Joaquín Abellán y la vigencia de Max Weber

Joaquín Abellán ha dedicado una vida de reflexión intelectual a la teoría política y, muy especialmente, a la obra de Max Weber. Sobre la vigencia del pensamiento del pensador alemán y otras cuestiones subyacentes hemos conversado con él.

Joaquín Abellán García es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en teoría política, su obra, que consta de decenas de libros y artículos, ha recorrido diversos problemas y autores. Sin embargo, su nombre está asociado, más que a ninguna otra figura, a la del célebre sociólogo Max Weber, uno de los más relevantes teóricos sociales del siglo XX. Abellán ha editado, traducido y prologado en múltiples ocasiones al autor alemán, incluidos los seis volúmenes publicados por editorial Alianza, convirtiéndolo en uno de los difusores más destacados del pensamiento weberiano en Iberoamérica. Asimismo ha dedicado un exhaustivo y minucioso análisis a su pensamiento político en Poder y política en Max Weber (Biblioteca Nueva, 2004).

El interés y conocimiento de Joaquín Abellán por Weber debe leerse dentro de un marco más amplio, es decir el pensamiento y la historia alemana en general. A ella se abocó en una lectura de largo aliento en Nación y nacionalismo en Alemania. La «cuestión alemana» (1815-1990) (Tecnos, 1997). Por otro lado, su labor de traducción y edición al español también incluyó a autores tan diversos, y al mismo tiempo ineludibles, como Martín Lutero, Wilhem von Humboldt, Georg Friedrich Wilhelm Hegel, Immanuel Kant o los socialistas Eduard Bernstein y Ferdinand Lassalle.

En los últimos años, como corolario parcial de una prolongada carrera, se ha dedicado a publicar una serie de volúmenes con un cariz más divulgativo en una colección titulada «Conceptos políticos fundamentales». Esos últimos trabajos ratifican el interés de Joaquín Abellán por hacer accesible las nociones claves de la teoría política y difundir a sus más significativos autores. Esa vocación, así como su invaluable predisposición, hizo que accediera a conversar con La Vanguardia sobre sus investigaciones y, en especial, sobre la vigencia de la obra de Max Weber, un autor sin dudas fundamental.

Weber es un autor fundamental porque revisó en profundidad las “ciencias de la cultura” existentes hace un siglo no sólo desde el punto de vista metodológico, sino dando un nuevo concepto de las tareas y límites de la nueva ciencia social.

Ha trabajado gran parte de tu vida académica en la traducción y difusión de la obra de Max Weber. Si tuviera que sintetizar en pocas frases, ¿Por qué se trata de un autor fundamental? ¿Cuáles son las advertencias que le haría a un lector ignoto?

Weber es un autor fundamental porque revisó en profundidad las “ciencias de la cultura” existentes hace un siglo no sólo desde el punto de vista metodológico, sino dando un nuevo concepto de las tareas y límites de la nueva ciencia social. Fundamental ha sido su análisis de la modernidad occidental, señalando cómo su proceso de racionalización (secularización) ha desembocado finalmente en pluralidad de esferas de la vida (política, ciencia, religión, arte,), regidas por lógicas internas diferentes y opuestas entre sí, y en continua tensión entre ellas. La introducción de la perspectiva sociológica en la reflexión sobre el Estado y el poder ha conducido a ver la política desde otra dimensión, destacándose desde esta perspectiva fenómenos tan importantes –ligados al proceso de democratización– como el de la democracia plebiscitaria, es decir, el de la transformación de la democracia en una democracia de partidos, con una relación de nuevo tipo entre los líderes políticos y los aparatos partidarios.

Para un lector nuevo, y también para alguien que ya conozca algo de la obra de Weber, haría una modesta advertencia general: que, yendo más allá de las palabra traducidas a nuestro idioma, se esfuerce por llegar a su contenido propio; que busque explicaciones de los contenidos, que huya de la libre asociación de ideas a las palabras que se suelen manejar con Weber; que sea consciente que el vocabulario no es de fácil comprensión y que sea consciente que muchos términos de los que utiliza Weber tenían sentidos controvertidos en su época. Un ejemplo: si Weber utiliza algún vez el término “Herrenvolk” y se ofrece la traducción literal como “pueblo de señores” sin ninguna explicación más, el lector puede entender hasta lo contrario de lo que significa realmente en Weber: pueblo soberano, pueblo dueño de sí mismo, personas sui iuris (en el sentido que había tenido en el derecho romano).

Gran parte de la obra de Weber, incluida la conocida Economía y sociedad, permaneció inédita y hay muchas discusiones con respecto al modo en que estos trabajos fueron publicados. ¿Considera que esos problemas han distorsionado su recepción? ¿Qué reservas deberíamos tener para abordarlas? ¿Cuál debería ser la agenda futura de traducciones y ediciones en español en función de ello?

Sin duda se han dado esas distorsiones, pero la edición de las obras completas en alemán ya ha establecido los textos, las fechas de su composición, y el lugar que ocupan dentro de toda la obra. Economía y Sociedad tal como la conocíamos en la edición en español de los años 40 ya no existe en las Obras completas. Seis volúmenes integran ahora la vieja Economía y Sociedad.

Más relevantes son ahora, y para nuestro mundo hispánico, los procesos de distorsión derivados de la traducción y de la carencia de una explicación precisa de los conceptos fundamentales (por ejemplo: “neutralidad axiológica”, “racionalidad de acuerdo a valores”, “dominación” o “plebiscitario”) con lo que sugieren en un primer momento, no nos acercan al contenido, sino que más bien nos alejan.

Economía y Sociedad tal como la conocíamos en la edición en español de los años 40 ya no existe en las Obras completas. Seis volúmenes integran ahora la vieja Economía y Sociedad.

Has dedicado varios trabajos, como por ejemplo el libro Poder y política en Weber, a analizar los escritos políticos de Weber. A pesar de ser una de las facetas menos sistemáticas de su obra, su perspectiva política ha tenido un enorme predicamento incluso allende las fronteras del mundo académico. ¿Por qué considera que esto ocurrió así? ¿A qué se debe la vigencia de, por ejemplo, una conferencia como La política como profesión?

Una primera cuestión sería ¿Debemos hablar  de la política como vocación o de la política como profesión? Pero no entremos ahora en detalle en esta cuestión, que nos conduciría a clarificar lo que significa el término profesión (Beruf) en alemán, el cual contiene dos elementos –la actividad laboral y la “llamada” interior a realizar esa tarea como una “misión”–, mientras que en español no la usamos con ese doble contenido, y tenemos para ese contenido doble dos términos que distinguimos e incluso contraponemos: profesión y vocación. Pero yendo ahora a la continuación de la vigencia de la La política como profesión, yo diría que es debida a que Weber aborda ahí problemas centrales del concepto y de la práctica de la política, poniendo en conexión distintos fenómenos históricos. La conferencia resulta actual porque aborda un problema fundamental de la política en la  democracia de partidos, como es el de la relación entre los líderes y los aparatos partidarios, o la relación entre la política y la ética. Es actual porque plantea la naturaleza de la acción política, y, desde ahí, aborda la relación entre la política y la ética, criticando con rotundidad la “ética de convicciones” como inadecuada a la política y explicando por qué la “ética de la responsabilidad” es la única que resulta compatible con el concepto de “política como poder” que se realiza en un mundo que no es racional desde el punto de vista moral.

Los “usos de Weber” entre los académicos han producido muchas discusiones, desde la cuestionada traducción de Parsons hasta el debate más reciente entre Schluchter y Käesler, entre una lectura más rígida y una más abierta. ¿Cuál es su posición al respecto? ¿Considera que se ha hecho un “mal uso” de Weber en algunos casos?

Sí, en efecto. Se ha usado a Weber de manera distorsionada cuando se le ha querido entender con términos y categorías de perspectivas sociológicas funcionalistas o cuando se le ha visto como portador de una fe positivista en el papel de la ciencia, y despreocupado de la cuestión de los valores. Esas valoraciones no han contemplado su dimensión antropológica, su preocupación básica por el tipo humano que estaban requiriendo los cambios producidos en el mundo moderno, algunos de cuales eran a su vez resultado de las nuevas actitudes y modos de vida –en el caso del creyente religioso (protestante), o del empresario o del profesor académico ante los cambios en la ciencia  y en la universidad, o del político en una democracia de partidos–.

Entre los muchos conceptos weberianos que han calado en el sentido común y entre los analistas, se destaca uno: líder carismático. Dados los recaudos epistemológicos que Weber manifiesta en la construcción de tipos ideales, ¿te parece que su utilización, incluso en literatura académica, viola algunos de los preceptos de su autor? ¿Qué recaudos deberíamos tener para utilizar las definiciones weberianas?

Como es sabido, los tipos ideales no son conceptos esenciales, sino son los instrumentos analíticos construidos por los científicos sociales para describir, tipificar, comparar fenómenos sociales o históricos. Y en su Sociología del poder, Weber analiza, juntos a los otros tipos, el tipo de poder legítimo carismático y una variante, el de legitimidad carismática antiautoritaria (con el que se corresponde el liderazgo de los partidos políticos modernizados, centralizados). Y dentro de este último tipo analiza la relación entre un líder de partido elegido y su aparato (compensaciones a su aparato por los éxitos electorales y reparto de cargos, disciplina por parte del aparato respecto al líder, el  “sacrificio de la inteligencia” de sus seguidores que se produce con esta disciplina, etc.). Con esto quiero decir que su exposición de los tipos de poder legítimo cuenta con estas construcciones mentales para el trabajo científico-social. Y, en torno al liderazgo carismático, se ha generado una atención especial que ha conducido abiertamente a errores de interpretación. Se ha hablado mucho de la preferencia de Weber por un líder  plebiscitario tras la primera guerra mundial para la nueva Alemania Y se ha llegado a asociar a su propuesta de un Presidente plebiscitario para la nueva República a planteamientos no democráticos. Sin embargo, creo que las alarmas y dudas que algunos han lanzado sobre el Weber de los últimos años de su vida no parecen justificadas si atendemos a lo que el propio Weber escribe en sus artículos de 1918-1919. Dice allí que, durante la monarquía, él había escrito a favor de la parlamentarización del sistema de gobierno del Deutsches Reich (es decir, fortalecimiento del papel Parlamento y de los partidos políticos), y que después, ya sin el Emperador, estaba a favor de la República, abogando en concreto por un sistema presidencialista, en el que el Presidente fuera elegido directamente por los ciudadanos (plebiscitariamente). Para este Presidente prevé, por tanto, que tenga una “legitimidad” directa procedente de los ciudadanos, en vez de que fuera elegido por el Parlamento, como había ocurrido en las primeras sesiones de la Asamblea Nacional Constituyente de Weimar. Y en el artículo dedicado a esta figura de la Presidencia de la República expone sus funciones fundamentales, sus límites (que tenga siempre presente “la soga y la horca”) y la necesidad de un Presidente con poder para que se pudiera realizar mejor la “socialización” de la economía, es decir, la reestructuración y estabilización de la situación económica después de la derrota de la Guerra. Junto al Presidente estaría el Parlamento igualmente elegido por los ciudadanos y una “Cámara de los Estados federados”.

En torno al liderazgo carismático se ha generado una atención especial que ha conducido abiertamente a errores de interpretación.

La trayectoria política de Weber fue uno de los puntos más controvertidos para los estudiosos posteriores, entre los que lo identifican como un antecesor del nazismo hasta los que lo ven como un liberal progresista. ¿Si tuviera qué caracterizarlos políticamente, cuál sería su parecer? ¿Hay más de un Weber en términos políticos o los analistas han caído en llanas distorsiones?

Como antecesor del nazismo no lo veo en absoluto, no hay ningún fundamento para mantenerlo. Si por liberal progresista se entiende al defensor de una democracia de partidos, en la que los ciudadanos pueden elegir a sus gobernantes y pueden exigirles cuenta y cambiarlos, puede ser una definición apropiada. En los meses de la Revolución alemana, tras el final de la Primera Guerra Mundial, Weber sí fue un decidido crítico de los revolucionarios, a los que veía como “políticos de convicciones”, inadecuados por tanto para la política porque no toman en cuenta la realidad ni las consecuencias de las acciones políticas, En su intento de entrar en la política, en las elecciones generales para la Asamblea Constituyente, estuvo con el partido DDP (Partido Demócrata Alemán), que fue un partido de centro, creado después del final de la Guerra, y colaboró con el Gobierno de Berlín en las semanas anteriores a las elecciones generales en la redacción de los primeros borradores de Constitución. Antes de ingresar en el Partido Demócrata, había tenido dos intervenciones en el Partido Progresista, en las que habla de “nosotros los radicales” (noviembre de 1918) cuando están discutiendo sobre la nueva situación de Alemania. Creo que “liberalismo democrático” podría ser otra etiqueta para Max Weber.

Yendo a otro tema, también ha traducido y editado a autores como Eduard Bernstein y Ferdinand Lassalle, figuras centrales del pensamiento socialdemócrata y reformista. Frente a la situación actual que vive el socialismo democrático: ¿Cuáles fueron sus principales aportes? ¿Pueden ser útiles hoy en día para renovar las bases de un progresismo en crisis?

El socialismo de estos autores, especialmente el de Bernstein que desarrolló una obra más amplia dentro del partido socialista, mientras que Lassalle murió muy joven, aunque había sido el fundador del primer partido socialista alemán (el ADAV), es un socialismo que se entiende a sí mismo como continuación y profundización del liberalismo y que entiende que, desde el Estado, se puede hacer mucho para avanzar hacia la sociedad socialista.

Lo que ahora ha ocurrido con el Estado de bienestar es que su triunfo, en donde se han recogido las herencias del liberalismo y del socialismo, ha generado al mismo sus dificultades para su propio mantenimiento y se encuentra ante nuevos retos antes no previstos, como es el sostenimiento del medio ambiente y la aceptación de los movimientos migratorios hacia países democráticos y con bienestar económico. No parece, sin embargo, que se puedan hacer frente a estos nuevos retos sin mantener el Estado social de derecho.

En el último tiempo se han hecho muchos paralelismos entre el actual reflujo de las derechas y el período de entreguerras, en particular en Alemania. ¿Te parece productiva esta comparación entre la actualidad y la experiencia de la república de Weimar o el anacronismo es un riesgo innecesario? ¿La relectura de autores como Weber, Heller o Schmitt gana otro sentido en base a esas posibles similitudes?

La experiencia de Weimar en Alemania sigue siendo un laboratorio para el análisis.  Y por eso  se podrían también añadir a esos autores Kelsen y Smend. Ahora los populismos de derecha e izquierda pueden estar apuntando a nuevas formas de totalitarismo, que fue lo que se produjo en esos años de entreguerras –en torno a la raza, la clase o la nación–. Estamos avisados, por tanto, aunque parece que los populismos tienen especial interés en ocultar los riesgos de totalitarismo y destrucción de la democracia.

QUIÉN ES

Joaquín Abellán García es Licenciado en Filosofía y Letras, Derecho, y Ciencia Política, así como Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. También se desempeña como catedrático de Ciencia Política en la misma casa de estudios. Dedicado básicamente a la historia de los conceptos políticos, ha realizado numerosas ediciones de textos clásicos de teoría política, en especial a Max Weber. Sobre este último ha publicado Poder y Política en Max Weber (2004) y ha editado Conceptos sociológicos fundamentales (2006), La Ética protestante y el «espíritu» capitalista (2006), La política como profesión (2007), Sociología del poder (2009), Escritos políticos (2008), La ciencia como profesión (2009), La «objetividad» del conocimiento en la ciencia social y en la política social (2009), y El sentido de «no hacer juicios de valor» en la Sociología y la Economía (2011).

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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