El tipo de cambio, un problema recurrente

El tipo de cambio es una variable decisiva de la economía e impacta tanto en su estabilidad (o falta de ella), sus posibilidades productivas y los humores sociales. Una apología del tipo de cambio alto, pero atento al daño de las recurrentes devaluaciones.

Los argentinos tenemos con el dólar una relación singular: por una parte, al tener una moneda propia poco útil como reserva de valor, el dólar es para muchos de nosotros «la» reserva de valor.  Tal vez por eso solemos seguirlo más que a nuestro equipo de fútbol; y cuando el mercado cambiario se agita, como ocurre tan frecuentemente, los comentarios económicos casi no hablan de otra cosa.

Pero la cuestión profunda, fundamental para cualquier economía, de cuál debe ser la política cambiaria en el mediano o largo plazo, está prácticamente ausente en la discusión económica pública. Esto resulta sorprendente, porque el país arrastra, por lo menos desde mediados de la década de 1970, un problema estructural con el mercado de cambios que los economistas llamamos restricción externa. Esto consiste en una recurrente escasez de divisas, que obliga a restringir fuertemente el acceso a las mismas, o bien a una devaluación que suele producir efectos devastadores. 

Nuestro propósito exclusivo, aquí, será tratar este problema con bastante profundidad, pero con la mayor claridad posible.

Ocurre que el tipo de cambio no es un precio más de la economía: determina, o condiciona, el costo de todo lo que se importa, y el valor de todo lo que exportamos.  Cuanto más alto es -dólar más caro-, más podemos exportar, y más estímulos hay para que las empresas sustituyan importaciones de insumos o bienes terminados, o servicios, por producción local.  Vale decir que, como enseña la teoría económica, el tipo de cambio va en relación directa con el nivel de actividad: cuanto más alto, mayor tiende a ser la producción nacional.  Con tipo de cambio alto tendemos a tener elevado nivel de empleo del trabajo y del capital -y por ende, mejores salarios y mayores ganancias empresarias-, mientras que con tipo de cambio bajo nos invaden las importaciones, y sólo podemos ser competitivos para exportar producción primaria, pero principalmente minera o de la pampa húmeda, porque las economías regionales, menos competitivas que la zona núcleo, sufren mucho con el dólar barato.

Pero la cuestión profunda, fundamental para cualquier economía, de cuál debe ser la política cambiaria en el mediano o largo plazo, está prácticamente ausente en la discusión económica pública. Esto resulta sorprendente, porque el país arrastra, por lo menos desde mediados de la década de 1970, un problema estructural con el mercado de cambios que los economistas llamamos restricción externa.

Argentina es eficiente, muy eficiente, para producir commodities agropecuarios, pero esa producción no alcanza para que vivan bien cuarenta y cinco millones de habitantes: quedaría afuera alrededor de la mitad de la población, sin posibilidad de llevar adelante una vida digna; o bien, si se distribuyeran las rentas agropecuarias y mineras de manera muy equitativa –cosa harto difícil, políticamente hablando–, seríamos todos bastante pobres. Por eso el país necesita producción industrial, en la que es en general menos eficiente.

En razón de esto, Aldo Ferrer, en su famoso libro Vivir con lo nuestro, recomendaba mantener un tipo de cambio alto para estimular la producción industrial y lograr, así, un elevado nivel de empleo. Lo mismo hace Martín Guzmán, el actual ministro de economía, en un “paper” escrito junto con José Antonio Ocampo y Joseph Stiglitz en septiembre de 2017.  Excelente recomendación, que bien podría llevarse adelante como una política de estado, comunicada con claridad para facilitar que, conocidas esas reglas de juego, la inversión privada se canalice hacia la exportación y la sustitución de importaciones, incrementando el empleo nacional y terminando de una vez por todas con la recurrente escasez de divisas que azota cíclicamente a nuestra economía, provocando devaluaciones fuertemente traumáticas. Veamos por qué los gobiernos no aplican esas razonables políticas, o bien las abandonan después de comenzadas.

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Ocurre que el tipo de cambio bajo es una poderosa tentación: con él nos resulta barato viajar al exterior, se reducen los precios de los autos y la electrónica, y podemos comprar bienes importados a precio de ganga.  Además, si el dólar no aumenta o aumenta poco, suele servir como ancla antiinflacionaria, porque los costos de muchos productos con insumos importados bajan en términos relativos, y los alimentos se abaratan, porque el precio interno tiende a igualar al de exportación, y obviamente este precio es más bajo con un dólar depreciado.

Las políticas de Martínez de Hoz y de Cavallo arrasaron con la industria argentina manteniendo un tipo de cambio bajo y abriendo las importaciones al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque la industria, al ser menos eficiente que la de los grandes exportadores internacionales, no puede competir cuando el dólar está barato, y menos aún si hay apertura económica. Con tipo de cambio bajo, prácticamente se exporta solo producción primaria, nos invaden las importaciones, las industrias cierran, el empleo cae, los sueldos bajan, se genera una fuerte recesión.  Además, para mantener el tipo de cambio bajo es en general indispensable recurrir al endeudamiento externo, porque la balanza comercial se vuelve deficitaria, y mucho más el resultado del intercambio financiero con el exterior, que siempre lo fue, debido a los intereses de la deuda externa y al pago de dividendos y regalías de las empresas extranjeras. Estas políticas, por ende, van incubando una crisis, que estallará cuando nos dejen de prestar dinero, desencadenando una fuerte devaluación que produce el empobrecimiento de trabajadores y empresarios, y dejando una deuda externa impagable. Pero eso sí: durante los primeros años, por los efectos descriptos en el párrafo anterior, nos parece que todo anda fantástico…

Probablemente el mayor error de política económica del ciclo kirchnerista fue, justamente, el tipo de cambio bajo de sus últimos cuatro años: el estancamiento económico del período 2012-2015 coincidió con el dólar más barato de los doce años que estuvieron en el gobierno: para el 10 de diciembre de 2015 el dólar valía, en términos reales, poco más que cuando colapsó la convertibilidad, en diciembre de 2001. Un valor bajísimo.  Atribuible al desconocimiento de la presidenta en materia económica, pero imperdonable para los economistas que estuvieron a su alrededor.

El tipo de cambio bajo, entonces, es un viaje de ida: cuando se entra en ese esquema, es muy difícil encontrar las condiciones políticas para salir de él. Porque al devaluar se encarecen los alimentos, la electrónica y los autos, entre otros bienes y servicios; se acelera la inflación; y las deudas en dólares se vuelven, a veces, prácticamente impagables.

El tipo de cambio bajo, entonces, es un viaje de ida: cuando se entra en ese esquema, es muy difícil encontrar las condiciones políticas para salir de él. Porque al devaluar se encarecen los alimentos, la electrónica y los autos, entre otros bienes y servicios; se acelera la inflación; y las deudas en dólares se vuelven, a veces, prácticamente impagables. Los salarios en dólares se achican, y en el corto plazo, a menos que la devaluación se compense con fuertes medidas redistributivas -de escasa viabilidad política en esa situación crítica-, la gente empeora súbitamente su estándar de vida.

Por eso el tipo de cambio requiere de un manejo cuidadoso, atento a las consecuencias que produce en el mediano y largo plazo; es necesario dejar de lado la tentación de bajarlo para generar un bienestar transitorio que a la postre se habrá de pagar muy caro.

Por supuesto, se dice que el tipo de cambio no es la única variable que hace a la competitividad externa de un país, lo cual es obviamente cierto: la estabilidad y previsibilidad del sistema económico, el acceso al crédito a tasas razonables, la presión fiscal, la eficiencia de la red de caminos y puertos por su calidad y costo, el apoyo que el Estado brinda a la exportación, y muchos etcétera, hacen a la competitividad.

Pero menospreciar la incidencia del tipo de cambio en la economía es un grave error: no se puede negar la importancia del precio dentro del sistema capitalista.

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¿Y cómo fueron al respecto las políticas de Macri? Ante todo, incoherentes. El famoso “mejor equipo de los últimos 50 años”, en materia económica fue un rejuntado que involucró unos siete ministerios más el Banco Central. Careció de coordinación: la muy escasa que se intentó estuvo a cargo de funcionarios con rango inferior al de los que tenían que coordinar. Esto es malo en sí mismo, pero particularmente peligroso en situaciones críticas, como las que padecimos en los últimos dos años de esa gestión.

El tipo de cambio que dejó el kirchnerismo era demasiado bajo; éste fue, junto con el estancamiento económico y el déficit fiscal, uno de los principales problemas de la coyuntura que debió enfrentar el nuevo gobierno.  El macrismo devaluó un 60% en poco más de 2 meses, para luego dejar caer, durante los siguientes 14 meses, el valor de las divisas a un nivel casi tan bajo como el que recibió de herencia.  Los siguientes dos años continuó con la misma política cambiaria, alternando devaluaciones y posteriores apreciaciones del peso. Así, el tipo de cambio en la era Macri, a moneda constante -expresado en pesos de agosto de 2020, ajustados por el costo de vida de la Ciudad de Buenos Aires-, fluctuó según se muestra a continuación (dólar mayorista): 

   Fecha      Dólar Mayorista
29/02/2016 65
28/04/2017 45
28/09/2018 79
12/07/2019 59
15/10/2019 75

Un recorrido muy errático, incompatible con la planificación necesaria para poder exportar bienes con valor agregado, o sustituir importaciones.  Y particularmente dañino en un país como el nuestro, que tiene tan alta sensibilidad a las fluctuaciones cambiarias.

¿Por qué se hizo esto? ¿Qué sentido tiene devaluar, con el consiguiente impacto negativo sobre la inflación y la estabilidad económica en general, y los salarios, y el mercado interno, si después volvemos a tener prácticamente el mismo problema que antes de la devaluación? Esa pregunta la debieran responder los que así obraron, si es que pueden. Lo que sí está claro es que este grueso “error” contribuyó al descalabro económico de ese gobierno, que en todos sus índices mostró un fuerte retroceso respecto del 2015.  Y consideremos que 2015 no fue, precisamente, el colmo de la prosperidad.

Argentina necesita, entre muchas otras políticas, un manejo cambiario que adopte un tipo de cambio alto, y lo mantenga constante, en términos reales, durante un largo período.  Constante y sin fluctuaciones, compensado con retenciones sobre las exportaciones de alimentos y demás materias primas sin elaborar, para que la comida sea accesible y la industria cuente con insumos más baratos.

¿Y cómo hicieron para producir las caídas del tipo de cambio, con un mercado que fue libre hasta casi el final de esa gestión? Pues endeudando desmesuradamente al país en moneda extranjera, para vender parte de esos dólares en el mercado interno, lo cual deprimió esporádicamente el precio de la divisa, que luego se recuperaba con algún golpe de mercado, para volver a caer más tarde por la oferta del Gobierno. Un endeudamiento perverso, que además sirvió para financiar una descomunal fuga de capitales.

Argentina necesita, entre muchas otras políticas, un manejo cambiario que adopte un tipo de cambio alto, y lo mantenga constante, en términos reales, durante un largo período.  Constante y sin fluctuaciones, compensado con retenciones sobre las exportaciones de alimentos y demás materias primas sin elaborar, para que la comida sea accesible y la industria cuente con insumos más baratos. Ello, en un marco de recuperación de la soberanía política y económica para promover la producción, permitiría incrementar fuertemente las exportaciones industriales, y sustituir importaciones, única manera de resolver para siempre el problema histórico, siempre recurrente, de la restricción externa, es decir, la falta de divisas que de tanto en tanto dispara devaluaciones profundamente dañinas para la mayoría de nosotros.

Y lograría que el dólar, al ajustarse diariamente al ritmo de la inflación, deje de ser noticia.  Porque cuando es noticia, siempre, ¡siempre!, es una mala noticia.

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¿Entonces, cómo es esto? Conviene tener un tipo de cambio alto para que haya empleo y crecimiento económico, pero para alcanzarlo hay que devaluar, y la devaluación empeora todo: bajan los salarios, se acelera la inflación, y a veces la economía se vuelve inestable. Mucho sufrimiento social han traído las devaluaciones, eso todo el mundo lo sabe, y todos los economistas lo admiten.  Pero casi nadie dice que eso pasa por haber tenido antes un período más o menos largo con el peso exageradamente apreciado, es decir, con el dólar bajo, que abarata los alimentos, la electrónica, los autos, etc. Claro, se entiende: es como avisarle a los comensales de un sabroso asado que les va a subir el colesterol…

El kirchnerismo tuvo la oportunidad de mantener un tipo de cambio alto: cuando recibió el gobierno en mayo de 2003, el valor de las divisas era elevadísimo debido a la crisis que siguió a la explosión de la convertibilidad.  El dólar subió de $1 a $4 en los primeros meses del año 2002 -aunque luego cayó a unos 3 pesos-, y ello no obstante, la inflación en todo el año siguiente, 2003, fue de sólo el 3,66% (parece mentira, ¿no? Pero el INDEC no mentía en esa época). Era una excelente ocasión, entonces, para iniciar una política de desarrollo aprovechando esa circunstancia. Se hizo bastante: la economía creció mucho, se mejoraron los salarios, se recuperó la industria, la ciencia y la tecnología, etc.; pero a partir de 2007 o 2008 se fue dejando caer el tipo de cambio real, para terminar en el año 2015 con un dólar muy barato e insostenible, y una economía con 4 años de estancamiento (ver el cuadro que se inserta al final, en el cual se observa cómo los períodos de dólar alto o muy alto se corresponden con un fuerte crecimiento del PBI y las exportaciones, ambos traccionados por la industria).

El tipo de cambio tiene que ser una política de estado.  Hay que alcanzar un nivel alto de manera gradual y muy cuidadosa, tratando de minimizar los efectos adversos de la devaluación en la distribución del ingreso y la estabilidad económica -posiblemente mediante un amplio acuerdo económico y social-.

El tipo de cambio tiene que ser una política de estado.  Hay que alcanzar un nivel alto de manera gradual y muy cuidadosa, tratando de minimizar los efectos adversos de la devaluación en la distribución del ingreso y la estabilidad económica -posiblemente mediante un amplio acuerdo económico y social-, y luego mantenerlo elevado hasta lograr un desarrollo económico sostenido, que por supuesto, requerirá de muchas otras políticas además de la cambiaria, y de unos cuantos años de coherencia.  Una vez alcanzado ese desarrollo se puede ir apreciando el peso, porque un país con alta productividad puede tener y sostener una moneda valorizada.  Y recién entonces una amplia mayoría de la población va a poder viajar al exterior sin hipotecar su propio futuro.

El siguiente cuadro muestra la variación promedio anual, del PBI Total, Industrial y Agropecuario, así como de las exportaciones Totales e Industriales, para los años 2003 a 2019, conforme al nivel del tipo de cambio de cada período.  El tipo de cambio (1), es el Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral que elabora el Banco Central desde 1997, y responde al nivel real del tipo de cambio local, respecto de los principales países con los cuales la Argentina tiene comercio exterior, ponderado en base al tamaño de ese comercio con cada país (dicho más fácil, es un índice muy representativo del valor de todas las divisas extranjeras, para cada año).  El PBI (2), es el Valor Agregado Bruto a precios básicos, es decir, sin impuestos (lo que producimos dentro del país en cada período, a moneda constante).

POSDATA

Decíamos que el tipo de cambio alto sirve para compensar las desventajas comparativas, originadas por ejemplo, en una eficiencia de la industria relativamente baja. Pero no sirve sólo para compensar ese tipo de diferencias.

También presenta desventajas comparativas una economía que tiene salarios altos, o una sociedad que cuida el medio ambiente: ambas políticas incrementan los costos de producción. El tipo de cambio sirve, también, para compensar esos mayores costos, que ya no se generan en ineficiencias, sino en una decisión de esa sociedad de tener un estándar de vida de mayor calidad que otras con las cuales tiene que competir en el mercado mundial.

Ricardo Martín

Ricardo Martín

Licenciado en Economía (UBA).

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