Hacer una revolución, silbando bajito

Hermes Binner deja un legado político basado en la gestión responsable de lo público y un espíritu innovador. Su nombre quedará asociado por siempre a una conducta ejemplar y un compromiso irreductible con la democracia y la igualdad.

Tal vez,  a la mayoría del público, cuando piensa en Hermes Binner le venga a la mente su mirada cristalina, su tono sereno, su discurso moderado, su imagen de estadista, la pinta de hombre honesto. Lo cierto es que todo esto no alcanza para caracterizarlo acabadamente.

Entonces, algunos podrán agregar que fue un demócrata y persistente hacedor de la salud pública. Nuevamente, la descripción seguiría siendo insuficiente.

60 años de vida política fueron los transitados por Binner, desde su temprana participación en el Colegio Nacional en Rafaela a fines de los 50, militando por la educación laica, hasta su reciente partida.

En esos 60 años, una identidad de profundo contenido político se reconoce, junto con la continuidad de valores y metodologías. En la década de los ’60 llegó a Rosario a estudiar medicina y comenzó su militancia universitaria en el Movimiento Nacional Reformista, con un ideario afincado en el socialismo y la Reforma de 1918.

En los ’70, haciendo militancia social como médico en los barrios más pobres de la ciudad, se convenció que la salud de los humildes era condicionada por la falta de derechos sociales básicos e infraestructura, y que para resolver esto era necesario dar una respuesta política. En esa década participó de la fundación del Partido Socialista Popular y, en tiempos donde el país era dominado por la violencia, siempre apostó por una salida democrática y pacífica a la crisis institucional que, posteriormente, desembocaría en la peor dictadura de su historia.

Hermes Binner fue rostro y nombre de una esperanza, de una esperanza que fue posible en Rosario y en Santa Fe. Hermes Binner hoy ya es rostro y nombre de un ejemplo.

De aquellas primeras décadas de participación política tomó del socialismo una cultura de militancia, trabajo social, estudio y disciplina. Con el retorno de la democracia, el socialismo debió abrirse paso desde abajo en una coyuntura dominada por el peronismo y el radicalismo, y lo hizo sobre la base de aquella cultura militante laboriosa y metódica.

Como funcionario inició su carrera como secretario de Salud de la ciudad de Rosario, diseñando un sistema de salud masivo, eficiente, de calidad y público. Fue el inicio de una política de Estado modelo, admirada internacionalmente, y a la cual hoy se le sigue dando continuidad.

En 1995 fue electo intendente de Rosario, liderando una gestión que amplió la agenda de la política como ninguna otra y comenzando obras de magnitud. En medio de una oleada neoliberal que se materializó con gobiernos nacionales y provinciales del justicialismo, la gestión liderada por Binner fue a contramano, forjando un Estado municipal no solo comprometido con un sistema de salud en expansión, sino también pensando una concepción de ciudad con espacios públicos para todos, con una vida y producción cultural intensa, urbanísticamente innovadora, mirando al Río.

Resistiendo las presiones la Presidencia de la Nación, sostuvo el Banco municipal de Rosario, innovó y generó planes estratégicos, descentralizó y pensó las regiones, ideó una ciudad más allá de sus límites, como un área metropolitana integrada.

Saliendo de la agenda de carencias y pauperización que imperaba en la época, se desarrollaron obras y espacios públicos de calidad, se concretaron políticas sociales para dar respuesta a la creciente destrucción del empleo y hasta hubo imaginación y sensibilidad política para pensar la ciudad para la infancia.

A contrapelo de un periodo de desmovilización y retiro los ciudadanos de la vida pública, en Rosario comenzó a ejecutarse el presupuesto participativo, donde los rosarinos y rosarinas debatían y elegían que obras desarrollar en sus barrios. La profunda crisis de representación vivida en la argentina de 2001/2002 Binner la afrontó participando de las asambleas vecinales y en contacto con los reclamos sociales más urgentes. Cosechó respeto y aprobación popular incluso en esos tiempos aciagos. Hermes repetía cada vez: “No queremos ser buenos administradores del viejo Estado, queremos construir un nuevo Estado”. Sus gestiones innovadoras y transformadoras así lo refrendan.

En 2007 Binner obtuvo una holgada victoria que lo consagró gobernador, liderando una amplia coalición que, a diferencia de otras experiencias de este tipo, tenía un contenido político y un programa de gobierno preciso y concreto. Hizo de ese programa de gobierno el eje de su campaña: impreso y encuadernado se repartía en cada acto y recorrida.

En sus discursos decía muy claro que allí estaba escrito lo que iba a hacer y que, si no lo cumplía, podían usar esa publicación para reclamarle posteriormente. Es otro gesto de un distinto, jerarquizando así el vínculo entre votante y candidato, concretando una verdadera relación de representación, dándole sustancia a la democracia. Suena tan raro en un país donde vale todo para llegar, pero vale tan poco la palabra empeñada.

Hermes repetía cada vez: “No queremos ser buenos administradores del viejo Estado, queremos construir un nuevo Estado”. Sus gestiones innovadoras y transformadoras así lo refrendan.

Hermes Binner creía que la necesidad de nutrir la política con estudio, de no alejarla del mundo de las ideas y de formar equipos técnicos (pero no tecnócratas). Por eso fue uno de los fundadores del Centro de Estudios Municipales y Provinciales (CEMUPRO), una fundación que tenía por propósito desarrollar políticas públicas y abrir el espacio político a profesionales, intelectuales afines y distintos sectores de la ciudadanía. Decía que “hay que creer para ver”: la política no como táctica pragmática, sino como actividad creadora.

Su modelo de gestión llevó a Binner a la gobernación y allí mantuvo la impronta que había desarrollado como intendente. Nuevamente, los servicios públicos de salud e educación como grandes protagonistas, la creación del Ministerio de Trabajo, de Cultura y el de Seguridad. Jerarquizó a los profesionales públicos, reconociendo salarial y laboralmente a docentes, médicos y policías. Sostuvo el pago del 82% móvil para jubilados provinciales, comenzó un proceso de desarrollo del laboratorio público de la provincia, una enorme red de centros de salud y hospitales, capitalizó con inversiones multimillonarias a la EPE que padecía muchos años de abandono y comenzó a desarrollar una red de acueductos. Santa Fe volvió a tener, luego de 40 años, un programa de obras de gran escala.

Pensó para su pueblo fábricas culturales y comenzó a desarrollar un sistema de medios públicos provinciales para ver el mundo más allá de las cámaras de los canales porteños. Descentralizó el Estado y, de forma participativa, se elaboró el Plan Estratégico Provincial. Aumentó la coparticipación a municipios y comunas, con equidad y transparencia.

En su primer dia de gobierno firmó un decreto donde él mismo se impedía la posibilidad de postular jueces y creó el Consejo de la Magistratura. También en esa jornada quitó las vallas de contención que separaban la Casa de Gobierno de su propio pueblo y culminó su mandato poniendo en funcionamiento la primer elección del país con el sistema de boleta única y un nuevo procedimiento penal moderno y ágil. Titularizó a miles de docentes e instauró los concursos para el acceso al empleo público.

“Queremos un Estado que garantice derechos y no actúe por demandas”, decía. Y así, amplió la agenda de la gestión, con políticas para los jóvenes, con políticas de diversidad, con una agenda para los pueblos originarios olvidados, siendo la primera provincia en elaborar protocolos médicos para el acceso al aborto no punible y una de las provincias en el mundo que firmó acuerdos con la OIT para bregar por el trabajo decente y el combate al trabajo infantil.

Transparentó el control sobre las cuentas públicas y decretó el acceso a la información pública. Se plantó frente a la gigante empresa brasilera Odebrecht –conocida por corromper gobiernos de toda América Latina– quitándole la adjudicación de la mega-obra del acueducto Desvío Arijón – Rafaela, que había dejado el gobierno anterior. Gobernó sin la legislatura a su favor y bautizó a los senadores opositores como “la máquina de impedir” cuando estos se opusieron a los proyectos de reforma tributaria y constitucional, entre tantos otros. Cuando imaginó obras de jerarquía dijeron que eran “maquetas”, cuando propuso una estructura tributaria progresiva dijeron que era un “impuestazo”, cuando generó un Estado más cercano dijeron que era “gasto superfluo”.

Cuando imaginó obras de jerarquía dijeron que eran “maquetas”, cuando propuso una estructura tributaria progresiva dijeron que era un “impuestazo”, cuando generó un Estado más cercano dijeron que era “gasto superfluo”.

Binner defendió el federalismo y los recursos de Santa Fe, al punto de demandar ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación al Estado nacional por una deuda de la coparticipación. De aquella demanda, la provincia obtuvo una sentencia favorable por un monto que hoy supera los 100 mil millones de pesos y continúa impaga. Posteriormente, otras provincias argentinas tomarían el precedente santafesino para presentar idénticos reclamos.

Hermes Binner fue un cuadro político fundamental de la democracia argentina, un dirigente que sintetizó un perfil político. Conjugó compromiso social, agenda institucional, conducta ética, una mirada progresista sobre la ampliación de derechos y las necesidades de las minorías, y una metodología siempre democrática.

Mucho más que eso, esta impronta política pudo transformarla en una opción electoral exitosa y en una experiencia de gestión con gobernabilidad. Y, además, todo eso lo pudo concretar surgiendo desde experiencias políticas distintas a las más tradicionales, lo hizo desde abajo y paso a paso.

Su gestión y propuestas hablan de un dirigente que quiso para su pueblo el desarrollo, en el sentido más amplio y profundo, y lo hizo en un país incapaz de pensar más allá del corto plazo, de las urgencias y los atajos.

Su carisma y su “marca” electoral no se construyeron desde el rol del caudillo o gran orador o de estudios televisivos, ni con padrinazgos poderosos o grandes aparatos. A pesar de cultivar una mesura alejada de idiosincrasia apasionada de nuestro país y tener el physique du role de un político europeo, supo seducir a porciones grandes del electorado y despertar el respeto en la calle y en la arena política. Todos sabían que un hombre honrado y humano era el que habitaba a ese político, y eso despertaba confianza.

En el medio del ruido de la grieta, de las identidades “anti”, de las antinomias, de las crispaciones y los fanáticos, el tono sereno y el discurso moderado de Hermes Binner pasó bastante desapercibido para el gran público, sobre todo en la escena nacional.  Los reflectores y micrófonos de los medios estaban sobre otras figuras, con respaldo de grandes intereses y poderes ocultos.

Binner fue presionado muchas veces para sumarse a algún tipo de armado electoral tipo “Cambiemos”, pero no cedió. “Hay sumas que restan”, decía. En eso tampoco se equivocó. Tampoco aceptó sumarse a la transversalidad que en algún momento impulsó el kirchnerismo, no negoció los valores de su partido político ni quiso llegar de cualquier modo. Lo cortés no quitó lo valiente.

En el medio del ruido de la grieta, de las identidades “anti”, de las antinomias, de las crispaciones y los fanáticos, el tono sereno y el discurso moderado de Hermes Binner pasó bastante desapercibido para el gran público, sobre todo en la escena nacional.

En 2011 consiguió un segundo lugar en las elecciones presidenciales, pero la atomización electoral de esa elección y los rumbos que tomaron muchos actores políticos de cara a 2015 demostraron que el socialismo no pudo conseguir socios de peso para generar una tercera alternativa de gobierno con chances electorales. Por todas estas cosas, creo, nos perdimos de tener “más Binner”.

A la pintura de este hombre es necesario completarla diciendo que era un hombre culto, pero accesible, cálido. Su pasar austero y su conducta intachable hicieron que Binner culmine sus días en la sencillez y la privacidad de un entorno cotidiano, como podría haber en cualquier familia.

Silbando bajito pasó y se fue, dejando atrás una intensa vida. Fue el eco de su obra el que hizo que su nombre llegue hasta acá. Estoy seguro que el tiempo nos traerá la convicción de que detrás de ese silbar bajito, de su corrección y amabilidad, de la formalidad de su traje y su corbata, hubo un hombre que hizo una revolución. La revolución de construir y ejercer poder dignificando la política y utilizándolo para transformar para bien la realidad.

Hermes Binner fue rostro y nombre de una esperanza, de una esperanza que fue posible en Rosario y en Santa Fe. Hermes Binner hoy ya es rostro y nombre de un ejemplo. Un ejemplo que no nos permitirá la comodidad de decir “no se puede”, “son todos iguales”, un ejemplo que nos hará preguntarnos: ¿no será cuestión de “creer para ver”?

Sebastián Barello

Sebastián Barello

Abogado (UNL). Fue coordinador del MNR Derecho en la UNL, Consejero directivo de la FCJS de la UNL y Consejero superior de la UNL.

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