Bolivia duele

Evo Morales no es un santo, ni tampoco un demonio. Es un hombre de carne y hueso que encarnó ilusiones y fracasos y cuyo balance de resultados deberán realizar principalmente sus compatriotas. Lo que llena de dolor es el actual desenlace de su liderazgo institucional. La historia dará su versión (que nunca es unánime, claro). Pero es lícito intentar un balance actual. Y al momento de hacerlo, al menos procurar honestidad ideológica, y opinar en base a datos.

Los sucesos desatados en el país hermano llenan de dolor y tristeza a quienes durante estos años seguimos el proceso de transformación de ese país con esperanza e ilusión, pero también con desencanto. El triste desenlace para el primer Presidente aborigen (sin soslayar sus graves responsabilidades en ese final anunciado) no es bajo ningún concepto el que merecía quien contribuyó como nadie a cambiar la historia de su país, para bien o para mal (ver datos abajo), en un singular proceso de democratización capitalista al que, paradójicamente, tanto sus enemigos más dogmáticos como sus defensores más acríticos coinciden en calificar como “socialista”, aunque reciba duras críticas también por izquierda.

Por supuesto, proceso lleno de claroscuros. Porque la historia no es un combate entre santos y demonios.

Y es que Evo Morales no es un santo, ni tampoco un demonio. Es un hombre de carne y hueso que encarnó ilusiones y fracasos y cuyo balance de resultados deberán realizar principalmente sus compatriotas. Lo que llena de dolor es el actual desenlace de su liderazgo institucional. La historia dará su versión (que nunca es unánime, claro). Pero es lícito intentar un balance actual. Y al momento de hacerlo, al menos procurar honestidad ideológica, y opinar en base a datos.

Para quien, como yo, adhiere desde hace mucho a ideas igualitarias, es imposible no sentir una fortísima corriente de simpatía con el primer Presidente aborigen de la querida, maltratada, desigual y despreciada república hermana de Bolivia.

SIMPATÍA INEVITABLE

Para quien, como yo, adhiere desde hace mucho a ideas igualitarias, es imposible no sentir una fortísima corriente de simpatía con el primer Presidente aborigen de la querida, maltratada, desigual y despreciada república hermana de Bolivia. Esa simpatía se remonta a lo más profundo de la historia: Bolivia nació de la misma placenta que nuestras luchas. Como es sabido, lo que hoy es Bolivia (el “Alto Perú”) firmó la declaración de la independencia de estas provincias en 1816. Algunos de nuestros revolucionarios más lúcidos (Monteagudo, Moreno y Castelli) estudiaron en Chuquisaca (actual Bolivia) y desde allí proyectaron sus sueños: “Sabed que el gobierno de donde procedo sólo aspira a restituir a los pueblos su libertad civil y que vosotros bajo su protección viviréis libres, y gozaréis en paz juntamente con nosotros esos derechos originarios que nos usurpó la fuerza”, arengaba Castelli a los “indios del Perú y el Alto Perú” en 1811.

De allí venimos. De cinco siglos de expoliación de esos pueblos, simbolizados en el ahuecamiento del cerro de Potosí, ese “Cerro Rico” (que hasta aparece en el escudo boliviano). Ese cerro de donde salió el 80 por ciento de toda la plata del mundo, que aumentó la riqueza de las clases dominantes europeas, financió la construcción de capitales e imperios y dejó solo miseria y dolor en ese país.

NÚMEROS DUROS

¿Cómo no entusiasmarse ante la esperanza que simbolizaba el proyecto encabezado por Evo Morales, ese líder indígena surgido de los movimientos sociales, que al llegar a Presidente de la Nación solo había ido dos veces al cine? ¿Cómo no deslumbrarse ante el proceso que lideró, al revisar los datos principales de sus gestiones?

Repasemos algunos: entre 2006 y 2018, la pobreza descendió más de 25 puntos (cayó de casi el 60% al 34%. Se podrá decir que sigue siendo una cifra alta. Sin dudas: es la que exhibe la Argentina después de la década supuestamente “progresista” y tras el paso del macrismo).

La inflación anual este año es menor al 2%. La desigualdad se redujo un 25 %. En los últimos cinco años el crecimiento promedio fue de casi 5%. Según el FMI, en 2019 Bolivia es el país con mayor crecimiento en toda América Latina: casi 4%.

El salario mínimo, en dólares, supera los 300 dólares (50 más que en la Argentina). Es el país de América del Sur con menos desocupación (4%). Hasta hace poco, el Banco Mundial ponía a Bolivia como ejemplo a seguir para una administración eficaz y sostenible.

En 2006 la esperanza de vida en Bolivia era de 59 años y el analfabetismo de 23%. En 2019 la esperanza de vida es de 72 años y el analfabetismo cayó al 2,7%.

Mientras los neoliberales de la región ponían como modelo a Chile, muchos de los progresistas, de la izquierda y del “populismo” del Sur del continente, había elegido a Bolivia, frente al indefendible desastre de Venezuela.

Evo Morales había bancado esos avances sociales con el flujo de la nacionalización de los hidrocarburos en 2006, que marcó el crecimiento económico, político y social de Bolivia.

Mientras los neoliberales de la región ponían como modelo a Chile, muchos de los progresistas, de la izquierda y del “populismo” del Sur del continente, había elegido a Bolivia, frente al indefendible desastre de Venezuela.

DEMOCRATIZACIÓN CAPITALISTA

¿Qué pasó con el modelo a seguir? Es difícil entenderlo. Dicen que “desde lejos no se ve”, pero también es cierto que nada resiste si es visto demasiado cerca. Evo, que en algún momento conquistó a una mayoría inédita de la sociedad boliviana, incluso rompiendo la medialuna secesionista del oriente (en donde se impuso en las elecciones de 2014, triunfando en ocho de los nueve distritos del país), fue perdiendo parte importante de esos apoyos: de aquel 61% de 2014, pasó primero al rechazo a su pretensión reeleccionista (rechazo que ignoró) y ahora a un 46% según el polémico escrutinio de octubre.

Aunque Evo y su partido hayan hablado hasta el cansancio de “socialismo” (al igual que, paradojalmente, muchos de sus enemigos más encarnizados), en Bolivia lo que hubo fue un proceso de democratización capitalista como ese país jamás había tenido.

Democratización, porque en un país que era oficialmente “blanco” y “monocolor” pese a que la abrumadora mayoría de su población es indígena (62%), perteneciente a decenas de etnias y nacionalidades diferentes, no se impuso una nueva identidad, sino que se reconoció el carácter “plurinacional” del Estado. Se oficializaron nada menos que treinta y cuatro lenguas indígenas. Se incorporó a la vida pública a la mayoría de la población boliviana.

Y capitalista, porque se hizo respetando las reglas del sistema mundial, esa forma de concebir la producción y distribución de los bienes que rige en todo el planeta y que (por ahora al menos) se conoce como «capitalismo». La nacionalización de los hidrocarburos se hizo por ley, con todos los elementos que se exige en el mundo actual. Bolivia no abolió el mercado ni la propiedad privada ni la moneda ni las relaciones laborales burguesas ni rurales. No fomentó otra forma de producción agrícola, sino que por el contrario apostó con fuerza a la llamada “agroindustria”. Sí, esa que desmonta y líquida los bosques nativos.

Yo propongo una analogía, discutible como cualquier analogía (porque si una analogía fuera exacta, precisa, término a término, sería innecesaria: los elementos a comparar serían idénticos e indistinguibles).

EL MANDELA BOLIVIANO

¿Cuál es la analogía que propongo? Que fue un proceso similar al de Sudáfrica liderado por Nelson Mandela. Tanto en sus virtudes como en sus carencias. El desafío en ambos casos fue dejar atrás la más abierta exclusión y negación del otro. Nada menos que crear una nueva república: en un caso un Estado «plurinacional», en el otro «la Nación arcoiris».

En ambos se aceptaron ciertas reglas de juego generales, que el mundo actual no pone en debate: la economía de mercado, los organismos internacionales en general, y en el caso de Bolivia, con elogios públicos del Banco Mundial y con números que envidian el resto de los países de la región (en el indicador que se quiera mirar).

Y además, muy adaptado a los tiempos que corren: apostando, por ejemplo, a un desarrollo científico y tecnológico, inédito para Bolivia (satélites, investigación nuclear, software, autos de litio, plantas de energía solar, etcétera) pero donde la mayor inversión se vinculó “a profundizar el modelo desarrollista basado en la expansión de las industrias extractivas, desde la explotación del litio, la megaminería en asociación con corporaciones transnacionales y el agronegocio, hasta la construcción de grandes represas hidroeléctricas y carreteras”, en palabras de Maristella Svampa.

Esas políticas recibieron acusaciones encendidas desde sectores más radicales (ambientalistas, indígenas, e incluso de la izquierda tradicional): las consideraron neoextractivistas, neodesarrollistas, o abiertamente burguesas, parte de lo que se denominó “el Consenso de los Commodities”. Para ciertos grupos de izquierda boliviana, Evo Morales es “un títere de un grupo de poder” y García Linera “un traidor”.

Me adelanto a alguna objeción: la aceptación de esas reglas generales (nacionales o internacionales) está en entredicho. Es cierto que el gobierno de Evo Morales se empecinó en abrir camino a una reelección que había sido rechazada por la población boliviana en un referéndum y que, pese a eso, el gobierno boliviano forzó una interpretación antojadiza de la Constitución para habilitarla.

Y el papelón del recuento electoral (confirmado ahora con las observaciones de la OEA, que no habló de fraude pero sí enumeró una serie de irregularidades) va más allá de la discusión sobre la funcionalidad de ese organismo: si uno no quiere darle excusas al “enemigo” (real o supuesto) lo que debe hacer es respetar las reglas, y no intentar un fraude “bien hecho”. Tal cosa no existe, como sabe cualquier estudiante de ciencia política (puede haber sistemas electorales retorcidos, como el de los EEUU, que permiten que un Trump gane con un total de votos menor al de su contrincante, pero eso es una cosa, y otra bien distinta es cortar la luz con un resultado y que cuando vuelve el suministro eléctrico los números sean otros).

El racismo y el clasismo boliviano claramente no fueron eliminados en estos años, y es difícil saber cuánto tiempo se requiere para extirpar esas lacras de la mente humana.

QUÉ PASÓ

Bueno, pero entonces ¿qué pasó? Los amantes de las explicaciones simplistas dirán que el brazo del imperialismo recurrió a la sutileza del “golpe blando”, le echará la culpa a los medios e incluso a la ultraizquierda. El racismo y el clasismo boliviano claramente no fueron eliminados en estos años, y es difícil saber cuánto tiempo se requiere para extirpar esas lacras de la mente humana.

La triste imagen de policías de rasgos indígenas recortando de sus uniformes la whipala (bandera multicolor originaria) y escupiéndola o quemándola no puede ser más emblemática de lo que logran los mecanismos tradicionales de dominio. (De paso: se dice “wipala”, y no “wifala”, como si fuera una palabra inglesa! Escuchar a tantos repentinos especialistas en Bolivia que pronuncian “wifala” en la tele o la radio no por irrelevante resulta menos patético).

Pero no todo se explica por clasismo o racismo. La COB, la central obrera boliviana, hasta hace poco una de las principales aliadas del MAS, le pidió la renuncia a Evo “para pacificar al país” antes de que lo “sugirieran” las Fuerzas Armadas y la Policía.

(Y otra vez de paso: discutir si eso es o no un golpe o una insurrección, cuando un Presidente debe pedir asilo en otro país, y en medio de un panorama que preanuncia una tragedia para un pueblo hermano, es una muestra de la increíble capacidad de ciertos sectores para sustraerse con trivialidades de las cuestiones verdaderamente relevantes. Y después nos extrañamos del rechazo ciudadano a esos mismos sectores).

¿ERRORES O CALAMIDADES?

Los defensores acríticos de Evo Morales evitan discutir esas cuestiones irritantes, las niegan como si de simples opiniones se tratara o hacen caso omiso a su existencia, casi de manera religiosa.

Pero los errores, los excesos, por graves que sean (y algunos de los que mencionamos sin duda lo son: si los gobiernos de derecha recurren a ese tipo de artificios, no dudamos en poner el grito en el cielo), no logran explicar el odio étnico, lo que están haciendo los sectores fascistas desatados en su festival de violencia (incendio de casas, ataque a jefes comunales, alentados por dirigentes nefastos como Camacho, uno de los líderes de la reacción fascista boliviana).

El triste final de la década larga de Evo Morales (de nuevo la analogía) es como imaginar un Nelson Mandela jaqueado por un movimiento restaurador «blanco». (A Mandela lo acecharon otras imágenes, no obstante: la corrupción en las cuentas del movimiento, que involucró a su propia esposa Winnie, o los números poco felices de las administraciones posteriores: Sudáfrica es hasta hoy uno de los países más desiguales del mundo, según el Banco Mundial).

El alborozado festejo en las redes de dirigentes políticos, sociales, comunicacionales y empresariales, evidencian las peores emociones y sinrazones racistas, elitistas y exclusivistas. Porque todas las facetas discutibles, negativas y hasta injustificables que pueda haber tenido el primer presidente aborigen de Bolivia después de cinco siglos de barbarie organizada, son escasas para explicar (y mucho menos para justificar) el odio de clase, el odio étnico y el revanchismo de las distintas formas de la derecha de esta región toda.

Como a Lula, como a Allende, como a Arbenz o Lázaro Cárdenas, como a Perón incluso, parece que no lo odian por las cosas malas que hicieron, que en algunos cosas fueron muchas. Esa es apenas la excusa. Lo odian por las que otros consideramos “buenas”. Por haberle hecho creer a indígenas o a pobres o a seres que consideran inferiores, destinados a obedecer calladamente, que pueden tener derecho a realidades que ni siquiera podían imaginar. Empezando por algo tan simbólico y esencial como oficializar su lengua y reconocer su nacionalidad.

Para algunos de esos mismos dirigentes, haber impulsado que Bolivia se transformara en Estado Plurinacional fue alentar odio étnico. E incorporar al mercado capitalista de trabajo y de consumo a una enorme masa de la población antes desfavorecida, es alentar el odio de clase. Extraña forma de ver la realidad. Al contrario de ese discurso, durante un buen tiempo los logros económicos de Evo –todos dentro del capitalismo, pese al discurso tan atractivo y poderoso del Suma Qamaña o Sumak Kawsay, el “buen vivir” andino– habían logrado seducir hasta a quienes poco antes querían secesión, como pasó en 2014, donde sacó el 61% de los votos (¡61 por ciento!) y ganó hasta en Santa Cruz.

Como a Lula, como a Allende, como a Arbenz o Lázaro Cárdenas, como a Perón incluso, parece que no lo odian por las cosas malas que hicieron, que en algunos cosas fueron muchas. Esa es apenas la excusa. Lo odian por las que otros consideramos “buenas”.

FLUJOS Y REFLUJOS

Circuló mucho por las redes un poderoso símbolo de lo que está pasando en Bolivia: el bolsonarito boliviano, Luis Camacho, ingresó a la Casa de Gobierno y se fotografió reemplazando la wiphala por la Biblia. La imagen ha sido vista como el más claro emblema: una restauración supremacista blanca y cristiana tras la primavera indigenista de Evo.

Hay otro elemento, quizás mucho más poderoso, pero menos conocido. Al parecer la familia de Camacho tiene procesos millonarios contra el Estado Boliviano a raíz de que hasta 2006, su padre, José Luis Camacho era propietario de Sergas, la empresa que distribuía gas natural en esa ciudad. La restauración a la que aspira no sería precisamente espiritual.

Gramsci, en alguna parte, recordaba la idea de “corsi e ricorsi” de Giambattista Vico. La expresión italiana con la que aquel filósofo de la historia ilustraba su idea: la historia no avanza de forma lineal, empujada por una idea de progreso, sino que transcurre en forma de ciclos que parecen repetirse, y que implican siempre avances y retrocesos.

Quizás la década progresista recién está terminando ahora y se profundizan tiempos oscuros (para quienes creemos que la libertad y la igualdad son las metas, y no el crecimiento económico o fantasías así). Quizás la derrota de Macri no es el renacer sudamericano sino un episodio aislado (producto sobre todo del desastre macrista) y el ciclo conservador, en sus distintos matices, apenas está empezando. Pero quizás se habría evitado, al menos en Bolivia, si Evo y su círculo cercano no se hubieran encaprichado con la reelección, que fue (al menos en términos de respaldo electoral) el fin de su gobierno.

Ese poderoso símbolo que mencioné antes (los golpistas reemplazando la wiphala por la Biblia) resume una parte de la historia del querido y sufrido país hermano.

El otro, los intereses detrás del gesto, tal vez sinteticen cabalmente la parte restante.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

Sin Comentarios

No se permiten comentarios