La sobreactuación y el camino a un verdadero golpe

¿Reclamo salarial? ¿Asonada? ¿Golpe? La manifestación de la policía bonaerense puso en alerta a la política argentina, por los modos y por los fantasmas. La dirigencia más pronta a repudiar y exagerar que a buscar soluciones. Si hay una amenaza autoritaria, esta no reside allí.

Las imágenes llegan desde Olivos. En la puerta de la residencia presidencial, un grupo de policías de la Provincia de Buenos Aires reclama por una solución salarial. El presidente les ofrece pasar para acordar, los policías se niegan a entrar. Quieren cámaras de TV. Están viviendo su minuto de gloria superficial. No hay expresiones ideológicas, ni reivindicaciones temerarias.

El ministro de Seguridad de la provincia no está presente. El gobernador expone al presidente en lugar de resolverlo él. Medio país habla de golpe de estado. En las redes, para el oficialismo la culpa es de la oposición que no habla. Para la oposición, que habla pero a medias, la culpa es del gobierno que «no controla nada». Todos, sin excepción, tienen algo de razón. Pero el deterioro de la palabra y la exageración pone todo bajo sospecha.

Sergio Berni es el ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires. No comulga con las políticas del gobierno nacional. Reconoce una sola jefatura: Cristina Fernández de Kirchner. Hace menos de dos semanas, en su provincia, apareció el cuerpo de un chico, Facundo Astudillo Castro. Sus policías montaron un circuito falso del camino del chico que lo llevó a la muerte. Berni los defendió y los defiende a capa y espada. Sus conceptos sobre la seguridad pública se parecen mucho a lo que es: un militar formado durante la dictadura, que participó de los levantamientos carapintadas contra Alfonsín. Pero mide bien. Y eso es un valor superior, aunque se trate de un peligro para el futuro. Así de chiquito piensa nuestra dirigencia.

Los policías de Buenos Aires le elevan un petitorio por mejoras salariales y condiciones de trabajo. Berni no se hace cargo del reclamo y deja crecer un conflicto. De golpe, sin muchos avisos, la policía se levanta contra la falta de respuestas. El gobernador es superado por la situación. La policía «traslada» mágicamente su reclamo a la puerta de la residencia presidencial. ¿Cómo llega un conflicto salarial provincial a convertirse en un intento de golpe de Estado?

Todo es confusión. El sostenimiento de Berni al frente de la policía se vuelve inexplicable: no sólo enfrenta al gobierno nacional, sino que su policía mata gratuitamente y se le levanta. ¿Quién conduce el conflicto? El presidente. Como si no resultara suficiente para el hombre una pandemia que ya se llevó 10 mil vidas.

Los máximos dirigentes y toda la militancia del peronismo, más todos los partidos con decencia democrática, repudian la acción. Pero rápidamente, convierten a la protesta en un «golpe de estado». Al reclamo salarial en una «asonada» y lo comparan con la triste Semana Santa de 1989. De pronto los argentinos, encerrados por el COVID, asustados por el debilitamiento del sistema de salud y su posible colapso, angustiados por una situación económica que puso a la mitad de la población bajo la línea de pobreza, con cierres de decenas de miles de Pymes, y un nivel de endeudamiento particular que hace imposible sostener la vida «normal»

El viernes, apenas cinco días atrás, el propio presidente anunció una inversión y un plan de seguridad por 10 mil millones de pesos en la provincia de Buenos Aires. El resto de los argentinos supusimos que el plan estaba pensado para que lo ejecute esta misma policía que le reclama en la puerta de Olivos. ¿Cómo anuncian un plan con tanta grandilocuencia, sin haber respondido antes al petitorio de reclamos de los policías? Los policías no tienen gremio, dicen. Acá no tienen gremio. En el resto del mundo sí, y sería bueno que alguien empiece a considerar la necesidad de institucionalizar a la policía en esos asuntos, sino todo es subterráneo, sino siempre es un asunto de fuerza, con nuestras armas en la mano.

Todo es confusión. El sostenimiento de Berni al frente de la policía se vuelve inexplicable: no sólo enfrenta al gobierno nacional, sino que su policía mata gratuitamente y se le levanta. ¿Quién conduce el conflicto? El presidente. Como si no resultara suficiente para el hombre una pandemia que ya se llevó 10 mil vidas y amenaza con multiplicarse por cinco.

Nadie sabe cómo, pero ese conflicto provincial se convirtió en una especie de golpe que, disculpen la sospecha, huele a que va a terminar en una especie de reivindicación del propio Berni. Ojalá me equivoque.

No sonó una bala. Nadie amenaza con dar ningún golpe. Los protagonistas del asunto parecen chicos sacados de una película de Trapero. La sociedad se altera, los medios generan una sobrealteración. Todo es tensión. Hasta música de película de acción ponen en los noticieros.

Ni Alberto es Alfonsín, ni los policías rebeldes carapintadas exigiendo impunidad por crímenes de lesa humanidad. Así de devaluada está la tragedia argentina. Ni existen fuerzas armadas preparando un acompañamiento del conflicto, ni medios que reivindiquen la jugada.

Es un país destruido, cansado de un conflicto de perros y gatos que se acusan continuamente de los males que nos arrecian. No son capaces de ponerse de acuerdo ni para decidir el sistema de funcionamiento de las sesiones del Congreso. Todos los protagonistas principales de esta comedia trágica (esta farsa) carecen de sentido común, no dimensionan el tenor de sus palabras ni de sus estúpidas acciones. Todo es exageración, todo está pasado por el tamiz del odio enfermizo y esa promesa de vendetta eterna entre macristas y kirchneristas. No les importa nada lo que pasa en la casa de cada uno de los argentinos que no ponen en la política el foco central de sus vidas.

Eduardo Duhalde lo anticipó y todos se rieron de la advertencia. Lo peor que le puede pasar al país es que su pueblo se convierta en legitimador de un golpe de estado. Más sabe el tramposo por viejo que por tramposo. Nunca hay que desoír esas voces.

Y no será con policías bonaerenses. Sino con personajes mesiánicos -como Berni- que tarde o temprano encabezarán con excusas y promesas mágicas de «Paz y Orden», un proceso de aniquilamiento de la democracia. Será alimentado por el hastío de un pueblo que ya no quiere escuchar nada más de las bocas de los dirigentes que están más preocupados por sus posicionamientos que por la suerte de sus ciudadanos.

Ni Alberto es Alfonsín, ni los policías rebeldes carapintadas exigiendo impunidad por crímenes de lesa humanidad. Así de devaluada está la tragedia argentina. Ni existen fuerzas armadas preparando un acompañamiento del conflicto, ni medios que reivindiquen la jugada.

No. Que a la democracia no la quiebran un grupo de uniformados en la puerta de Olivos. La quiebra el desencanto con la política, la tensión constante, la falta de horizontes y de planes. La falta de estadistas en los que creer. La búsqueda de impunidad de los dos principales dirigentes, Macri y Cristina, que se retroalimentan todo el tiempo para que pensemos que esas dos caras son nuestras únicas alternativas.

No, que no es un golpe. Pero que están haciendo todo lo posible para que venga. Y creen que saldrán ilesos. No. Cuando venga el golpe, cuando alguien se anime a asaltar a las instituciones, nos vamos a enterar de otra manera. De la manera más cruel en la que se enteran los pueblos: con sangre derramada en las calles, con fanáticos rodeando al líder mágico, y con una enorme mayoría de la sociedad indiferente por el cansancio.

Quizás entonces, reflexionemos un poco sobre nuestra decadente manera de hacer las cosas. Sobre el valor que tiene la libertad, la democracia y la pluralidad de voces. Quizás allí comprendamos la gravedad de las omisiones que llevaron adelante todos los gobiernos desde 1989 a la fecha.

Ojalá la luz se encienda en la cabeza de nuestros principales líderes y lo eviten. La sensación que hay es la contraria. Viene bajando un Bolsonaro por algún lugar del territorio. Ya bajará como Mesías. Y entonces, será tarde.

Coni Cherep

Coni Cherep

Periodista.

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