El IFE: ¿un puente al Ingreso Universal?

La crisis económica azuzada, aunque no originada, por la pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia la situación de precariedad que viven millones de argentinos y argentinas. El IFE, como medida paliativa, confirmó lo que muchos temíamos, quizá sea hora que se abra un debate para dar una respuesta definitiva y universal.
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UNA POSIBILIDAD, UNA UTOPÍA

Hace décadas que el trabajo estable y con derechos no abunda en la Argentina. El mundo pareciera indicar que esa tendencia es algo que no va a cambiar sustancialmente. A ese preocupante dato, el 2020 le sumó el coronavirus y la obligación para millones de personas de dejar de trabajar. Ante este descalabro, el gobierno diseñó una transferencia de $10.000 para quienes no tenían ningún ingreso demostrable: el IFE. El objetivo fue dar un ingreso de subsistencia a quienes previsiblemente iban a ver recortados sus ingresos. Pasan los meses y vamos por una cuarta edición del mismo, lo que genera la pregunta: ¿y cuando lo saquen? ¿de qué vivía esa gente antes? Si se está pudiendo pagar ahora, ¿recursos existían, no?

Argentina es un país con enormes problemas económicos. Algunos los generó el anterior gobierno, otros los generó el kirchnerismo, otros vienen desde el ciclo iniciado en 1976 y otros son estructurales desde nuestra conformación como Nación. Uno de esos problemas es la informalidad y precariedad del empleo: en Argentina, desde la década del ’90 quienes tienen trabajo informal nunca fueron menos del 30% de quienes trabajan. Y como decía anteriormente, el empadronamiento en el IFE nos lo volvió a poner en la cara. Repasemos quiénes pueden acceder al IFE: para poder acceder al subsidio no tenés que tener, en todo tu grupo familiar, ni un trabajo registrado, ni una jubilación, ni un seguro de desempleo, ni un monotributo mayor a $30.000, ni ninguno de los planes de empleo. Nada de nada. Bueno, en esa «nada» entran 9 Millones de argentinos y argentinas. Si juntas cuatro personas al azar en un café, una está en esa situación. Es grande la «nada».

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿de qué vivía esa gente antes? El recorte que hace el IFE hace que estemos hablando de esas millones de personas que viven con ingresos bajos y/o inestables: changueros, freelancers que un mes les va bien y dos no, trabajadoras de casas particulares, oficios varios, jornaleros y rebuscadores variopintos. ¿Por qué pasa esto? Dada la cantidad de gente, queda descartada la absurda respuesta de que «son vagos», 9 millones de vagos nos convertirían en el siestódromo más grande del planeta, si se me permite el neologismo. Para no ahondar mucho podemos decir que, claramente, hay algo sistémico que lo explica.

Repasemos quiénes pueden acceder al IFE: para poder acceder al subsidio no tenés que tener, en todo tu grupo familiar, ni un trabajo registrado, ni una jubilación, ni un seguro de desempleo, ni un monotributo mayor a $30.000, ni ninguno de los planes de empleo. Nada de nada. Bueno, en esa «nada» entran 9 millones de argentinos y argentinas. Si juntas cuatro personas al azar en un café, una estará en esa situación. Es grande la «nada».

¿Qué va a pasar si no pagan más el IFE? No es muy difícil adivinar que cada uno intentará (lo está intentando) volver a sus fuentes de ingresos que muy de a poco se irán despertando mientras la cuarentena se vaya yendo. A lo cual, en el mejor de los casos, volverán a estar igual de complicados que antes.

Por eso este es el momento perfecto para preguntarse: ¿y si hacemos algo de fondo? Esa pregunta empezó a circular entre quienes plantean que el IFE puede ser un puente a un Ingreso Universal: un piso que se garantiza entre todos para que cada uno haga realidad el derecho a una vida digna. Una verdadera utopía.

El Ingreso Universal implica una transferencia directa a todas las personas para cubrir un mínimo de necesidades. Es un planteo que existe hace por lo menos 50 años ante la realidad de que no existe más trabajo suficiente para todos y todas, pero como sociedad global somos 250 veces más ricos que en el inicio de la Revolución Industrial.

Ante este planteo, Rutger Bregman en su libro Utopía para Realistas describe las ya conocidas críticas que se esgrimen con índice levantado y estómago lleno. Estas son las mismas que se le hicieron a todas las grandes utopías que ha ido cumpliendo la humanidad: el fin de la esclavitud formal, la jornada de 8 horas o el voto femenino. «Es irrealizable, es un peligro y es una perversión», repiten a coro. Traducido para este caso: no lo podemos pagar, si lo hacemos la gente va a trabajar menos, y, tras cartón, los que trabajan sostendrán a quienes no lo hacen.

SE PUEDE SABER SI UNA POLÍTICA FUNCIONA

Antes de tuitear furiosamente a favor o en contra de esta propuesta, es bueno conocer algunas conclusiones que se han sacado de distintas experiencias de transferencias monetarias a las personas con el objetivo de garantizar derechos. Si algo que también el coronavirus nos mostró es que se pueden tomar decisiones políticas apoyadas en evidencia científica o, al menos, que considere esta evidencia para hacerlo. Para eso hay todo un campo de estudio que es la evaluación de políticas públicas que desde la década de 1950 se dedica a estudiar y sacar conclusiones sobre qué es lo que funciona.

Así, les puedo contar que hace algunas décadas hubo experimentos de Ingreso Universales en varios países comunistas (?!) como Estados Unidos, Canadá, Holanda o más recientemente en Alemania. Las conclusiones son bastante contundentes: dar directamente el dinero a las personas no solo no hizo que trabajen menos horas, sino que redujo un montón de inversiones que hace el Estado como consecuencia de la pobreza. A su vez, los beneficios indirectos son infinitos: desde las personas que pueden poner más atención en su capacitación para conseguir mejores empleos hasta el empoderamiento de las mujeres en situaciones de violencia a raíz de contar con un ingreso que les da autonomía.

Las conclusiones son bastante contundentes: dar directamente el dinero a las personas no solo no hizo que trabajen menos horas, sino que redujo un montón de inversiones que hace el Estado como consecuencia de la pobreza. A su vez, los beneficios indirectos son infinitos.

Pero claro, «ellos son canadienses y nosotros argentinos, imaginate eso en La Matanza», nos responden. Bueno, la verdad que cuando se estudió en Argentina el efecto de la Asignación Universal por Hijo los resultados no fueron muy distintos. Una evaluación de este programa encabezada por Bernardo Kliksberg fue concluyente: los adultos que eran receptores de la AUH no trabajaban menos sino más que antes, no dejaban de desear un empleo formal y no tuvieron más hijos que quienes no accedieron a este Ingreso casi Universal. A su vez, creció el acceso a la salud, mejoró el rendimiento escolar y la nutrición que reciben niños y niñas.

Los fantasmas que generan estas propuestas son eso, fantasmas. ¿Será políticamente viable? Veremos. Los amagues de recortar rápidamente el IFE no parece ser muy alentadores. El Ministro de Desarrollo Social se muestra un poco más entusiasmado, la directora de la ANSES no tanto. Lo cierto es que este momento extraordinario nos tiene que dar la oportunidad para imaginar nuevos y mejores horizontes. El Ingreso Universal es posible, es pagable y es una vía para garantizar lo que en otro momento garantizó la sociedad de pleno empleo. A por ello.

Maximiliano Díaz

Maximiliano Díaz

Contador público (UNMdP). Magíster en en Evaluacion de Politicas Publicas por la Universidad Internacional de Andalucía. Coordinador del CEMUPRO Buenos Aires.

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