces ambigua- sinonimia entre socialismo y democracia. El socialismo sería un fin al que sólo cabría arribar por los medios de la democracia y, a su vez, sólo se puede aspirar al establecimiento de una genuina democracia si se sigue la metodología del socialismo.

El socialismo sería un fin al que sólo cabría arribar por los medios de la democracia y, a su vez, sólo se puede aspirar al establecimiento de una genuina democracia si se sigue la metodología del socialismo.

El segundo postulado de la conversación que se abre es que no obstante esta pluralidad ideológica, el socialismo democrático no puede significar cualquier cosa. Por más elástico que sea un concepto, sin un criterio mínimo que permita identificar que pertenece a su campo, este se encuentra condenado a ser el botín de presa de discursos que la definen desde su exterior. Posiblemente haya que buscar en la incapacidad (o incluso la negativa) para discutir y explicitar estos principios la explicación del triste lugar que hoy ocupa el término socialdemocracia en el discurso público.

Sintetizando: el desafío se trata de reflexionar sobre aquello que habilite la convergencia en la diferencia, de encontrar aquellos principios mínimos que hagan reconocible una identidad común o, por lo menos, que permita reconstruir un sentido de pertenencia compartido. Reconstruir la Casa Grande pasa por dilucidar esta complicada cuestión.

UN PRINCIPIO: SOCIALIZAR LA VIDA EN COMÚN

Una forma de acortar el camino de esta titánica tarea es volver al propio objeto que en un principio sostuvo la designación de los partidos socialdemócratas: la democracia social. El término también carga con una buena dosis de ambigüedad y es necesario restituir su sentido original a bien de evitar equívocos. Muchas veces escuchamos a políticos progresistas anunciar la construcción “una democracia con contenido social”. Y aquí mismo empiezan los problemas pues en esta fórmula “lo social” no es un contenido sino una forma y una residencia: identifica la potencia instituyente de la sociedad organizada, conglomerado estructuralmente plural que a través de sus grupos busca participar activamente en la gestión de la vida en común. En efecto, el término «democracia social» surgió primero que nada para señalar una alteridad respecto a la democracia liberal y establecer una crítica a la exclusividad de la representación como único pivote de la política.   

Vamos más rápido: durante las primeras décadas del XX, la democracia social era vista como el emergente histórico del movimiento obrero organizado. Identificaba un ámbito extraestatal de construcción del lazo comunitario, con instituciones sociales propias destinadas a permitir y mantener estable la agregación de voluntades individuales que se reconocían como parte de algo más grande, en este caso: una clase popular.

La democracia social señalaba entonces la emergencia de una sociedad cuya política no se agotaba en la dimensión representativa. Sociedad en la cual el individuo abstracto y autosuficiente encontraba su más radical refutación pues ahí estos individuos siempre se encuentran plenamente inscritos en relaciones de interdependencia, obligados a la solidaridad y a la cooperación.

En un bello pasaje de El eclipse de la fraternidad, Antoni Doménech narra cómo, a principios del siglo XX, un miembro del Partido Socialdemócrata Alemán podría educarse en las escuelas y universidades socialdemócratas, acceder a comida mediante la cooperativa, hacer ejercicio en las asociaciones deportivas del partido y “llegada la postrera hora, ser diligentemente enterrado gracias a los servicios de la Sociedad Funeraria Socialdemócrata, con la música de la Internacional convenientemente interpretada por alguna banda socialdemócrata”. Se entiende entonces que el partido era apenas la superficie de un amplio y vigoroso movimiento social de carácter popular. La función del partido era tanto preservar esta forma de vida comunitaria promoviendo la legislación pertinente, así como esforzarse por extender este principio de sociabilidad al resto de la sociedad, pues se pensaba que sólo así se podría trascender el estrecho marco de la sociedad civil liberal, supuestamente conformada por individuos tan autónomos como privados. En América Latina, y más específicamente en Argentina, se pueden atestiguar experiencias equivalentes: algunas de clara raíz socialista y otras, como el peronismo e incluso el radicalismo, de raigambre nacional-popular: casas del pueblo, unidades básicas, ateneos, bibliotecas populares, comités.

La democracia social señalaba entonces la emergencia de una sociedad cuya política no se agotaba en la dimensión representativa. Sociedad en la cual el individuo abstracto y autosuficiente encontraba su más radical refutación pues ahí estos individuos siempre se encuentran plenamente inscritos en relaciones de interdependencia, obligados a la solidaridad y a la cooperación. La democracia social identificaba un desborde respecto al dispositivo del liberalismo y una forma de vida colectiva que aspiraba a cristalizarse en instituciones muy concretas.

Hoy, huérfanos melancólicos del welfere state, cuando alguien nos dice democracia social casi siempre entendemos ampliación de la política social. Sin duda este es un objetivo noble y urgente, pero en su formulación original la ampliación de derecho sociales era subsidiaria de un objetivo más amplio y ambicioso: asegurar las condiciones para el desarrollo de esta vida comunitaria y consolidar el arribo de una verdadera polis. La penuria socialdemócrata empezó cuando en la posguerra sacrificó lo prioritario para asegurar lo complementario y se volvió destino amargo cuando empeñó lo complementario por estabilidad económica, libre mercado y consumo.

UNA TESIS CENTRAL: LA DEMOCRACIA Y EL CAPITALISMO TIENEN LÓGICAS CONTRADICTORIAS

Como bien afirma Sheri Berman, en el primer tercio del siglo XX la primacía de la política fue una de las características de la teoría política que siguieron los partidos socialdemócratas. Esto se materializaba en una cuestión muy específica y urgente: subordinación de la economía de mercado a la democracia. Este objetivo no se conformaba con dibujar un capitalismo con rostro humano ni una economía social de mercado (rúbrica con la cual el SPD y la Democracia Cristiana intentaron disimular el desmantelamiento de la economía política de la RDA luego de 1989). La tesis de fondo era que la lógica democrática y la lógica capitalista resultaban a todas luces incompatibles y que subordinar la economía al imperativo democrático equivalía a transitar el lento, gradual pero firme camino al socialismo.

Ahora bien, en tanto hemos dicho que la amplia familia del socialismo democrático se caracterizó por un meditado rechazo a la vía bolchevique, es necesario precisar qué se entendía por subordinación de la economía a la lógica democrática. El tópico ameritó grandes discusiones en los partidos socialdemócratas en donde se plantearon posiciones distintas y divergentes. Sin embargo, durante esa maravillosa efervescencia que caracterizó el periodo en entreguerras, el objetivo en común fue el de tratar de pensar instituciones que aseguraran la participación de los grupos sociales en la conducción económica. Planificación no quiere decir aquí otra cosa que economía democráticamente establecida, introduciendo con ello un elemento socializador que entraba en directa contradicción con la árida búsqueda de la ganancia privada. Si bien algunas posturas le otorgaban al Estado un papel central, tampoco la cuestión se reducía a este único ámbito. De nuevo, la idea de democracia social ofrecía un imaginario instituyente que funcionaba de vector de nobles creaciones: cooperativas de producción y consumo, democracia de consejos, co-gestión del lugar de trabajo, representación funcional y corporativa, derechos de participación económica, fueron tan sólo algunos de los dispositivos que se pensaron con el objetivo de reinscribir el hecho económico en el seno de la vida social total (es decir aquella que nos involucra a todos).

El horizonte democrático socialista había parido un nuevo concepto de libertad, uno que tenía su razón de ser en la mutua imbricación del individuo con sus semejantes, mismos que no eran obstáculos de su libre albedrío sino la propia condición de su libertad. Libertad, entonces, social: es decir, interdependiente, compleja. La democracia social se presentaba como el único dispositivo capaz de gestionar este nuevo tipo de libertad.

En distintos lugares se incorporaron garantías para darle un cauce legal a esta nueva relación entre democracia y capitalismo. Apareció la idea de una “función social de la propiedad” y pobló toda una nueva generación de Constituciones. Se inscribió lo mismo en Weimar y en la II República Española que en la Constitución peronista del 49 -tantas veces negada-. Convertida en doctrina de derecho administrativo permitió la nacionalización de los recursos y el reparto agrario en el México de Cárdenas. Se colocaba así el tapial que clausuraba la época en la cual la propiedad era entendida como un derecho natural y absoluto. Sin embargo, para bien y para mal, la historia no está hecha de irreversibles.   

Ya en amanecer de la posguerra, en su polémica con Hayek quien recientemente había publicado Caminos de la servidumbre (1944), el historiador económico húngaro Karl Polanyi, exiliado en Austria durante los gobiernos socialdemócratas de la “Viena Roja”, buscó responder a las objeciones de su rival neoliberal introduciendo un último capítulo a esa magna obra que es La Gran Transformación (1944). Ante la advertencia de Hayek respecto a que toda reivindicación de justicia social producía una interferencia con el libre mercado y conducía fatalmente a la erosión de la libertad individual, Polanyi señalaba que la emergencia de la “realidad social” había clausurado definitivamente la utopía liberal del siglo XIX. El horizonte democrático socialista había parido un nuevo concepto de libertad, uno que tenía su razón de ser en la mutua imbricación del individuo con sus semejantes, mismos que no eran obstáculos de su libre albedrío sino la propia condición de su libertad. Libertad, entonces, social: es decir, interdependiente, compleja. La democracia social se presentaba como el único dispositivo capaz de gestionar este nuevo tipo de libertad.

¿Y AMÉRICA LATINA? ¿EL POPULISMO COMO SOCIALISMO DEMOCRÁTICO?

Concedamos, por lo menos como hipótesis exploratoria, que la democracia social entendida en estos términos puede funcionar como uno de los principios mínimos que sostienen esa Casa Grande que es el socialismo democrático (por lo menos una de sus columnas o apenas una pared). Esto tal vez tenga una ventaja secundaria: nos permite repensar la relación entre socialismo, populismo y democracia bajo una óptica diferente.

Sin duda no se trata de equiparar nuestro excepcional y multiforme populismo latinoamericano con la gastada socialdemocracia europea pues, muy a pesar de los politólogos, la única certeza que tenemos hasta aquí es no hay modelos, sólo búsqueda y aventura. Por el contrario, se trata de algo más modesto, de mostrar que pese a las diferencias podemos encontrar algunos vasos comunicantes. También por cierto de la posibilidad de descubrir y reconstruir un imaginario radical compartido vinculado a la tarea de expandir y complejizar el principio de soberanía popular, entendida como la posibilidad de una nación de convertirse en eso que Castoriadis identificaba como una sociedad autónoma y que, por cierto, no excluía a los grandes líderes. Grandes nombres hubo siempre.

No se trata de equiparar nuestro excepcional y multiforme populismo latinoamericano con la gastada socialdemocracia europea pues, muy a pesar de los politólogos, la única certeza que tenemos hasta aquí es no hay modelos, sólo búsqueda y aventura.

Un ejemplo: Lázaro Cárdenas es considerado como un populista latinoamericano clásico. Sin embargo, el «Tata» entendió su empresa política como la búsqueda de una vía mexicana al socialismo. Desde esta óptica se propuso organizar el conflicto de clases para convertirlo en el motor de un ascendente proceso de socialización del Estado y de la vida pública. De tal manera que “la lucha económica y social ya no será entonces la diaria e inútil batalla del individuo contra el individuo, sino la contienda corporativa de la cual ha de surgir la justicia y el mejoramiento para todos los hombres» (LC, 1934).

Restituir estos imaginarios compartidos puede rehabilitar la discusión sobre esta «presencia ausente», como en otro lado Fernando Suárez definió la relación de América Latina con esa longeva tradición socialdemócrata no sólo irreductible a los buenos modales que pretende la derecha, sino profundamente transformadora y plebeya.

Adrián Velázquez Ramírez

Adrián Velázquez Ramírez

Investigador del Centro de Investigaciones en Historia Conceptual (UNSAM). Autor del libro “La democracia como mandato. Radicalismo y peronismo en la transición argentina” (Imago Mundi, 2019).

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