Pandemia y estado de excepción

Giorgio Agamben abrió rápidamente el fuego contra la cuarentena y las medidas tomadas frente al COVID-19. Jean-Luc Nancy respondió con vehemencia y sin contemplaciones. De intelectuales, libertades y biopolítica, las claves de este tiempo.

Agradezco a Alexandra Kohan que me «invitó» a escribir este texto.

El 26 de febrero Giorgio Agamben lanza la primera piedra: publica en Quodlibet el texto de la polémica, «La invención de una pandemia». Primer texto que escribe sobre el tema y primero en escribir sobre el tema. Le siguen a este primer ensayo al menos tres o cuatro más. Pero la hipótesis que sobrevuela a todos es la misma: que la pandemia del coronavirus nos empujó hacia un nuevo estado de excepción. El estado de excepción, escribe el propio Agamben en Homo Sacer, “es la forma legal de aquello que no puede tener formar legal”: la suspensión del orden jurídico. El problema -sostiene- es que esta suspensión del orden jurídico, que está comprendida en la discursividad misma del derecho y que se supone de carácter “provisional y extraordinaria”, es en nuestra época un paradigma normal de gobierno. Esta última es, en efecto, la tesis central del pensador italiano en Homo Sacer. Podemos, por supuesto, estar de acuerdo o no, discutir o rechazar esta tesis que Agamben defiende en el segundo volumen de su texto clave: si los estados de excepción son o no un paradigma normal de gobierno en nuestros Estados modernos, pero lo que difícilmente podamos discutirle es que no los haya habido a lo largo del siglo XX. Los hubo, en todo caso, de diferente tipo, en grados variables y hasta en algunos casos más bien parciales y no totales. Pero los hubo. Con sus matices, pero los hubo. Hubo, de hecho, estado de excepción en las guerras que una y otra vez se sucedieron en los últimos cien años, en la interrupción de los regímenes democráticos que, sin ir más lejos, marcaron las experiencias latinoamericanas que conocimos en los golpes de Estado y las dictaduras militares de los’60 y los‘70 y hubo -comenzó a funcionar al menos- una nueva “forma jurídico-política” de esta suspensión del orden jurídico después del 11 de septiembre y los atentados a las torres gemelas en Nueva York, con la USA Patriot Act, en la lucha contra el terrorismo. Y hay, finalmente y una vez más, una nueva modalidad del estado de excepción con la amenaza pandémica de la expansión del virus COVID-19.

La hipótesis que sobrevuela a todos es la misma: que la pandemia del coronavirus nos empujó hacia un nuevo estado de excepción. El estado de excepción, escribe el propio Agamben en Homo Sacer, “es la forma legal de aquello que no puede tener formar legal”: la suspensión del orden jurídico.

Naturalmente, la intervención de Agamben no pasó desapercibida y las respuestas a los textos que publicó en estos últimos meses de inusitada efervescencia intelectual sobre el tema de la pandemia no se hicieron esperar. Entre muchas otras, la respuesta más rápida y “curiosa” (retengamos esta última característica por lo menos por un momento porque es lo que justifica que nos concentremos, de todas las respuestas, en ésta) es la que le dedicó su “viejo amigo” el filósofo francés Jean-Luc Nancy. El título de la nota: “La excepción viral”. En ella, Nancy responde con diferentes objeciones a los argumentos de Agamben. En primer lugar -escribe- Agamben parte de un dato equivocado: que la amenaza pandémica del coronavirus es exagerada, que ésta no es mucho más grave que una simple gripe normal. En parte, y sólo en parte, Nancy tiene razón. De hecho -creo- es el propio Agamben el que le deja servida esta objeción. Porque éste no sólo empieza su artículo explorando un terreno que realmente desconoce, la dimensión estrictamente médica y epidemiológica de la pandemia, sino que en rigor de verdad ese terreno ni siquiera puede tomarse seriamente como el fundamento que sostiene su posición y que sustenta, muy fundamentalmente, el ejercicio al que nos invita para pensar, nos guste o no, el presente. Empieza, concedámoselo entonces a Nancy, con el pie izquierdo. Apoyándose en la declaración del Consejo Nacional de Investigación de Italia -una declaración, por otro lado, que atendiendo a la situación de desborde sanitario que atraviesa este país hoy quedó, cuanto menos, desactualizada-, el filósofo italiano replica que en la mayoría de los casos los infectados por coronavirus apenas si presentan síntomas leves o moderados, y que sólo el 4 por ciento de los pacientes requieren terapia intensiva. Revisando la situación global hoy -y de la de Italia en particular, insistimos- la subestimación de la amenaza pandémica que representa el virus del COVID-19 es sin dudas infundada. Al menos, por ende, esta primera intervención de Agamben peca en este punto de apresurada.

Pero volvamos a la respuesta de Nancy. Para Nancy la excepción que surge de esta pandemia no es una excepción de carácter jurídico-política -un estado de excepción- sino más bien una excepción de tipo viral. Vivimos, escribe en su respuesta, en un permanente estado de excepcionalidad que tiene en la dimensión técnica que determina nuestra forma de vida su factor decisivo: “la excepción -sostiene Nancy- se está convirtiendo en la regla en un mundo donde las interconexiones técnicas de todo tipo (movimiento, transferencias de todo tipo, impregnación o propagación de sustancias, etc.) están alcanzando una intensidad hasta ahora desconocida”. El virus que nos “sujeta” (vamos a usar esta categoría tan vieja como pasada de moda pero para que se entienda bien y rápido el argumento) no es el Estado con su suspensión del orden jurídico, sino que esa sujeción es en todo caso de naturaleza técnica (existen, de hecho, virus informáticos) más que política en su sentido restringido. Los gobiernos, concluye Nancy, no “son más que vergonzosos verdugos” de esta excepción viral de tipo técnico-informática o, incluso, cultural.

Sin embargo, y vamos a decirlo enfáticamente: muy a pesar de Nancy, la excepción a la que nos empuja la pandemia del coronavirus es, en este preciso momento y en este preciso tiempo, y más allá de la discusión sobre el peso de la técnica en nuestra forma de vida y en nuestros vínculos sociales, la de un estado de excepción en el sentido estricto en el que lo entiende Agamben: una suspensión -discutamos el grado, la legitimidad, su singularidad, de acuerdo- del orden jurídico. Esto es, si se quiere, tan cierto y evidente como infundada y apresurada la subestimación de la amenaza pandémica por parte del pensador italiano. La particularidad del estado de excepción actual es, me parece, que hace aparecer en su forma más cruda, a flor de piel, ese nudo entre política y vida, la biopolítica (ese otro tema que tanto obsesionó a Agamben) que nos gobierna en buena medida desde hace ya por lo menos dos siglos. Pero, digámoslo de entrada y antes de que nos lluevan las críticas, es preciso ajustar bien el sentido de esta particularidad. Porque no se trata de reducir la interpretación de esta coyuntura y del presente al paradigma de la biopolítica, prendiéndole velas como si fuera el único cristal con el que es posible interpretarla, sino de intentar comprender esa particularidad incluso a pesar de ese paradigma. Pongámoslo de este modo: la suspensión del orden jurídico, la “lesión” evidente a nuestra libertad y a nuestros derechos más básicos de circular y de movernos libremente, de reunirnos colectivamente, sobre todo, libertad y derechos que sin dudas son uno de los pilares de nuestras sociedades contemporáneas, se produce en nombre de la vida. ¿Pero no se produjeron siempre los estados de excepción en nombre de la vida: para protegerla contra la amenaza terrorista en el último tiempo, para cuidarla contra la amenaza subversiva o comunista en otra época, por ejemplo? La sociedad en sí misma, nos recuerda incluso Hobbes, es producto de esta “vocación” del ser humano por proteger su vida: la salida del estado de naturaleza que el filósofo inglés plantea en El Leviatán es, de hecho, un pacto en donde se delega esa protección, y con ello el uso exclusivo de la violencia, al soberano.  

La particularidad del estado de excepción actual es, me parece, que hace aparecer en su forma más cruda, a flor de piel, ese nudo entre política y vida, la biopolítica (ese otro tema que tanto obsesionó a Agamben) que nos gobierna en buena medida desde hace ya por lo menos dos siglos.

Pero antes de ir al hueso empecemos por el comienzo y pongamos en su justo lugar la intervención de Agamben y la reflexión a la que nos invita -decíamos- para pensar el presente (¿pues qué es la filosofía, como escribió Foucault, sino es un ejercicio para pensar el presente?). Porque no se trata, por supuesto, de “sacrificar” vidas para “mantener” derechos, garantías y libertades. Nadie quiere (¿hace falta aclararlo?) más muertos por el coronavirus. Pero en primer lugar, y a favor de Agamben, este estado de excepción no puede en ningún caso anular nuestra capacidad de crítica, de interpelación al Estado, es decir nuestra capacidad política de discutir el modo en el que vamos a vivir y organizar nuestra vida colectiva: no sólo ahora y en estos días que están pasando, durante estos meses que se están sucediendo, sino también en los que van a venir dentro de poco, en los meses que siga durando la cuarentena y, sobre todo, en los meses que dure el después de la cuarentena. En este sentido Agamben es bastante más transparente e incisivo que las críticas a las que fue sometido por hacer simplemente esta necesaria y yo diría también vital invitación. Podemos, por ejemplo, simplemente empezar por discutir el modo en el que esta particular forma de suspensión del orden jurídico, el aislamiento social y obligatorio -la cuarentena, dicho en criollo-, produce como efectos en nuestras relaciones humanas, algunos de los cuales la lucidez de Agamben, otra vez y mal que le pese a sus críticos, subrayó con preocupación: el deterioro de la dimensión afectiva de nuestras relaciones traducido en la “suspensión” de los abrazos (habría que recordar simplemente las palabras del asesor de salud de Trump instándonos a deshacernos de ese viejo hábito occidental de estrecharse la mano), de los besos, por caso, o del contacto físico y directo con los otros. Con justicia o no, con mayor tino o no, Agamben le pone nombre a este deterioro: el de la elevación del otro, en la dinámica que adopta el distanciamiento social, a amenaza permanente, a potencial untador, para recuperar la palabra que el propio Agamben rescata de la novela de Manzoni y con la cual se designaba a quienes contagiaban la peste y las plagas en la Edad Media. En Italia, sin ir más lejos, este deterioro llega a niveles críticos: el otro, aún después de muerto, sigue siendo un untador, una amenaza latente. Los muertos por coronavirus en la península mediterránea no pueden ser velados. Son parece directamente cremados, sin funeral. Así nomás.

Lo que preocupa es, por ende y para volver al argumento de Agamben, “no tanto o no sólo el presente, sino lo que sigue”: ¿qué podemos esperar de las relaciones humanas en sociedades que quizás tengan que acostumbrarse a este modo de vida por quién sabe cuánto tiempo -o por lo menos por el tiempo que se decida prolongar este estado de excepción-? ¿Y qué es una sociedad -como indica Agamben- que no tiene más valor que la supervivencia? Vayamos entonces al hueso: aunque sea para defender nuestra vida, la de los otros y la salud pública, aunque en esta ocasión parezca que este estado de excepción es el más legítimo de todos los que hemos pasado, el único quizás realmente necesario, y aunque efectivamente lo sea porque efectivamente es necesario y porque su legitimidad nadie podría ponerla en duda, pues aquí no hay ni terroristas ni fundamentalistas que amenacen nuestra vida (se trata de un virus, pero ese es otro tema), esta suspensión del orden jurídico no puede bajo ningún punto de vista suspender la política, anular sus espacios de aparición que son, a pesar del aislamiento y la distancia social a la que nos obliga este mismo estado de excepción producto de la amenaza pandémica, colectivos, espacios isonómicos de ejercicio de la libertad en la que ésta debe y sólo puede ejercerse sin restricciones y sin, precisamente, excepción. Discutamos entonces cómo seguimos. Construyamos esos espacios para discutirlo. Esa es la invitación de Agamben.   

Lo que preocupa es, por ende y para volver al argumento de Agamben, “no tanto o no sólo el presente, sino lo que sigue”: ¿qué podemos esperar de las relaciones humanas en sociedades que quizás tengan que acostumbrarse a este modo de vida por quién sabe cuánto tiempo -o por lo menos por el tiempo que se decida prolongar este estado de excepción-?

Por último: al principio del texto destacaba, adrede, que la respuesta de Nancy al texto de Agamben no sólo fue la más rápida sino también la más curiosa. Fue la más rápida por una cuestión obvia: fue la primera de todas las reacciones que suscitó el artículo del pensador italiano. Pero fue también la más curiosa por la forma en la que Nancy decide terminar su propio texto: con una anécdota personal que no sólo es un “golpe bajo”, bajísimo e innecesario, sino que conforma además el argumento más contundente en contra de su propia postura y en defensa de la de Agamben. La anécdota, en efecto, describe un hecho bien conocido de su biografía: la cirugía de transplante de corazón a la que tuvo que someterse hace tres décadas. En aquella ocasión, cuenta Nancy, uno de los pocos amigos que le sugirió no someterse al transplante fue el propio Agamben. Creemos, suponemos o eso nos empuja a entender el contexto de la mención de esta anécdota, que Agamben le desaconsejó realizarse el transplante por su apego, quizás demasiado estricto, a sus críticas a la gestión de los cuerpos que revela lo que Foucault llamo biopolítica: “Si hubiera seguido su consejo -sostiene Nancy- probablemente habría muerto”. Sin embargo, como bien sabemos, Nancy no está muerto. Está vivo porque, efectivamente, decidió no seguir ese consejo. Y si decidió no seguir ese consejo es precisamente porque no estaba en un estado de excepción, pues nadie decidió por él y por su derecho a decidir sobre su cuerpo y sobre su vida. Volvamos entonces al principio: no dejemos pasar tan rápidamente los efectos políticos de esta singular suspensión del orden jurídico, de este estado de excepción que ya tiene, de hecho, su propio lenguaje jurídico-político y que ya penetró, incluso, en nuestro lenguaje a secas como bien merece todo fenómeno de semejante intensidad colectiva. Me refiero, obviamente, al término aislamiento social y obligatorio. O al término cuarentena que pasó, casi sin darnos cuenta, del denso discurso médico al lenguaje nuestro de cada día.

Juan José Martínez Olguín

Juan José Martínez Olguín

Doctor en Filosofía por la Universidad de Paris VIII e investigador del IDAES-UNSAM. Se desempeña también como becario posdoctoral del Conicet y como docente en la Universidad de Buenos Aires. Su trabajo se centra en la teoría política, la filosofía política y la estética. Es autor de "Politique de l’écriture" (Paris, L’Harmattan, 2018) y de "El parpadeo de la política. Ensayo sobre el gesto y la escritura" (Miño y Dávila).

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