“Nuestros hijos de puta”

Los valores liberales son infravalorados por izquierda y bastardeados por derecha, su desprestigio hace temblar los cimientos de nuestra convivencia en nombre de la representación. La derecha liberal no debería ser correa de transmisión de los autoritarismos.

La palabra liberal le suena mal a una parte de la izquierda. A veces la usa, directamente, como un insulto. La palabra liberal le suena bien, en cambio, a muchas personas de derecha: pero el uso que le dan parece insultante. Quizás, por eso algunas personas de distintas tendencias -tanto de derecha como de izquierda- se disputan el término. Para muchas personas ubicadas en un sentido genérico en “posiciones socialistas” los valores liberales -pero no las “políticas liberales” en ciertas áreas- son una conquista realizada con luchas muy concretas que dejaron muertos y muertas en el camino.  A veces, digámoslo, esas luchas tampoco se dieron de la mejor manera.  

Lo cierto es que se puede ser liberal en términos políticos y profundamente de izquierda en otros aspectos. Sobre todo, cuando se considera que buena parte de los derechos liberales (de asociación, de huelga, de sindicalización, de ampliación del sufragio) fueron luchas que no encararon las derechas, sino las izquierdas (incluidas, muchas veces, las no liberales). Pero el liberalismo, por razones históricas -y por algunas otras muy incomprensibles- ha quedado como palabra en manos de la derecha.

Un buen liberal no representaría las posturas autoritarias de sus representados. Intentaría, en cambio, hacer pedagogía política, democratizar a esos elementos. A veces, la política es ir contra las bases.

Es extraño, sin embargo, que parte de la llamada “derecha liberal” crea que uno de los conceptos del liberalismo es “deberse a las opiniones de sus representados”. Uno solía intuir que los valores liberales no eran “cualquier cosa”. No se trataba de un liberalismo de la retirada o indolente -que cada cual haga y diga lo que quiera en nuestro nombre-, sino de un liberalismo activo. Una de las razones por las que los liberales consideraban que la política no debe ser solo «representación de lo que piden los propios» es, básicamente, por lo que a veces podrían llegar a pedir. Un buen liberal no representaría las posturas autoritarias de sus representados. Intentaría, en cambio, hacer pedagogía política, democratizar a esos elementos. A veces, la política es ir contra las bases.

Esta es una forma extraña de ver la representación. Los liberales -de derecha o de izquierda, pero hablamos en este caso de los de derecha- no representan solo a unas personas, sino unos valores. Si parte de los representados propios de esa tendencia desprecian esos valores (o los usan para justificar cualquier cosa), los políticos no deberían decir: “ellos me lo piden, tengo que darles eso”. Entre otras cosas, porque a veces, la ciudadanía puede pedir, en extremo, juicios sumarios en la plaza pública.

En definitiva: la política no es solo la “representación” de lo que pide la sociedad. Es la oferta de un programa y de una pedagogía en base a unos valores y a unos principios. La política se hace sobre la base de representar, pero está obligada a ofrecer unas ideas y unos valores, antes que a ser la autoridad delegada de cualquier discurso. Hacer política representativa no es reproducir cualquier planteo de los representados. Si los ciudadanos piden pena de muerte, la política que manifiesta determinados valores liberales no debería buscar representar esa idea de esos ciudadanos, pero tampoco excluirlos. Más bien, debería intentar, con formas persuasivas -pero también con discursos claros y contundentes- expresar porque esa no es la alternativa. La representación no es la delegación: el político no es la “correa de transmisión” de lo que plantea el ciudadano. Ser un representante político implica representar ciudadanos, pero también valores. La unidad europea, por ejemplo, se logró entre líderes que, si le hubiesen consultado a sus ciudadanos si la creían deseable, hubiesen respondido -por las heridas de la guerra- que más bien desearían ver muertos a sus enemigos. La política también se hace contra la ciudadanía. Los liberales deben desarrollar una oferta, no sucumbir ante cualquier demanda.

Vale para la derecha liberal, pero también para la izquierda. Si los ciudadanos que se identifican con la izquierda piden censuras ideológicas a sus adversarios políticos o ideológicos (o hacen usos espurios, como sucede en estos tiempos, de la llamada “paradoja de la tolerancia”), los líderes políticos deben oponerse a ello y mostrar porque esa no es la alternativa para construir una comunidad democrática.

A veces, nos sorprendemos del surgimiento y del crecimiento de miradas de un peligroso autoritarismo. Sucede que los líderes, con honrosas excepciones, no suelen hacerse cargo de los discursos que ellos mismos han contribuido a crear.

A veces, nos sorprendemos del surgimiento y del crecimiento de miradas de un peligroso autoritarismo. Sucede que los líderes, con honrosas excepciones, no suelen hacerse cargo de los discursos que ellos mismos han contribuido a crear. Al menos, deberían intentar -si son liberales- desmontarlos.

Durante la década del 40, Cordell Hull, secretario de Estado de Roosevelt, dijo del dictador nigaragüense Anastasio Somoza: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Uno espera que los políticos que representan a las personas que ayer vandalizaron un móvil periodístico en nombre de la libertad de expresión, no digan “son nuestros hijos de puta”, sino que intenten hacer algo distinto con esas ideas. Por supuesto, podría pasar algo peor: que los llamen “liberales”. Así estamos.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios