Keynes fue realmente un conservador

“La lucha de clases”, decía Keynes, “me encontrará del lado de los educadores burgueses”. Con esta frase, el historiador conservador Bruce Bartlett recuerda al célebre economista británico y ofrece una relectura de su figura. 

Diez años atrás, los conservadores condenaron el paquete de estímulos por USD 787 billones aprobado por el presidente Obama. Recientemente, el recorte de impuestos del presidente Trump, tiene un costo, proyectado a 10 años, de USD 2.3 trillones. No obstante, los conservadores siguen rechazando el gasto progresivo en programas como el Green New Deal o Medicare for all, con la típica pregunta: ¿cómo vas a pagar eso?

En la derecha se viene formulando el mismo cuestionamiento desde que el economista británico John Maynard Keynes popularizó la idea de incurrir, si es necesario, en déficit presupuestario para estimular el crecimiento económico, en su libro de 1936, The General Theory of Employment, Interest and Money. Por esta razón Keynes, más que Karl Marx, es la principal bête noir de los economistas del libre mercado, quienes creen que los gobiernos no deberían hacer nada para contener las crisis económicas. Consecuentemente su creencia lleva implícita la noción de que todas las recesiones son el resultado de masivas y simultáneas fallas de los empresarios y de los trabajadores privados, quienes, por lo tanto, deben soportar todos los costos del ajuste. En oposición a la intervención gubernamental, los economistas de libre mercado dicen que no hacer nada no es un error y que de todo lo que se podría hacer, lo mejor es no hacer nada para solucionar el problema.

Lo que Keynes entendió es que los gobiernos soportan la responsabilidad primaria por las recesiones. En las crisis severas, como la que sufrimos en los años 30 o la que estamos padeciendo actualmente, la acción de los gobiernos debería revertir la situación económica, pues el sector privado, por sí mismo, no puede hacerlo. También entendió que las sociedades democráticas no toleran largos períodos con altos niveles de desempleo. En algún momento la gente abandonará al capitalismo por una suerte de socialismo, lo que también amenazaría a la Democracia.

Los esfuerzos de Keynes estuvieron motivados por el ferviente deseo de mantener el orden del capitalismo liberal. Los conservadores honestos siempre entendieron esto. En 1945, el economista David McCord Wright notó que el candidato conservador podría mantenerse en campaña, en gran medida, con presupuestos extraídos de The General Theory.

Los esfuerzos de Keynes estuvieron motivados por el ferviente deseo de mantener el orden del capitalismo liberal. Los conservadores honestos siempre entendieron esto.

Peter Drucker, un conservador admirador de Keynes, vio en él, no sólo un conservador, sino un ultra-conservador. “Él tuvo dos motivaciones básicas” explicó en una entrevista con Forbes en 1991, “una fue la destrucción de los sindicatos y la otra fue mantener el libre mercado. Keynes despreciaba a los keynesianos norteamericanos. Una de sus principales preocupaciones fue la de tener gobiernos impotentes que pudieran no hacer nada, excepto mantener el equilibrio de libre mercado, por medio de impuestos y de una eficiente política de gastos. Keynes fue el verdadero padre del neo-conservadurismo, ¡más que [el economista J. F.] Hayek!”.

John Kenneth Galbraith, cuyas ideas políticas estuvieron a la izquierda de Keynes, sin mencionar a Drucker, considera que “su mayor esfuerzo fue, como el de Roosevelt, conservador: conseguir que el sistema sobreviva”, escribió. No obstante, agrega: “Tal conservadurismo, en los países de habla inglesa, no merecería el apelativo de un conservador verdaderamente comprometido”.

Como Keynes mismo explicó: “la lucha de clases me encontrará del lado de los educadores de burgueses”. Él expresó cierta desaprobación por el partido laborista británico, llamando a sus miembros “secretarios de un perimido credo balbuceante, crecido como el musgo sobre un marxismo Fabiano a medias” que responde “a la basura anti-comunista con basura anti-capitalista”.

Es obvio que por eso, para la izquierda y la Unión Soviética, Keynes fue uno de los enemigos del socialismo, aunque algunos, a la derecha, todavía ven en Keynes a un cripto-comunista. El socialismo de Estado, dijo, “es, de hecho, un poco mejor que desempolvar planes elaborados hace cincuenta años, basados en la incomprensión de lo que alguien dijo hace cien”. En ese sentido, Keynes le dijo al dramaturgo George Bernard Shaw, que el punto que concentraba todas sus preocupaciones en The General Theory fue impulsar los fundamentos ricardianos del marxismo.

Keynes siempre sintió desprecio por el comunismo soviético. “La Rusia roja resume todo lo que es detestable”, escribió, concluyendo que “el comunismo es un insulto para nuestra inteligencia”. Los comunistas, creía Keynes, fueron personas que produjeron mal con la esperanza de que algo bueno vendría con eso. Tuvo poco respeto por Marx, a quien llamó un “pensador pobre” y a Das Kapital “un libro de texto obsoleto, cuyos saberes no son sólo científicamente erróneos, sino carentes de interés y aplicación en el mundo moderno”.

Keynes entendió por completo el rol central de las ganancias en el sistema capitalista. Esta es una de las razones por las cuales fue un duro oponente de la deflación y por lo que, en el final de sus días, propuso remediar el desempleo por medio de la restauración de las ganancias de los empleadores. También apreciaba la importancia del empresariado: si el instinto se nubla y titubea el espontáneo optimismo, la empresa se desvanecerá y morirá. Sabía, asimismo, que un ambiente propicio para los negocios fue clave a la hora del crecimiento, tanto como la confianza, otro factor económico decisivo. Keynes supo que “la prosperidad económica es dependiente de una atmósfera política y social agradable al hombre de negocios promedio”.

En The General Theory, tiene una importancia central la cuestión del sostenimiento y ajuste de precios, lo que es propio del funcionamiento de la economía. Esto hizo de Keynes un duro oponente de las políticas de control de precios y de las economías nacionalmente planificadas, lo que estuvo muy de moda después de la segunda guerra mundial. “La ventaja de la eficiencia, la descentralización decisional y la responsabilidad individual es siempre grande, quizá más de lo que suponían en el siglo XIX y la reacción contra al interés propio pudo haber llegado demasiado lejos”, escribió.

En efecto, el objetivo central de The General Theory, es la preservación de lo que es bueno y necesario del capitalismo; además de protegerlo contra los ataques del autoritarismo, separando la microeconomía, la economía de los precios y la empresa, de la macroeconomía, lo económico y la ciencia económica, como totalidad. Para salvaguardar la libertad económica, Keynes pensó que la primera era fundamental para la eficiencia, lo que resulta en una inevitable intervención [gubernamental] en la segunda. Mientras los puristas del libre mercado lamentan este planteo, la alternativa, que Keynes vio, era la destrucción completa del capitalismo y su reemplazo por alguna forma de socialismo.

“Por cierto”, escribió Keynes, “el mundo no tolerará por mucho tiempo el desempleo, lo que está asociado –en mi opinión, inevitablemente asociado– con el individualismo presente hoy en día en el capitalismo. Enfermedad que podría remediarse con un análisis correcto del problema y preservando siempre la eficiencia y la libertad”.

Keynes supo que “la prosperidad económica es dependiente de una atmósfera política y social agradable al hombre de negocios promedio”.

Desde el punto de vista de Keynes, fue suficiente para el intervencionismo gubernamental poner límites a la macroeconomía, esto es, usar las políticas monetarias y fiscales para mantener el nivel de gasto (demanda efectiva) con lo que, a su vez,  se sostuvo el crecimiento y se eliminaron las presiones políticas que suponen las acciones radicales tendientes a reducir el desempleo. “No es la propiedad de los medios de producción lo que el Estado debe asumir como importante”, escribió Keynes, “si el Estado es capaz de determinar los recursos agregados para potenciar el empleo de esos instrumentos y la tasa básica de retorno de quienes son sus dueños, habrá conseguido todo lo que es necesario”.

Uno de sus estudiantes, Arthur Plumptre, explicó la filosofía de Keynes de este modo: desde su punto de vista “el camino hacia la servidumbre” de Hayek se transita indefectiblemente, tanto si el gobierno es débil como si es robusto e interviene. Si se permite que los niveles de desempleo se mantengan altos durante un tiempo prolongado, el resultado que Keynes previo fue una economía socialista bajo control total del gobierno y la destrucción de la libertad política. Estas consecuencias, altamente indeseables, podrían ser resistidas y mantenidas a raya si la rígida adhesión al laissez faire cediera, pero no demasiado. Como sostiene Plumptre, Keynes “trató de diseñar controles gubernamentales mínimos que permitieran a las empresas privadas hacer su trabajo”.

La amenaza del totalitarismo podría no ser tan grande como en la década de 1930. Pero sería ingenuo creer que los gobiernos se mantendrán en stand by y no harán nada frente a la mayor recesión económica desde la Gran Depresión, como aconsejan muchos economistas conservadores. La alternativa a una política de estímulo, podría estar siendo mucho peor, desde el punto de vista conservador, como Keynes lo entendió perfectamente.

* Reproducción autorizada por el autor y traducción de Mauricio Yennerich.

Bruce Bartlett

Bruce Bartlett

Economista, formó parte del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y es autor de "Reaganomics: Supply-Side Economics in Action" y de "Impostor: How George W. Bush Bankrupted America and Betrayed the Reagan Legacy". Escribe una columna semanal en Forbes.com.

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