Osvaldo Aguirre: «El reconocimiento es una cuestión sensible en el ambiente poético»

Escritor polifacético y prolífico, Osvaldo Aguirre es, al mismo tiempo, periodista, novelista y poeta. Sobre su poesía, sus inspiraciones, sus autores, conversamos con él.

Osvaldo Aguirre es escritor y periodista. Nació en Colón, provincia de Buenos Aires, en 1964. Actualmente reside en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Escribió novelas y cuentos. Entre sus crónicas se pueden destacar, Historias de la mafia en la Argentina (2000) y La Chicago argentina, (2006). Esta entrevista tiene como objetivo su labor como poeta, tanto en sus colaboraciones en revistas, como Diario de Poesía, como de sus libros, Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), Narraciones extraordinarias (1999), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Campo Albornoz (2010) y Tierra en el aire (2010).

 “A Osvaldo Aguirre que entiende a las mujeres”, se lee en una de las dedicatorias de La forastera, ese hermoso libro de Estela Figueroa. Me gustaría comenzar preguntándote sobre esta cita tan sugestiva.

Es una dedicatoria de Estela Figueroa, tal vez debería responder ella. En el momento en que se publicó La forastera, ella estaba muy desconectada de cualquier ambiente poético –nunca estuvo muy conectada, en realidad– y me ocupé de conseguir una editorial y un subsidio para que el libro se publicara. Tenemos una relación de amistad de muchos años. Cuando la conocí ella solo había publicado un libro, Máscaras sueltas, y le hice entonces una entrevista para Diario de Poesía. En una época nos escribíamos por carta, ahora tenemos conversaciones por teléfono. En casa de Estela conocí a Juan Manuel Inchauspe y comencé a leer su poesía.  Creo que la primera vez que oí hablar de ella fue a través de Aldo Oliva, en un encuentro de literatura en Santa Fe, cuando Aldo presentó una ponencia sobre Estela, Inchauspe y Marilyn Contardi. A la distancia, esa ponencia de Aldo me parece una anticipación notable de lo que iban a ser tres autores fundamentales en la poesía argentina contemporánea.

«La publicación de una antología, las elecciones de una revista o de una editorial, los premios que se conceden, hieren susceptibilidades, y las redes sociales han exacerbado esa sensibilidad».

Diario de poesía cumple un lugar central en la poesía argentina. Podés decirnos cómo y cuándo ingresas.

Conocí en Rosario a dos de los integrantes del primer consejo de dirección, Daniel García Helder y Martín Prieto, tenía una amistad con ellos. A través de Helder comencé a escribir bibliográficas y me convertí en un colaborador habitual. Creo que fue en 1989, el Diario ya tenía unos años en circulación.

¿Cómo funcionaban las reuniones del grupo? ¿Qué discutían?

Tengo dos etapas en Diario de Poesía. En la primera, cuando fui colaborador, no asistí a reuniones. Por ahí pasaba por alguna, cuando estaba en Buenos Aires. Recuerdo que una vez escuché a Jorge Fondebrider leyendo una reseña que acababa de escribir sobre una biografía de Alejandra Pizarnik a la que demolía en forma minuciosa, implacable. Eso fue hasta el año 2000, aproximadamente. En ese momento me desvinculé. Retomé el contacto en 2005 y poco después integré el consejo de dirección hasta que el Diario dejó de publicarse, en 2011. En esta etapa las reuniones eran más espaciadas y creo que más tranquilas que las de la etapa anterior, precedían a la salida de cada número y básicamente se discutían los contenidos.

¿Qué pensas de los cuestionamientos que se hacían a la revista? Recuerdo dos, uno que era un espacio no muy abierto (difícil de publicar algo allí o establecer un diálogo), el otro, que eran la bandera de lo que se llamó, no sé si del todo acertadamente, objetivismo.

Que eran infundados. Basta ver la colección del periódico, que ahora está disponible en www.ahira.com.ar, para observar que el Diario publicó a poetas de diversas estéticas y procedencias. Es cierto que tuvo una intervención fuerte sobre el campo poético, y que en ese sentido hubo apuestas por determinadas poéticas. Pero de eso se trata cuando se hace una revista, ¿o de qué, si no? Editar una revista es básicamente elegir y valorar, decir “esto nos parece importante”. En cuanto al objetivismo, existe todavía un malentendido que debería ser analizado. Nadie se reclamó ni se reclama objetivista, que yo sepa, pero el objetivismo fue señalado durante varios años como una especie de mal al que había que combatir. A la vez, ¿qué era el objetivismo? Nadie lo definía, en todo caso surgían elucubraciones que hoy llamaríamos conspiranoicas sobre injusticias o postergaciones. La polémica contra el objetivismo –polémica rara, donde solo hay voces en una dirección– tuvo que ver, en parte, con una reacción conservadora contra los propósitos de renovación que atravesaron al Diario –no solo al Diario– y que se pueden ver en otras revistas posteriores. También con el hecho de que el Diario ocupaba una posición central entre las publicaciones impresas. El reconocimiento es una cuestión extremadamente sensible en el ambiente poético; la publicación de una antología, las elecciones de una revista o de una editorial, los premios que se conceden, hieren susceptibilidades, y las redes sociales han exacerbado esa sensibilidad.

¿Cuál es para vos el aporte de la revista?

Fue importante en la reformulación de la tradición poética y en la promoción de nuevos poetas, entre otros aportes. Abrió el campo en múltiples sentidos, y en ese punto sobre todo hubo una reacción conservadora, un intento de volver a concepciones restrictivas de la poesía. El Diario dejó de publicarse hace casi una década, pero sigue siendo leído: es una de las colecciones que tiene más visitantes en la plataforma de Ahira.

«Para mí es importante leer a los poetas que trabajan con el paisaje, cualquiera sea. Pero el paisaje está en el lenguaje, es un cierto registro de voz».

Dos epígrafes de tus libros, la de Georges Perec, sobre la huella y el lugar de memoria, y la de Ernesto Cardenal “la poesía es la lengua”, creo que funcionan en tu escritura como una suerte de declaración de principios. ¿Compartís esta mirada?

La poesía, para mí, remite a una especie de lengua familiar y en ese sentido es un registro de memoria. Es una lengua que escuché hablar desde la infancia en el campo santafesino, el lugar de donde proviene mi familia. Es también una lengua perdida, en el sentido de que sus hablantes –mis familiares, vecinos, conocidos- ya no están o perdí el contacto con ellos, porque me alejé de ese mundo. La poesía es entonces para mí una forma de registrar esas voces, de continuar su impulso, de hacerlas hablar de nuevo, de salvar la distancia y la pérdida.

Varias veces has insistido en una idea, “en cierto sentido yo pienso la escritura de poesía de modo análogo al trabajo agrario”. ¿Podés ampliar esta afirmación?

Sobre todo cuando vivía mi papá tuve muy presente el ciclo del trabajo agrario. Mi papá fue agricultor y también crio ganado, y entonces el calendario y la vida familiar estaban sujetos a los ciclos de siembra y de cosecha, y había una percepción intensa de los fenómenos de la naturaleza, de la lluvia, la escarcha, el granizo, etcétera, porque todo eso tenía una incidencia directa en el trabajo. Por suerte pude conocer la vida en el campo antes de la coyuntura actual, en que los pequeños y medianos agricultores son absorbidos por grandes empresarios y desaparece un modo de vida cuyos orígenes remiten a fines del siglo XIX. Te diría que mi familia atraviesa esa etapa, desde mis bisabuelos hasta mis padres; en esa línea soy el último, ya no tengo una experiencia completa de vida en el campo. Escribo sobre eso, y la escritura es entonces el signo de la pérdida y a la vez del intento de subsanar de alguna manera esa pérdida.

He leído que demorás varios años para publicar libros que más o menos ya están terminados. Al mismo tiempo, señalás que la corrección es importante en tu proceso creativo. Esto lo vinculaba quizás con tu paso en la catedra de Aldo Oliva, alguien que tenía cierta idea sobre el tema de publicar y la corrección. Un compromiso con lo que se hace.

Sí, totalmente. Recuerdo muy bien la primera vez que presencié una clase de Aldo. El tema era “Recogimiento”, un poema de Baudelaire que siempre estaba o al que de alguna manera volvía en sus programas de Literatura Europea. Me impresionó ver la forma en que leía el poema, en que el poema lo sacaba literalmente de sí y lo conmovía. Ese día aprendí algo importante sobre la poesía.

¿Qué lecturas consideras como centrales a modo de influencias o referentes en tu poesía?

Una de tantas fueron las novelas de Juan José Saer. En un momento en que leía Nadie nada nunca, fui a visitar a mis padres, al campo. De pronto, en el patio de la casa, empecé a ver la realidad como en otro plano, en otra dimensión, como si percibiera cada cosa con la sintaxis de Saer, o con lo que decantaba para mí de esa lectura y de otras en la misma línea. Entonces empecé a escribir los poemas que después integraron mi primer libro, Las vueltas del camino. Otras lecturas importantes: Arnaldo Calveyra, Ricardo Zelarayán, Néstor Groppa, Jorge Leónidas Escudero, Marilyn Contardi, Darío Cantón, Estela Figueroa.

Cuando leo tus poemas, no puedo dejar de pensar en otros poetas argentinos como Arturo Carrera o Marilyn Contardi que también tienen como tema el campo. ¿Cómo percibís tu escritura en un dominio poético que trabaja con cuestiones parecidas a las tuyas?

Sí, claro, para mí es importante leer a los poetas que trabajan con el paisaje, cualquiera sea. Pero el paisaje está en el lenguaje, es un cierto registro de voz. Estoy muy atento a esas experiencias, para reflexionar mejor sobre la que yo puedo tener y para profundizar en esas relaciones por donde pasa lo más importante de la vida personal.

«Si uno puede suprimir un verso o una palabra y el poema no se resiente, ese verso o esa palabra son accesorios, ¿no? Ese es un principio básico de economía».

En el poema “Alemanes”, por ejemplo, hay una línea del lenguaje con expresiones comunes, al mismo tiempo una descripción muy precisa, donde parece que sobran las palabras, aunque, a mis ojos, ocurre todo lo contrario. Hay una economía de las palabras, un trabajo de precisión en la extensión, digamos.

Si uno puede suprimir un verso o una palabra y el poema no se resiente, ese verso o esa palabra son accesorios, ¿no? Ese es un principio básico de economía. “Alemanes” refiere a unos personajes que conocí en un pueblo del sur de Santa Fe. El ambiente de los pueblos que en algún momento fueron colonias prósperas y ahora languidecen lejos de las rutas y crecientemente deshabitados me atrae con fuerza. También porque me remiten a experiencias de infancia, al hecho de haber estado en esos pueblos, de haber compartido algo de su vida cotidiana.

Te cuento una anécdota. Cuando comienzo a vivir en Buenos Aires, allá por los años de 1990, recuerdo a amigos y familiares porteños que se reían cuando hablábamos con mis hermanos, por ejemplo, cuando decíamos “cómo alambramos con Colón”, para decir como sufrimos. Nos pasó varias veces con personas distintas. Hay, creo, voces de algunos lugares en el país que no son conocidos, ahí me parece juega un papel las voces suspendidas que aparecen en tu poesía o en la de Leónidas Escudero. Te parece que ahí puede estar la particularidad de tu poesía.

Escudero me gusta mucho por su concepción de la poesía como lengua hablada; no hace una poesía coloquial, como podría parecer, sino una poesía que se construye como oralidad entre el habla y la escritura. No sé cuál sería la particularidad de mi poesía. En todo caso prefiero que lo digan los demás.

Fabián Herrero

Fabián Herrero

DOCTOR EN HISTORIA. INVESTIGADOR DEL CONICET (UBA-RAVIGNANI). DOCENTE EN UADER, SEDE PARANÁ. PUBLICÓ MAS DE DIEZ LIBROS DE POESÍA E HISTORIA. ENTRE LOS ÚLTIMOS PODEMOS DESTACAR, "QUIEN NO LE TIRÓ UNA PIEDRITA AL MUNDO" (ANTOLOGÍA) Y "UNA CASITA QUE ARDE" (ALCIÓN, 2020); "SOBRE LA TIERRA" Y "ENTRE AGUAS" (ANA EDITORIAL, 2020); Y "EL FRAILE CASTAÑEDA, ¿EL “TROMPETA DE LA DISCORDIA”?" (PROMETEO, 2020).

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