La economía argentina, del círculo vicioso a la espiral descendente

Hasta hace poco, la figura del círculo vicioso (inflación, fuga de capitales, endeudamiento, devaluación, y vuelta a empezar con inflación) representaba con bastante fidelidad la dinámica económica repetida a lo largo de la historia argentina. Pero desde el año pasado hemos entrado en una dinámica distinta, que se representa mejor con otra metáfora: la espiral, en su versión negativa, descendente.

Hasta hace poco tiempo, una figura servía para representar con bastante fidelidad una dinámica económica varias veces repetida a lo largo de nuestra historia: el círculo vicioso entre inflación, fuga de capitales, endeudamiento, devaluación, y vuelta a empezar con inflación. Este círculo a veces se aletarga, o se detiene en alguna de sus fases, por ejemplo en la de endeudamiento durante los años 90, que dio la sensación a muchos de quiebre o solución a esa dinámica perversa. Durante varios años pareció que la inflación y la devaluación habían desaparecido de la ecuación, hasta que reaparecieron abruptamente con la crisis de 2001.

Durante los primeros años post crisis, debido en parte a circunstancias internas y externas excepcionales, también pareció detenerse dicho círculo, o dejar de operar: hasta 2006 la inflación fue baja, la fuga de capitales no representó una amenaza a la sustentabilidad macroeconómica, y el endeudamiento y la devaluación parecían estar fuera del mapa.

En los círculos viciosos las vueltas se repiten, pero en las espirales cada vuelta nos deja más abajo, en una fase que no es igual a la anterior, sino sucesivamente peor y más compleja de resolver.

Posteriormente la inflación y la fuga de capitales comenzaron a acelerarse, hasta que el segundo de los problemas tuvo que ser contenido con el control de cambios (alias “cepo”) instaurado a fines de 2011. Esa medida, junto con los conflictos externos con el Club de París, Repsol-YPF y los fondos buitre, impidieron que el círculo continuara girando hacia las fases de endeudamiento y devaluación. Si bien se evitó la crisis, el crecimiento promedio del PBI durante esos cuatro últimos años de gobierno, del 0,37% promedio anual acumulativo, revela un estancamiento innegable de la economía.

La salida abrupta del cepo y la consecuente devaluación al inicio del gobierno de Cambiemos constituye una rápida aceleración del círculo vicioso donde la transición entre las fases es cada vez más rápida. El esquema se inició con devaluación del 50%, seguido de aceleración de la inflación (41% sólo en 2016), así como de la fuga y el endeudamiento para sostenerla, y luego la inevitable devaluación ante la insustentabilidad del esquema.

Sin embargo, a pesar de la utilidad de la metáfora del círculo vicioso, desde el año pasado parece que hemos entrado en una dinámica distinta, mejor representada con la metáfora de la espiral, en su versión negativa, descendente. La fecha de quiebre es difícil de precisar, ya que se trata de procesos económicos y sociales que fueron evolucionando, hasta que por su peso específico terminaron hundiendo el círculo vicioso de la economía para deformarlo en una espiral.

En trazos gruesos, durante estos tres años y medio de gobierno se acumuló una fuga de capitales de 75 mil millones de dólares (equivalentes a 1,3 veces el total del crédito con el FMI, o a un 21% más que todas las exportaciones de 2018), un endeudamiento de 116 mil millones de dólares, una devaluación del 493% (desde los $9,85 al inicio del gobierno hasta los $58,44 actuales) y unas tasas de inflación del 41%, 24,8%, 47,6% y 55% para los cuatro años de Cambiemos, que dejan un piso estructuralmente más alto que el vigente durante los 12 años previos. Cuando ya la situación se volvió insostenible, el gobierno acudió de urgencia al FMI para solicitar el crédito de 2018, luego ampliado, y cuyos desembolsos ya fueron consumidos en al menos tres cuartas partes por la fuga de capitales. Como el gobierno no solucionó ninguno de los problemas de fondo, el círculo continuó operando, con esa “nafta” adicional del FMI. Ahora que ese combustible se agotó, y que ya incluso los más ortodoxos funcionarios aceptaron que controlar el mercado de cambios era mejor opción que una pérdida de reservas aún mayor, nos encontramos en una situación mucho peor que hace uno, dos o tres años. Tenemos una fuga de capitales exacerbada, una inflación más alta, una devaluación del 51% sólo en lo que va del año, y contamos con pocas reservas y escasa capacidad de fortalecerlas para hacer frente a la salida de divisas, con lo cual el riesgo de devaluación es cada vez mayor. Y esta percepción retroalimenta la fuga, la inflación y demás problemas asociados. Desde el año pasado, cada ciclo de fuga de capitales, endeudamiento, devaluación e inflación nos deja en una situación más precaria que el ciclo anterior: con más recesión, menos reservas, y por tanto mayor riesgo de salto devaluatorio e inflacionario. Cada ciclo nos hunde un poco más en la actual espiral descendente. En los círculos viciosos las vueltas se repiten, pero en las espirales cada vuelta nos deja más abajo, en una fase que no es igual a la anterior, sino sucesivamente peor y más compleja de resolver.

Estos tres años y medio de gobierno se acumuló una fuga de capitales equivalente a 1,3 veces el crédito con el FMI, o a un 21% más que todas las exportaciones de 2018.

El más reciente de esos ciclos, la devaluación del lunes 12 de agosto, post PASO, no se debió como muchos creen a “la mala señal politica” del resultado, que en todo caso fue un catalizador de la acumulación de desgastes y vulnerabilidades del esquema económico, que ya venía explotando en pequeñas dosis durante las varias corridas cambiarias de 2018. Las señales políticas siempre importan, pero cuando la solvencia es puesta en cuestión, no hay señales que valgan. Luego de esa última vuelta hacia abajo por la espiral, la economía quedó más vulnerable a corridas cambiarias, y empeoraron los pronósticos de inflación y recesión. Sólo durante agosto se perdieron 13.800 millones de dólares de reservas, más 3.864 millones en los primeros 8 días de septiembre, y aún así el dólar no parece del todo estabilizado.

Pero uno de los indicadores más graves de la situación actual es el retiro masivo de depósitos en dólares de los bancos. Es decir, no la dolarización de los pesos, sino las personas y empresas que retiran sus dólares de los bancos porque no confían en poder disponer de ellos en el futuro cercano. Desde la corrida cambiaria iniciada el lunes 12 de agosto, se retiraron de los bancos 9.482 millones, una tercera parte de los depósitos totales en dólares. Esto implica que una ola de pánico, por cierto no con fundamentos reales en sus inicios, caló hondo en la sociedad. La gravedad de esta situación es difícil de exagerar, por lo que implica: la rotura probable, en la mente de un sector de la población, de un contrato social básico, que dice que los depósitos no serán confiscados. Más allá de que esta conducta se asienta en una memoria marcada a fuego por varias crisis con distinto tipo de confiscación de los depósitos en Argentina, no parecía haber indicios de que la situación fuera a producirse, y de hecho la re-instauración del control de cambios justamente apunta a alejar esa posibilidad. Sin embargo, el gobierno ha perdido credibilidad, y “el cepo” fogoneó este drenaje de depósitos. Controlar esta corrida bancaria es un desafío urgente del gobierno, ya que si bien el sistema es aún sólido, ningún sistema bancario resiste una retirada masiva y simultánea de los depósitos.

Esta situación implica una ruptura institucional más para nuestra ya castigada sociedad. Hace décadas que la institución “moneda nacional”, en sus sucesivas denominaciones, está rota y no cumple con una de las funciones del dinero, que es ser reserva de valor, vehículo del ahorro. A eso, este gobierno le acaba de agregar la ruptura de una institución casi extranjera, el ahorro en dólares. O mejor dicho, el ahorro en dólares en el sistema bancario argentino, alternativa mejor que el ahorro fuera de él, que es una de las formas que asume la fuga de capitales.

Más allá de las simpatías o no por la moneda estadounidense y el sistema financiero, una sociedad donde se rompe una institucionalidad tan básica (en este caso, la institucionalidad bancaria) tiende a seguir en consecuencia rompiendo otras relaciones institucionales, como cadenas de pagos entre empresas, luego relaciones laborales, fiscales, y otras relaciones sociales. Es difícil que un engranaje fundamental de un sistema entre en crisis, pero que el resto del sistema no sea afectado. Lo anterior no constituye una predicción de catástrofe, sino un intento de desarrollar en toda su extensión la gravedad social de la situación actual, responsabilidad del gobierno. La situación puede y debe revertirse, pero a medida que bajamos por la espiral y rompemos relaciones sociales, el costo y tiempo requerido para desandar el camino es cada vez mayor.

Un derivado de la ruptura social que implica esta crisis que se viene acelerando desde 2018 es la ruptura político-electoral de un sector de la población con el partido gobernante. Es que una sociedad puede tolerar años de recesión y caída del salario real –como hubo en 2016, sólo parcialmente recuperadas para la fecha de la elección de 2017–, pero difícilmente tolere la ruptura de un contrato social básico que podríamos escribir como “un gobierno mantendrá la economía bajo control”.

Cada ciclo de fuga de capitales, endeudamiento, devaluación e inflación nos deja en una situación más precaria que el ciclo anterior.

Incluso la gran devaluación provocada por la salida del cepo en 2015 no implicó la ruptura de este mandato social, ya que la devaluación era previsible y el funcionamiento de la economía y la sociedad no fue puesto en cuestión. Al contrario, la espiralización negativa que estamos viviendo, donde la sociedad no está segura de que ciertas instituciones básicas vayan a seguir vigentes, donde un candidato a vicepresidente debe afirmar públicamente “el presidente está en control de la situación”, no tiene antecedentes desde la crisis de 2001. Hace 18 años que la sociedad no veía como probable una crisis de esa magnitud, lamentablemente recurrentes en nuestra historia. Más allá de que ese desenlace sea evitado, acabamos de perder 18 años en lo que respecta a cambiar una cultura social con numerosos rasgos negativos producto de la conocida historia de crisis repetidas. Haber descendido a este nuevo subsuelo en la espiral hará que sea mucho más costoso recuperar la moneda nacional –por mencionar sólo una de las muchas instituciones y relaciones sociales afectadas–, aún cuando los porcentajes de inflación bajen significativamente en los años venideros.

Estas rupturas sociales de 2018-2019, mucho más difíciles de medir que las variables más “duras” típicas de la economía, son sin embargo una de las peores herencias que dejará el gobierno de Cambiemos.

Francisco Barberis Bosch

Francisco Barberis Bosch

Economista. Docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP). Ex presidente de la Federación Universitaria de Mar del Plata (FUM). Integra el colectivo “Economistas Progresistas”

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