Un Cacho de vida

La vida de Envar «Cacho» El Kadri ofrece una versión muy peculiar de la historia argentina de la segunda mitad siglo XX. Peronista heterodoxo, progresista irredento, defensor de los derechos humanos, un personaje irrepetible.

El 19 de julio se cumplió el veintidós aniversario del fallecimiento de Cacho Envar El Kadri. La muerte lo sorprendió en Tilcara en 1998, mientras acompañaba la gira del músico Miguel Ángel Estrella. Todas las voces todas surcaron la vida de un militante de un compromiso muy particular. 

Un documental valiosísimo realizado por Santiago Acuña se llama “Cacho, una historia militante”. En este aniversario tuve la suerte de volver a verlo, y la vida del protagonista es tan rica en matices que uno cada vez que ve el documental se lleva nuevas cosas. En este caso, las ganas de escribir este artículo que espero no adquiera la solemnidad de los homenajes.

Cuenta el documental el devenir de una trayectoria militante que tuvo ciertos hitos y se apartó de toda ortodoxia. Se narra cómo, en el Liceo Militar donde se encontraba cursando el cuarto año de la secundaria, a la caída del peronismo se quemaron en el patio a la institución los ejemplares del libro “La Razón de mi Vida” de Eva Perón. Él se resistió fuertemente a entregar su ejemplar y fue expulsado. En la voz de Cacho, se recuperan anécdotas de acciones inorgánicas de principios de los 60, cuando la resistencia peronista era pegar un afiche de Eva Perón en la esquina de Corrientes y Esmeralda y esperar a que algún transeúnte lo arrancara, para agarrarlo a trompadas o agredirlo verbalmente para armar escándalo, adquirir visibilidad. Se recordó también una toma de un puesto de la aeronaútica, donde esposaron a un conscripto con una técnica que habían aprendido anudando unas cuerdas, pero con un leve movimiento el hombre se liberó. El relato del protagonista trascurre entre risas, se vuelve tierno, gracioso, por el tiempo que media entre los sucesos y la narración, que hizo disolver el miedo que envolvía a los jóvenes en esos primeros hechos de resistencia ante la imposición de la proscripción del peronismo y el decreto 4161 que prohibía hasta nombrarlo.

¿Qué más quieren?, inquiría a sus compañeros más radicalizados. No entendía la prosecución de la violencia por parte de las organizaciones armadas. Consideró que esas acciones no eran entendidas, interpretadas por el pueblo y le eran ajenas.

Hubo hitos en esa vida, y uno que tuvo lugar cuando se difundió la muerte del Che Guevara en Bolivia. El sentimiento de identificación de esos jóvenes con ese revolucionario que dejó su vida, que puso el cuerpo fue muy fuerte, y los llevó a planificar, con lo que había, de la nada, un intento de guerrilla que se llamó Fuerzas Armadas Peronistas. En Taco Ralo, Tucumán, se instalaron para comenzar a entrenarse en el tipo de lucha que iban a afrontar. Pero ni siquiera alcanzaron a disparar un tiro. Catorce personas formaban ese primer grupo y fueron confundidos por contrabandistas por las fuerzas policiales que cercaron rápidamente su campamento. El intento se desbarató completamente, pero la derrota militar devino victoria política. Adquirieron visibilidad los jóvenes rebeldes que deseaban el retorno de Perón, exponiendo la opresión y la falta de libertades de la dictadura de Onganía. Poco después, estallaría el Cordobazo y haría su aparición dotada de espectacularidad la organización Montoneros.

Años de cárcel le esperarían a Cacho El Kadri y sus compañeros. Alejandro Tarruella titula su libro: Envar El Kadri, el guerrillero que dejó las armas. Y esto expone otro hito de la vida del militante: abandonar la estrategia de la lucha armada para apostar a la política. En 1973 fue liberado por la amnistía general y no volverá a empuñar un arma. Abogó para que la juventud se integrara al proceso político, considerando que la vuelta de Perón era el objetivo que se había cumplido y que deseaba todo el pueblo. ¿Qué más quieren?, inquiría a sus compañeros más radicalizados. No entendía la prosecución de la violencia por parte de las organizaciones armadas. Consideró que esas acciones no eran entendidas, interpretadas por el pueblo y le eran ajenas. Se distanció de la vanguardia esclarecida que intentó encarnar Montoneros pero también de la derecha peronista. Apoyó a Perón, sin más, como gran parte del pueblo argentino. En el contexto del enfrentamiento tremendo y doloroso que tuviera lugar hacia el interior del movimiento peronista, se fue quedando sin espacio político donde militar. Dicha situación se acrecentó mucho más con la muerte del líder. Le ofrecieron integrarse a Montoneros y lo rechazó, lo apretó el lopezreguismo para que se sumara a su fuerza, o que se atuviera a las consecuencias.

Amenazado y huérfano políticamente, se fue del país en enero de 1975, primero a Beirut, después a Siria. Luego recaló en España, donde lo detuvieron y expulsaron a Francia. En su exilio, adquirió celebridad por motorizar las denuncias por violaciones de los derechos humanos por parte de la dictadura argentina. Trabajó como cuidador en el Cirque du Soleil en Francia, y lo fueron incorporando a diferentes tareas. Versátil, organizado, necesitaba trabajar. Contribuyó a organizar una marcha en el centro de Francia en 1979, nucleando a un movimiento internacional de artistas que visibilizó la violación de los derechos humanos utilizando grandes pinturas transportadas en estandartes y con la música ensordecedora de saxofonistas para atraer la atención de los parisinos.

Volvió al país en 1984, y se dedicó a ser productor de las películas que dirigió Fernando «Pino» Solanas. En la década del 90, participó del Frente Grande, la entente que reunió a peronistas disidentes y huérfanos de diferentes experiencias partidarias de izquierda, buscando una síntesis en algún modo de progresismo o socialdemocracia. Pero Cacho no se sintió cómodo o representado acabadamente porque se seguía sintiendo sobre todo peronista, lo que en el progresismo no siempre es valorado. Integró la corriente sindical Germán Abdala, y dio un vibrante discurso en conmemoración de los cincuenta años del 17 de octubre en 1995. Además de criticar las políticas neoliberales de privatización que nos hizo perder la soberanía y rescatar el nacionalismo del peronismo, en esas palabras se definió como un reformista.

Y aquí es interesante visualizar esta última estación de su vida, que es una continuidad bastante coherente con sus anteriores pasos. De la guerrilla a soltar las armas y el exilio. La militancia política bastante transversal y el compromiso por un mundo mejor que se asocia de alguna forma también a manifestaciones artísticas. Su evolución puede analizarse como parecida a la de Jorge Rulli, en el sentido en que también devino un militante en espacios fuera de la gestión pública, en este caso desde el ambientalismo. Los unió siempre una gran amistad.

En la década del 90, participó del Frente Grande, la entente que reunió a peronistas disidentes y huérfanos de diferentes experiencias partidarias de izquierda, buscando una síntesis en algún modo de progresismo o socialdemocracia. Pero Cacho no se sintió cómodo o representado acabadamente porque se seguía sintiendo sobre todo peronista, lo que en el progresismo no siempre es valorado.

El revolucionario de la lucha armada se define años después como un reformista, pero no significando una claudicación de sus ideales. Hay que tener en cuenta que esas palabras fueron pronunciadas en el 95, cuando parecía cristalizarse el fin de las utopías, de la historia en palabras de Fukuyama y la entronización de un pensamiento único. Él seguía levantando la bandera peronista pero apostando a una faz reformista, no revolucionaria. Teniendo en claro que la lucha en esos momentos se encaraba valorando la democracia, que había que ensanchar, mejorar, engrandecer para incluir a todos. No podía ser de otra manera, desde que este hombre lo tuvo claro hasta en el año 1973, luego de haber salido de la cárcel y respetando la democracia que se había sabido dar el pueblo argentino y en un contexto dificilísimo donde cundía la violencia cada vez más encarnizada entre la izquierda y la derecha del peronismo.

Una vida llena de anécdotas, de camino recorrido, de embarrarse en la suerte del pueblo. Una especie de peregrinar por distintos lugares en la búsqueda de un nuevo sentido, que pudiera conjugar la sensibilidad artística, una revolución sin armas, una reforma que no se limitara sólo a una administración honesta de los recursos en la labor pública. Con la bandera peronista tomada como identidad inclaudicable pero pudiendo escuchar otras voces, incluso de los que no lo acompañaban, apostando a considerar al otro como un hermano, pregonando prácticas solidarias hacia el bien común. Un hombre que pasó de intentar buscar el camino corto del asalto al poder al de poner piedra sobre piedra en cada persona, en cada colectivo social. La moral del “hombre nuevo”, que pregonaba el Che, pero desechando completa y terminantemente la violencia. Con el mate en la mano, una mano tendida y una sonrisa entrañable. Creyendo, tal vez, que para hacer lo grande hay que comenzar por lo pequeño. Y con una empatía con el pueblo más humilde que nunca perdió. Ponerse un cachito en el lugar del otro, con su particular sensibilidad. Un Cacho de vida.  

Sebastián Giménez

Sebastián Giménez

Escritor y trabajador social. Escribió tres libros y ha publicado artículos en distintas revistas como Marfil, Zoom, El Sur, El Estadista y El Economista.

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