El renacer de la utopía socialista, entrevista con Luis Fernando Medina Sierra

El ensayo «Socialismo, historia y utopía» es una invitación explícita a volver a pensar al socialismo como una alternativa de futuro, renovar sus energías utópicas. Sobre él, conversamos con su autor Luis Fernando Medina Sierra.

El libro Socialismo, historia y utopía del colombiano Luis Fernando Medina Sierra (ganador del Premio Internacional de Pensamiento 2030 y editado por Akal) tiene dos méritos evidentes: por un lado ofrece, sin por ello perder rigor, un ensayo político e histórico sobre las peripecias del socialismo como idea y en sus manifestaciones concretas, sin beneficio de inventario ni genealogías selectivas; por el otro, recupera el vector utópico para la izquierda y el socialismo, pero no de modo extemporáneo o estático, aggiornado a los desafíos de un nuevo tiempo. Sin desconocer el peso de una tradición y sin subestimar la magnitud y novedad de los problemas actuales, Medina Sierra incursiona en el intento de dar nuevo vigor a la utopía socialista.

La empresa no es novedosa, por cada sepulturero que anuncia la muerte del socialismo, hay alguien dispuesto a refutar esa sentencia. El motivo también es obvio, los males que el socialismo venía a subsanar no solo sobreviven sino que, en muchos aspectos, se han profundizado. Los muchos éxitos que puede adjudicarse el capitalismo, y a sus principales exegetas, no ocluyen sus propias deudas en materia de igualdad y cohesión social, incluso medidos con sus muy módicos parámetros morales y políticos. Asimismo, como el propio Marx lo hacía, la utopía socialista debe proyectarse sobre esa base y atendiendo a los problemas concretos que hoy existen, pensar al futuro desde el presente.

Hacerse cargo del pasado, incluso con todos sus claroscuros, no implica aferrarse a él. Eso parece decir Medina Sierra, y así lo señala el marxista español César Rendueles en su prólogo. El socialismo será una ideología de futuro o no será, es decir una utopía en relación dialéctica con su historia. Sobre la posibilidad de ver reverdecer la utopía socialista conversamos con Luis Medina Sierra para La Vanguardia, porque, como él mismo recuerda en su libro: «Sin la creencia en un mundo mejor, el socialismo casi que carece de sentido».

«Se nos olvida que imaginar un mundo mejor es una de las cosas más humanas que hay. Lo opuesto de la utopía no es el realismo sino el anti-humanismo. ¿Qué tal un ser humano que no sueñe? ¿A qué queda reducido? Un mundo sin utopías es un mundo miserable».

En su libro Socialismo. La utopía activa, el sociólogo Zygmunt Bauman señalaba: «El papel del socialismo como fermento crítico constantemente activo dentro de la textura actual de nuestra sociedad nunca se modificó». ¿Considerás que esta frase sigue estando vigente? ¿Por qué es importante reponer una utopía socialista hoy?

Se trata de una afirmación válida que nos sirve para poner de relieve una reflexión que a veces se pasa por alto. El socialismo marca un hito importantísimo en la historia de la sociedad. Desde sus orígenes, el capitalismo siempre ha generado hostilidad. Siempre ha habido sectores que ven con muchísimo recelo la perspectiva de una sociedad regida enteramente por el mercado, no solo de bienes sino también de las «mercancías ficticias» que con tanto atino identificó Polanyi: la tierra, el capital y, sobre todo el trabajo. Pero en sus primeras fases, ese recelo, esa hostilidad se expresan de maneras un tanto incoherentes, confusas y en no pocas ocasiones con elementos nostálgicos, a veces francamente retrógrados. Las primeras movilizaciones populares contra el capitalismo inglés, los tiempos, por ejemplo de las asonadas de finales del siglo XVIII y del legendario «Captain Swing» muestran que hay un fermento que se resiste a la nueva sociedad, que clama por la preservación de la «economía moral» preexistente, pero que en últimas no es capaz de articular una agenda propia. Yo creo que el gran mérito del socialismo, y en esto Marx juega un papel fundamental, es el de haberle dado a ese fermento un cauce progresista, es decir, de transformarlo en una fuerza que no quiere retroceder a un pasado que ya no se podía recuperar sino que quiere preservar los avances del capitalismo pero al mismo tiempo superarlo. A manera de paréntesis voy a insistir en una observación que me fascina: dentro de algún tiempo, cuando se haya asentado el polvo de la historia, quedará claro que, con todas sus fallas, errores y hasta crímenes, el movimiento comunista fue el primer movimiento de masas que leía. Eso es fundamental. Así como Nietzsche decía que el cristianismo era un platonismo para el pueblo, el comunismo fue una Ilustración para el pueblo. Fue la fuerza política que reconcilió a las masas con los ideales de progreso que hasta ese momento rechazaban porque solo veían en ellos hostilidad. Me llama la atención cómo, por ejemplo, en estos tiempos en los que el socialismo ha encajado ya varias décadas de derrotas, lo que hemos visto es un resurgir de oscurantismos religiosos que tienen ecos de aquellas primeras reacciones contra el capitalismo.

Pero, y creo que aquí viene la pertinencia de la cita de Bauman, por mucho que se encuentre golpeada la tradición socialista, no desaparece. Y yo creo que no puede desaparecer precisamente porque ahora, mucho más que en tiempos de Marx, el pasado que añoraban los sectores hostiles al capitalismo es inconcebible. Esa Arcadia ya está totalmente destruida. Ni siquiera existió en la realidad, pero es que ahora ya ni siquiera se la puede imaginar. O sea que la única salida del capitalismo es hacia adelante. De ahí la importancia de las utopías socialistas en nuestro tiempo.

Tu libro presenta una suerte de reivindicación, no exenta de críticas, del comunismo soviético, incluso sin rehuir a la figura de Stalin ¿considerás que la izquierda ha hecho un mal balance de su historia? ¿Por qué es importante está restitución?

Antes de entrar a responder, me llama la atención que en los tiempos que corren lo que escribí se pueda tomar como una “reivindicación.” En tiempos pasados un texto así me habría valido la expulsión de muchos partidos de izquierda. No me considero plenamente versado en los debates entre historiadores sobre Stalin pero no me cabe duda de que fue un dictador brutal, responsable de enormes tragedias.

La razón por la cual, como señalas, no me dediqué a repetir la letanía de denuncias del stalinismo o del comunismo soviético es porque, en efecto, creo que la izquierda no ha sabido hacer bien el balance de esa historia. Pero con esto no quiero decir que el balance esté equivocado sino que los términos mismos de la discusión son hoy en día irrelevantes y es hora de cambiarlos. Al fin y al cabo, son los términos que ha impuesto la derecha. No es necesario entrar a ese juego.

Por mucho tiempo, la discusión sobre la experiencia del “socialismo real” se ha centrado sobre si ésta invalida o no a la tradición socialista. Pero esa forma de ver las cosas supone que la tradición socialista no puede ir más allá de aquel momento histórico. Que el socialismo tiene que significar siempre, no importa cuánto tiempo pase, cuántas cosas cambien, lo mismo que significaba en los años 30 del siglo pasado. Esa premisa me parece absurda. Para mí la pregunta relevante no es si el comunismo soviético fue bueno o no. Estamos hablando de 70 años y en 70 años pasan muchas cosas, buenas, malas, horripilantes, criminales, etc. La pregunta es por qué el comunismo soviético fue como fue y eso qué nos dice sobre el socialismo en nuestros días. Y la respuesta que yo doy a esa pregunta es: por razones históricas muy complejas, el comunismo del siglo XX terminó tratando de superar el capitalismo con medios muy precarios e inadecuados. En aquel momento seguramente era casi inevitable. Pero quienes nos consideramos socialistas, si estudiamos bien aquel periodo, si lo sometemos a un examen crítico desapasionado, podemos ver cuáles fueron esas limitaciones y cómo superarlas porque, afortunadamente, nuestra época es muy distinta. No tenemos que echar mano de los mecanismos tan toscos de movilización de recursos que se usaban en aquella época. No tenemos que depender de esa movilización de “campaña militar permanente” que hacía tan difícil gestionar hasta las cosas más mundanas. El mundo de hoy, mucho más interconectado, con reservas de conocimiento dispersas en muchos sitios, con una población mucho más educada, puede usar otros medios.

«Por mucho tiempo, la discusión sobre la experiencia del “socialismo real” se ha centrado sobre si ésta invalida o no a la tradición socialista. Pero esa forma de ver las cosas supone que la tradición socialista no puede ir más allá de aquel momento histórico. Que el socialismo tiene que significar siempre, no importa cuánto tiempo pase, cuántas cosas cambien, lo mismo que significaba en los años 30 del siglo pasado».

Por el contrario, sos muy crítico con el reformismo socialdemócrata tanto de principios de siglo XX como al de los 30 gloriosos. ¿Adónde apuntan estas críticas? ¿Considerás al fin y al cabo que no fue más que un capitalismo emparchado? ¿Hay algo de esas experiencias a considerar en un horizonte utópico?

Yo creo que algunas de las sociedades más dignas, decentes y humanas que han existido sobre la faz de la tierra son, con todo y sus defectos, las que crearon los movimientos socialdemócratas en el mundo industrializado. Pero la experiencia socialdemócrata del siglo XX me genera dos reacciones adversas. En primer lugar, como tu pregunta misma lo sugiere, agotaron su potencial transformador. Si lo que tú quieres es la superación del capitalismo, el hecho incontestable es que la socialdemocracia no lo logró. Segundo, yo no critico a los arquitectos de la estrategia socialdemócrata por haber hecho las concesiones que hicieron. Gracias a esas concesiones millones de personas pudieron vivir mejor. Pero, así como dije en mi respuesta anterior, corren tiempos muy distintos. Hoy en día la estrategia socialdemócrata no está funcionando. Llevamos ya treinta años en que la izquierda se mueve hacia el centro tratando de encontrarse a mitad de camino con la derecha, pero la derecha lo que hace es moverse cada vez más a la derecha. En algún momento tienes que parar y preguntarte si no es hora de buscar otra opción. Lo que busco con el libro es comenzar un diálogo sobre cuál es esa otra opción, cuál es la forma de cambiar las reglas del juego para terminar esta dinámica perversa en la que cada derrota de la izquierda solo sirve para preparar el terreno para la próxima.

Uno de los puntos que señalás es que en el mundo contemporáneo pocas cosas escapan al Estado y al mercado, sin embargo hay una creciente pauperización de la sociedad ¿dónde entran estos excluidos en la ecuación? ¿Cuál es el impacto de esta creciente desintegración social en una posible utopía? 

Ese es uno de los puntos más importantes para mí en el debate sobre el futuro del socialismo. El punto de partida normativo de la tradición socialista es que una sociedad regida enteramente por los imperativos del mercado es una sociedad que violenta de manera fundamental los principios del ser humano. Esto no significa que el mercado sea malo. Pero significa que, por lo menos si uno cree en la premisa que acabo de enunciar, uno debe buscar la forma de impulsar un proyecto de sociedad en el que el mercado no colonice todo. En el siglo XX, otra vez, por razones históricas, el Estado surgió como la alternativa más viable. Y, como ya vimos, tuvo sus logros. Inclusive en su versión extrema del “socialismo real” de la esfera soviética. Pero hemos aprendido varias cosas en el camino. Primero, hemos aprendido que una sociedad totalmente centrada en torno al Estado es una sociedad en la que tanto el bienestar económico como las libertades individuales sufren. Segundo, y creo que esa es una lección de 1989 que no se menciona lo suficiente, ese tipo de modelos son, a fin de cuentas muy frágiles. Depender todo el tiempo de la legitimación política del Estado genera a la larga desilusión, corrupción, simulacros ideológicos vacíos, etc, todo lo cual hace que en algún momento, todo el proyecto se puede venir abajo.

Por eso creo que el socialismo en nuestro tiempo tiene que articular un proyecto de sociedad pluralista en dos sentidos. Pluralista en tanto que reconoce que los seres humanos tenemos distintos intereses, anhelos, opiniones etc. Pero también, y esto es tal vez más importante, pluralista en el sentido de que no existe un único principio rector de la sociedad. Ni el mercado, ni el Estado. En esa sociedad pluralista, como la imagino yo, habría mercados, habría Estado, pero también habría una sociedad civil muy vigorosa operando en todos los niveles, desde lo local hasta lo nacional, sirviendo un poco de garante de que ninguno de los otros dos sistemas (el mercado o el Estado) se desborde. A mí, por lo menos, eso me suena a una utopía bastante acogedora.

Das bastante importancia a las críticas que cierto liberalismo, en particular Hayek, hicieron al socialismo realmente existente y a la intervención estatal. ¿Cuáles son aquellas críticas que consideras acertadas? ¿El liberalismo, incluso en sus variantes no progresistas, no plantea también una utopía?

Lo que dices de la utopía liberal da para otro libro. Estoy totalmente de acuerdo y es algo que hay que explorar más a fondo. La sociedad de libre mercado puro soñada por los libertarios es también utópica. Pero aquí un juego conceptual muy interesante. Los anti-socialistas del siglo XX siempre insistieron en que la naturaleza utópica del socialismo llevaba a que, a la hora de ponerlo en práctica, terminaba dependiendo de unas pocas figuras “iluminadas” de unos pocos “comisarios” que le imponían su visión al resto del mundo mientras que el libre mercado, así fuera un poquito utópico era una utopía inocente. Pero si miramos las cosas con calma veremos que la utopía de una sociedad libertaria también depende de “iluminados” y “comisarios.”

Sé de varios lectores a quienes les ha llamado la atención el papel tan importante que juega Hayek en mi libro. Hay dos razones básicas. La primera es que con la erosión de la socialdemocracia, el debate ideológico se ha reducido a dos visiones de futuro: la libertaria de mercado, que Hayek expuso como pocos, y otra que yo llamaría socialista (pero que incluiría el ecologismo, el feminismo, el republicanismo, etc.) y que aún carece de la precisión del libertarianismo de mercado. Mientras no tengamos respuestas contundentes al libertarianismo, quienes estamos a la izquierda vamos a ir siempre a remolque de los acontecimientos sin capacidad de tomar la iniciativa.

Esto me lleva a la segunda razón por la que le doy tanta importancia a Hayek. Él captó, como pocos intelectuales de su momento, el problema central de nuestra sociedad: lo que yo denomino en el libro “el hecho de la complejidad” (por contraposición al “hecho del pluralismo” de Rawls.) Ese hecho vino para quedarse. Es irreversible. Y nos plantea preguntas dificilísimas. Hayek creía que ante ese hecho lo que debíamos hacer era doblegarnos y dejar que los imperativos del mercado siguieran su curso. Es una respuesta que yo rechazo. Es justo lo contrario de lo que yo quisiera. Pero hay que reconocer que es una respuesta internamente coherente. Mi aspiración es a que la agenda socialista genere una respuesta alternativa a la misma pregunta. Seguramente no con la misma coherencia porque ni siquiera estoy seguro de que tanta coherencia sea una virtud (se presta a dogmatismos, como le pasa a tanto hayekiano.) Pero sí una respuesta que se tome en serio el problema y muestre que es posible abordarlo de otra manera.

«Hoy en día la estrategia socialdemócrata no está funcionando. Llevamos ya treinta años en que la izquierda se mueve hacia el centro tratando de encontrarse a mitad de camino con la derecha, pero la derecha lo que hace es moverse cada vez más a la derecha. En algún momento tienes que parar y preguntarte si no es hora de buscar otra opción».

Vinculado a ello ¿qué opinión te merecen las propuestas de un socialismo de mercado como las que plantearon autores como John Roemer o David Miller? 

Por supuesto que me parecen aportes muy positivos. Ojalá tengamos más de esos. Ahora, yo discrepo un poco en algunos puntos de las propuestas de John Roemer (confieso que no conozco con el mismo detalle el trabajo de David Miller). A mí me gustaría ver un poco más de énfasis en la democratización de los procesos de producción y gestión. No digo que Roemer no considere esto un fin deseable. Pero me da la impresión de que no siente la necesidad de decir nada explícito al respecto. Seguramente es por su mismo escrúpulo intelectual. Roemer es un intelectual muy serio que, cuando cree que no tiene un argumento totalmente impecable, prefiere callar. De pronto necesitamos otro Roemer, con su misma capacidad de profundizar y precisar, pero que se dedique a la otra cara de la moneda, la de cómo hacer que mecanismos democráticos de gestión puedan dar lo mejor de sí.

El pensamiento utópico tiene, al igual que algunos de los autores de referencia que tomás como Rawls o Cohen, un fuerte componente normativo. Una de las críticas más usuales a este rasgo tiene que ver con la falta de realismo y, por tanto, un cuestionamiento a la factibilidad. ¿Cómo responderías a estas críticas? ¿Es la factibilidad un elemento a considerar más allá del utopismo de la propuesta?

El problema de la factibilidad es fundamental. Gústenos o no, vivimos en una sociedad en la que la gente ya no está dispuesta a sacrificarlo todo por avanzar hacia una futura promesa vaga de la que no tiene ni idea en qué consiste. Puede ser por el nivel de desarrollo material que hemos alcanzado o por lo que sea, pero es así. Ningún proyecto político que quiera ser tomado en serio en nuestro tiempo puede olvidarse del problema de la factibilidad.

Frente a eso, yo diría dos cosas. Una, como lo explico en mi libro, muchas de las ideas del socialismo de nuestro tiempo son mucho más factibles de lo que la gente suele creer. De hecho, ya existe una sociedad capaz de coordinar a escala planetaria las acciones de millones de personas en condiciones relativamente igualitarias, con normas de cooperación y solidaridad que, sin negar problemas, funciona bastante bien que es la comunidad científica. La producción de ciencia, sobre todo en nuestros días, encarna muchos de los valores que los socialistas defendemos. Entonces, no es tan fantasioso como dicen los críticos. No estoy diciendo que sea fácil extender estas prácticas al resto de la sociedad. De hecho, el reto en los últimos años más bien ha sido cómo preservar esas esencias socialistas en la misma ciencia ante el embate del capitalismo. Pero aunque no sea fácil, por lo menos no estamos partiendo desde cero.

El otro punto a mencionar es que la utopía es una actividad humana como el arte, como la ciencia, como la religión. Tenemos muy buenos estudios de cómo ha ido cambiando históricamente la producción de ciencia, de arte y de religión en función de los cambios de la sociedad. Pero seguimos pensando en que la utopía no cambia, que la utopía se sigue produciendo de la misma manera, con un profeta (generalmente hombre) que se le ocurre una sociedad mejor y luego todos lo siguen. Ese es un modelo de producción desueto. En la ciencia moderna ya desapareció la figura del inventor individual. En el arte, si algo ha ocurrido en el último siglo es precisamente la erosión de la barrera entre el creador y el espectador. Entonces, yo creo que es hora de que pensemos en nuevas formas de producir utopías. Cuando hablamos de utopías debemos hablar de proyectos colectivos, creados en condiciones de igualdad, con mecanismos de aprendizaje, de corrección, de perfeccionamiento, etc.

Se nos olvida que imaginar un mundo mejor es una de las cosas más humanas que hay. Lo opuesto de la utopía no es el realismo sino el anti-humanismo. ¿Qué tal un ser humano que no sueñe? ¿A qué queda reducido? Un mundo sin utopías es un mundo miserable.

Tu libro, quizá a contramano de los tiempos, muestra cierto optimismo y confianza en el progreso. ¿Es el progresismo, en sentido casi literal, una ideología en desuso?

Aunque era aún muy joven, yo ya tenía pleno uso de razón cuando colapsó el comunismo soviético. Así que mi vida como persona politizada de izquierda ha transcurrido todo el tiempo en medio de derrotas y descalabros. Así que cualquier optimismo que se adivine en mis páginas (y soy el primero en decir que sí lo hay) es totalmente contraevidente. No es producto de la experiencia. Antes al contrario, es un rehusarme a rendirme a la experiencia. ¿Por qué ese anti-empirismo? Un sociólogo dirá que es por el hecho de que me la he pasado siempre en la estratósfera académica, aquel mundo extraño donde puedes escapar a las presiones fácticas del mercado o de la política activa. Puede ser. En ese sentido, estoy de acuerdo en que ya no hay una ideología del progreso por lo menos si lo entendemos como una creencia en que el mundo va siempre a mejor. Yo ya no creo que haya ninguna “ley natural” ni “dialéctica” ni nada por el estilo que garantice que el mundo va a mejorar. Pero, paradójicamente, eso hace más importante ser optimista. Porque como no hay ninguna garantía del progreso, cualquier progreso que ocurra dependerá de nosotros, de lo que podamos hacer cada uno desde su situación, y de la forma en que logremos articular lo que hacemos con lo que hacen otros. Todo eso requiere optimismo, requiere creer que es posible cambiar las cosas.

Lo que sí me atrevo a decir es que, cuando veo el panorama político entre los jóvenes creo que los socialistas de nuestra generación podemos estar orgullosos de que, por lo menos, hemos sido capaces de transmitir lo mejor de nuestros valores. Veo muchos jóvenes que tal vez no vean la política como se veía antes, que les cueste trabajo imaginarse lo que era el mundo político del siglo XX, que además han traído inquietudes que no existían hace treinta o veinte años. Pero que serán muy buenos continuadores de lo más valioso de la tradición socialista porque creen en la libertad, la igualdad y la solidaridad (ya no digo fraternidad por razones que discuto en el libro aunque la más obvia es, sin duda, su sesgo de género.)

«La ultraderecha de nuestros días está reaccionando a un proceso muy difuso de cambio social desencadenado por la globalización. De pronto eso le da a la izquierda oportunidades políticas nuevas que antes no tenía. De pronto, precisamente lo que hace falta en este momento es una visión clara de alternativas de izquierda».

En torno a eso, y casi de modo inevitable, te tengo que preguntar por la pandemia y por el fenómeno, preexistente pero profundizado, del avance del autoritarismo. ¿Tu visión optimista se ha alterado en algo ante la situación de la pandemia? ¿Cómo se enfrenta una utopía socialista a ese escenario?

Estas dos crisis que mencionas, la pandemia y el avance del autoritarismo, lo que me generan es un sentimiento de premura. Están acelerando el tiempo histórico. Tendencias que estaban larvadas, ahora salen a flote de manera más visible y con más urgencia. Yo no veo la pandemia como algo que bloquee el avance del socialismo. Es prematuro decirlo. Lo que sí es que generó muchas incertidumbres. Ahora se abren muchas disyuntivas. Si la izquierda sabe aprovechar el momento, puede tener grandes logros.

El avance del autoritarismo, que es un fenómeno que me desagrada muchísimo, merece un análisis detenido pero sí hay una cosa que me llama la atención. Esta vez tenemos fascismo sin bolchevismo. Contrarrevolución sin revolución. Hace un siglo el fascismo era una reacción, que nos puede parecer repugnante pero que era en últimas inteligible, ante la Revolución Rusa. Esta vez no hay tal. La ultraderecha de nuestros días está reaccionando a un proceso muy difuso de cambio social desencadenado por la globalización. De pronto eso le da a la izquierda oportunidades políticas nuevas que antes no tenía. De pronto, precisamente lo que hace falta en este momento es una visión clara de alternativas de izquierda. Tal vez no para convertir a neo-fascistas irredentos. Hay personas a las que nunca vas a convencer. Pero sí para mostrar que hay otras opciones, opciones más generosas, que no se alimentan del odio, que sí tienen una buena respuesta (y perdón que me repita), al hecho de la complejidad, no como la respuesta fascistoide que consiste en simplezas intelectuales y políticas que lo que hacen es negar la realidad (volver a la simpleza del mundo antes de la globalización, de la familia antes de la emancipación femenina, y así).

El eslogan de comienzos de siglo (que se le atribuye, al parecer erróneamente, a Rosa Luxemburgo) de “socialismo o barbarie” era un eslogan fabuloso. Lamentablemente, el caos del fin de la Primera Guerra Mundial, el pavor cósmico que entre muchos generó la Revolución Rusa, hicieron que esa dicotomía perdiera efectividad política. Pero ahora los hechos la han puesto una vez más sobre la mesa y las condiciones parecen ser más nítidas. Hay unos que quieren hundir barcos de refugiados en el mar y otros que no. Hay unos que quieren seguir tratando a las mujeres como seres de segunda y otros que no. Hay unos que quieren seguir volviendo inhabitable el planeta y otros que no. Hay unos que quieren permitir que, en el momento de mayor avance técnico de la historia, sigan viviendo miles de millones en la miseria y otros que no. Y así sucesivamente. ¿Quiénes son los bárbaros?

En esas condiciones, podemos inclinar la balanza de nuestro lado. Acordémonos de que la ultraderecha en ninguna parte es mayoritaria (de pronto ahora en Hungría y Polonia, y aún eso es dudoso). En todas partes donde está en ascenso es por las vacilaciones y la falta de convicción del resto de la sociedad. Pero esas vacilaciones y esa falta de convicción son justamente lo que la izquierda puede superar si deja claro que es la opción civilizada.

Claro, como dije antes, el tiempo histórico se está acelerando. Pero eso no es razón para el pesimismo sino todo lo contrario. Es razón para ponerse de pie.

QUIÉN ES

Luis Fernando Medina Sierra nació en Bogotá donde cursó estudios de economía (Universidad de los Andes) y de filosofía (Universidad Nacional de Colombia). Obtuvo su doctorado en economía en la Universidad de Stanford y ha sido profesor de ciencias políticas en la Universidad de Chicago y la Universidad de Virginia.

Actualmente enseña en la Universidad Carlos III de Madrid. Es autor de varios libros y artículos académicos entre ellos A Unified Theory of Collective Action and Social Change (University of Michigan Press, 2007) y Beyond the Turnout Paradox: The political economy of electoral participation (Springer Verlag, 2018). También ha publicado ensayos sobre socialismo El fénix rojo. Las oportunidades del socialismo (Catarata, 2014) y Socialismo, historia y utopía (Akal, 2020).

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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