Hermann Heller: la solidaridad como principio constitucional

Su muerte prematura y su obra fragmentaria hicieron que Hermann Heller fuera un autor no del todo valorado, más allá de la popularidad de su «Teoría del Estado». Un pensador original que el socialismo democrático haría bien en recuperar.

Cuando las certezas parecen disolverse, viejas palabras reaparecen impregnadas por un nuevo brillo. Este parece ser el caso de términos como “solidaridad” y “cooperación”. En un contexto ávido de imaginar y proyectar futuros, la estela de estos conceptos señala un interesante camino a explorar. Ante esto tal vez convenga sacar del arcón aquellos autores que intentaron hacer de estos principios verdaderos criterios de organización de la vida en común. Este es el caso de Hermann Heller (1891-1933), una de las cabezas jurídicas más destacadas del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) durante la República de Weimar. Parte del ala reformista del SPD, Heller fue un destacado polemista. Cuestionó el lugar del marxismo como doctrina oficial del partido, mostrando su inconformidad con la concepción del Estado que lo identificaba como simplemente instrumento de clase. Celebre fue su discusión con Max Adler respecto a la pertinencia del concepto de “nación” para el socialismo, la cual valoraba positivamente. En 1920 fue arrestado junto a su maestro Gustav Radbruch por participar en una resistencia armada contra el Golpe de Estado de Kapp. Años más tarde, en 1932, se convirtió en el representante legal del partido en la causa judicial que impugnó el nombramiento de von Papen como canciller de la República en el preludio al ascenso del régimen nazi. Su declarado antifascismo y su consecuente defensa de las libertades políticas y sociales lo hacen un autor central en esa heterogénea tradición que podemos identificar como socialismo democrático. 

En su pensamiento los principios socialistas sirvieron como guía para una ambiciosa filosofía política que buscó replantear la relación entre Estado, democracia y derecho teniendo como horizonte la constitución de una democracia radical.

La obra de Heller puede ubicarse como una tercera posición empeñada en buscar su punto de equilibrio en una crítica equidistante a las premisas de sus contemporáneos Hans Kelsen y Carl Schmitt. Acusándolos de disolver la complejidad de la relación entre sociedad y derecho ya sea en un formalismo lógico o de un decisionismo irracional, Heller optó por un camino en el cual la validez social de las normas se convierte en el aspecto decisivo. En efecto, en su pensamiento los principios socialistas sirvieron como guía para una ambiciosa filosofía política que buscó replantear la relación entre Estado, democracia y derecho teniendo como horizonte la constitución de una democracia radical. Su posterior recepción tal vez haya quedado ligada a su prematura muerte y al hecho de que su obra póstuma, Teoría del Estado (1934), fuera publicada inconclusa. Lo cierto es que, paradójicamente, mientras que Schmitt ocupa actualmente un lugar en la mesita de luz de la izquierda intelectual y es una referencia transversal en las ciencias sociales, la obra de Heller es un territorio poco explorado fuera de la teoría jurídica. El objetivo de estas líneas es doble. Por un lado, convocar a redescubrir este clásico y por el otro, ofrecer algunas coordenadas que nos orienten en la difícil tarea de pensar esquemas y dispositivos de organización que respondan a las exigencias de una política propiamente (social) democrática.

LA DEMOCRACIA SOCIAL COMO CRISIS DE LOS CONCEPTOS POLÍTICOS MODERNOS

El proyecto intelectual de Heller parte de una sencilla premisa: el arribo de la democracia social es un dato histórico ineludible que empuja hacia una reforma radical de la organización colectiva. En efecto, el surgimiento y la paulatina consolidación de una sociedad cuya dimensión política no se reduce a su relación con el Estado tensionaba el marco del liberalismo decimonónico imperante hasta ese momento. Digámoslo claro: para Heller, el carácter social de la democracia tenía que ver, antes que nada, con el reconocimiento de una esfera política más allá del Estado. La posterior justificación de políticas redistributivas y de justicia social encuentra ahí su racionalidad: libertad e igualdad eran condiciones necesarias para una sociedad en la cual la participación política era un hecho vital.

Desde ese marco, la crisis de aquellos turbulentos años de la República de Weimar era aprendida por Heller bajo la figura de un desfasaje: la dinámica política existente no podía ser expresada adecuadamente en el estrecho dispositivo constitucional vigente. La constitución formal no se correspondía con la constitución material. Esto tenía como consecuencia que gran parte de los procesos políticamente significativos no encontraran un marco adecuado para ser captados y tramitados positivamente. Desde la óptica de Heller, la salida a esta crisis pasaba necesariamente por una revisión de los supuestos más profundos de la política moderna. Este es precisamente el objetivo que anima las páginas de su Teoría del Estado.

Para Heller era indispensable encontrar una fórmula constitucional en la cual el antagonismo resultara un aspecto productivo y no una anomalía cuya constante irrupción provocaba crisis globales. Por supuesto, este diagnóstico lo sitúo en las antípodas de Schmitt, a quien solía identificar como el “fascista alemán”.

Para Heller, el surgimiento de una política inter-societal había puesto en marcha una ola expansiva que desembocaba invariablemente en la crisis definitiva de los conceptos y metáforas que servían de sustento a la modernidad política. Al presuponer una sociedad habitada por organizaciones políticas no estatales (clubes, partidos, sindicatos, cooperativas, iglesias) que buscaban incidir políticamente a partir de criterios muy diversos, en la democracia social la relación entre Estado y sociedad no coincidía simétricamente con la distinción público/privado. Tampoco la representación parlamentaria podía presumir de una absoluta autonomía de lo político respecto a lo social. La metáfora de la “voluntad general” no alcanzaba para explicar el hecho de que la política encontrara su real magnitud en los contrapuestos intereses de una sociedad diversa. Como consecuencia de estos cambios el “pueblo” ya no podía ser considerado como un simple principio formal y abstracto. Por el contrario, era la sociedad de clases, en su compleja interdependencia y la politización de sus desigualdades, la que debía ocupar el lugar de sujeto instituyente, demandando para si un marco adecuado para expresar los conflictos que le son inherentes. La ambigüedad del término “política de masas” -de circulación profusa en las primeras décadas del siglo XX- apenas y disimulaba lo que en realidad era una verdadera mutación de los principios fundantes de la modernidad.

Desde la perspectiva de Heller, el Estado social y democrático a construir no se reducía al aumento cuantitativo de las funciones estatales. Se trataba, por sobre todas las cosas, de un nuevo modelo de organización que debía superar dialécticamente al Estado liberal de derecho conservando algunos de sus principios fundamentales (seguridad jurídica, protección de libertades políticas, división de poderes) pero reensamblándolos en una nueva forma capaz de responder a las exigencias de una política que tenía como base ya no al individuo abstracto y desarraigado de sus relaciones sociales sino a una sociedad de grupos. Para Heller era indispensable encontrar una fórmula constitucional en la cual el antagonismo resultara un aspecto productivo y no una anomalía cuya constante irrupción provocaba crisis globales. Por supuesto, este diagnóstico lo sitúo en las antípodas de Schmitt, a quien solía identificar como el “fascista alemán”.   

EL OBJETIVO DE LA POLÍTICA NO ES MANTENER EL ORDEN SINO ORGANIZAR LA COOPERACIÓN SOCIAL

A veces se pierde de vista que el concepto de lo político que ofrece Schmitt tuvo como único objetivo justificar un Estado total capaz de anular el antagonismo en la sociedad. En este sentido es importante marcar el vínculo directo que se da entre optar por una definición del conflicto en términos existenciales a partir de la oposición amigo/enemigo y una concepción negativa de la política en la cual ésta es interpretada como una guerra civil larvada. El gran temor de Schmitt era que la proliferación de los grupos políticos no estatales terminase fragmentando en múltiples vínculos sociales la lealtad de los ciudadanos al otrora poderoso Leviatán. En su perspectiva, esta situación le impediría al Estado concretar el pacto obediencia/seguridad que le había dado origen, abriendo con ello la puerta a la cual Hobbes le había puesto un cerrojo. Al no poder identificar un único centro político, Schmitt era incapaz de pensar otra alternativa que no fuera la catástrofe apocalíptica.

Si Schmitt emplazó política y guerra civil dentro de un mismo continuum, para Heller, por el contrario, la guerra civil era una frontera exterior de la política y en gran medida el símbolo de su fracaso: “La parte más importante de toda política la integran los esfuerzos para evitar el conflicto existencial entre amigo y enemigo”. Al igual que su rival, Heller cuestionaba la reducción de la política al ámbito estatal, pero no para posteriormente reivindicar el decisionismo estatal como medio para neutralizar el conflicto social sino con el objetivo de adaptar la función del Estado a una sociedad en la cual resultaba imposible conjurar el antagonismo.

En el dispositivo helleriano el antagonismo social no demanda del Estado una restauración del orden, sino que lo obliga a realizar constantes esfuerzos con el objetivo de organizar la pluralidad conflictiva de lo social.

Para Heller, el rasgo definitorio de todo grupo político es la voluntad de organizar y actuar la cooperación social a partir de criterios normativos específicos. En la democracia social, cada una de las agrupaciones políticas intenta elaborar formas de solidaridad a partir de principios muy diversos e incluso contradictorios. Esta característica también funciona para identificar el estatuto político del Estado, pero con una diferencia radical: este es la única organización que dispone del derecho para cumplir esa función. En un mismo movimiento Heller sitúa al Estado en un plano relacional frente a otros grupos políticos, pero reservándole al mismo tiempo una posición especial desde la cual podía cumplir una vital función de coordinación de las diversas solidaridades sociales: “el objeto específico de la política consiste siempre en la organización de oposiciones de voluntad”. En el dispositivo helleriano el antagonismo social no demanda del Estado una restauración del orden, sino que lo obliga a realizar constantes esfuerzos con el objetivo de organizar la pluralidad conflictiva de lo social. De esta manera el Estado deviene un objeto propiamente político: para cumplir su función está obligado a hacer política de frente a una sociedad respecto a la cual tiene una autonomía sólo relativa. Gobernar es organizar la sociedad.

LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA LEGITIMIDAD DEMOCRÁTICA

Como consecuencia de la función social que Heller le adjudica al Estado, la construcción de legitimidad se convierte en el dato central de la política. En efecto, ¿de qué otra manera puede cumplir su misión el Estado si no es clarificando el contenido normativo a partir del cual se dispone a actuar la cooperación social? Para Heller, la dinámica de la democracia social debía ser complementada con los dispositivos de la representación institucional propios de la democracia política. Es precisamente en la tensión entre la sociedad (plural y conflictiva) y la producción democrática de la decisión estatal unitaria y vinculante que es posible ir adecuando y adaptando los parámetros mediante los cuales el Estado cumple su función social -tarea que por cierto nunca puede concluir definitivamente-. De ahí que el conflicto, es decir, la siempre latente posibilidad de que los grupos sociales rechacen o cuestionen la voluntad estatal, se convierta en un aspecto positivo pues auxilia en la tarea de volver inteligible ese espacio tan social como político en el cual el Estado tiene que actuar. La política se vuelve el único destino de la convivencia humana y el Estado no tiene otra salida que constituirse como un actor político singular dentro de una sociedad policéntrica.

Este esquema le permite a Heller salir del paradigma schmittiano de la guerra civil pues rompe con la relación de identidad entre la unidad del Estado y la unidad del pueblo. Si se concibe la unidad del Estado como algo relativo a la unidad del pueblo cualquier división y conflicto que surja en el segundo supondría a priori una amenaza para el Estado. Por el contrario, para Heller: “la realidad del pueblo y de la nación no revela, empero, por lo general, unidad alguna, sino un pluralismo de direcciones políticas de voluntad (…) Es inadmisible, sobre todo en la actual sociedad de clases, hablar de una unanimidad política». Con ello el Estado pierde toda sustancialidad y se convierte en una estructura de acción colectiva que si bien no resuelve la conflictividad social sí que permite procesarla políticamente. Para Heller el Estado no es la unidad del pueblo sino una unidad de dirección y conducción en el pueblo.

La creación política deja de ser autorreferencial y despojada de sus anteojeras es capaz de mirar la materialidad que frente a ella yergue. Lo social no agota lo político ni lo político agota lo social.

UNA NOTA FINAL: EL REGRESO A LA POLIS

A menudo se repite como un estribillo aprendido que la actual tarea de la política es la construcción de un pueblo. La obra de Heller introduce un matiz que puede resultar interesante de explorar. Si por el contrario se asume que el criterio de la política no pasa tanto por la creación sino por la organización de ese pueblo, por simple coherencia lógica uno tiene que reconocer la existencia previa de aquello que quiere organizar. La creación política deja de ser autorreferencial y despojada de sus anteojeras es capaz de mirar la materialidad que frente a ella yergue. Lo social no agota lo político ni lo político agota lo social. La actual discusión entre un populismo de derecha y otro de izquierda deja en un vacío la pregunta específica que toda la política se plantea. La conquista del poder no es nunca el fin sino el medio y la ausencia de un programa no puede ser un verdadero programa. Es indispensable dar la discusión sobre los criterios a partir de los cuales queremos organizar nuestra vida en común. La obra de Heller nos ofrece un buen ejemplo de una tentativa de hacer de la solidaridad un principio constitucional en torno al cual proyectar nuevas formas de organización. En este sentido considero que su obra puede servir como una referencia para reavivar los debates en las izquierdas democráticas.

Adrián Velázquez Ramírez

Adrián Velázquez Ramírez

Investigador del Centro de Investigaciones en Historia Conceptual (UNSAM). Autor del libro “La democracia como mandato. Radicalismo y peronismo en la transición argentina” (Imago Mundi, 2019).

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