Clorpirifós, el insecticida prohibido

El clorpirifós es un insecticida organofosforado altamente tóxico desarrollado en los 60 por el gigante Dow Chemical, que se utiliza en una gran variedad de cultivos diferentes en unos 100 países.

Pese a ser uno de los productos más vendidos para el control de plagas, hasta la fecha se ha mantenido lejos del foco mediático y son muy pocos los que lo conocen.

Sin embargo, está presente en muchos de los alimentos que ingerimos, con lo que se ha convertido en una amenaza también para la especie humana, como ocurre con otros pesticidas que afectan a otros organismos que no son el objetivo de los tratamientos.

El pesticida clorpirifós mata a los insectos por contacto, atacando su sistema nervioso y se aplica para el control de numerosas plagas –insectos y ácaros–, principalmente en cultivos de soja, maíz, trigo y girasol.

Como indican los datos oficiales, fue el insecticida más usado en 2017 en argentina: sólo ese año se importaron más de 278 millones de kilos de plaguicidas por los que se pagaron algo más de 1611 millones de dólares.

El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) indica que el clorpirifós es «altamente tóxico» para las abejas y «muy tóxico» para aves, peces y organismos acuáticos. Lo considera de clase II, es decir, un producto «moderadamente peligroso y nocivo», aunque existen otras clasificaciones que lo señalan como altamente dañino. En 2009, el por entonces Ministerio de Salud dispuso su prohibición para uso doméstico, aunque lo habilitó en el ámbito rural. Es de venta libre.

El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) indica que el clorpirifós es «altamente tóxico» para las abejas y «muy tóxico» para aves, peces y organismos acuáticos.

En Estados Unidos, varios estudios han relacionado la exposición prenatal al clorpirifós con disminución de peso al nacer, bajo coeficiente intelectual, déficit de atención e hiperactividad y otros problemas de desarrollo en niños. Pero en 2017, ya bajo la administración de Trump, la Agencia de Protección Ambiental (EPA: Environmental Protection Agency), ignoró las conclusiones de sus científicos y rechazó una propuesta presentada durante la administración Obama para prohibir su uso en campos y huertos.

Aunque algunos estados decidieron enfrentar el problema, por lo que Hawaii fue el primer estado en aprobar la prohibición total de su uso a fines de 2018. California acaba de aprobar lo mismo. Oregon, Nueva York y Connecticut tratan de seguir los mismos pasos.

En Europa, el pasado mes de agosto, la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA, por sus siglas en inglés), confirmó en su última evaluación del plaguicida sus efectos genotóxicos y neurológicos en el desarrollo de los niños. Por lo que todo apunta a su prohibición a partir de 2020, que es cuando vence la actual autorización para su uso.

Este veneno fue autorizado por primera vez en la Unión Europea en el 2006, aunque ocho Estados -Alemania, Irlanda, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Eslovenia, Letonia y Lituania- ya lo han prohibido.

VENENO EN LA MESA

Diversos estudios han mostrado en los últimos años que los residuos y metabolitos de clorpirifós están presentes en muchos productos de alimentación.

Según un análisis publicado el pasado mes de junio por la organización Pesticide Action Network , el clorpirifós está entre los 15 pesticidas más abundantes en los alimentos, y sus residuos se han detectado sobre todo en los cítricos. En concreto, el informe revela que el clorpirifós se encuentra en uno de cada cuatro pomelos y limones, así como en un tercio de las naranjas y mandarinas.

“Efectivamente, el clorpirifós está categorizado como altamente peligroso por la OMS y la FAO. Aquí se usa muchísimo porque es un plaguicida barato. De hecho, a nivel doméstico está en hormiguicidas y en correas para perros. Desde 2015 se intenta incluirlo en el Convenio de Estocolmo, porque reviste las características de contaminante persistente, pues tarda mucho tiempo en degradarse, se traslada grandes distancias y puede bioacumularse, pero todavía no se ha podido lograr”, explica Javier Souza Casadinho, ingeniero agrónomo y presidente de la Red de Acción en Plaguicidas de América Latina.

El clorpirifós está entre los 15 pesticidas más abundantes en los alimentos, y sus residuos se han detectado sobre todo en los cítricos.

De acuerdo al informe «El plato fumigado», realizado por el colectivo Naturaleza de Derechos con datos del Senasa, entre 2011 y 2016 se detectaron residuos de clorpirifós (en total, en la Argentina son 118 los formulados de clorpirifós autorizados) en 33 alimentos, entre ellos, la acelga, el tomate, la lechuga, el apio y la rúcula.

«No puede ser que estemos comiendo constantemente residuos de agrotóxicos. Hay que cambiar la matriz productiva. Gastamos millones en tratamientos oncológicos porque los pools de siembra aplican lo que quieren sin control», dispara Melina Álvarez, doctora en Biología y exbecaria del Conicet.

Entonces, resta hacerse una sola pregunta, ¿Por qué no se ha prohibido antes si todo el mundo sabía que era tan nocivo?, lamentablemente la respuesta a esa pregunta no es simple ya que en el mundo de la producción de alimentos ya no se producen alimentos, sino ganancias y ahí es donde comienza el problema.

Es urgente que comencemos a replantearnos de que manera avanzamos hacia formas de producción de alimentos más amigables con el ambiente y la salud de las personas y no seguir aceptando recetas que van contra nuestros propios derechos y que benefician solo a las grandes empresas de biotecnología que controlan el mercado agroalimentario mundial.

En base a La Vanguardia / El Nuevo Herald / Tiempo Argentino / EFE

Mario Rovina

Mario Rovina

Guardaparque egresado de la Universidad Nacional de Misiones. Fotografo de aves y especialista en ambiente. Integra la Cooperativa de Comunicadores El Miércoles.

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