La desintegración del dinero

Entre rumores de emisión de cuasi-monedas provinciales y una devaluación encubierta, la crisis económica argentina, pandemia mediante, vuelve a aflorar. Entre sus muchos problemas, la (des)confianza en su moneda sigue estando en el centro de la cuestión.

Lo había insinuado, primeramente, el gobernador de Tucumán, Juan Luis Manzur: la emisión de bonos provinciales está en la agenda. Como él, la mayoría de los gobernadores han asegurado no tener fondos para hacer frente a los salarios y han insistido en pedir más fondos al tesoro nacional. Si bien algunas administraciones provinciales, como Chubut, arrastran problemas de caja desde hace meses, tras la reunión de los ministros con Silvina Batakis, secretaria de Provincias del Ministerio del Interior, ha quedado claro que, sin la asistencia de la Nación, varias jurisdicciones avanzarían en la emisión de cuasi-monedas, una alternativa que ya habían estado considerando antes del brote de Covid-19. Asimismo, los gobernadores reclaman que el Banco Central suba el límite de préstamos, para que las provincias puedan tomar créditos en el sistema financiero.

En Santa Fe, según fuentes oficiales, se ha registrado una baja en la recaudación y una disminución del monto proveniente de la coparticipación nacional. “Los recursos provinciales cayeron en marzo 12,5 %”, escribió Germán de los Santos en La Nación.

Ha quedado claro que, sin la asistencia de la Nación, varias jurisdicciones avanzarían en la emisión de cuasi-monedas, una alternativa que ya habían estado considerando antes del brote de Covid-19.

Para atenuar esta situación, la gestión de Omar Perotti obtuvo un préstamo del Banco de la Provincia de Santa Fe de $ 5000 millones, a una tasa badlar + 3 % -, esto es un 38 % de interés. El mandatario rafaelino, en declaraciones a Radio 2 de Rosario, luego de considerar la última implementación de cuasi-monedas en 2001-2002 como una “alternativa interesante”, aseguró que la han estado analizando como posibilidad.

LA “DINERIDAD”

Haber puesto sobre la mesa, como parte de esta especie de “reseteo social” que generan las pandemias, la cuestión de la emisión de bonos provinciales, ha resultado una oportunidad para realizar aportes que rompan la circularidad de los argumentos vigentes. En efecto, la delicada situación se presta para hacernos aquellas preguntas fundamentales que aplazamos por las urgentes y calibrar con la mayor justeza posible los acontecimientos estrictamente vinculados al último registro de emisión de pagarés provinciales.

Entonces: ¿Qué es el dinero?, o mejor, “la dineridad” –es decir, ¿Qué es lo que otorga valor de intercambio a una cosa o abstracción?–. En primer lugar, todo dinero, para ser tal, debe tener un fundamento autoritativo que sólo lo da el estado. El dinero, por tanto, es una creatura del estado, un asunto legal. En ese sentido, para desentrañar el problema implicado en la pregunta por lo que es el dinero, hemos considerado el dinero de cuenta (money account). El dinero de cuenta y las letras de cambio (bill of exchange) son dos formas distintivas del dinero. En esa dirección, como ha argumentado Geoffrey Ingham, “la separación del dinero de cuenta de los medios de pago y de la moneda circulante con sus múltiples determinaciones territoriales, ha tenido importantes implicaciones para el desarrollo del sistema capitalista bancario y constituye una forma distintiva de dinero”.

Antes de pensar en crear dinero, quizás se deberían considerar otras prioridades. Sobre todo en vistas de que el estado argentino nunca pudo fraguar una relación estable con sus contribuyentes y sus acreedores.

Asimismo, el dinero de cuenta es un concepto de amplísimo espectro sociológico y financiero, que incluye una plétora de medios de cambio. Sumarísimamente, digamos que es la base de las transacciones: es usado por los bancos, lo emiten los estados, es decir, fluye y, en tanto dinero soberano aceptado, refluye como único medio de pago de impuestos. Esta forma de dineridad, esta condición del dinero, ha venido evolucionando desde la época de los primeros bancos venecianos hasta convertirse en lo que es hoy, la base de transacciones del universo monetario imperante, que gravita en torno a los grandes bancos y a los bancos centrales. Éstos últimos han venido coordinando, con procedimientos estables y eficaces, la actividad de las instituciones financieras y, por lo tanto, las actividades económicas. El mandato de los bancos centrales es asegurar los más altos niveles de racionalidad formal al sistema de crédito monetario capitalista. El país que ha sostenido los más altos niveles de racionalidad formal es el Reino Unido. Para referir el caso, bastará decir que luego de las reformas isabelinas, específicamente desde 1601, Inglaterra acordó que cuatro onzas de plata serían la medida invariable para contabilizar una libra esterlina. La unidad de la libra esterlina duró hasta la Primera Guerra Mundial. Estabilidad que a Fernand Braudel le pareció un «pequeño milagro, casi inexplicable a simple vista».

Por lo tanto, antes de pensar en crear dinero, quizás se deberían considerar otras prioridades. Sobre todo en vistas de que el estado argentino nunca pudo fraguar una relación estable con sus contribuyentes y sus acreedores, sean éstos domésticos o externos y tampoco ha podido forjar una relación de ventajosa interdependencia con la clase capitalista autóctona. Además, la informalidad en la economía nacional es enorme. Por ejemplo, tal como analiza el mismo Ingham, “por, al menos, medio siglo, no más de la mitad de los argentinos legalmente requeridos para pagar impuestos, lo ha hecho”.

En consecuencia, la banca nacional, el sistema financiero doméstico y, por carácter transitivo, el peso moneda nacional, tienen una debilidad crónica. Para constatarlo, bastará recordar el último episodio de desintegración monetaria.

BREVE CRÓNICA DE LA DESINTEGRACIÓN MONETARIA DE PRINCIPIOS DE SIGLO

En la Navidad de 2001, el estado declara en default los US$ 155 mil millones de deuda, lo que rompió definitivamente la paridad fija US$ – Peso moneda nacional imperante en los años 90. “Inmediatamente —afirma Ingham— dos dineros de cuenta, el peso devaluado y el dólar estadounidense, comenzaron a competir por la denominación de las relaciones monetarias domésticas”. Ambos comenzaron a circular junto a una docena de pagarés de los gobiernos provinciales, a saber, Patacones, Quebrachos, Lecors, Federales, Cecacors, Brocades, Petroms, Cemis, Huarpes y Petrobonos, más el que hubo emitido el gobierno federal, denominado Lecop; junto a ellos, vouchers, tickets, incluso bonos de Shoppings.

La desintegración monetaria ha sido atribuida a causas de corto y largo alcance. Nos detendremos en las primeras. La paridad, que inicialmente hubo atraído inversiones extranjeras, anclaba la moneda soberana a las condiciones de la economía estadounidense, que, por cierto, no eran las mismas de los gloriosos treinta dorados de posguerra. Las inversiones extranjeras que se vieron convocadas, ante el menor signo de cambio, han reaccionado nerviosa y desfavorablemente. Han recalado en territorio nacional tras detectar que sólo los países más débiles entregan la soberanía monetaria, como lo hizo argentina durante el gobierno del doctor Carlos Saúl Menem. En efecto, en 1995, se registró una caída del 4 % de Producto Bruto Interno (PBI) y colapsaron una docena de bancos, se derrumbaron las exportaciones y, para 1998, la economía había entrado en recesión. Pero, más grave aún, fue que, con las deudas nacionales dolarizadas y tras el aumento de los gastos corrientes del gobierno, la devolución se había vuelto demasiado onerosa.

Esto significa que no ha podido consolidarse un espacio monetariamente soberano, en el cual emplazar un robusto sistema bancario que le de sustento al peso moneda nacional.

En definitiva, la dolarización virtual, experimento atribuido al doctor Domingo Cavallo, apenas hubo disimilado la crónica dificultad del estado nacional, para mantener una moneda soberana estable, basada en una configuración fiscal eficiente y un sistema bancario viable. Lo hemos visto, tan pronto como la balanza de pagos empezó a dar números negativos y con la paridad fija en riesgo creciente, la única manera de mantener  los niveles de solvencia requeridos y cumplir con los las deudas, fue buscar, por cualquier medio, confiscar las reservas del sistema bancario y financiero.  De hecho, se liberalizaron los requerimientos del Banco Central, se vendieron compulsivamente bonos estatales a los fondos de pensión, y los bancos fueron presionados para intercambiar esos bonos gubernamentales por préstamos de bajo interés.

En un calado más hondo, se ha observado que, con variaciones de estilo, tal incapacidad política es compartida tanto por la oligarquía terrateniente, que ha predominado en la Argentina próspera de fines del siglo XIX hasta la crisis de los años 30; como por el nacionalismo implantado por el General Juan Domingo Perón, a instancias del proceso de industrialización sustitutiva de importaciones y por el gobierno castrense resultante del golpe de 1976. Incapacidad para forjar un estado que debiera establecer relaciones mutuamente ventajosas y estables entre sus deudores, los contribuyentes y sus acreedores, los tenedores de bonos. Esto significa que no ha podido consolidarse un espacio monetariamente soberano, en el cual emplazar un robusto sistema bancario que le de sustento al peso moneda nacional. Observar esta situación, para los gobernadores, se ha revelado como una prioridad fundamental, sobre todo si han estado pensando en crear dinero de cuenta.

Mauricio Yennerich

Mauricio Yennerich

Profesor de Geografía (UNL).

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