Ningún jubilado nace asesino, ningún pibe nace chorro

Jubilados violentos y pibes chorros: cada uno es una pieza más de la tragedia de la injusticia y la inequidad producidas por la forma en que convivimos, en que aprendemos, en que nos relacionamos. Separar las piezas, absolver a una y demonizar a la otra, podrá tranquilizar a ciertas almas, pero no ayuda a comprender la densidad del drama.

La generalizada y comprensible necesidad de tantas personas de pararse del lado de uno de los dos, de juzgar sin piedad a una de las piezas de la tragedia se expresa en sentencias tajantes, frías, inhumanas: el jubilado es un homicida, y listo, que vaya preso. Despachado el asunto. O al revés: el chorro sabe que el riesgo de su «oficio» es la muerte, así que a no llorarlo y que su familia se la banque calladita. Archívese. Y a otra cosa.

Con esa operación tranquilizadora se acabó la discusión, ya está el veredicto, y no hay necesidad de «comprender» nada, de analizar ningún aspecto de lo sucedido, ni hay lugar para querer encuadrar toda la tragedia. En esto no hay diferencias partidarias: hay Berni y Bullrich de ambos lados. En todas las opciones electorales hay personas que sienten sinceramente que «la Justicia mira más los derechos de los delincuentes que los de la ciudadanía», como dijo Bullrich (¿o fue Berni? Ni siquiera importa).

En esto no hay diferencias partidarias: hay Berni y Bullrich de ambos lados. En todas las opciones electorales hay personas que sienten sinceramente que «la Justicia mira más los derechos de los delincuentes que los de la ciudadanía», como dijo Bullrich (¿o fue Berni? Ni siquiera importa).

Sin embargo, del mismo modo, en todas las opciones hay personas que se conmueven ante el asesinato de una persona indefensa, aunque se trate de alguien que optó por delinquir (¿Optó? ¿Verdaderamente tuvo opciones? ¿La sociedad, el Estado, la acumulación de rencores e insatisfacciones se las brindaron?, se preguntan, filosóficamente, y está bien que lo hagan. Pero hay quienes no parecen proclives a utilizar esa misma categoría analítica con el jubilado: ¿Optó? Llegado a esa situación, después de lo sufrido y habiendo logrado repeler a sus agresores: ¿Optó? ¿Verdaderamente tuvo opciones? ¿La adrenalina, la indignación, la acumulación de rencores e insatisfacciones se las brindaron?)

Esos «reordenamientos» conceptuales ante un episodio como éste son quizás un indicador doloroso de que lo que llaman «grieta» es una ficción que se construye en función de quienes viven de ella, de quienes se benefician con ella. La verdad es que hay incontables grietas entre nosotros.

Pocos, en ambos bandos de esta, quieren pensar lo que hay antes y después de la tragedia. Y eso asegura la continuidad de la tragedia. Porque pensar el antes puede servir para comprender por qué ocurrió, por qué un jubilado, un buen vecino, sin antecedentes, termina rematando sin piedad a una persona indefensa, que ya no puede hacerle daño de ningún modo. Algunos creemos que ningún jubilado nace asesino.

Pensar el antes puede permitir entender por qué un joven de 26 años, padre, que debería estar trabajando, arropando a su hijo o descansando después de una jornada de laburo, termina saliendo a robarle a un sector de los más vulnerables: jubilados y jubiladas. A robarles a sus pares. Qué falló antes, el Estado, el sistema educativo, la prevención, las organizaciones sociales, el deporte, el mundo académico, las ciencias sociales, el sistema jurídico, todo junto. Algunos creemos que ningún pibe nace chorro.

Pensar el después también puede ayudar. El después puede permitir entender que quien actúe como ese jubilado no tendrá paz, vaya preso o no. Deberá mudarse, porque su casa será posiblemente objeto de la represalia de familiares del joven muerto. Quizás no tenga recursos para hacerlo. Deberá convivir el resto de su vida con ese temor. El después también permitirá imaginar que quien actúe como ese joven corre el riesgo de dejar huérfanos a sus hijos, enlutada a su familia, desesperada a su pareja. La pregunta que esa larga lista de personas que están detrás de la enumeración anterior (Estado, sociedad, Justicia, etcétera) debería hacerse es qué hacemos ahora con todas esas personas involucradas. Es decir qué hacemos con el después de esta tragedia.

Pero el después de ésta es también el antes de las que vienen. De las que inexorablemente vienen.

Qué falló antes, el Estado, el sistema educativo, la prevención, las organizaciones sociales, el deporte, el mundo académico, las ciencias sociales, el sistema jurídico, todo junto. Algunos creemos que ningún pibe nace chorro.

Dice Stanley Greenspan en El crecimiento de la mente (1997): “Las personas con dificultades para resolver problemas se parecen a los niños pequeños en su tendencia a polarizar los asuntos, lo que les lleva a expresarse mediante exigencias inflexibles, eslóganes y rituales. Se ven a sí mismos como los buenos de la película, y sus adversarios, por definición, encarnan el mal. Todo lo bueno está de un lado, todo lo malo del otro. (…) Al polarizar, las posiciones se endurecen y ofuscan cualquier percepción de que la otra persona también puede tener un motivo de queja legítimo. Cada uno pasa por alto su propia contribución al incremento del conflicto y se cree su versión de los acontecimientos (…) Tanto las bandas juveniles como los ideólogos dividen el mundo en ‘nosotros’ y ‘ellos’. Los eslóganes borran todas las tonalidades grises, los matices que se requieren para una valoración precisa de un individuo o de una situación. Las respuestas ritualizadas impiden a las personas darse cuenta de que lo ven todo en blanco o negro. La polarización además alimenta la necesidad de ganar incondicionalmente: la solución satisfactoria consiste en la plena consecución de las exigencias”.

Cuando se trata de la vida y de las personas, las cosas casi nunca son solo blanco y negro. Greenspan y los psiquiatras evolutivos dicen que la capacidad para comprender a los demás (indispensable para una pacífica resolución de conflictos) puede educarse. Requiere decisión para enfrentar esos rituales que impiden a las personas darse cuenta de que se pierden los matices. Requiere decisiones que no estamos discutiendo mientras nos enfrentamos para determinar quién es más culpable, si juzgo y condeno a uno mientras comprendo y justifico al otro.

Tal vez recuperar estas ideas pueden ayudarnos a no juzgar tan rápido, a no emitir sentencias tan tajantes, a no creer que el mundo, y en especial las personas, pueden encasillarse tan fácilmente. Porque, en serio, ningún jubilado nace asesino, y ningún pibe nace chorro.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Licenciado en Filosofía y Periodista. Integra la cooperativa periodístico cultural El Miércoles, en Entre Ríos. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013). Fue director de La Vanguardia.

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