Entre campeones morales y triunfadores impiadosos

La política es implacable, divide el mundo entre triunfadores y perdedores. Entre el bronce de la historia y el barro de la política se dirime una disputa que reclama que podamos pensar, alguna vez, en tonos de gris.

En la historia oficial, la que aprendimos de chiquitos en la escuela y se reproduce en muchas casas de estudios, hay algunos próceres indiscutibles. Sobre todo, San Martín y Belgrano. La inclusión de sus efigies en los billetes de cinco y diez pesos no despertó impugnaciones significativas, aún cuando la unanimidad es imposible de lograr en este y en otros menesteres. Y bien, ¿qué tienen en común las dos figuras que son más rescatadas por todos? Y uno podría arriesgar una respuesta: que nunca gobernaron. Es verdad que San Martín gobernó Mendoza y que ambos fueron figuras importantes en la consecución de la libertad de nuestra patria. Pero ninguno fue presidente o gobernador del país, líder político a cargo de la administración del Estado. Y bien ¿pasa siempre eso, aún en tiempos posteriores? Parece que subir al poder convierte a los líderes políticos en seres indignos de veneración, o encarnando odios y amores más profundos que las figuras de los próceres que sobrevolaron el mar de contradicciones sin embarrarse en esas reyertas cotidianas por el poder.

DESDE EL ORIGEN

Desde el origen mismo, Mariano Moreno se nos presenta como el prototipo del jacobino y revolucionario. Su muerte temprana le dio aún más abrigo ante las críticas e impugnaciones, porque si hubiera llegado al destino de representante de la Revolución naciente en Inglaterra, no hubiera faltado el que lo habría tildado de agente o amigo de los ingleses. Murió en alta mar, casi seguramente envenenado. La muerte a edad joven deja a la figura del revolucionario libre de la mácula de un recorrido vital más extenso que pudiera devenir en contradicciones, idas y venidas al compás de los devenires de los actores económicos y sociales. La muerte temprana salva de la corrupción al revolucionario sin tacha.

Gobernar trae la aparición de partidarios y detractores furibundos. Si lo hubiera también fusilado Lavalle como a Dorrego, tal vez pensaríamos de él otra cosa. Sobrevivir no es gratuito y ejercer el poder por tantos años menos.

Más adelante en el tiempo, Manuel Dorrego se nos presenta como un tribuno, un diputado y gobernador de ideas avanzadas: federal a favor de los derechos de la plebe, durante su gestión estableció precios máximos a los consumos de primera necesidad y respetaba a la prensa opositora, que no le ahorraba epítetos descalificatorios. Demócrata y progresista para la época y no era Lisandro de la Torre. Murió fusilado por Lavalle, cuando sus rivales no emplearon los mismos métodos pacíficos que él. Incluso se permitió hacer llegar una carta a Estanislao López desde el patíbulo, para que su muerte no fuera ocasión de nuevas violencias. Muerte trágica, al demócrata con gran ascendente en los sectores populares no lo dejaron gobernar. ¿Qué puede leerse tal vez de esto? Que, si sos demasiado blando en posiciones de poder, te van a dar un garrote por la cabeza. El federalismo de Dorrego pasa con menos máculas a la historia al igual qu el de José Gervasio Artigas, el caudillo oriental que quiso una Confederación acompañada por medidas de progresividad social y repartiendo tierras a los desposeídos. Su periplo de influencia en las provincias mesopotámicas se extendió por casi una década y se disolvió como un terrón de azúcar cuando lo abandonaron sus lugartenientes López y Ramírez.

 ¿Quién terminó gobernando? Juan Manuel de Rosas, que estuvo por más de veinte años en el poder el líder de la Confederación Argentina. Está en el billete de veinte pesos pero es una figura mucho más polémica. Gobernar trae la aparición de partidarios y detractores furibundos. Si lo hubiera también fusilado Lavalle como a Dorrego, tal vez pensaríamos de él otra cosa. Sobrevivir no es gratuito y ejercer el poder por tantos años menos.

RADICALISMO Y PERONISMO

Dentro del radicalismo originario, tenemos las figuras sobresalientes de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen. El primero había llevado la voz de los humildes, de las provincias a la capital, revivido de alguna forma en su prédica el federalismo de los caudillos. Vencido o desilusionado, terminó suicidándose en 1896, en otro ejemplo en que parece cristalizarse eso de que a los buenos se los termina llevando la muerte. Su sobrino, Hipólito Yrigoyen, vivió y se convirtió en el primer presidente democráticamente elegido por la ley Sáenz Peña. Aportó a ampliar canales de participación política a los hijos de inmigrantes y los desclasados. Reconoció incipientemente el Estado los derechos de los trabajadores pero no todo fue color de rosas. Bajo su gobierno también tuvieron lugar la semana trágica, brutal represión del Ejército sobre multitudes obreras, el accionar de la Liga Patriótica y la Patagonia Rebelde recordada en el estudio célebre de Osvaldo Bayer. Y hubo bandos, los “personalistas” que seguían a Yrigoyen y los antipersonalistas o “galeritas” encabezados por Alvear. Yrigoyen murió en 1933, lejos del gobierno, y una multitud acompañó sus restos a la Chacarita. En medio de la década infame, despedían al caudillo que en algo los había ayudado. La muerte a veces un poco diviniza, exculpa de los errores.

En el peronismo, tenemos figuras que quedaron a mitad de camino como Domingo Mercante. El gobernador de la provincia de Buenos Aires se presentaba como un demócrata y con un avanzado pensamiento social. Su figura pasó prácticamente al olvido pero, incluso algunos que lo recuerdan desde el antiperonismo, apuntan a que “era un demócrata como no lo fue Perón, y que no se corrompió en la función pública”. Los contrincantes a veces elogian a los vencidos del bando contrario. Otra muerte joven es la de Eva Perón, en 1952, hecho trágico que no hizo desvanecer sin embargo el rencor de muchos sectores de la sociedad para con ella. Su figura vindicadora de los desposeídos ejerció un influjo muy fuerte acaparando amores y odios. Dentro del peronismo o por parte de pensadores progresistas o revolucionarios, su desaparición física temprana fue el caldo de cultivo para hacerla aparecer como revolucionaria en comparación a Juan Domingo Perón, situado en un lugar más conservador. “Si Evita viviera, sería Montonera”, bramó la juventud de los 70 buscando apropiarse de alguna forma de sus banderas y legado.

Nos quedamos con el Alfonsín del 83, el Menem que jugaba al básquet en el 89 y el Kirchner del 2003. Congelados ahí, luego tuvieron que gobernar y lo de siempre: a favor y en contra.

Juan Domingo Perón fue el hombre de las tres presidencias, que trajo épocas más promisorias a los trabajadores, gestionando un Estado interventor en la economía y distribuidor del ingreso y con una política social de dimensiones monumentales que vuelven toda enumeración insuficiente. También tuvo que lidiar con malas cosechas que obligaron a un giro un poco más ortodoxo de la economía e intentos de golpes de Estado furibundos que devinieron también en represiones oficiales o persecución de opositores. Un hombre que inauguró un movimiento que casi medio siglo luego de su muerte sigue perdurando. Si hubiera muerto en Madrid en 1974, nos habríamos quedado con esa década dorada y una memoria tal vez con más consenso. Pero volvió en el 73 a embarrarse en la gestión, con posiciones más bien centristas y enunciando un acuerdo nacional que lo hizo quedar como conservador a los ojos de los jóvenes radicalizados de su movimiento. Se embarró en esa disputa interna, furiosa, violenta por su legado entre la izquierda y la derecha del peronismo. Abrazó a los dirigentes sindicales pero no cortó del todo puentes con la juventud peronista hasta el final. Probablemente no viéndose completamente interpretado ni por una tendencia ni por la otra, en el trajín de ese berenjenal dijo “mi único heredero es el pueblo”.

En el 83, se recuperó la democracia y declaramos a un padre: Alfonsín, casi que omitiendo las escenas de los saqueos del 89 y del Pacto de Olivos de los 90. Lo dejamos ahí, en el 83, con los papelitos y una marcha multitudinaria que le daban la bienvenida luego de la más terrible dictadura.

De la década menemista, algunos creen ver en Duhalde la semilla de una disidencia desde la gobernación de la provincia de Buenos Aires hacia un modelo más productivista que nunca fue en ese contexto. Los enfrentaría aún más el correr de los años con Menem. Pero siempre lo mismo parece: el que gobierna es conservador, el que interpela lo hace desde abajo, no teniendo la brasa en la mano de la gestión.

Aún en el kirchnerismo, algunos enconados opositores se ocupan de reconocer que “la mejor Presidencia del kirchnerismo fue la de Néstor, del 2003 al 2007, después se fue todo a la mierda”.  Dicen eso, pero en el 2003 elegían a López Murphy, y en el 2007 probablemente a Carrió. Por lo visto, esta imagen es fuerte, y a ella aludió la campaña del Frente de Todos que catapultó a la Presidencia a Alberto Fernández. A recordar al Néstor Kirchner del 2003, con Lavagna y Alberto Fernández al lado. Nos quedamos con el Alfonsín del 83, el Menem que jugaba al básquet en el 89 y el Kirchner del 2003. Congelados ahí, luego tuvieron que gobernar y lo de siempre: a favor y en contra.

LA APORÍA ENTRE MORAL Y POLÍTICA

Este recorrido histórico a boca de jarro nos permite concluir someramente y sin ánimo científico algunas cosas, a modo de una explicación de esa sentencia habitual que suele traducirse en el dicho que “todo tiempo pasado siempre fue mejor”.

Un primer aspecto a destacar es que las personas que no toman el poder o duraron poco en él por muertes tempranas o furibundos golpes de Estado,  gozan en general de una valoración social más equilibrada o por lo menos alejada de la polarización. Los que ejercieron el gobierno, pueden lograr algún reconocimiento más transversal alejado el tiempo de sus mandatos o imaginándolos congelados en su momento inicial de gestión.

Un segundo aspecto consiste en la presunción de superioridad moral de los que no llegaron al poder. Y el reverso de esa discutible moneda: los que llegaron lo hicieron por ser más duchos en el arte de la venalidad o el oportunismo. La superioridad moral de Dorrego y Artigas sobre Rosas. La superioridad moral de Moreno sobre los otros revolucionarios de 1810. La superioridad moral de Alem sobre Yrigoyen. De Eva Perón sobre Juan Perón. Y así podríamos seguir.

La superioridad moral va en supuesto maridaje con la impotencia política. Y el poder político de alcanzar la gestión va de la mano de la supuesta inmoralidad y la corrupción. Dos supuestos simples que se recrean a veces como sentido común político pero que no conlleva a otra cosa que a esterilizar la actividad y la promoción políticas. 

Un tercer aspecto que puede consignarse es que lo apuntado no es casual, y que toda gestión está inmersa en un mar de contradicciones que hacen difícil la evaluación ecuánime en la coyuntura y también en el pasado. Que apoyos cercanos a la unanimidad se vuelven imposibles. Porque siempre los más puros parecieran ser los que más abajo están, sin poder aparente sobre el devenir de los acontecimientos. O sea, la superioridad moral va en supuesto maridaje con la impotencia política. Y el poder político de alcanzar la gestión va de la mano de la supuesta inmoralidad y la corrupción. Dos supuestos simples que se recrean a veces como sentido común político pero que no conlleva a otra cosa que a esterilizar la actividad y la promoción políticas.  Un ascenso a un nivel de representación mayor es acompañado de la sospecha, nunca del reconocimiento a la eficiencia o la capacidad. Sin embargo, podríamos concluir que los que al gobierno llegaron lo hicieron como representantes o líderes de un proceso histórico que incluyeron intereses económicos y sociales que los catapultaron con independencia de sus condiciones morales personales.

Ojalá este devenir haya servido para poner en cuestión las verdades simples de uso común que redundan muchas veces en la esterilización y sospecha general acerca de la actividad política, que no es otra cosa que el medio que tiene una sociedad en democracia para reformar y cambiar su devenir con medios pacíficos y con la participación de todos.

Sebastián Giménez

Sebastián Giménez

Escritor y trabajador social. Escribió tres libros y ha publicado artículos en distintas revistas como Marfil, Zoom, El Sur, El Estadista y El Economista.

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