Juan Andrade: la perpetua transición de las izquierdas españolas

En diálogo con La Vanguardia, el historiador Juan Andrade recorre el periplo de las izquierdas españolas desde la transición democrática. Entre la densidad de sus tradiciones y la urgencia de los nuevos desafíos, y a pesar de las dificultades, las izquierdas españolas siguen siendo protagonistas de la historia y política de su país.

Juan Andrade es un historiador joven y ascendente. Docente e investigador de la Universidad de Extremadura y la Universidad Complutense de Madrid, es un fiel ejemplar de una nueva camada de investigadores cuyo trabajo está poniendo en crisis algunas interpretaciones canónicas y sentidos comunes arraigados. Es representante de una renovación propiamente historiográfica, pero también un emergente de una generación (de la que forman parte varios de los dirigentes más importantes de la actualidad) que ha protagonizado una transformación en la política española y puesto en cuestión algunos de los legados institucionales, hasta ese momento, más sólidos y perdurables de la transición democrática. No es casual que su libro, El PCE y el PSOE en (la) transición (Siglo XXI, 2012, 2015), resultado de su investigación doctoral, haya tenido ya una segunda edición y vulnerado las fronteras, a veces muy poco permeables, de los muros universitarios.

En la actualidad, vuelven a estar en el centro de la discusión política, curiosamente o no, los dos tópicos que vertebran la investigación de Andrade: el legado de la transición democrática y los partidos de izquierdas. Con un historial de relaciones tensas, las organizaciones partidarias de izquierda han sufrido transformaciones más o menos profundas durante estas décadas que han configurado un nuevo escenario. El Partido Socialista Obrero Español, más conocido por su sigla PSOE, ha sabido contar con amplias mayorías en el país con un programa modernizador y socialdemócrata, aunque con amplias concesiones sobre todo en materia económica a la agenda neoliberal. Hoy, si bien debilitado, ha vuelto a ser el partido más votado de España y a encabezar un gobierno. Por su parte, el trayecto del comunismo español ha sido más sinuoso y su sigla partidaria ha desaparecido electoralmente hace décadas. Sin embargo, su cultura política, no sin innovaciones significativas, parece haber canalizado en ese novedoso experimento que es Unidas-Podemos (fusión entre Izquierda Unida, sigla coalicional del PCE, y el novísimo Podemos) y sigue ocupando un espacio en la política española.

La relación de los partidos de izquierda con la transición democrática y su legado tiene una doble arista: fueron coproductores de ella y, al mismo tiempo, modificados por sus consecuencias. Los Pactos de la Moncloa, emblema transicional por antonomasia, no hubieran sido lo mismo sin la participación y, sobre todo, las concesiones que esas fuerzas hicieron en ese momento, como, por ejemplo, la anuencia a la monarquía parlamentaria. Asimismo, sus compromisos con las nuevas reglas democráticas hicieron que ambas fuerzas sufrieran transformaciones profundas durante ese proceso que derivaron en la consagración de un partido y la crisis del otro, pero signados ambos por la moderación y el compromiso constitucional. Sobre ese momento (re)fundacional de España y sus izquierdas, de las derivas posteriores, de la crisis actual de muchos de esos legados y, por supuesto, de las perspectivas actuales La Vanguardia dialogó con Juan Andrade.

Uno de los puntos de partida y objetivos de tu libro, que queda mucho más crudamente señalado en el prefacio de Josep Fontana, es poner en crisis la visión hegemónica en torno a la transición española: ¿Cuáles son los elementos constitutivos y los referentes (políticos y académicos) de esa lectura canónica? 

Esa lectura canónica de la transición española se construye sobre todo en los ochenta y noventa. La transición, como construcción narrativa encomiástica, como invención de una tradición, si se me permite la hipérbole, es un producto de esas décadas y no de la transición en sí. Tanto que las lecturas críticas con la transición son más abundantes y naturales durante el proceso mismo que en las décadas posteriores. La autoría de esa narrativa es múltiple y convergente, de ahí su potencia. Vino de periodistas, políticos y académicos, que se complementaron y retroalimentaron. Se expresó en reportajes y retrospectivas, declaraciones y conmemoraciones públicas, eventos universitarios y publicaciones. Es la narrativa procedente de una parte de la generación que protagonizó la transición. Algunos confundieron la supuesta bondad del proceso con la trayectoria social y profesional ascendente que experimentaron entonces, e identificaron las visiones críticas de la transición con un cuestionamiento de sus trayectorias vitales. Otros, menos entusiastas con sus resultados, subrayaron que la “correlación de debilidades” del momento y las coacciones de los poderes fácticos –que sin duda fueron tremendas y reales– no daban para más. Al insistir, en el plano analítico, que en la transición se hizo lo único que podía hacerse, se trasladaba la idea, en términos normativos, de que en la transición se hizo lo mejor que se podía hacer. Una expresión de la clásica identificación entre lo real y lo racional.        

Esa narrativa encomiástica se expresaba en diferentes explicaciones de la transición, que al conjugarse daban lugar a un relato perfecto en su idealidad, funcional a necesidades del momento y muy atractivo por motivador. Unos pusieron el acento en la altura de miras de unos dirigentes que, procediendo de los bandos enfrentados en la Guerra Civil, supieron dejar a un lado sus diferencias para consensuar un sistema democrático en pos del bien común: la explicación elitista. Otros en el ajustamiento del sistema político a una sociedad que ya se había modernizado: la explicación mecanicista de la modernización. Otros en la voluntad de incorporación a Europa, devenida en un polo de atracción normalizador y de progreso: la explicación teleológico-europeísta. Otros en el papel de un pueblo maduro y reconciliado, que, consciente de la importancia del momento, o avaló pasivamente los acuerdos de las élites o las empujó activamente en esa dirección: la explicación populista. La potencia del relato descansaba en la complementariedad ideal de estas explicaciones: la transición sería el resultado de unos dirigentes que, conscientes del signo de los tiempos, se dispusieron a quitar los obstáculos institucionales que frenaban el libre desenvolvimiento de una sociedad modernizada y proyectada hacia su hábitat natural europeo; unos dirigentes que se vieron asistidos o presionados por un pueblo que supo reconciliarse y contenerse para, después de décadas de experiencias traumáticas, dar un salto en su historia. El relato funcionaba muy bien porque devolvía la autoestima a una sociedad que venía de una larga dictadura, la cohesionaba e identificaba con el nuevo Estado y con el proyecto de país que se iría definiendo en los ochenta y noventa. La transición operaba, como tantas veces se ha dicho, como mito fundacional de la nueva democracia.

Al insistir, en el plano analítico, que en la transición se hizo lo único que podía hacerse, se trasladaba la idea, en términos normativos, de que en la transición se hizo lo mejor que se podía hacer.

¿Cuáles han sido los principales problemas derivado de esta narrativa «mítica» de cara a la comprensión histórica del proceso y los debates propiamente historiográficos?

El problema de esa narrativa era su tono moralista y su propensión a la retrodicción. Sublimaba la idea de consenso, rebajando la desigualdad de partida entre los agentes de la negociación, las coacciones que sufrieron, las estrategias pensadas en beneficio propio o la búsqueda de prestigio. Además, explicaba la transición en función de un desenlace celebrado, minorizando o presentando como regresivas o quiméricas las iniciativas que apuntaban en otra dirección. El problema del mito era todo lo que ocultaba: un sinfín de agentes, proyectos, idearios, experiencias y vivencias extraordinariamente ricas e interesantes, que, pese a no salir triunfantes, actuaron como fuerzas motrices y dejaron su impronta democratizadora. Con ello se daba además por clausurado un pasado no resuelto que, sin embargo, luego volverá como retorno de lo reprimido o voluntad actualizada de enlace: de la memoria de los represaliados por el franquismo al potente y variado legado del exilio, desde costes sociales no reconocidos a trayectorias vitales marginadas por inadaptadas al nuevo marco, de reivindicaciones y proyectos ideados a experiencias de participación igualitaristas y asociativas que luego serán retomadas en las décadas siguientes. 

Otro problema de este mito fue el de la contrafigura que alentó como movimiento reflejo: el “mito invertido de la transición como traición” a las aspiraciones populares, operación teledirigida desde arriba, pecado original y fuente de todos los males actuales. Y a eso se suma otro efecto más actual y también lacerante por la pereza mental que entraña. Podríamos llamarlo “el mito del justo término medio”. Se trata de la proliferación de narrativas académicas autopresentadas como una mediación entre esos dos polos extremos (el de la transición mitificada y el de la transición satanizada). La práctica consiste en arrojar a esos dos polos, con la intención de denigrarlas, explicaciones complejas que incomodan o no se entienden, y en ofrecerse, al mismo tiempo, como alternativa neutra y equilibrada a ambos extremos, para salir muy bien parado por contraste con semejantes espantajos. Huir de ese triángulo mitológico es fundamental para pensar la transición.

¿Cuál sería, a la luz de tu propia investigación las principales cuestiones a revisar? ¿Es, en algún sentido, esta una etapa de “revisionismo” de la transición?

No la llamaría así por las connotaciones tan diferentes y al mismo tiempo negativas que el término “revisionismo” tiene al menos en dos ámbitos. En el mundo de la izquierda, el término “revisionismo” hace alusión a una relectura entreguista, acomodada e intelectualmente pobre de los clásicos; era un término que se lanzaba como anatema desde posiciones más ambiciosas o sectarias. En el campo de la disciplina de la Historia, el término “revisionismo” se ha utilizado para referirse a explicaciones históricas regresivas y de clara intencionalidad política, generalmente revivals de ideas antiguas que ponían en entredicho cuestiones muy refrendadas por la investigación (holocausto, represión en la guerra civil española, etc). Ese término no sería justo para referirse a todo lo que se viene escribiendo desde hace años sobre la transición, ni apenas comprehensivo.  

Afortunadamente la historiografía de la transición se ha ido am­pliando, diversificando y renovando. Ha incorporado a la gente común, ha integrado geografías periféricas, ha reconocido la fuerza de los movimientos sociales, ponderado el rol del ejército, de las or­ganizaciones empresariales y los medios de comunicación, los conflictos y tensiones, las sutiles y no tan sutiles formas de violencia, la pluralidad de culturas políticas, de mentalidades y expectativas, la experimentación social y cultural a nivel micro, el impacto de todo ellos en la vida cotidiana de la gente, las dimensiones internacionales o globales del proceso, etc. Digamos que, sino abiertamente contradicho, el viejo canon de la transición ha terminado al menos desbordado por esa práctica historiográfica capilar, muy diversa y desigual, pero, al fin y al cabo, bastante rica.  

Por eso hace mucho que el relato canónico de la transición entró en crisis, por eso y sobre todo por otras razones “extra-académicas”. Una tiene que ver también con el desborde de las memorias heterogéneas de los muchos protago­nistas de la transición. Esa pluralidad de memorias cada vez más indisciplinadas difícilmente podía contenerse ya en ningún relato que pretendiera unificarlas y reconciliarlas, menos aún en aquellos de factura rígida y tono cándido. Basta leer las magistrales novelas de Chirbes o echar una conversación larga en un bar con gente de la época para darse cuenta de que también, como es natural, hay memorias finas y críticas de aquel tiempo. Otra razón fue la crisis en 2008 del proyecto de país desarrollado en las décadas de los ochenta y noventa. Con la crisis de ese proyecto se desmoronó parte del mito fundacional de la transición construido para legitimarlo. Y la última tiene que ver con un intento de rescate y apropiación de ese mito por parte de la derecha, y en su uso como arma arrojadiza contra el centro izquierda. Flaco favor le hace. Si la derecha se lo apropia será el acta de defunción del mito. El mito de la transición funcionaba en sus pretensiones integradoras y cohesivas del conjunto de la comunidad. Si se convierte en una narrativa “de parte” no funciona, pierde todo sentido.

Sin la resignificación de la que es objeto en la transición, la propuesta de reconciliación nacional podría haber evolucionado de forma relativamente coherente hasta enlazar con los postulados que hoy reivindican los movimientos de memoria histórica de “verdad, justicia y reparación”.

Uno de los conceptos claves que aparece dentro de las izquierdas durante el franquismo y la transición es la idea de “reconciliación”. ¿Qué implicaba este concepto en términos de oposición al régimen y proyección de una salida? ¿En qué momento esa noción va a ser puesta en cuestión en nombre de la “memoria histórica”?

Para responder a esa pregunta antes hay que poner un poco de orden en un concepto de significados múltiples y cambiantes. La noción de “reconciliación” se remonta a finales de la Guerra Civil y principios del exilio. Los socialistas Indalecio Prieto o Luis Araquistaín, por ejemplo, propugnaron pronto desde el exilio la reconciliación entre los bandos enfrentados. Como propuesta más elaborada la realiza el PCE en 1956, en un contexto internacional en el que los comunistas tratan de buscar una salida a su aislamiento aprovechando la “desestalinización”. El PCE parte de un análisis original y atrevido, que no es del todo ajustado, pero que se aproxima bastante a una nueva realidad. Plantean que la Guerra Civil había dejado de ser la línea fundamental de demarcación de las tensiones en España, por la emergencia de nuevas generaciones que no habían participado directamente en la contienda y porque el franquismo estaba golpeando duramente a los sectores populares que habían combatido a un lado u otro. Eso en gran medida es verdad y en parte matizable (siempre se castigó socialmente más a los derrotados y a sus descendientes). En cualquier caso, el objetivo era, a mi modo de ver, acertado: construir una nueva mayoría social contra la dictadura que no partiese de la mera reproducción de los bandos salidos de una guerra durísima, extenuante y que se había perdido. Eso incluía una suerte de reconciliación entre quienes hubieran podido estar a un lado u otro de la trinchera. Pero se trataba de una reconciliación no con cualquiera, según decía la declaración, sino con aquellos que, habiendo respaldado la sublevación y la dictadura, empezaban a discrepar con ella y eran castigados por ella. Por arriba esa reconciliación remitía directamente a figuras como Serer, Laín o Ridruejo.

La clave es que en la transición ese concepto de reconciliación nacional se resignifica. De apostar por la reconciliación con quienes han respaldo el franquismo, pero se han distanciado de él o son perjudicados por él, se pasa a reivindicar la reconciliación con los herederos de la dictadura que siguen controlando, aunque precariamente, el Estado, y a los cuales no se les puede tumbar por la vía de la movilización pacífica. Esa nueva reconciliación pasaba obviamente por una suerte de amnistía, que, además de poner en la calle a los presos estrictamente políticos, amnistiase también a los responsables de la dictadura de todos sus crímenes. Esa amnistía (realmente fueron dos), en tanto que negociada y respaldada por sectores procedentes de la dictadura y por la oposición, entrañó muchas cosas. Entrañaba no solo una suerte de perdón de los represaliados por el franquismo (o de sus representantes teóricos) hacia sus verdugos. Entrañaba también un fenómeno contradictorio: que los verdugos (o sus herederos institucionales) se arrogara además la potestad de perdonar a sus víctimas.

En cualquier caso, si volvemos atrás, la política de “reconciliación nacional” de 1956 – que dio buenos resultados para fortalecer la oposición a la dictadura– tampoco planteaba la inmunidad para los responsables de la dictadura, menos aún el arrojo al olvido de los represaliados por esta. Cuando se quiere justificar el sentido que cobra la idea de reconciliación nacional en la transición vinculándola a lo planteado en 1956 se suele silenciar una reivindicación a la cual quedaba supeditada la amnistía entonces, en 1956, y que cito literalmente: “la reconstrucción de decenas de miles de hogares deshechos y la reparación de las injusticias cometidas”. Es decir, sin la resignificación de la que es objeto en la transición, la propuesta de reconciliación nacional podría haber evolucionado de forma relativamente coherente hasta enlazar con los postulados que hoy reivindican los movimientos de memoria histórica de “verdad, justicia y reparación”, porque esos postulados no excluyen toda idea de reconciliación.           

En tu narración, y en muchas lecturas del período, aparece una idea de un PCE hegemónico en la resistencia antifranquista que se adapta mal a los nuevos tiempos y un PSOE paralizado en los tiempos de la dictadura que se renueva con éxito en la democracia. ¿Esta imagen es precisa o debe matizarse? ¿Se trató de un relevo o, por el contrario, de una transición conflictiva? ¿Qué importancia tuvieron los liderazgos de Santiago Carrillo y Felipe González?

La idea que señalas de un “PCE hegemónico en la resistencia antifranquista” y un “PSOE paralizado en los tiempos de la dictadura” me parece que necesita de matices, pero que es sustancialmente válida, sin perjuicio del reconocimiento, al menos, de tres cosas: la autonomía real e importancia de muchos movimientos y expresiones sociales de oposición a la dictadura, el papel de otros partidos situados a la izquierda y el papel de otros partidos socialistas o incluso socialdemócratas que no estaban (luego la mayoría lo estarán) dentro del PSOE.

Por otra parte, creo que para explicar la implosión del PCE y el éxito del PSOE en la transición no basta la hipótesis de la adaptabilidad a un medio cambiante, una metáfora de reminiscencias darwinistas. Por supuesto que tiene que ver el grado de adecuación de sus propuestas y de su imagen a las tendencias ideológicas de una sociedad plural, así como al nuevo ecosistema político post-dictatorial en el que estas se expresaban. Pero junto a eso también hay que considerar otros cambios de fondo que se estaban produciendo a nivel global: una profunda reconfiguración sociológica en el contexto de la crisis estructural del capitalismo de postguerra que va a segar la hierba bajo los pies de los partidos comunistas. También hay que ver los recursos y estigmas muy desiguales con que cada uno contaba: respaldos internacionales, tratamiento por parte del Estado, peso de las memorias respectivas, pervivencia de imágenes construidas durante la dictadura y en el contexto de la Guerra Fría, etc. Al mismo tiempo hay que ver las decisiones que ambos partidos fueron tomando: los virajes que imprimieron, su capacidad comunicativa, la gestión de sus conflictos internos, etc.  Y hay que ver la diacronía de un proceso en el que el declive de uno fue alimentado el ascenso de otro, y viceversa.

Y, por supuesto, hay que ver sus respectivos liderazgos, mucho más efectivo en caso del PSOE. Carrillo era una persona de edad avanzada procedente del exilio y de la experiencia de la Guerra Civil, muy alejado del sentir y las formas de las nuevas generaciones y, sobre todo, muy estigmatizado tras años de propaganda anticomunista confeccionada por la dictadura y por algunas figuras del exilio. Por el contrario, con Felipe González se identificaban no solo las nuevas generaciones, sino también parte de las anteriores, que consideraban llegado el momento de un relevo generacional. También se identificaban diferentes sectores sociales, de obreros a clases medias. La imagen que Felipe proyectaba era la de un joven profesional con buena presencia, sin conexión directa con la Guerra Civil, crecido y formado en España, un abogado (muy del gusto de las clases medias) laboralista (lo que le conectaba con los trabajadores), procedente de una familia de clases populares pero acomodadas.

En definitiva, la conjunción de todos esos factores –que incluyen los liderazgos respectivos y la búsqueda de encaje discursivo con las tendencias ideológicas de sectores más o menos amplios, pero también otras muchas cosas– explica que el PCE saliera de la transición roto por dentro y el PSOE con una abrumadora mayoría electoral en 1982.

Una de las claves de la transición es que este proceso de cambio político entraña una profunda transformación en los agentes políticos, en estos dos partidos concretamente, en su composición y funcionamiento internos.

En ese proceso, también aparece en el centro una tensión entre la militancia y el electorado se manifiesta claramente en los partidos en cuestión. ¿Se trata de la evolución de un tipo de partido a otro como ha reseñado la politología? ¿Esa transformación derivó en partidos más flexibles y abiertos y, a la vez, más verticalistas? ¿Cuáles fueron las consecuencias en el mediano plazo?

Una de las claves de la transición es que este proceso de cambio político entraña una profunda transformación en los agentes políticos, en estos dos partidos concretamente, en su composición y funcionamiento internos. El caso del PCE es paradójico. En el PCE del tardofraquismo y los primeros años de la transición (en condiciones de ilegalidad o recién legalizado) las organizaciones de base tenían mucha más autonomía y libertad, lo cual repercutía en beneficio de su creatividad y arraigo social. Su estructura sectorial, luego desmontada, ayudaba a ello. Sin embargo, avanzada la transición, los mecanismos centralistas, verticalistas y disciplinarios se agudizaron para encarar las convocatorias electorales (controlar las listas y homogeneizar el discurso) y sobre todo para gestionar la multitud de conflictos internos derivados de la heterogeneidad social e ideológica del partido (tremenda) y de los resultados en las elecciones (muy modestos). La cuestión es que desde la cúspide del partido estos conflictos fueron azuzados o incluso generados por su autoritarismo y sus continuos virajes.

En el caso del PSOE hay que considerar al menos tres vectores de ese cambio en la propia naturaleza del partido. Uno de ellos es la entrada masiva de nuevos militantes cuando se legaliza, sobre todo al calor de sus buenos resultados electorales. Otro es el propósito de la dirección del partido de reciclar a su militancia antifranquista (más ideologizada) en un paradigma más contenido a través de la política de formación interna. Y otro es el desborde de los pocos militantes del antifranquismo por parte de los nuevos, un fenómeno natural incentivado además por la dirección. Eso, como se ve en la crisis ideológica de 1979, contribuye a la reorientación ideológica del partido y a su identificación con bases electorales más amplias y moderadas.      

En tu libro das mucha importancia al papel jugado por los medios de comunicación, en especial la prensa periódica que, de algún modo, moduló el tono de la transición sobre todo tras la aprobación de la Constitución en 1978. ¿El éxito del PSOE se debió a que supo leer mejor ese clima de opinión o, por el contrario, considerás que fue intencionalmente favorecido? ¿Por qué la adaptación del PCE fue fallida –en contraste, por ejemplo, con el PC italiano– a pesar de los muy notables intentos de conciliación y adaptación? ¿Hubo una campaña en su contra?

El papel de los medios fue muy importante, porque en la transición el conflicto político se desplaza en buena medida de la lucha social al debate mediático, y eso favoreció especialmente a aquellas opciones que contaron con un mayor respaldo mediático y que desarrollaron una política comunicativa más refinada. Ambas cosas, sin duda, beneficiaron al PSOE y perjudicaron al PCE. Ahora bien, el triunfo del PSOE se debe además a un complejo conjunto de razones. Se debe a su identificación con los poderosos dirigentes y partidos de la socialdemocracia europea que gobernaban o habían gobernado recientemente países como Alemania (Brandt) y Suecia (Palme). Se debe, como hemos visto, al liderazgo de Felipe González frente a otros liderazgos envejecidos. Se debe a algo muy importante: a la pervivencia de la poderosa memoria histórica del papel del PSOE en la historia de España, que se fue legando de forma latente durante la dictadura de generación en generación y salió a flote en la transición. Se debe a su oscilación discursiva, que le permite sostener un discurso radical básicamente retórico para competir por la izquierda y muy pragmático para seducir a sectores intermedios. Y se debe a cómo se va moviendo y resituando en el centro para rentabilizar al mismo tiempo el declive por la derecha de la UCD y por la izquierda del PCE.

En cuanto a las comparaciones entre PCE y el PCI, estas son difíciles. El PCE llega a la transición después de perder una Guerra Civil, pasar 35 años de exilio y hegemonizar una oposición de masas contra la dictadura muy potente y loable, pero también muy limitada por la persecución que sufre y muy vinculada al objetivo central de lucha contra la dictadura y en pos de la democracia. El PCI sale muy prestigiado de la Segunda Guerra Mundial por su contribución partisana a la derrota del fascismo, juega un papel importante en la construcción de la nueva República, y tiene por delante varias décadas para asentar su influencia en libertad y demostrar su capacidad en la gestión de sindicatos y gobiernos locales y regionales (especialmente en la Emilia-Romaña). Por eso los resultados electorales de unos y otros a la altura de 1979, por ejemplo, son tan desiguales, un 10% en el PCE y un 30% en el caso del PCI. Por eso, sobre todo, pero también por la desigual capacidad de dirección. La inteligencia natural de Carrillo para ciertas cosas no es comparable al nivel estratégico e intelectual mucho más elevado de un Togliatti o un Berlinguer. En cualquier caso, todo puede malograrse. Hoy la izquierda alternativa en Italia está deshecha. La propuesta adaptativa del PCI –primero en Partido Democrático de la Izquierda, y de ahí a Partido Demócrata– ya no puede considerarse una adaptación, sino la desaparición de una tradición política riquísima y su reemplazo por otra cosa distinta.           

En España, la comunista y la socialista son culturas políticas distintas, con muchos nexos y espacios comunes, pero distintas. Son culturas que en los años 20 se bifurcaron, que han diseñado trayectorias diferentes marcadas por algunos encuentros y muchos desencuentros, y que a la postre han dejado diferencias irreductibles y una tensión palpable.

Una de las marcas distintivas de tu libro es la decisión de investigar, en paralelo y de modo comparado, al PSOE y al PCE, como partes de una izquierda fragmentada. ¿Se puede hablar de una cultura política de izquierdas en España o, por el contrario, esa división resulta constitutiva? ¿Cuáles fueron los elementos decisivos, más allá de los hitos históricos, que prorrogaron esta división?

En ningún caso hablaría de una cultura de izquierda más o menos homogénea en España, que incluyese a ambos partidos y a quienes les votan. En todo caso pluralizaría, para hablar de varias culturas políticas de izquierda. La cuestión es compleja y pasaría antes por clarificar el problemático concepto de izquierda. La noción de izquierda admite muchos sentidos, al menos tres: uno relativo y posicional (todo está a la izquierda con respecto a lo que tiene a su derecha), otro sustantivo (se es de izquierda por defender unos valores y unos programas más o menos concretos, pese a cambiantes) y otro perceptivo/autoperceptivo (es de izquierda quién así se define y/o quien así es definido). Atendiendo solo a estos sentidos la consideración de cada uno de estos partidos variaría.     

En cualquier caso, en España, la comunista y la socialista son culturas políticas distintas, con muchos nexos y espacios comunes, pero distintas. Son culturas que en los años 20 se bifurcaron, que han diseñado trayectorias diferentes marcadas por algunos encuentros y muchos desencuentros, y que a la postre han dejado diferencias irreductibles y una tensión palpable. Los hitos son muchos. Ambos partidos salieron muy enfrentados de la Guerra Civil, sobre todo una vez que el negrinismo, más afín a un entendimiento pragmático con el PCE, es anulado en el PSOE. En el exilio las diferencias se acentuaron, muy azuzadas por la dinámica bipolar de la Guerra Fría, que los sitúa en sendos bloques enfrentados. En la transición se esbozó la gran apuesta del PSOE, la llamada “vía nórdica” de acceso al poder, es decir, solos, sin alianzas por la derecha, como en Italia, ni alianza con los comunistas, como en Francia. Y en los ochenta, noventa y 2000 esa vía triunfó. Durante 25 años se consolidó un modelo bipartidista (PSOE-PP) apenas corregido por las fuerzas nacionalistas e Izquierda Unida, una reconversión muy original del PCE por la vía de su convergencia con otras fuerzas sociales y de la izquierda. Durante todo ese tiempo, solo en los años en los que Julio Anguita estuvo al frente, IU logró cuestionar, muy ligeramente, la hegemonía del PSOE sobre la izquierda sociológica. A lo largo de esas décadas, el PSOE aspiraba a reducir a IU a su mínima expresión para moverse más libremente al centro. Solo en algunos momentos de debilidad, urgencia o desconcierto experimentó algunos pactos con Izquierda Unida o formaciones homólogas, pero no le salieron bien (pacto Almunia-Frutos en 2000 o tripartito catalán en 2003). Toda esa larga historia dejó en el PSOE una cultura hostil al mundo PCE-Izquierda Unida.

Durante esas décadas (80-90-2000) PCE-IU vivió una fuerte tensión interna con respecto a sus relaciones con el PSOE. Por una parte, IU se constituyó, se modeló y forjó su personalidad en las dinámicas de oposición a las políticas del PSOE en el gobierno (permanencia en la OTAN, reconversión industrial, privatizaciones, reformas laborales de cariz neoliberal, corrupción, etc.), afirmando sus diferencias programáticas y tratando de convertirse, con la dirección de Julio Anguita, en una alternativa a largo plazo por la izquierda. Mas, por otra parte, la impotencia de cara a la consecución de ese objetivo se expresó en muchos sectores de IU en una rebaja de las expectativas. El objetivo pasaba a ser o bien tirar del PSOE a la izquierda, pactando con él en el parlamento o quién sabe si algún día formando un gobierno conjunto, o bien, respaldarlo incondicionalmente cuando se tratase de frenar la llegada de la derecha a las instituciones. Todas esas pulsiones contradictorias convivieron en IU y todo lo situado a la izquierda del PSOE. Pero, además, la desigual fortaleza entre ambos partidos facilitó que el PSOE fuera cooptando a muchos cuadros y dirigentes situados a su izquierda. Por eso también desde PCE-IU se miraba con temor cualquier aproximación al PSOE.

En la actualidad estamos en presencia del primer gobierno de coalición de izquierdas desde el Frente Popular entre el PSOE y Unidas Podemos, tras un largo y tenso proceso de negociación. ¿Se puede comprender algo de esa relación conflictiva a la luz de la relación entre el PSOE y el PCE o se trata de algo radicalmente nuevo? ¿Podemos comenzó como un intento innovador y terminó convirtiéndose en una continuidad sui generis del PCE?

Bueno para entenderlo hay que retrotraerse a la crisis de 2008 y a las movilizaciones que simbólicamente pudiéramos situar en torno al 15 de mayo de 2011. Con las movilizaciones y una nueva activación política contra la crisis se rompen los automatismos ideológicos y el sistema de partidos. El PSOE es muy cuestionado por el movimiento, se ve al borde de la pasokización (en referencia al PASOK griego) y se tensa en torno a cómo encarar las relaciones con una fuerza emergente como Podemos. A Pedro Sánchez menos partidario de un enfrentamiento directo con Podemos y proclive a competir con él por la vía de cierta imitación inverosímil le dan un golpe interno los poderes reales del partido y el país, y tiene que abandonar la secretaría general. Para sorpresa de todos, vuelve en unas primarias como un born again. La militancia del PSOE, marginada de la activación social anterior, ha hecho su particular 15M de puertas adentro. Pero, de nuevo al frente del partido, Pedro Sánchez no tiene claro cómo relacionarse con Unidas Podemos. No lo tiene claro porque sigue pesando la cultura histórica de recelo hacia todo lo que está a su izquierda, porque sabe que la aproximación a Unidas Podemos perjudica sus buenas relaciones con poderes fácticos del país, y porque además Unidas Podemos se está debilitando por la presión recibida desde esos poderes y por sus propios y muchos errores. De ahí que la tentación del PSOE a hegemonizar el campo progresista se reactive de nuevo con Pedro Sánchez.

Por el lado de la izquierda han pasado muchas cosas desde 2011 para acá. PCE-IU estaba muy debilitada y anquilosada cuando estalla el 15M en 2011. No supo cómo reaccionar, menos aún cuando una nueva fuerza política joven y fresca, Podemos, capitaliza electoralmente la nueva atmósfera de cambio. Podemos lo forma mucha gente que se incorpora por primera vez a la política y también gente procedente de movimientos sociales y de varias tradiciones de la izquierda, entra otra, gente, como el propio Pablo Iglesias, procedente en cierta medida del mundo PCE-IU. PCE-IU se resitúa con Alberto Garzón al frente y se produce la alianza con Podemos, dando lugar a Unidas Podemos. En virtud de esa alianza, de la debilidad orgánica y una serie de crisis internas en Podemos, el vector que podríamos llamar “culturalmente comunista” (que, por otra parte, es también muy diverso) cobra más fuerza en Unidas Podemos. Pero con esos orígenes y esa diversidad, Unidas Podemos no puede ser reducido en ningún caso a una suerte de PCE redivivo, por más que así lo digan sus adversarios (para denigrarlo), algunos opositores internos (para explicar su marginación) y algunos comunistas (para darse más importancia de la que tienen).    

Mientras tanto, los acontecimientos no han dejado de acelerarse. Entre 2015 y 2019 se han sucedido 4 elecciones generales que han impedido la formación de gobiernos estables. Pero además han quedado dos cosas claras: que la vuelta al bipartidismo no resulta posible y que la distancia entre PSOE y Unidas Podemos, pese a reducirse a beneficio del primero, no es tan marcada como en las décadas pasadas lo era entre PSOE e IU. Además, al calor del giro reactivo que produce en España la crisis territorial de Cataluña de 2017 y otros malestares, surge un fenómeno nuevo de las entrañas del PP: VOX, un partido ultracionalista en lo territorial, ultraliberal en lo económico y ultraconservador en lo moral y punitivo.

Y al final, apenas arranca 2020, nos encontramos, efectivamente, después de más de 80 años con el primer gobierno de coalición de izquierdas en España, con algunos ministros (pocos y sin muchas competencias) procedentes de la tradición comunistas o afiliados todavía al PCE. ¿Cómo se explica esto? En el caso de ambos partidos opera el temor a que la convocatoria de otras elecciones pudiera dar (por hartazgo y desmovilización del electorado de izquierda) el triunfo a las tres derechas presentadas por separado, como sucedió en las autonómicas de Andalucía de 2018. Es un pacto en buena medida a la defensiva para frenar un posible resurgir de la derecha, ahora más desatada en su conjunto por el influjo de VOX.

Han quedado dos cosas claras: que la vuelta al bipartidismo no resulta posible y que la distancia entre PSOE y Unidas Podemos, pese a reducirse a beneficio del primero, no es tan marcada como en las décadas pasadas lo era entre PSOE e IU.

En el caso del PSOE opera además la conciencia de que, al menos a corto plazo, no tiene más margen para desgastar a Unidas Podemos y recuperar la vieja “vía nórdica”. Gana precariamente las elecciones de nuevo en noviembre de 2019, pero si quiere seguir en el gobierno la aritmética parlamentaria solo le deja dos opciones: o tensar un poco su relación con los poderes del país y gobernar con Unidas Podemos, o llegar a una suerte de acuerdo de investidura o legislatura con la derecha (Ciudadanos/PP), lo que no sería consentido por su militancia y reavivaría a Unidas Podemos. No le queda más remedio que inclinarse por lo primero y amortiguar costes ofreciendo garantías a Bruselas.

Unidas Podemos entra en el gobierno, además de “para frenar a la derecha”, por otras razones. Podemos ha surgido con una voluntad clara de intervenir directamente en política; es decir, de romper con lo que entiende es “una cultura resistencialista, testimonial, retórica, derrotista y acomodaticia de la izquierda tradicional”, y de acceder a puestos de poder para desde ahí “cambiar la vida de la gente”. Hay una pulsión real por la cual quieren “ser útiles”, “mejorar las condiciones de vida” tan dañadas por el modelo económico de este país y la crisis. Por otra parte, Unidas Podemos ha venido perdiendo muchísimos votos y necesita ante su militancia y electores, y ante sí misma, compensar el desánimo que esto genera y evitar la situación de irrelevancia y sinsentido en la que quedaría –como cuarta fuerza parlamentaria y en la oposición– una fuerza que había venido “para cambiarlo todo”. En cierta medida, formar parte de ese gobierno es un sucedáneo compensatorio a esa ambición frustrada.

Pero de fondo hay un problema, que para mí es el gran problema. A lo largo de estos años, si exceptuamos el importante movimiento feminista, la energía social transformadora que arranca en el 15M se ha ido disipando, y en su reflujo apenas ha dejado tejido social crítico para encarar los estragos de la crisis, las políticas antisociales y para frenar la penetración –todavía muy limitada– de la derecha más radicalizada en los sectores populares.  La situación es tremenda, porque ese vacío social no lo puede compensar ningún gobierno, ni siquiera uno con Unidas Podemos, que, además, ha tenido su parte de responsabilidad en el declive de esa energía social. Pero, por otra parte, llegados a este punto, si Unidas Podemos hubiera decido no participar en el gobierno, la consistencia y la agenda social de un gobierno solo del PSOE sería mucho menor, y daría quizá más brío a esas fuerzas antisociales y reaccionarias. La situación es muy complicada, porque un segundo coletazo de la crisis o un estallido de los profundos malestares sociales que se han ido acumulando durante años proyectaría mediáticamente a una Unidas Podemos en el gobierno como corresponsable, y, lo que es más complicado, no le dejaría mucho margen de actuación, dada la debilidad parlamentaria y dada esa debilidad social. Decepcionar entonces sería terrible para el conjunto de las fuerzas llamémoslas progresistas, emancipadoras, críticas, populares o de izquierda en este país.

Otro problema menor, pero importante, y del que se hablará más, será el de las tensiones entre PSOE y Unidas Podemos en la gestión cotidiana del gobierno de coalición. El PSOE, en tanto que partido considerablemente más grande y respaldado, que todavía arrastra el síndrome del partido dominante de la izquierda, tendrá la tentación y la posibilidad de capitalizar o patrimonializar los hipotéticos logros conjuntos del gobierno, lo cual puede ser fuente de tensiones. Por otra parte, los respectivos liderazgos, en tanto que desequilibrados (Pablo Iglesias es más fino y carismático que Pedro Sánchez) también puede ser una fuente de tensión. Y, por otra parte, la mayoría de ministros de Unidos Podemos (Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón y Virginia Díaz) vienen de las generaciones y sectores del PCE-IU que se curtieron políticamente en la lucha contra la hegemonía del PSOE en los noventa y 2000, lo cual también les hará ser más recelosos o exigentes con el PSOE, salvo que les pueda el posibilismo o la revisión de su propia trayectoria.   

En cualquier caso, el problema principal no es que el gobierno no sea ningún gigante, es que tiene los pies de barro. Cimentarse socialmente desde el respecto a la autonomía de lo social sería fundamental para que una réplica del terremoto que empezó en 2008 no lo derrumbase todo. Pero eso no es tarea fácil

QUIÉN ES

Juan Andrade es Licenciado en Historia y Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Extremadura. Se desempeña como docente e investigador en esa universidad y en la Universidad Complutense de Madrid. Además de sus investigaciones sobre la transición española y los partidos políticos de izquierda, también ha trabajado temas como el exilio republicano de 1939 o el impacto y la memorias de la revolución rusa . Ha publicado El PCE y el PSOE en (la) transición (Siglo XXI de España, 2012, 2015), Atraco a la memoria (en coautoría con Julio Anguita, Akal, 2015). Con Fernando Hernández coordinó recientemente el volumen colectivo 1917. La Revolución rusa cien años después (Akal, 2017). Desde 2017 dirige la colección Reverso-historia crítica de la Editorial Akal.
  

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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