Rolando García, el conocimiento y el esplendor de la universidad

Terminando el año en que se cumplen cien de su nacimiento, en un repaso por la vida y las ideas del científico y filósofo de la ciencia Rolando García -legendario decano de Exactas, impulsor de la creación del CONICET y epistemólogo pionero en temas ambientales- parece verse el rumbo que tuvo el país, con sus profundas crisis, sus grandes esplendores y, quizás, sus promesas incumplidas.

 “[…] Rolando García engaña a mucha gente: viaja con frecuencia a Estados Unidos de donde trae -merced a su camuflaje científico-democrático- abundantes dólares que las fundaciones Ford y Rockefeller le proporcionan con toda buena fe pero con evidente vocación suicida. Estos dólares, manejados con total libertad, se emplean, como primer objetivo, en consolidar la hegemonía comunista del Grupo Universitario que dirige Rolando García y luego marxistizar a la juventud argentina. Y ahora Rolando García acaba de regresar de Moscú y de inmediato, el día 5 de mayo de 1965, se apura a poner en práctica las órdenes recibidas; aprovecha el dolor del pueblo dominicano para la planear la demostración antinorteamericana (¡qué dirán las Fundaciones Ford y Rockefeller!) y sus posteriores desmanes. […] El Decano García acaba también de ordenar una semana de suspensión de trabajos prácticos para que sus activistas bolcheviques puedan seguir organizando el terror. Sirva esto de advertencia: en Moscú le han dicho que ya está cercano el día que pueda gritar: he sido, soy y seré marxista-leninista.”

“En esto consistía, señor Juez, la ‘heroica’ actitud policial: en vejar con insultos y palos a mujeres y hombres de paz, indefensos y desarmados. La historia juzgará a esa tropelía contra la cultura de nuestro pueblo”.


Corría el año 1965, aún era presidente Arturo Illia y un señor nacido en 1919, maestro, profesor normal y licenciado en ciencias fisicomatemáticas llamado Rolando García era el decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. La «Época de Oro» de la UBA estaba en pleno auge y Exactas era una de las facultades que lideraba ese esplendor: Rolando García era sin dudas un protagonista. Lo acompañaban también algunos gigantes: Manuel Sadosky, como vice, y Risieri Frondizi como rector de la UBA. Este último, responsable de las gestiones para que se llevara a cabo uno de los sueños de Rolando García: la construcción de la Ciudad Universitaria, un modelo de la universidad por venir, organizada por departamentos (sin cátedras eternas), con profesores-investigadores, cargos de dedicación exclusiva y una facultad de Exactas vinculada con la de Ingeniería. Se cumplió. Se creó Ciudad Universitaria, el pabellón de ‘Industrias’, la organización por departamentos. Un sueño que se logró y aún perdura, aunque no lograse imponerlo al resto de la UBA, como quería.

En 1959, llegaría Clementina, la primera computadora de Latinoamérica, gracias al trabajo de Sadosky y el apoyo decidido de García, y con ella la primera carrera universitaria de computación. Además, como decano, impulsó el Instituto de Investigaciones Bioquímicas, a manos de Federico Leloir. Por si fuera poco, fue también co-organizador del CONICET y co-fundó la Universidad Nacional del Sur.

Exactas crecía y su prestigio se agigantaba a medida que formaba científicos sumamente relevantes para el futuro del país y del mundo. Como todo proceso de esplendor, tuvo hitos: la primera química nuclear, Sara Rietti, se formó en esos años. Amiga de César Milstein, su trabajo y el de sus colegas expresaba -como contara ella en una entrevista al diario La Nación– una clara línea de continuidad: «Un premio Nobel puede ser una casualidad para un país; dos, también, pero ya tres, y en la misma rama, la biociencia, habla de una línea de continuidad. En 1947, Bernardo Houssay fue el primer premio Nobel de Medicina, no sólo de la Argentina, sino de América latina. Houssay había fundado el Instituto de Fisiología en la UBA, que se fue convirtiendo en un semillero de excelencia mundial en investigación. Es, en ese contexto, desde donde surgen los otros dos máximos galardones mundiales, Leloir y Milstein”, afirmaba.

Quedaba comprobado que si se sostiene una política pública y se la impulsa con pasión, los éxitos aparecen y las energías creativas se despliegan. El crecimiento  no impedía, sin embargo, que a veces hubiera problemas. En 1962 el gobierno restringió la compra de muebles y útiles para la facultad, pero Rolando se las ingenió: pidió “soportes antigravitatorios para material científico” y “transcriptores de fonemas”. El Estado accedía a esos pedidos, pensando probablemente que se trataba de equipamiento técnico muy específico. Pero no: eran mesas y máquinas de escribir.

Desarrolló, junto con Piaget y en obras propias, una epistemología de lo que llamaría “los sistemas complejos”, en la que aborda el problema de definir qué es un sistema, qué significa que sea complejo, el rol central del marco epistémico y la necesidad de la interdisciplina.

Argentina estaba encaminada, muchos científicos se instalaron en el país, crecían los laboratorios, los edificios universitarios, las nuevas carreras, los galardones; algo completamente inédito para un país tan chico, lo cual reafirmaba lo acertado del rumbo.

Pero algo más estaba pasando en el país. Ese volante que le dedicaran nada menos que al decano de Exactas era premonitorio. Y para lo que estaba por venir faltaba sólo un año y signaría el quiebre de un período dorado: la “Noche de los Bastones Largos”, episodio que llevaría a la fama a Rolando García.

“En un momento dado, previa rotura de los vidrios (…) comenzaron a introducirse por los huecos bombas de gases lacrimógenos (…) El aire se tornó irrespirable (…) Mientras nos dirigíamos en demanda de la calle, vimos salir del Aula Magna de la Facultad una fuerza policial, que se desplegó en el patio interior de la casa (…) Me adelanté hasta llegar al lado de un oficial de Policía (…) que resultó ser quien encabezaba la fuerza de ocupación, y le hice presente mi condición de decano (…) El oficial me respondió que, como decano, nada me acaecería, pero simultáneamente un policía uniformado que estaba a su lado, profiriendo una especie de alarido mezclado con insultos de grueso calibre (…) descargó un fuerte golpe sobre mi cabeza (…) No obstante ello, volví a dirigirme a otro oficial (…) la respuesta no se hizo esperar: un nuevo golpe se descargó sobre mi cabeza. Mientras tanto, la fuerza policial seguía profiriendo insultos de grueso calibre, mezclados con gritos antisemitas (…) No se respetó a mujeres ni a hombres mayores (…) En esto consistía, señor Juez, la ‘heroica’ actitud policial: en vejar con insultos y palos a mujeres y hombres de paz, indefensos y desarmados. La historia juzgará a esa tropelía contra la cultura de nuestro pueblo”, afirmaba Rolando García en su querella.

Tras enfrentar a la policía, el 75% de los profesores de la facultad renunciaron y recibieron un masivo apoyo internacional como señal de protesta. Fue en vano. La universidad se intervino y se destruyó el legado de más de 10 años de ardua labor. A Rolando García no le quedó más alternativa que emigrar: primero a Ginebra, donde conoció a Jean Piaget y con el que colaboró asiduamente y, luego, a México. Tras esa noche, Rolando García volvería a la Argentina, pero nunca echaría nuevamente raíces: volvió en 1970, pero tras recibir amenazas emigró nuevamente en 1974 y se instaló en México definitivamente en 1980.

Para él, era fundamental entender los problemas sociopolíticos, de los cuales no estaban exentos los ambientales. El trabajo interdisciplinario, entonces, se vuelve nuclear.

Rolando García nunca renegó de haber sido acusado de hombre de izquierda, como rezaba (más agresivamente) el panfleto, ni de haber integrado el Consejo Tecnológico del Movimiento Nacional Peronista. Era firme en aclarar -no obstante- que tener una visión política era fundamental para el desarrollo científico y que eso no era equivalente a sostener una postura partidaria. En su gestión, llevó a la práctica esa convicción y para la construcción de la Ciudad Universitaria le encargó a un férreo opositor que gestionara la administración del presupuesto. Éste, sorprendido, le recomendó a alguien de su confianza. De esa manera, García se aseguró de no ser acusado de malversar fondos por parte de sus detractores. Además, de este modo, se ganó el respeto de sus opositores, con quienes discutía duramente, pero desde un piso básico de cordialidad y respeto mutuo. Priorizar el desarrollo académico por encima de las diferencias partidarias era su guía, y vaya que los resultados lo demostraron.

Pero el trabajo como funcionario público y en la universidad no fue la única rama donde podemos hallar el legado de Rolando García, que no se limita al conocido episodio policial de esa noche de 1966. Fue uno de los primeros meteorólogos del país y desarrolló, junto con Piaget y en obras propias, una epistemología de lo que llamaría “los sistemas complejos”, en la que aborda el problema de definir qué es un sistema, qué significa que sea complejo, el rol central del marco epistémico y la necesidad de la interdisciplina. Para él, era fundamental entender los problemas sociopolíticos, de los cuales no estaban exentos los ambientales. El trabajo interdisciplinario, entonces, se vuelve nuclear. Un ejemplo ilustrativo para García eran las llamadas “crisis alimentarias”: si el análisis para explicar la crisis consiste en culpar a las catástrofes naturales, como las sequías, la superpoblación y la ineficiencia productiva de los países pobres, es natural que las soluciones irán en esa dirección: mejorar la producción, incorporar tecnología en esos países, limitar la natalidad, etcétera. Si uno cambia el marco epistémico, entonces, cambian también las soluciones. En palabras de García en su libro Sistemas complejos: “El programa SAS (Sistemas Alimentarios y Sociedad) fue concebido en términos diferentes. El marco epistémico varió y, por consiguiente, cambió el dominio empírico investigación. La pregunta conductora no se refería a la cantidad producción, al aumento de la productividad o a los circuitos de distribución comercial de alimentos (lo cual no significó, en modo alguno, ignorar o dejar de lado estos problemas). Desde una concepción socioeconómica diferente, el programa SAS se planteó la siguiente pregunta conductora: ¿cómo y porqué se ha modificado el acceso a los alimentos, por parte de los sectores populares? A partir de esta cuestión central, el dominio empírico ya no se restringió a «seguir al alimento» desde su producción hasta el consumo. El estudio se orientó principalmente a la investigación de las relaciones medio físicoproducción-sociedad, y a la identificación de los factores que alteraron dichas relaciones.”

Este trabajo y su interés por una epistemología del conocimiento lo llevaron a ser contratado por numerosos organismos internacionales: fue designado por la Organización Internacional de la Aviación Civil de la ONU para hacer trabajos sobre la formación de hielo y el efecto de la turbulencia atmosférica en los aviones, estuvo en Suiza como director del ‘Global Atmospheric Research Programme’, trabajó en el Instituto de Investigaciones de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social y dirigió el programa “La sequía y el hombre”, organizado por la Federación Internacional de Institutos de Estudios Avanzados, entre muchas otras designaciones y participaciones.

En cuanto a la teoría del conocimiento y la consiguiente labor epistemológica, su trabajo fue en equipo con Jean Piaget: escribió libros con él, formó parte del Centro Internacional de Epistemología Genética y fue profesor en varias universidades, como Ginebra y UCLA. Su labor en la UNAM de México terminó siendo el más intenso, tras su mudanza en 1980. Creó la Sección de Metodología y Teoría de la Ciencia del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional. Fue también investigador de la UNAM y galardonado por numerosas universidades.

Para García entender el proceso de aprendizaje era también un modo de entender el progreso científico.

Su trabajo en epistemología genética consistió, básicamente, en entender cómo es que los seres humanos adquirimos conocimiento. En línea con Piaget, investigó el proceso de aprendizaje desde la niñez, lo cual para García era indisoluble del conocimiento humano general, de modo que entender el proceso de aprendizaje era también un modo de entender el progreso científico, al punto que entre sus tesis propone una continuidad entre los modos de conocer de un bebé y los de la ciencia, a los que considera desarrollos sofisticados de aquellos. El trabajo interdisciplinario, la comprensión del marco en el que se investiga, y la incorporación de la participación social en la discusión sobre la aplicación, son algunas de las líneas que sugiere hacia el futuro la epistemología compleja de García.

Al repasar la vida de Rolando García, no se puede menos que ver en su derrotero el rumbo que tuvo el país, con sus profundas crisis y sus grandes esplendores. A pesar de la injusticia de que hubiera terminado exiliado, nos queda al menos el consuelo de que fue reconocido en vida: en 2006, tras una (interesantísima) charla llamada “¿Hacia dónde van las universidades?”, el decano Jorge Aliaga le otorgó una placa de reconocimiento y en 2009 el consejo directivo de la facultad decidió llamar ‘Rolando García’ al Pabellón 1 de Ciudad Universitaria. Si bien existe un declive académico, afirmaba Rolando en 2006 que sin dudas se puede reconstruir la universidad. “Para ello, el análisis de nuestra propia historia es indispensable”, decía. Vaya entonces este pequeño artículo, como aporte a la reconstrucción de ese gran legado.

Esteban Sargiotto

Esteban Sargiotto

Licenciado en Letras y periodista. Es colaborador especial de La Vanguardia.

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