La bruma y la ceguera

Entre la bruma de la jactancia y la ceguera de la cerrazón, el debate público naufraga entre antagonistas que niegan su legitimidad. La responsabilidad colectiva ante el desafío del conflicto irredento.

Depende de dónde venga el viento, cuál tren se escucha, cuáles árboles, cuáles pájaros. El viento trae sonidos y, cuando los acobija en una alfombra invisible, los cambia. El viento trae sonidos que él quiere traer y que cada uno escucha como puede. No hay un sonido único porque los sonidos dependen también del oído. ¿Cuál es la diferencia entre la música de un álamo blanco y un nogal? ¿Cuál es la distancia entre la reverberancia de una tijereta y la de un benteveo? A veces muchas, a veces ninguna. Depende del día, de la hora, del sol, del clima, del viento. Depende de quién escucha y de qué es lo que quiere escuchar. Ciertamente, si un benteveo ensaya su canto y alguien viene y dice que “eso es un helicóptero” resultará altamente probable que quien escucha tal afirmación esboce una carcajada. Pero también es cierto que si quien afirma al helicóptero no conoce al benteveo, la carcajada entonces pueda ser un poco más leve quizás, o bien quedar en una breve sonrisa cómplice. Mi tesis: ¿por qué quién jamás había escuchado ese sonido, el del benteveo, afirma algo al voleo y no pregunta qué es, por qué no dice “no lo conozco”? Al mismo tiempo, ¿por qué quien sí cree saber lo que está escuchando atina a la risa y luego a la afirmación sin explicación de qué es el sonido, el benteveo, que originó todo? Mi hipótesis: la (auto) afirmación parece ser una ley de hierro por estos días; la interrogación muere, según dicen, en la bruma de la jactancia o en el regodeo intelectual, peyorativamente dicho, de quien no tiene otra cosa que hacer de sus días. Y todo ello transforma un problema muy añejo en algo bien cotidiano: si no supiésemos preguntar, no sabríamos siquiera hacer fuego para cocinar alimentos. Hoy se han hecho más que vox populi frases como “dato mata relato” (o en su versión menos histriónica, “datos, no opinión”). ¿Tanto cuesta entender que un dato no es más que una opinión? ¿Tan difícil es autoafirmarse en la condescendencia de la propia incertidumbre  para comprender que los datos son relato y que eso, a priori no tiene nada de malo?

Estas interrogaciones podrían confundir velozmente mi pretensión argumental. Mi interés no es desconsolar a las masas ávidas de planillas vociferando que los números son convenciones, que los números son un arreglo social. No es el objetivo atosigar diciendo que 2 más 2 es 4 porque una convención del lenguaje lo sostiene como tal, que hay detrás de eso una construcción específica y profundamente social (y política, ¿por qué no?). Tampoco es mi búsqueda sostener que La Verdad es un lazo hecho de argumentos, necesarios pero precarios y contingentes. Mucho menos vengo a fogonear que “no hay hechos, solo interpretaciones”. Simplemente, quisiera exponer algunas tribulaciones algo desordenadas, por cierto, en torno a por qué, más allá y dentro del vox populi, casi nadie pregunta nada.

Mi hipótesis: la (auto) afirmación parece ser una ley de hierro por estos días; la interrogación muere, según dicen, en la bruma de la jactancia o en el regodeo intelectual, peyorativamente dicho, de quien no tiene otra cosa que hacer de sus días.

Esto que planteo no posee ninguna magia ni proviene de alguna lectura sesuda de gran porte teórico. Se ve a diario, hora a hora, en todo tipo de medios de difusión gráficos, digitales, en la televisión, se escucha en la radio. En nuestro contexto actual se exponen todo el tiempo datos, números de muertos, de contagiados, tasas de esto y de aquello. Y al exponer esos datos se afirma entonces Una Verdad, La Verdad. Pero la exposición, en efecto, lo que propone es, bien un acuerdo total con lo escuchado, bien una deslegitimación absoluta del otro si no acuerda en lo expuesto. Lo cual, a vuelo veloz y rasante, coloca al expositor en un lugar perfecta y absolutamente totalitario. No solo porque no acepta el disenso sino, mucho más, porque no acepta que lo suyo, quizás con mucho trabajo detrás, no es más que otra lectura posible de un conjunto infinito de palabras, o sea, de números. Y no se trata de la vehemencia con la que se exponen las cuestiones sino con la necesidad de poner al otro afuera del “ring”. Es como si no hubiese otra chance que la deslegitimación completa del adversario para resolver los intercambios de palabras.

Hasta aquí mi argumento implícito sonará más que claramente nihilista. No obstante, intentaré defenderlo de una manera quizás menos cauta. Claro que no creo en el honor de los adversarios, ni en la idea de un diálogo absoluto posible entre humanos. Claro que me causan repulsión cosas que escucho, como le pasa a cualquier persona común y silvestre. Ocurre que, para mí, la deslegitimación completa del otro no puede ser un objetivo pero, mucho menos, un camino desde la entrada. No es posible que haya gente reclamando democracia y república en nombre de la Verdad. Resulta decadente escuchar o leer a personajes de toda índole exaltando la desobediencia civil sabiendo lo que muchas de esas bestialidades nos han costado. Mi interés es preguntar por qué sucede eso. No interesa si lo dicen exponiendo 300 páginas en torno al derecho de resistencia en el contractualismo de John Locke o porque son nonagenarios alguna vez reconocidos que buscan una plaza en el panel del bailando por un sueño. Tampoco interesa, aunque sí resultaría risueño en un ámbito de esparcimiento y divulgación como las redes sociales, demoler cualquier forma de estructural-funcionalismo en la idea de que los periodistas dicen lo que les dicen que tienen que decir. No es el punto afirmar que los comunicadores dependen del “sobre de turno”. Simplemente, creo que detrás de todo eso hay una forma de explicitar prejuicios que son necesarios de ser entendidos. Lo que inhabilita a las personas a afirmar la verdad no depende de quién cobran y cuánto, lo que los inhabilita es que la verdad no existe salvo que la construyamos en mayoría.

Si ahora quizás soné un poco menos nihilista, cabe reafirmar la idea de prejuicios. Quienes se envigan en construcciones numéricas suelen afirmar que ellos y ellas no sufren del problema del “prejuicio”. Exponen elementos prístinos, intocados por la ideología, inmunizados contra la política, vacunados de toda posibilidad de duda. Y esto ocurre todos los días, todo el tiempo, en todos los ámbitos. Lo cual tiene, además de problemas teóricos y lógicos monumentales, una consecuencia feroz: la única chance que me ofreces, a mí como sujeto de la comunidad, es estar de acuerdo con vos. Cualquier otra alternativa es considerada “política”, “ideológica”. Esto es, no prístina, no limpia. Esto es, no legítima. ¿Y por qué pasa eso, para mí? Porque no hay forma lingüística de esquivar los prejuicios por más números que adornen la opinión. Los prejuicios sí son prístinos, siempre son claros.

La infantilización del debate público, creo que para todos incluidos sus participantes, es bestial. Todos y todas reclaman que los miren y, para eso, son capaces de decir cualquier cosa, de provocar hasta el hartazgo. El problema es que eso enceguece. Las agresiones se multiplican y la clave pasa a ser la forma de denostar y no el planteo político.

El trauma de la Verdad es más que antiguo pero, como dicen muchos y muchas, el siglo XX ya terminó. La Verdad ya fue, parafraseando a un maestro mío. En el mejor de los casos, lo que interesa es como se construye el 2 más 2 es 4 que nos aglutina, nada más. Entonces mi reclamo no es que las personas hagan explícitos sus prejuicios. Mi reclamo es que se entienda que eso tiene consecuencias. Hoy mismo, mientras corregía algunas de estas líneas, se escuchó por allí a una ministra de educación de la ciudad de Buenos Aires en Argentina hablar a favor de la apertura de las aulas en pandemia. Allí se forjó de manera contundente lo que intento expresar: una consecución inaudita de prejuicios y estigmatizaciones descontroladas y poco estéticas proviniendo de una figura de orden gubernamental. Reitero lo anterior: no es este el lugar de hacer un festín pantagruélico en torno a las contradicciones de lo dicho por la ministra sobre la necesidad de la educación y las gestiones macristas en la ciudad de Buenos Aires. Creo que es importante remarcar la violencia de esos prejuicios ocultos tras el velo de una tonalidad supuestamente racionalista. Creo que es relevante entender no solo que ese pensamiento es altamente compartido por muchos y muchas sino que, lo grave, es que los prejuicios que lo sostienen dificultan muchísimo la construcción de un espacio antagónico común.

Se escuchó hoy a una ministra de educación de uno de los principales distritos del país solicitar a los padres que denuncien “adoctrinamiento” en las aulas. Un ejemplo que se escuchó al pasar fue que si ellos se enteran de que alguien dice algo sobre el “25 de mayo” que es incorrecto, actúan de inmediato. ¿Qué puede haber más adoctrinante y menos democrático que eso? ¿Por qué la lectura que ellos dicen es la que tiene que ser? ¿Por qué no entendieron que la historia es el lugar más profundamente político de una comunidad? Luego se escucharon estigmatizaciones en la relación entre pobreza, experiencias enriquecedoras y nivel cultural que, obviamente, erizan la piel. Y todo eso, que no pretendo ni soy quien para contestar, revela ya no solo una disfuncionalidad cultural agobiante sino también una idea del conflicto político que puede resultar interesante en futuros debates.

Hace tiempo ya que propongo un interrogante: ¿cómo es posible determinar la direccionalidad de un antagonismo? Puesto en nuestros términos, ¿cómo es posible saber la fecha y el nombre del autor de la grieta? Y las palabras de la ministra antes citada vienen muy en línea con esto. ¿Por qué yo debería responder con menos virulencia a los dichos de una ministra tal o cual? ¿Por qué debería no tratarla de burra y bestia? Básicamente, por dos razones. Primero, porque al hacerlo estaría replicando la misma lógica política que estoy criticando. Esto es, dicho llanamente: la ministra piensa que somos (los docentes) una falange oscura de sindicalistas atávicos, entonces yo le voy a contestar que ella es una operadora de una siniestra cofradía de empresarios que ponen escuelas que se sostienen, ante el primer vientito en contra, del subsidio estatal. Ese debate, además de espurio, es totalmente claudicante y no tiene ninguna pretensión comunitaria posible. Nada común puede surgir, creo, en la deslegitimación constante. Segundo,  porque si yo replico esa lógica, lo más probable es que el otro confirme de manera banal sus prejuicios. Lo cual conduce, obviamente, a un callejón sin salida infinito. Ese, me parece, es el mejor contexto significante para que propuestas ordenancistas del estilo Bolsonaro puedan cuajar. No planteo “poner la otra mejilla”. Lo que planteo es que el debate no puede darse en condiciones de deslegitimación constante. Ese sí es un buen caldo de cultivo para la bolsonarización del país.

La infantilización del debate público, creo que para todos incluidos sus participantes, es bestial. Todos y todas reclaman que los miren y, para eso, son capaces de decir cualquier cosa, de provocar hasta el hartazgo. El problema es que eso enceguece. Las agresiones se multiplican y la clave pasa a ser la forma de denostar y no el planteo político. Y, de allí, que se produzcan asociaciones increíbles que definen, como planteamos párrafos atrás, que el “país se jodió hace 70 años” y que “lo jodió Perón”. Las defensas ante tal acusación son obvias también. El punto, me parece, es que la clave de lectura (cualquiera de las dos) es, si se acepta la elegancia, bastante torpe y simplista. Si Argentina se jodió en el ’45, habría que estar dispuestos a mostrar que antes de eso era un paraíso. Los que dicen que en el ’45 todo cambió para mejor deberían estar dispuestos a lo contrario. En cualquier caso, lo que muestran esas miradas es que, para un lado o para el otro, las cosas sucedieron y suceden por culpa de una persona de carne y hueso. Todo lo cual obtura la posibilidad de entender no solo lo político como un proceso sino a la historia misma como algo exento de verdad. Por eso, lo mío no es un argumento en torno a una verdad esclarecida sino una pregunta alrededor de las razones de la historia y del presente: ¿por qué todos nos excluimos siempre de la razón del fracaso? ¿Por qué siempre hay que ponerle el nombre de otro a algo nosotros mismos hicimos? Todo esto lo provoca Cristina, o lo provocó Perón. Todo esto lo provoca Magnetto, o lo provoca(ba) Trump, o Macri. Ponerle nombre propio al fracaso colectivo es, para mí, vaciar la mochila personal en la comodidad de un antagonismo obvio. Ese antagonismo es cómodo, claro está, pero empobrecedor.

Ponerle nombre propio al fracaso colectivo es, para mí, vaciar la mochila personal en la comodidad de un antagonismo obvio. Ese antagonismo es cómodo, claro está, pero empobrecedor.

Pareciera entonces que la idea del debate político siempre es encontrar un responsable. Así se juega. Pero eso porta, para mí, un problema fenomenal. El responsable nunca es colectivo, siempre es alguien de carne y hueso que no soy yo. Resulta lamentable ese pensamiento por dos razones. Primero porque suele provenir de personas que se rasgan vestiduras de todo tipo afirmando las libertades individuales. Y creyendo, además, que su responsabilidad social y comunitaria se salda en el pago de impuestos. Segundo, porque pareciera que ese cumplimiento habilita a despojarnos, cada uno y una, de que somos lo que somos porque otros son. Pareciera que si pagamos impuestos estamos legitimados para deslegitimar a otros. Se olvida, casi siempre, que el individuo es un producto social. Se olvida, casi siempre, que si anudamos demoliciones del otro, una tras otra, el único horizonte posible es la destrucción del espacio común y que, con ello, lo único que logramos es la desaparición de cualquier alternativa de forma de suceso individual. Nadie pregunta qué somos porque eso supone responsabilidad, y la responsabilidad supone aceptar una incertidumbre que los impuestos no pagan.

Julián Melo

Julián Melo

LICENCIADO EN CIENCIAS POLÍTICAS Y DOCTOR EN CIENCIAS SOCIALES (UBA). INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET (IDAES-UNSAM) Y DOCENTE DE LA UNSAM.

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