Maradona: ¿un dios en plural?

Maradona, en vida y tras su muerte, fue un hecho colectivo. Divinizado con fervor y denostado con encono. Esa divinidad, tan intensa como pagana, sirve de prisma para leer nuestra sociedad y nuestros valores, tan plurales que duelen.

Apaciguada la conmoción por la muerte de Maradona, cabría decir que lo que se puso en juego en la discusión sobre el valor de su figura fue quién y por qué merece el elogio colectivo. Por tanto, fue (y seguirá siendo) un debate sobre cómo somos y, sobre todo, cómo queremos ser. Las alternativas respecto de cómo queremos vivir como comunidad son casi infinitas, pues al fin se vinculan con qué valores preferimos y cómo los priorizamos. No es ésa la discusión que más nos interesa revisar aquí, aunque haya sido la que ocupó el corazón del debate público en Argentina, y también en otros países, dada la relevancia de Maradona. Quisiéramos en cambio llamar la atención sobre algo anterior —por así decirlo— a esa polémica, aunque también tenga que ver con una preferencia, la nuestra por la democracia pluralista. En efecto, la cuestión sería ¿cómo mira una sociedad democrática y pluralista que quiere ser coherente con sus valores, a aquellas personas que considera dignas de honra? ¿Qué criterio sería consistente con lo democrático y pluralista a la hora de elegir a aquellos hijos e hijas de la colectividad que “han hecho grandes cosas” y por ello se transforman en valores en sí mismos?

Cuando Weber caracterizó la sociedad moderna occidental como una lucha entre dioses no se refería a las tres grandes religiones monoteístas pugnando por ver cuál era la verdadera y cuál la falsa, sino a los dioses paganos luchando entre sí por ver qué bien prevalecía. Tras probar del árbol de la ciencia, esto es, sabiendo que el mundo no tiene un sentido oculto inalcanzable a nuestro entendimiento, la sociedad moderna —sigue Weber— se abre a la lucha de valores para, precisamente, darle sentido al mundo.

El dios monoteísta representa un todo esencialmente omnímodo, omnisciente y bueno, en toda situación, para toda la eternidad. Es perfecto porque lleva en sí todo para ser quien Debe Ser, para hacer el Bien y vencer al Mal. Es la antítesis limpia del Mal. No hay dialéctica entre ellos, sino mutua exclusión entre purezas homogéneas. No los vincula ni la lucha que los avecina. En cambio, los dioses politeístas representan una lucha entre bienes empedrados de mal. No sólo porque ellos mismos están hechos de las miserias propias de las personas humanas, sino porque luchan contra otros dioses que también encarnan bienes, por lo que aun en la victoria producirán un cierto mal: relegar a ese otro bien derrotado.

Convertir algo mundano en un todo perfectamente abyecto o divino es en verdad negar su carácter humano y terrenal. Constituye una mirada infantil, que rechaza la complejidad intrínseca del mundo. La inmadurez no radica en la identificación en sí, sino en cómo ésta se realiza.

Por eso, la clave de la discusión sobre si la figura de Maradona debe o no ser conmemorada no radica en si estamos ante un símbolo positivo o negativo, sino en cómo concebimos lo bueno y lo malo. El debate es si estamos ante un dios monoteísta o uno pagano. Aquí caben tres posibilidades: el Dios monoteísta (un todo intachable), su reverso, el Diablo (un todo condenable), y un dios pagano (la parte por el todo, sea buena o mala).

En efecto, la diferencia entre monoteísmo y paganismo es que este último piensa las identidades como una metonimia, aceptando que el todo sólo puede ser representado por una parte. Por ejemplo, cuando en política se usa “el pan” para designar la justicia social, se está eligiendo lo que se considera la parte más representativa de ese conjunto de elementos heterogéneos que constituyen la igualdad. Pues bien, el paganismo procede así con sus dioses en tanto invita a elegir no entre El Bien y El Mal enteros, absolutos y antitéticos, como el monoteísmo, sino entre bienes y males entrelazados, parciales y relativos, encarnados en un mismo dios, lo que nos obliga a decidir sopesando qué y cuánto mal compensa qué y cuánto bien, y qué bien ponemos por delante de otro bien.

Según nuestro punto de vista, para una sociedad democrática y pluralista sería más coherente que esa honra tuviera lugar en los términos del paganismo, en tanto es un debate que busca definir quiénes son los dioses humanos, no los humanos santos o diablos. La democracia es tal porque no se reconoce fundada en una verdad objetiva y trascendente, sino en las preferencias no objetivas, discutibles e indecidibles del demos.

Convertir algo mundano en un todo perfectamente abyecto o divino es en verdad negar su carácter humano y terrenal. Constituye una mirada infantil, que rechaza la complejidad intrínseca del mundo. La inmadurez no radica en la identificación en sí, sino en cómo ésta se realiza. Y en rigor ni siquiera es una perspectiva propiamente monoteísta, pues cree en la posibilidad de un bien perfecto en este mundo. El monoteísmo descree del paraíso en la Tierra, pues sabe que el bien perfecto sólo es posible en un mundo extra-terrenal, desprovisto de determinaciones y límites. Para una elección como ésta, no cabe imaginar desafío mejor que la figura de Maradona, porque —si se permite la hipérbole— nada hay más terrenal y divino que su persona.

La cuestión entonces no es tanto qué Maradona construye cada cual, qué rasgos de su vida elige priorizar, porque lo que sea eso que edifiquemos inevitablemente tendrá que ser la parte que represente al todo, sin serlo (por eso es imagen vicaria, no el objeto traducido a conceptos). La clave es cómo lo hacemos, si aceptamos esa parcialidad metonímica o no. Aceptada esa fisonomía metonímica, lo de menos casi es qué se elija, porque habremos entrado ya en el terreno de las preferencias. Estaremos otra vez ante la lucha insaldable entre dioses paganos. Ni siquiera quienes lo celebren lo harán por las mismas cualidades, tanto como aquellos que lo desestimen con sus faltas.

Se trata de renunciar al Todo, no por voluntad, sino porque es inasible, imposible de rearticular. No sólo porque cuantitativamente sea muy amplio, sino porque es constitutivamente heterogéneo, pues la identidad es una diferencia y lo bueno puede chocar con lo bueno. Cada parte de esa heterogeneidad (somos madres, padres, hijas, trabajadores, pacientes; tenemos creencias diversas por las que luchamos a la vez; pertenencias sociales y nacionales, etc.) tampoco está definitivamente constituida: son todas igualmente contingentes, ambiguas, mutua e internamente contradictorias, inestables y, como tales, se enhebran superpuestas, mezcladas y sin forma final. Todo ello nos aleja de la idea occidental de un Ser Único Bueno y Verdadero, unificado alrededor de su esencia.

Da igual que el aspecto absolutizado sea su machismo, su condición de “ser Pueblo”, su arte como jugador, sus adicciones o sus posiciones políticas, pues estos mismos rasgos podrían asimismo formar parte de una cuenta pagana. No murió un machista, ni un crack, ni un adicto, ni un símbolo del nosotros: murió todo eso junto.

Ahí radica la diferencia central del debate de estos días: no entre quienes celebran o critican a Maradona, sino entre los que afirman contundentemente que es una y solo una cosa y quienes, aceptando la coexistencia del bien y el mal, eligen darle un valor no absoluto pero tampoco completamente relativo a su figura, pues no necesitan que el bien y el mal sean puros para valorar. A este respecto, da igual que el aspecto absolutizado sea su machismo, su condición de “ser Pueblo”, su arte como jugador, sus adicciones o sus posiciones políticas, pues estos mismos rasgos podrían asimismo formar parte de una cuenta pagana. No murió un machista, ni un crack, ni un adicto, ni un símbolo del nosotros: murió todo eso junto.

Pero habría algo más. Aquí estamos hablando de una honra colectiva, no personal. Los sentimientos íntimos que despierte una figura no pueden reclamar, por sí mismos, inmediato valor para el colectivo. No hace falta decir que son legítimos e infranqueables, pero en una comunidad democrática y pluralista habrá otras experiencias que reclamen la misma consideración. Para la definición de lo valioso comunitario, ninguna de ellas podrá prescindir de la confrontación de argumentaciones, que son también sentimientos. Si no, estaríamos ante una interpretación platónica invertida, en la cual los sentimientos quedarían igualmente escindidos de la razón e ingobernables, aunque ahora sean por eso considerados positivos.

Aceptar politeísta y metonímicamente que la cuenta puede ser otra, que las cosas pueden ser diferentes, aleja la mirada tajante, intolerante, punitiva hacia las otras perspectivas, porque se sabe que éstas podrían —hoy o mañana— ser las propias. En cambio, sostener que las cosas son ya algo para siempre, no sólo obliga a un visiblemente artificioso ejercicio de negación de muchos rasgos contradictorios para embutirlos en el blanco o negro, sino que —y esto es lo más relevante para la democracia y el pluralismo— invita a ver a los otros o bien como ignorantes (masas salvajes o insensibles que necesitan falsos ídolos porque son inmaduras), o bien como malintencionados (traidores a la patria, al único feminismo verdadero, al Pueblo o a los derechos humanos) que habrá que reconvenir. De ahí a la admonición del escarnio público, señalador, vigilante y castigador suele haber un paso. La lucha democrática y pluralista por el sentido de los hechos y de lo común no patrimonializa ninguna creencia ni sacraliza el punto de vista ajeno, más bien lucha y persuade en un debate igualitario entre voces legítimas.

Javier Franzé

Javier Franzé

Doctor en Ciencia Política. Docente e investigador en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado "El concepto de política en Juan B. Justo" (CEAL, 1993) y otros libros sobre teoría política e historia conceptual.

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