Las virtudes del virus

Un efecto inmediato del virus ha sido el freno a la producción industrial en algunas de las “locomotoras” del planeta. Y ese freno, en apenas dos meses, ha mostrado efectos virtuosos: reducción de emisiones de gases contaminantes, recuperación de zonas contaminadas en distintas ciudades, revaloración de la salud pública. Y ya que estamos de cuarentena, tenemos tiempo para hacernos algunas preguntas. Por ejemplo: ¿Y si mantenemos esas virtudes a las que el virus nos ha obligado? ¿Y si lo que a primera vista parece un virus fuera, en verdad, un antivirus?

Mientras veía crecer estos días la pandemia –al mismo ritmo que la “infodemia”, sobre la cual advirtió la propia Organización Mundial de la Salud– me acordé de varias cosas: la primera, el informe que el año pasado dio a conocer precisamente la OMS que adelantaba el riesgo de una próxima pandemia. Nadie le dio ni cinco de pelota. También el año pasado la serie “Explained” estrenó un capítulo que hoy parece profético, y que se llamó, precisamente: “La próxima pandemia”. (Si no lo vieron, no hay mejor momento que ahora. Qué Nostradamus ni Nostradamus).

¿VIRUS O ANTIVIRUS?

Lo otro que me vino a la mente fue uno de los brillantes monólogos del fallecido George Carlin, genio anarco del humor yanqui. En él, Carlin se burla de los intentos de salvar el planeta. «Todo el mundo va a salvar algo ahora: a los árboles, a las abejas, a las ballenas, a esos caracoles, y la arrogancia mayor de todas: salvar al planeta. ¿Qué? ¿Me están jodiendo? ¿Salvar al planeta? Si ni sabemos cuidar de nosotros mismos ni hemos aprendido a cuidar los unos de los otros ¿y vamos a salvar al planeta?». Impiadosamente, el humorista –fallecido en 2008– desarrolla una idea diferente: «El planeta va a sobrevivir. ¡Nosotros somos los que estamos jodidos!» Y sugestiva: «El planeta, harto de nosotros, se sacudirá como si fuéramos apenas una molesta colonia de pulgas».

¿No serviría entonces que intentemos ver los aspectos positivos de esta pandemia, las mejoras –tímidas, incipientes, pasajeras si no cambiamos nada, pero mejoras al fin? ¿No sería útil hacer una provisoria lista de esas mejoras –en nosotros mismos y en la situación del planeta– que el virus provoca?

¿Y si fuera eso? ¿Si, como bromea muy en serio Carlin, el planeta fuera un sistema auto-correctivo, un organismo vivo, capaz de defenderse de las agresiones, que detectó finalmente que somos un virus? ¿Y si fuera capaz de sanarse a sí mismo y mediante distintos recursos –por ejemplo, una serie de virus cada tanto– esté procurando sacarse de encima a esta destructiva especie, la Humanidad? ¿Si lo que para nosotros es virus fuera un antivirus visto desde los intereses de la Tierra?

¿No serviría entonces que intentemos ver los aspectos positivos de esta pandemia, las mejoras –tímidas, incipientes, pasajeras si no cambiamos nada, pero mejoras al fin? ¿No sería útil hacer una provisoria lista de esas mejoras –en nosotros mismos y en la situación del planeta– que el virus provoca?

¿Y no sería inteligente, una vez pasada la pandemia, mantener esas mejoras? Quizás eso convenza a La Tierra (pongámoslo en mayúscula: empecemos a mostrarle un poco de respeto) de que vale la pena perdonarnos la vida, darnos otra oportunidad, tratar de demostrarle que aprendimos.

LAS VIRTUDES DEL VIRUS

Con estas perspectivas es que me propuse enlistar algunas de las virtudes del virus. Si desean aportar más, con gusto las incorporaré a una próxima versión. Aquí van, cada una con su link fundamentando, las principales que detecté hasta el momento.

1. Reducción de contaminación en los países afectados. Imágenes satelitales de la NASA y la Agencia Espacial Europea revelan que la contaminación del aire, tanto en China como en Italia, se ha reducido desde el bloqueo por el coronavirus. Paramos la pelota por otras razones, hay un montón de personas muy preocupadas por las consecuencias económicas de todo esto, sí, pero ¡qué bien le viene al ambiente!

2. Decrecimiento y reducción del calentamiento. La producción industrial (que mide la actividad manufacturera, minera y de servicios públicos) cayó como nunca desde 1990. Como consecuencia, cayeron las emisiones de efecto invernadero de manera notable en China. Hay que ver cuánto tiempo se necesitaría de esta caída para cumplir las metas de reducción de las emisiones de CO2. Y eso que a los Estados Unidos (la otra locomotora del mundo) recién está empezando a llegar. ¿Y si empezamos a pensar cómo seguir cuando pase la pandemia? ¿O seguiremos con la locura que nos trajo hasta acá?

Vamos entendiendo, de a poco, con dificultades, que cada persona es quien transmite (o no) el virus. Por ende, de lo que ella haga, dependerá la suerte de los demás. No hay mejor lección de ética.

3. ¿Adiós al fracking? La caída de la demanda mundial de energía, debido a una desaceleración comercial causada por el coronavirus, coincide con una carrera entre Arabia Saudita y Rusia por aumentar la producción para controlar el mercado. Como consecuencia baja el precio del petróleo y empieza a dejar de ser negocio en todo el mundo el nefasto sistema del fracking, delirio extractivista que pretende seguir exprimiendo piedras para sacar combustible que quemaremos, produciendo más calentamiento global.

4 . ¿Adiós a Vaca Muerta? Una consecuencia local del punto anterior, es que comienza a tambalear el negocio de Vaca Muerta (negocio para muy pocos y desastre para muchos). Y gracias a eso quizás podamos, a partir de ahora, hablar de energía en serio en la Argentina. Y de ambiente. ¿Vamos a discutir en serio cómo aprovechar las enormes posibilidades que brindan las energias renovables?

5. Refutación al neoliberalismo. Nadie lo dijo mejor que Macron, el presidente francés: «Lo que ya nos ha revelado esta pandemia es que la sanidad gratuita, sin condiciones de ingresos, de profesión, nuestro ‘estado de bienestar’, no es un gasto ni una carga, sino bienes preciosos e indispensables, que tienen que estar fuera de las leyes del mercado». La pandemia logró que incluso los republicanos de los EEUU se estén replanteando esta cuestión. Propongo tener a mano esta frase para recordarles estos días –dentro de un tiempo, en las próximas campañas– a los Espert, Milei, y demás neoliberales que van a seguir apareciendo para vender pasado como si fuera futuro.

6. Higiene personal. El virus también logró que la gente se lave las manos y no haga boludeces con su higiene personal. También logró que mucha gente, masivamente y por primera vez en décadas, se quede en su casa, lea, hable con sus familiares, busque ocupaciones útiles y divertidas, juegue con sus hijos e hijas. Que muchas personas se den cuenta de que las pocas respuestas que nos servirán provienen de la ciencia, no de la magia y la chantada. Y que la investigación en salud es más importante que las tasas de interés.

7. Lección de ética. Vamos entendiendo, de a poco, con dificultades, que cada persona es quien transmite (o no) el virus. Por ende, de lo que ella haga, dependerá la suerte de los demás. No hay mejor lección de ética. No hay máxima filosófica ni imperativo categórico, ni amenaza teológica más efectiva que ese aprendizaje, aunque para los más rezagados sea a la fuerza o bajo escrache. En efecto, cada persona es responsable por todas. Es así no más: no me puedo hacer el distraído, no hay excepciones. Y quizás, al entenderlo ahora, ante una pandemia ¿seremos algún día capaces de entenderlo para todo lo demás: esclavismo, machismo, racismo, clasismo, capitalismo, sexismo, especismo, y demás lacras que nos caracterizan?

8. Revalorizarnos. También estamos aprendiendo a entender que “naide es más que naide”, pero que a algunas personas las ninguneamos mucho más que a otras. Las tareas de cuidado, los oficios en los que no solemos detenernos (maestras, enfermeros, trabajadoras domésticas, pero también investigadoras, choferes, médicos) tienen que estar bien pagos y reconocidos. Nunca estuvo más claro que ahora lo profundamente inmoral que es “pagar a un futbolista un millón de euros por mes, y a un biocientífico 1.800”. Nunca más claro que ahora que un megaempresario o una estrella mediática o deportiva no valen más que el ordenanza o la voluntaria de la cooperadora de la escuela que hoy garantizan que se brinde el alimento aunque las clases estén suspendidas. ¿Y si después que pase la pandemia empezamos a reconocer ese valor también en las remuneraciones?

Nadie lo dijo mejor que Macron, el presidente francés: «Lo que ya nos ha revelado esta pandemia es que la sanidad gratuita, sin condiciones de ingresos, de profesión, nuestro ‘estado de bienestar’, no es un gasto ni una carga, sino bienes preciosos e indispensables, que tienen que estar fuera de las leyes del mercado».

9. Las redes pueden ser algo más que odio. El papel de las redes sociales es decisivo: puede servir para propagar el miedo, el odio o la “infodemia” ya mencionada, pero puede ser también lo que nos salve, nos permita la contención, la formación, los abrazos virtuales pero también la ayuda, la empatía, la solidaridad, y hasta la posibilidad de sobrevivir. Por ejemplo, nadie duda de que las principales redes deben brindar la información adecuada y combatir la desinformación. Nadie discute las medidas impuestas a gigantes como Facebook o Twitter. La información es un derecho humano ¿y si empezamos a tratarla de ese modo?

10. La distribución de la carga. Todavía no ha comenzado masivamente, pero ya hay quienes se plantean por qué divino designio algunas personas pueden cesar sus actividades con el 100% asegurado de sus remuneraciones (en algunos casos altísimas) mientras otras verán caer sus ingresos al cero absoluto (cuentapropistas, monotributistas, quienes trabajan de manera precarizada, comerciantes, etc), mientras otras deberán redoblar su labor en un 200% sin que se modifiquen sus ingresos (personal de la salud, de la seguridad, del transporte, mensajerías, etc). ¿Y si aprovechamos la cuarentena para pedir, en una movilización virtual, que diputados, senadores, jueces, funcionarios, y toda persona que gane más de 1.000 dólares por mes (por poner una cifra), paguen un impuesto solidario extraordinario? Como dijo el Presidente, «situaciones extraordinarias requieren medidas extraordinarias». ¿Y si lo conversamos?

Podría seguir enumerando. Pero creo que alcanza para abrir el juego y tirar algunas ideas. (No me creo original: algo parecido vienen diciendo diferentes personas, desde el veterano Edgar Morin hasta la novel Edna Rueda Abrahms o el histriónico Zizek).

Y como estamos en cuarentena, y sobra el tiempo para seguir haciéndose preguntas, dejo otras para la despedida: ¿Seremos capaces de tomar en serio estas “mejoras” y mantenerlas, proyectarlas, extenderlas, pasada la actual pandemia? ¿Seremos capaces de convencer a la Madre Tierra de que vale la pena que sigamos aquí?

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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