Babel en llamas

Voces que no se escuchan, gritos sordos, certezas infundadas, todo eso forma parte de nuestra Babel pandémica. El temor ante la amenaza desconocida y, tanto peor, la negación ante una incertidumbre que es la única reina.

Hace un tiempo era bastante común comenzar todo tipo de textos con la frase “un fantasma recorre el mundo”. Incluso en algunos ámbitos hasta se había transformado en una especie de cliché de pretensiones chistosas. Paradójicamente, hoy, cuando quizás la frase, en su mayor y perfecto alcance metafórico, es más que adecuada nadie se anima a usarla. Entonces, bajo una fantasmagoría de cuño espectral, miles de palabras se apoderan de nuestro horizonte de enunciación, todas, obviamente, buscando de manera inconsciente y desenfrenada, velar justamente eso que no vemos pero mata, eso que tiene nombre y no tiene cuerpo tangible, eso que sabemos que está pero no sabemos dónde, puede ser cerca, puede ser lejos, nadie sabe pero todos sabemos. Economía versus Salud, cuarentena, confinamiento, aislamiento, distancia social. El Estado versus el Mercado, guerra, angustia, soledad, depresión, infectólogo, pandemia, epidemiólogo, futuro. Todas palabras que metaforizan saberes y estados de ánimo, discusiones viejísimas, y todo en medio de pontificaciones y bombardeos informativos de múltiples calibres. Todo vela. Todo vela un no saber porque no se dice la palabra fantasma y tampoco se dice la palabra incertidumbre.

Estos son días en que muchos, muchísimos de nosotros, estamos viendo pasar las horas como en una letanía pavorosa guardando los cuidados que por suerte podemos guardar: o sea, son días en que muchos de nosotros nos quedamos en casa. Y se multiplican las miradas y los argumentos (este texto es parte de eso) que intentan abrigar la incertidumbre con palabras. Y se construye una especie de saber popular a todo nivel: que si agarramos la cuarentena antes de tiempo o justo a tiempo, que mirá lo que le pasó a los españoles y a los tanos, que mirá al gil de Boris que está con respirador por hacerse el guapo, que sigamos a Corea, que sigamos a Alemania, que acá vamos bien, que acá vamos mal. Que tenemos que poder salir a correr, que a mí el Estado no me va a decir lo que tengo que hacer. Que testeamos poco o lo suficiente, que cómo sería si gobernase otro, sigmoide, curva. Miles de estribaciones de una especie de saber popular que se va armando cual Torre de Babel sin que nada ni nadie pueda frenar la proliferación de voces, de sentidos, de búsquedas. Cada uno intenta su propia ubicación en el cardumen de aullidos sin sentarse a pensar por un segundo que esa actitud de hablar y decir mucho y no escuchar nada (o escuchar solo lo que confirma lo que ya dijimos) multiplica endemoniadamente una incertidumbre plagada de gritos narcisistas.

Cada uno intenta su propia ubicación en el cardumen de aullidos sin sentarse a pensar por un segundo que esa actitud de hablar y decir mucho y no escuchar nada (o escuchar solo lo que confirma lo que ya dijimos) multiplica endemoniadamente una incertidumbre plagada de gritos narcisistas.

¿Será posible evitarlo? Obviamente, no. Como tampoco es posible evitar que muchos de nosotros intentemos pensar y decir lo que nos pasa; ni hablar de que muchos intenten explorar lo que puede llegar a suceder (ya existe el término pospandemia…). No obstante, en la terra incognita de nuestra Babel pandémica suele aparecer, o solía aparecer al principio, una especie de barrera a la proliferación de voces que se escuchan ni a sí mismas. Esa barrera, ese lugar de acolchado, ese oasis de “sofrenamiento” de la locura informativa era la palabra del Saber: dicho en criollo, que hable un médico. No sé exactamente cuál es la medida de ese “freno” pero parecía funcionar. El problema es que la fuerza de Babel, al son de un tsunami de voces que se convierten en ruido blanco, es demasiado aun para el Saber de quienes ponen el cuerpo para enfrentar lo que ninguno de nosotros ve. Entonces bullen las voces del Saber que, tarde o temprano, despedazan a ese mismo Saber. Nadie se detiene a pensar que “los especialistas” tampoco saben todo y que están aprendiendo mientras toda esta locura sucede. Babel no hace silencio para que esta gente pueda aprender más rápido. Babel afirma que sabe más que el Saber y termina convirtiendo las propias dudas de ese Saber en diatribas rayanas en la psicosis: que barbijos sí, que barbijos no, que las proteínas del virus duran en el aire o que no, que aguantan en el piso entonces “sacate las zapatillas cuando llegas a casa de comprar en el supermercado”. Los programas de televisión llaman alocadamente a “especialistas” de todo tipo para saldar la circulación de miles de voces en ese Saber. Las radios también. Esta es otra increíble trampa de Babel. Cada uno que entrevista cree que llamó al mejor, al que más sabe, de modo tal de taparle la boca al otro (de otro medio) que llamó al que encontró disponible. Y no solo eso, el que entrevista solo acepta que el “especialista” diga lo que el entrevistador ya sostiene previamente. No llaman para preguntar y aprender, llaman solo para confirmar lo que el llamador dice que sabe. Ni hablar si el “especialista” le dice al entrevistado: “Estamos aprendiendo, estamos estudiando, estamos buscando formas de mitigar el dolor pero no sabemos curarlo y no sabemos cuándo lo vamos a saber”. Esta frase, que debería ser el acolchado más confortable posible termina por ser una estaqueada en el entrevistador, quien cortará la llamada y seguirá pensando que él sí tiene la solución. Nadie acepta el vigor de la incertidumbre, nadie acepta que no sabemos y que estamos tratando de saber. Se busca la “palabra santa” para volver al supuesto confort de la certidumbre sin arriesgarse a reconocer que la “palabra santa” no existe, y la certidumbre tampoco.

En todo ese marasmo de memes, denuncias, de estadísticas y curvas, de tipos que bailan con un ataúd y de irresponsables que prefieren la (in)certidumbre propia a la de alguien que sabe lo que no sabe, de miles de propuestas, hay que seguir en movimiento aun sea confinados. Todo se suspende menos la incertidumbre. Hay que aceptar que nadie sabe bien qué hacer. Hay que aceptar que no es un situación “normal”, ergo, no se pueden esperar reacciones normales, no se pueden esperar juicios normales. Pero Babel, paradójicamente, hace lo normal, hace lo que hace siempre. En Babel todos creen que saben porque ninguno sabe. Hay que aceptar que lo mejor que tenemos a mano es un argumento, y un argumento no es más que una incertidumbre formulada en unas pocas líneas.

Babel tampoco se lleva bien con “la política”. Nunca se entiende bien si se busca en la política esa certidumbre que se cree encontrar en los “especialistas” o si se sabe, antemano, que la política no la va a proveer y entonces solo queda lugar para la queja. Pero, en todo caso, lo que se ve, y no solo en Argentina, es que casi todos jamás estamos preparados para decir que no sabemos (ni para escucharlo). Pongo un ejemplo bien simple. Durante años Babel pidió salir de un régimen político, como lo nominó alguna vez el célebre Guillermo O´Donnelll, “delegativo”. Basta, increpaban, de líderes que nos griten y que nos digan qué hacer. Basta, regañaban, de líderes que se presenten como salvadores de la Nación. Basta, planteaban, de líderes que creen que saben todo y que conocen la solución de todo. Basta, dicen aun en la actualidad y en una mescolanza maravillosa, de populismo. Babel, además de especialista en pandemias y medicina, es especialista en teoría política, eso sí es una certidumbre.

Pues bien, la Babel Argentina enfrenta a un “Líder” que, a menos de 5 meses de asumido en la Presidencia de la Nación, ha sido más que sobre-analizado. Babel enfrenta al líder con todas las alforjas llenas de saberes indómitos, tan indiscutidos como incomprobados. Babel, la misma que lloraba república y la salida del delegativismo, pide certidumbre, pide que el líder “sepa” qué carajo hacer con algo que nadie sabe qué es ni dónde está. Babel, en su psicosis egocéntrica, pide lo que siempre rechazó. Y siempre se queja. La Babel Argentina no acepta un presidente que busca qué y cómo hacer en el medio de una incertidumbre de la cual él mismo es parte. Babel reclama una certidumbre que ella misma no tiene pero que siempre cree tener. Y cuando el tipo (el presidente) propone un camino posible en medio del fango, Babel lo rechaza, no lo cumple. El problema nunca fue el delegativismo, menos si un presidente se presenta diciendo que no sabe y que escucha a los “expertos”.

No es que Babel no sabe, es simplemente que Babel es lo que es: una proliferación enloquecedora de voces que reclaman el derecho a la voz pero que jamás hace un esfuerzo por entender la voz del otro, siquiera en un contexto oscuro y demoledor. Se trata fundamentalmente de bramar y maldecir. Se trata de tener razón pero, más importante, que el otro no la tenga. Cada voz se afinca en su propio sonido pero no ya reclamando ser escuchado sino ser el único escuchado. Cada voz de Babel siente que es la “Salvadora”, la que sabe. Es decir, Babel es tan o más autoritaria que cualquier delegativismo vilipendiado.

Babel, en su psicosis egocéntrica, pide lo que siempre rechazó. Y siempre se queja. La Babel Argentina no acepta un presidente que busca qué y cómo hacer en el medio de una incertidumbre de la cual él mismo es parte.

Decía entonces, en todo este marasmo, y que no solo ocurre en Argentina, hay una línea, quizás de corte más filosófico, que resulta inevitable: no podemos reclamar certidumbre en la política cuando descreemos de cualquier certidumbre que de allí provenga. Me parece, incluso, mucho menos lícito reclamar certidumbres que alberguen a todos cuando nosotros mismos somos una montaña de antagonismos y no aceptamos el “todos”. No se trata, mi argumento, de un tratado de ética sobre-escolarizada vanguardista que intenta explicar a los demás qué hacer. Se trata, antes bien, de una reflexión colonizada por la incertidumbre. Y tampoco digo que la incertidumbre es buena o deseable. Lo que digo es que parte del proceso de construcción política de lo social depende de que nada es, justamente, del todo claro. Todos apostamos, nadie sabe qué número va a salir. Lo que es inadmisible es apostar siempre contra el otro. Es inadmisible solicitar todo el tiempo el fin de los antagonismos violentos forjando constantemente una violenta descalificación del otro. Vale aclararlo, Babel siempre criticó la enemistad a tontas y a locas como apuesta política siendo que, paradójicamente, es a lo único a lo que ella misma apuesta. Babel reclama diálogo en el mismo momento en que se constituye en el corazón de la incomunicación.

Nadie sabe cómo vamos a salir de esta circunstancia bestial. No lo sabemos nosotros, no lo sabe el Presidente. No lo sabemos, punto. No es posible que frente a la muerte, frente a la angustia de tantos que pontifican no se acepte el punto de partida. Y no se trata de una oda a la Autoayuda, se trata de una cuestión profundamente política: en nuestras contradicciones, en nuestros antagonismos, se sostiene nuestra incertidumbre. Al de al lado, le sucede lo mismo. Al líder también le sucede lo mismo. Se trata de aceptar, éticamente, que la Magia unipersonal que siempre rechazamos efectivamente no existe. Nunca existió. ¿Babel pide magia? Sí. Cada una de las voces de Babel solo está preparada para contener en sí misma la solución; nunca está preparada para escuchar y leer antes de pontificar pues cada voz se auto erige en Magia. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad que funda una monumental desigualdad en una igualdad básica: hoy nadie sabe pero todos se creen magos.

Quizás, y esto lo han reclamado miles desde distintos paradigmas, se trata simplemente de mirar alrededor. Cuesta, y cuesta mucho, sobre todo cuando uno viene más que adiestrado en mirar el propio pupo y en quejarse. Cuesta, claro que sí, cuando hacemos un culto del ombligo propio. Y, de vuelta, lo mío no es nihilismo hippie. No se trata de la suspensión de todo antagonismo. Se trata de que en un contexto como este no hay certidumbre personal que pueda resolver, ni la del líder ni la de ninguno de nosotros. Siempre pedimos que las salidas no fueran de “una sola persona”; quizás llegó la hora de aceptar eso. Quizás la salida es de “a muchos”. Para eso, hace falta dejar de adorar la pelusa del propio ombligo, hace falta dejar de creer que porque leímos algo que parece verosímil ya sabemos más incluso que el que lo escribió. Para eso hace falta dejar de gritar porque así, al fin y al cabo, la única satisfacción posible es la propia. El hedonismo gruñón descarnado es una práctica ya universal; a veces hasta es divertida. El problema es que cuando transitas a oscuras una ciénaga inesperada, si todos gritan a la vez y nadie entiende a nadie, lo más probable es que en el medio del trayecto un montón se queden sin voz, en un silencio forzado simplemente por no haber tenido la vana virtud de escuchar.

Capaz, y esto puede correr aun para los realpolitikers que no entienden el mundo sin una encuesta en la mano, se trata de abastecer más al oído y menos a la boca: todos los que hacen gala de un poderío inefable de opinión no tienen ni la más mínima idea de lo que está pasando pero pontifican creando todavía más incomprensión. Quizás se puede frenar un rato y mirar al costado: ese que está ahí no tiene por qué dejar de ser mi adversario, no tengo por qué dejar de pensar que es un impresentable, simplemente se trata de no matarnos entre todos. Repito que no peco de ingenuo. No hay aquí una demanda para convertirnos en una aldea de gente feliz, colaborativa y dialoguista in extremis, donde todos se cuidan entre todos, cazan, pescan, cultivan, comparten y ríen por largos ratos. Entre el griterío endemoniado donde nadie sabe nada y todos creen que saben todo y una pradera de gentes felices bailando hay un trecho gigantesco. Es el trecho que babel no permite transitar y tiene que ver con sobrevivir.

Siempre pedimos que las salidas no fueran de “una sola persona”; quizás llegó la hora de aceptar eso. Quizás la salida es de “a muchos”.

Ese trecho puede suponer sencillamente dejar de gritar por cualquier cosa. No solo porque cada vez es más insondable el griterío, sino porque cada grito es solo comprendido por su propio autor. Ese trecho no supone no combatir ideas, no sentir necesidad de polemizar y decir. Ese trecho supone abandonar la pseudo certidumbre propia a manos de la incertidumbre comunal; supone abandonar un poco la necesidad de vociferar enloquecidamente “la verdad”. Supone aceptar que la verdad no existe y, cuando existe, es porque la construyeron entre varios. Se trata de un argumento profundamente político (y ético para no esquivar el bulto): para construir verdad hace falta que otros te entiendan y, para que otros te entiendan, hace falta escuchar y modular en función de eso, o sea, hacer política. Es penoso ver que durante siglos rechazamos al mesianismo de liderazgos odiados y amados reproduciendo la misma lógica impugnada. Combatir el mesianismo político en nombre de un mesianismo propio de retórica distinta es una tontería. Pues, en Babel, cada voz combate el mesianismo autoritario con fundamentos mesiánicos y autoritarios. En Babel, cada voz ataca porque solo se escucha y se entiende a sí misma.

Es penoso ver que nos podemos matar siquiera por un ideal del mundo. Es penoso ver que nos podemos matar porque sencillamente no nos escuchamos antes de desenfundar un arma o simplemente toser. Es penoso, para mí, preferir arriesgarse a la certidumbre propia sin siquiera tomar un segundo para pensar que solo gobierna la incertidumbre y que la única certidumbre posible está en ese que vos querés matar.

Julián Melo

Julián Melo

LICENCIADO EN CIENCIAS POLÍTICAS Y DOCTOR EN CIENCIAS SOCIALES (UBA). INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET (IDAES-UNSAM) Y DOCENTE DE LA UNSAM.

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