Guillermo Folguera: “La forma de aprobar agroquímicos en la Argentina es creer en la ética de Bayer, de Syngenta o de Monsanto”

El biólogo y filósofo Guillermo Folguera analiza el diálogo entre filosofía, ciencias y comunidad, en el desafío común sobre el ambiente. “Gran parte del problema que tenemos”, asegura, “es que las voces de las comunidades no llegan nunca a oírse en los procesos de toma de decisiones”.

Los desafíos del ambiente, la filosofía de la biología, y la problemática de los extractivismos en un contexto latinoamericano, fueron los temas de una conferencia que brindó, en el marco del Día de la Filosofía en Concepción del Uruguay, el científico Guillermo Folguera. Doctor en Ciencias Biológicas y licenciado en Filosofía, ambas carreras realizadas en la UBA, es investigador del CONICET y dirige un proyecto interdisciplinario en esa universidad donde se aborda la relación entre biología, tecnología, sociedad y naturaleza.

En una charla que se extendió durante casi una hora, Folguera presentó la problemática a partir de tres casos concretos que viene estudiando su grupo. Propone abordar lo ambiental desde perspectivas que usualmente no se tienen en consideración, por ejemplo, mostrando que las voces científicas no son homogéneas (por eso “ciencias” y no “ciencia), que la forma en que se caracteriza un hecho o un proceso es decisiva para formular políticas públicas, que la comunidad en territorio no puede seguir siendo excluida de la toma de decisiones, que lo ambiental es siempre socioambiental y por eso no puede ser comprendido sin abordar lo político, y sin discutir el Estado.

“Todo lo que hacemos en materia de pensamiento tiene sus sesgos. Uno de esos sesgos es que hablamos en singular: hablamos de “la ciencia”, de “el científico”. Al contrario, yo hago el esfuerzo de hablar en plural, porque en verdad no tenemos “ciencia”: tenemos “ciencias”. Es más: tenemos ciencias que se contradicen entre sí. Dentro de la comunidad científica todo el tiempo estamos discutiendo, entre especializaciones, entre campos de saber, e incluso entre quienes estudian un mismo problema. La idea de que cuando “habla el científico todos los demás se callan”, es muy seria, no solo en términos de resolución de problemas, sino también de calidad de la democracia: gran parte del problema que tenemos en la actualidad es que las voces de las comunidades en territorio no llegan nunca a oírse en los procesos de toma de decisiones”.

“Gran parte del problema que tenemos es que las voces de las comunidades no llegan nunca a oírse en los procesos de toma de decisiones”.

DE GRETA Y LO LOCAL

“Antes de las elecciones, antes de que estallaran Chile y Bolivia, allá lejos en el tiempo, aparecía una niña sueca, Greta (Thunberg) hablando en las Naciones Unidas sobre los problemas ambientales. A muchos nos conmocionó, lo levantaron los grandes medios de comunicación y esa alerta ambiental fue como un terremoto… El caso de Greta, sin que esto involucre en lo más mínimo una critica hacia ella –porque cada uno habla desde un lugar particular– implica una pregunta cuya respuesta no es obvia: si los problemas ambientales son globales o locales.

Aparece así la etiqueta de calentamiento global y también la pregunta de qué nos pasa a nosotros aquí y ahora, cómo estamos viviendo. Porque a lo largo y a lo ancho del territorio argentino los problemas ambientales se multiplican. Y otra aclaración: hay que hablar de problemas socioambientales, porque no se trata solo de la naturaleza, sino que se trata de cómo vivimos. Y lo socioambiental no se entiende sino en diálogo estricto con lo político, no lo partidario, sino la pregunta acerca de cómo queremos vivir, cómo elegimos organizarnos, nacer, vivir, gastar nuestro tiempo, y morir”.

TRES CASOS

Los casos que propuso analizar fueron tres: “el primero, es que hay menos abejas en la Argentina. El segundo tiene que ver con el modelo agroindustrial, del cual Entre Ríos es uno de los ejemplos más claros (en varios sentidos). El tercero tiene que ver con la minería, el caso de la Barrick Gold y el derrame de cianuro”.

La Argentina es el segundo productor mundial de miel, después de China, explicó el investigador. “Y es el cuarto exportador, es decir que también consume miel”. La importancia económica y ecológica de las abejas, afirmó, es invaluable: son los principales animales vinculados con la polinización. Y tanto Europa como los Estados Unidos reconocen que tienen menos abejas que antes. En América Latina está en discusión. En la Argentina, el Estado dice que no hay ningún problema con las abejas. Pero la investigación reveló otra cosa: los apicultores nucleados en la Sociedad Argentina de Apicultores (SADA) dicen que las abejas mueren por dos causas: la principal, el modelo agroindustrial: al matar los yuyos hay mucho menos flores, y por ende, las abejas mueren de hambre. Según la SADA, en los últimos cinco años la Argentina perdió el 30% de las abejas, “lo cual es una catástrofe, un apocalipsis”.

Folguera toma este caso para evidenciar cómo las ciencias abordan de manera diferente un problema: “al menos dos áreas, dos ciencias están hablando del tema: los toxicólogos se centran en el estudio de los químicos, y los biólogos en el comportamiento de las abejas. Son dos áreas del saber, miden diferentes cosas. Y esas diferencias, en término de reconocimiento de riesgos, producen un abismo. Por ejemplo, el toxicólogo estudiará el nivel de toxicidad que se requiere para que muera una abeja. El biólogo estudiará el nivel de toxicidad no para que muera, sino para que le resulte imposible comunicar a las demás abejas dónde hay una flor. De modo que el segundo campo de estudio reconoce riesgos más finos. ¿Quiénes están hablando en relación con las políticas públicas respectivas en la Argentina? Los toxicólogos. Eso quiere decir que el reconocimiento de riesgos es bajo”.

“Lo socioambiental no se entiende sino en diálogo estricto con lo político, con la pregunta acerca de cómo queremos vivir, de cómo elegimos organizarnos”.

Otro aspecto es el de las empresas, en este caso Bayer, que por un lado produce un insecticida que Europa prohibió, que está en el grupo de los neonicotinoides; pero por el otro financia, y muy bien, investigaciones científicas. Y aquí Folguera se pregunta: ¿qué hacemos con una investigación científica que demuestra que los neonicotinoides no causan daño a las abejas y que está financiada por Bayer? Un tercer costado es el Estado: su organismo de control, que es SENASA. La reglamentación del permiso a los agroquímicos es de 1999, pleno proceso de expansión del neoliberalismo en la Argentina. “Desde entonces nunca se cambió”, advierte el investigador. Y luego describe cómo son en la práctica real, los controles para aprobar un agroquímico en la Argentina: la empresa que pide la aprobación presenta unos papeles y el SENASA, mira los papeles y le cree a la empresa. “Le dije a la persona responsable de la sección Agroquímicos del SENASA: ‘Pero Bayer está involucrada como empresa, tiene intereses directos… ¿Ustedes le creen lo que pone en los informes?’. Me respondió dos cosas: ‘Intereses tienen todos’. Y ‘nosotros confiamos en la ética empresarial de Bayer’. El SENASA cree en la ética de Bayer, de Syngenta, de Monsanto”.

A partir de esa anécdota, Folguera enfatiza: “Ojalá el problema fuera un gobierno. Pasaron un montón de gobiernos desde 1999. Y esto no se modificó”.

VENDER DESEOS

En su alocución Folguera hace una pausa para hablar de la historia de la publicidad. Asegura que en ella “hay un quiebre a partir de un señor que se llamó Edward Bernays, quien modificó nuestras vidas de manera más impactante que cualquier gobernante. Bernays, que además de publicista y periodista, era sobrino de Sigmund Freud, toma una enseñanza de él: trabajar no en base a lo que el producto hace, sino lograr que las personas crean que si compran nuestro producto, estamos cambiando su realidad. Trabajar sobre los deseos inconscientes de las personas”.

Ese lenguaje publicitario nos vende un mundo simplificado, que no tiene riesgos y que nos promete cumplir deseos. Esta misma estrategia se usó para instalar en los 90 el arroz transgénico a nivel mundial. Folguera muestra la portada de la revista Time promocionando el arroz dorado: “Este arroz podría salvar un millón de niños cada año”. En letra más chica se aclara que “Las personas que protestan creen (usa el verbo “believe”) que tales alimentos genéticamente modificados podrían ser malos para nosotros”.

O un aviso de Monsanto, hablando del desafío del cambio climático. “Monsanto tiene la enorme capacidad de que con cada problema hace un negocio. Y fíjense otra vez las tres características: se simplifica, se omiten riesgos, se promete. Lo mismo ocurre con Bioceres, “la soja que necesitás”. Se producen diferentes tipos de soja. Ya estamos viendo cómo se avanza no solo con soja para sequía sino también con soja resistente a inundaciones. Lo anunció hace poco Raquel Chan, una investigadora argentina muy prestigiosa, investigadora principal de Conicet. Parece un chiste de Capusotto, pero lo dijo en serio. Habiendo tanto territorio inundado, trabajemos con soja resistente al agua. Soja camalote… ¿Lo ven, verdad? Simplificación epistémica, exacerbación de promesas, omisión de riesgos…”

LOS GLACIARES

El tercer caso que aborda muestra cómo las problemáticas ambientales trascienden a los gobiernos locales. La ley de glaciares en Argentina tuvo vaivenes: primero se implementó, luego la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la vetó, después su gobierno llegó a un acuerdo con los autores de la ley, terminó reglamentándose y se encargó a un instituto de Conicet, el IANIGLA, realizar el inventario de glaciares. Se dijo que “glaciar que se inventaria, glaciar que se salva”, con lo cual era importante ese trabajo, para determinar qué glaciares era necesario proteger.

“También en este caso”, cuenta Folguera, “dialogamos con todos los actores para entender. La comunidad científica, las comunidades en territorio y los funcionarios de turno”. Quizás muchos recuerden el derrame de millones de toneladas de agua cianurada que produjo la Barrick Gold en 2016 en su mina Veladero. El primer aspecto que destaca Folguera fue el modo en que la Asamblea de Jáchal –una comunidad muy cerca de la mina Veladero de la Barrick Gold– se enteró de lo ocurrido, que muestra una precariedad increíble: un mensaje interno de un operario de la mina que les advirtió “no tomen agua”.

Salieron los funcionarios a desmentir, el gobernador de San Juan, José Luis Gioja negó todo, después reconocieron pero minimizando la cifra, y tanto la empresa como el Estado terminaron reconociendo, pero bastante después, que el derrame era cien veces mayor a lo que habían admitido originalmente. Murieron animales, las comunidades no podían tomar agua, nunca hubo un estudio oficial. La Barrick Gold la primera medida que toma es echar a los jachaleros que trabajaban en la fábrica, para que las comunidades no pudieran tener contacto directo con la información de la empresa.

“El SENASA le cree a las empresas. La forma de aprobar agroquímicos es creer en la ética empresarial. En la ética de Bayer, de Syngenta o de Monsanto”.

Y aquí nuevamente se evidencia cómo la caracterización que se hace de un determinado aspecto de la realidad termina siendo central para las políticas públicas que se adoptan. Si el problema eran los glaciares, la forma en que se define qué es un glaciar pasa a ser muy relevante. Por delirante que parezca, la solución de la Barrick Gold fue “mudar” los glaciares. Por eso si alguien dice “pero es una discusión de expertos, a qué le llaman glaciar…”. No. No es un tema menor. Porque si se cree que un glaciar es un montón de hielo, se puede aceptar que la Barrick Gold pueda “mudar un glaciar”. “Parece otro chiste de Capusotto”, dice Folguera, pero muestra un folleto donde la Barrick Gold explicaba cómo iban a mudar un glaciar. “Si uno entiende que un glaciar es un montón de cubitos de hielo, esto tiene sentido. Pero si uno entiende que un glaciar es un ecosistema, esto no tiene ningún sentido. Porque un ecosistema no se muda. Discutir qué entendemos por algo, es clave”, enfatiza.

EL LUGAR DE LA CIENCIA

Por todo esto, afirma el investigador, es clave entender (unos y otros) que los científicos no pueden ser las únicas voces que se escuchen. “Y esto no quiere decir que los científicos estén todos comprados. No. Esto quiere decir que los científicos tienen su forma de aproximarse al mundo, y que no solo no es la única forma, sino que a veces, muchas veces ni siquiera están de acuerdo al interior de la propia comunidad científica: si el glaciar es un ecosistema no se lo puede mudar.”

Luego especifica: “A veces los propios colegas me cuestionan porque interpretan que lo que digo es “anti-ciencia”. Pero lo que quiero es una ciencia que cuando se dirige a las políticas públicas, se cuestione qué tipo de aportes puede y debe hacer. Y que privilegie ese tipo de aportes. Cuando fuimos críticos con el IANIGLA porque en el inventario habían excluido los glaciares menores (los que ocupaban menos de una hectárea) nos dijeron que era el criterio que usaban en Francia y Suiza. Pero nosotros tenemos que discutir San Juan, no Suiza. Porque ¿qué pasa cuando ese instituto, que pertenece al Conicet, excluye a la mayor parte de los glaciares de San Juan?”

“Ojalá el problema fuera un gobierno. La reglamentación del permiso a los agroquímicos es de 1999, desde entonces nunca se cambió. Pasaron un montón de gobiernos desde entonces”.

FILÓSOFO DE SYNGENTA

Folguera concluye reclamando el lugar que debe ocupar la filosofía en esta discusión: “A mí me encanta leer a Platón y Aristóteles, no digo que haya que dejar de leer a Hegel o a Tomas de Aquino. Lo que digo es que se requieren filósofos y filósofas discutiendo estos temas. Y lo digo incluso con nombres propios: a mí me encanta el trabajo que hace Darío Zseta (Sztajnszrajber). Pero ver después que no le tiemble el pulso cuando va a disertar a un encuentro organizado por Syngenta, me impresiona. Lo digo en serio. Porque después me habla de ética”. 

Finalmente, no deja de marcar otro aspecto controvertido: “El modo en que las empresas generan subvenciones directas a universidades o grupos de investigación para que estudien determinadas temáticas en función de sus intereses. Siempre los científicos están financiados por alguien. Y eso no significa que estén comprados (aunque por supuesto hay casos así) sino algo más básico: los científicos investigan de la plata que le están poniendo en el bolsillo. Y esa plata no es poca, cuando se dice que la ciencia y la tecnología en la Argentina no tienen plata, se miente. Nunca hubo tanta plata como en la actualidad. Lo que ocurre es que va hacia algunos lados y no hacia otros. Por poner dos ejemplos: grupos que investigan biotecnología, o grupos que investigan neurociencias con orientación a uso de psicofármacos, tienen mucho dinero.

Y esa es la gran pregunta: ¿Qué hacemos con quienes usan al Estado como forma de recibir subsidios y de proliferar negocios? Tenemos que discutir el Estado argentino, y lo digo con conciencia de lo utópico que suena plantear esto. La Asamblea de Jáchal tuvo que traer a un glaciólogo extranjero, a Robert Moran, doctor en Ciencias Geológicas de la Universidad de Texas, para que se reconociera que las aguas de Jáchal estaban contaminadas. ¡Hubo que hacer una vaquita para traer a un experto de los Estados Unidos para que les creyeran que las tierras donde están enterrados sus abuelos están contaminados! Eso es una derrota de nuestra sociedad, y de nuestra comunidad científica. Por eso es clave el modo en que se vertebran las empresas, el Estado y los científicos”.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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