Ciencia, política y pandemia

Los científicos tienen un protagonismo inusitado a raíz de la pandemia, son fuente de expectativas y de desconcierto. Sin embargo, la ciencia sin política difícilmente podrá ofrecer soluciones a una crisis de escala planetaria.

Mucho se habla sobre ciencia y pandemia últimamente, sobre todo porque se espera que la primera termine con la segunda, ya sea mediante un remedio o una vacuna. Pero hay otros aspectos de la relación entre ambas que merecen atención también.

En particular, a muchos ha llamado la atención que el brote epidémico actual se haya originado en la ciudad en que lo hizo, donde se encuentra el principal laboratorio de investigación en materia vírica de China: el Instituto de Virología de Wuhan.

Sin embargo, la hipótesis de una fuga del laboratorio como origen de la epidemia no se dirige exactamente contra China (por más que Trump haya intentado darle ese giro), ya que las actividades que allí se realizan no dependen solo del gobierno chino, sino que responden a la colaboración realizada con entidades francesas, canadienses y principalmente norteamericanas.

Mucho se habla sobre ciencia y pandemia últimamente, sobre todo porque se espera que la primera termine con la segunda, ya sea mediante un remedio o una vacuna.

Han sido numerosas en la prensa y las redes sociales las alusiones al laboratorio, destacando por su difusión el libro Plandemia, que incluso sugiere una diseminación voluntaria de la enfermedad. La idea conspirativa no nos aporta nada, pero algunos hechos ampliamente difundidos merecen una reflexión.

Lo primero a destacar es que un laboratorio que maneja materiales altamente peligrosos se encuentre en una ciudad tan grande, cuando más bien debería estar en un lugar bastante más aislado. Esto podría conducir a la relocalización de algunos centros de trabajo.

La segunda es que allí se realizaban experimentos de “mejora de función” en muestras de coronavirus obtenidas de animales salvajes, justamente los mismos que son culpados por la teoría del mercado que sostiene China (y que es igualmente verosímil). Dichos experimentos -descriptos por algunos analistas externos como “incremento del potencial de contagio”- estaban siendo realizados con fondos norteamericanos, públicos y privados, al momento de reportarse el brote en los hospitales. Los mismos fueron cancelados en el mes de abril. Tal vez se puede sacar una lección de esto también.

Más allá del origen del virus, otro tema es la reacción posterior, donde los científicos aparecen como expertos que asesoran a las autoridades políticas, o como ejecutores directos de las acciones del Estado. Dicha actuación ha sido cuestionada en diversos lugares, por motivos variados. Entre ellos destaca la contradicción, pues  hay o hubo valoraciones opuestas en relación al uso generalizado de mascarillas (estando Argentina en una de las posiciones más radicales), y porque por ejemplo la propia Organización Mundial de la Salud desestimó la permanencia del virus en superficies inorgánicas, que antes sostenía. A su vez, los científicos suecos por ejemplo tienen una mirada distinta, siendo apoyados en casa y criticados desde el exterior, pero tampoco ha ayudado a la percepción general de la capacidad científica el que la epidemia se difundiera tanto en lugares que supuestamente no iban a tolerarlo.

En cambio los científicos son mejor vistos allí donde su postura es más coherente y sus resultados esperables, ya sea en Taiwán, Alemania o Suecia. Aunque distintos, los tres modelos son exitosos según sus propios parámetros. Esto nos lleva a pensar que, al igual que sucede con el aborto, el consumo de drogas o la eutanasia, la respuesta política ante una epidemia debe tener en cuenta la ciencia, pero trasciende ampliamente los ámbitos epidemiológico o médico. La ciencia puede informar que tales acciones tenderían a tener tales consecuencias, pero las decisiones son políticas en tanto afectan al conjunto de los ciudadanos y en cuanto son tomadas por funcionarios públicos, que incluso en los pocos casos en que son científicos las toman en calidad de representantes. Representantes de entidades sociológicas concretas.

En cuanto a los posibles aportes por el lado de un remedio o una vacuna, si se trata de desarrollar nuevos debe esperarse cierto tiempo de ensayo para asegurarse de que los efectos colaterales son menores a los daños causados por la enfermedad. Esto rige especialmente para las vacunas, ya que se administran a personas sanas, por lo que su período de prueba se mide habitualmente en lustros. Pero no solo es importante que transcurra cierto tiempo, también hay tener en cuenta el origen de cualquier posible vacuna, y su aprobación por la comunidad internacional. Estados Unidos, por ejemplo, ha puesto a cargo del tema a alguien con antecedentes cuestionados, y acorta cada vez más los plazos en los que aprobaría un tratamiento preventivo (hablándose ahora de meses).

Sin embargo, incluso antes de suceder esto último ya se registraba en las encuestas que un tercio de los norteamericanos no tenía confianza en el proceso que se está llevando a cabo, y que la mayor parte de este grupo se negaría a vacunarse.

Esto es así porque la mortalidad del coronavirus es baja, mucho más baja que la del ébola por ejemplo. Las últimas mediciones de anticuerpos en diferentes lugares de Europa y Norteamérica indican que la cantidad de gente realmente infectada es entre 10 y 20 veces mayor a la detectada por los test que indican la infección propiamente dicha, y no su secuela. La gran mayoría de la gente no siente nada al infectarse. Por lo tanto, se estima que la letalidad del COVID-19 se ubica entre 0,5 y 1%, afectando principalmente a cierto grupo, a diferencia de otras enfermedades como fuera el caso de la fiebre española.

Al igual que sucede con el aborto, el consumo de drogas o la eutanasia, la respuesta política ante una epidemia debe tener en cuenta la ciencia, pero trasciende ampliamente los ámbitos epidemiológico o médico.

Así es que el 12% de los madrileños y los moscovitas ya estarían siendo inmunes, para un total mundial que se ubicaría entre los 50 y los 100 millones de personas. De este modo, a pequeña escala ya está funcionando en las metrópolis europeas y en Nueva York la llamada inmunidad de grupo o colectiva. La misma puede ejemplificarse así: en Madrid, de cada ocho ancianos que viven solos y son visitados básicamente por una persona, uno de ellos tiene inmunidad social pues quien lo visita ya ha superado la infección. Sin embargo, en casi toda Europa el proceso se ha detenido por ahora. En cambio, continúa en menor medida en lugares como Estados Unidos, Rusia y Suecia, y a mayor velocidad en algunos países de Latinoamérica. Igualmente, la duración de dicha inmunidad no está clara (la del SARS, un virus similar, parece ser de entre dos y tres años). Inversamente, la inmunidad de las vacunas tiene un costado colectivo, ya que no logran constituir anticuerpos en todas las personas.

El número de infecciones detectadas recibe un exceso de atención también en otro sentido, ya que variaciones metodológicas o de recursos pueden hacer cambiar la cantidad de infecciones sin que ello represente un cambio real en la situación sanitaria relevante, que es la tasa de utilización hospitalaria. Es éste un indicador mucho más inequívoco respecto de lo que nos interesa. En la ciudad de Córdoba, por ejemplo, hay actualmente una gran cantidad de restricciones económicas, administrativas, sociales y recreativas, cuando el uso de camas intensivas está en el orden del 1%. Y además, como ha bajado la densidad en el transporte público, este ha quebrado hace varias semanas, no habiéndolo actualmente de ninguna clase, tanto en la ciudad como en la provincia, aunque la Nación le remite menos fondos que a otros distritos.

Otra víctima de la cuarentena han sido las ciencias sociales, que ven muy dificultado el acceso a sus objetos de estudio. El caso más destacable es la terminación de las encuestas domiciliarias, ya que todas las encuestas telefónicas han tenido grandes errores durante las últimas PASO (fenómeno que se repite en otros países). Así, estamos perdiendo la capacidad de saber quiénes somos. Debemos pensar con la ciencia, y, sobre todo, más allá de ella.

Christian Gebauer

Christian Gebauer

Profesor de Filosofía y analista internacional.

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