Un siglo con Bunge

Mario Bunge cumplió 100 años. Multifacético, heterodoxo, riguroso, incisivo, su obra no dejó tema inexplorado. Uno de los más importantes pensadores argentinos, sin embargo no ha sido especialmente valorado en su país. 

Este sábado, además de comenzar formalmente la primavera, cumplió 100 años Mario Augusto Bunge. Un siglo de vida, nada menos, para el físico y filósofo argentino radicado en Canadá desde 1966.

Si bien la obra de Bunge no es lo suficientemente conocida ni difundida entre las universidades como debiera, lo cierto es que mucho se ha escrito sobre su vida, más aún cuando se cumple algún aniversario o cuando visita nuestro país, cosa que -lamentablemente- hace años que no ocurre. Por este motivo, me propongo en este breve artículo contar algunas cosas que no se conocen o se conocen menos, y destacar aspectos que se suelen olvidar. Pero sobre todo quisiera dejar un mensaje: la obra de Mario Bunge está viva, tanto por la vigencia de su programa filosófico como por las discusiones que él planteó por vez primera o profundizó, que siguen formando parte de un repertorio de preguntas abiertas y de debates que están frescos, incluso de parte del propio Mario, quien hasta hace muy poco ha escrito papers, cuestionado fenómenos de la física considerados sabidos (como el efecto Aharanov-Bohm, por caso, al que le dedicó una charla en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, el 16 de octubre de 2013) y debatido sobre su propia obra, siempre dispuesto a cambiar de opinión o reformularla.

Mario Bunge es sobre todo un físico y un filósofo. Ha escrito ampliamente sobre ambas cosas, aunque con el tiempo ha ido virando en sus intereses filosóficos al punto tal de haber admitido que, de poder volver a elegir, hoy optaría por estudiar ciencias sociales.

La obra de Mario Bunge está viva, tanto por la vigencia de su programa filosófico como por las discusiones que él planteó por vez primera o profundizó.

En su larga lista de temas hay algunos muy conocidos: su lucha contra las pseudociencias (en particular el psicoanálisis), su defensa del cientificismo (que no es positivismo, al que critica), su trabajo en epistemología, su dura crítica al posmodernismo, su formación física en la Universidad de La Plata y su formación filosófica autodidacta.

Menos conocida es su obra sobre ética, filosofía de la lingüística, filosofía de la medicina, de la psicología, de la economía, de la tecnología (o ‘técnica’) e incluso su gran libro sobre filosofía política. Esto, lejos de ser el opinar de un todólogo, ha sido un cauteloso trabajo de revisión y examen de los presupuestos filosóficos que sostienen a esas disciplinas. Por ejemplo, en lingüística, le ha objetado a Noam Chomsky la existencia de una ‘gramática universal’, como postula en su teoría de la gramática generativa. De paso, profundiza en el estudio de lo que los lingüistas llaman ‘lenguaje’ y aporta preguntas metolodógicas y filosóficas para la disciplina. En sus textos referidos a la psicología ha alertado sobre el problema filosófico del dualismo mente-cerebro, asunto plenamente ligado a la psicología y que presupone que, de no haber tal dualismo, para estudiar psicología se debe estudiar también al cerebro y no sólo a una espectral ‘mente’ que vive en algún otro mundo paralelo, distinto al material. De aquí su famosa y dura crítica al psicoanálisis que, entre otros problemas que presenta, afirma la existencia de este dualismo.

En cuanto a la economía ha sido un duro crítico de los presupuestos dogmáticos o “difusos, errados o incomprobables” de lo que con precisión Bunge llama economía ‘neoclásica’. Entre esas objeciones, Bunge señala que es falso que los mercados sean libres y se autorregulen, que todos los seres humanos seamos egoístas o que los recursos sean inagotables, presupuestos que maneja esta disciplina y a la que Bunge no duda en calificar de pseudocientífica y culpable de duras crisis económicas en numerosos países, justamente por fundamentarse en presupuestos erróneos o confusos (cuando no de intereses inconfesables).

En el caso de filosofía política, Bunge da un paso más y propone un sistema: la democracia integral. Lejos de tratarse de un modelo cerrado o irrealizable, Bunge propone avanzar hacia una sociedad donde se extienda la democracia hacia otros terrenos, como la administración de la riqueza y la cultura. Propone para ello la preparación tanto de dirigentes como de científicos sociales para que las decisiones y discusiones públicas estén basadas en la evidencia que ofrecen los distintos estudios sociales, y en la ética. Elogia modelos como el de los países escandinavos, las experiencias cooperativas exitosas y llama la atención sobre la evidencia existente que demuestra que las sociedades más igualitarias y justas son las más dignas y felices para ser vividas.

Sus opiniones políticas son también otra muestra de su apertura y honestidad intelectual. Un ejemplo claro han sido sus opiniones sobre el peronismo: su militancia en el Partido Socialista y sus estadías en la cárcel no le impidieron realizar autocríticas y reconocer méritos en el peronismo, señalando que para entender a la Argentina había que “entender al peronismo”, más allá de su postura ideológica personal. Y, sobre todo, haciendo énfasis en la importancia de los estudios sociales, la politología, la sociología y todo aquello que sirva para entender la realidad (¿será por eso que afirmó que, de volver a nacer, estudiaría ciencias sociales?).

Frente a este panorama tan rico de un científico y filósofo argentino, sorprende su aparente ausencia, al menos en los programas de las universidades argentinas.

Frente a este panorama tan rico de un científico y filósofo argentino, sorprende su aparente ausencia, al menos en los programas de las universidades argentinas. Es tan grande la paradoja que, cuando se estudia epistemología o filosofía de la ciencia, siempre leemos a autores como Kuhn, Lakatos o Popper, todos ellos amigos o conocidos de Bunge y con quienes mantuvo enriquecedores debates. No obstante, cualquier estudiante universitario conoce a esos 3 autores, pero no siempre a Bunge, con la paradoja adicional de que Bunge es argentino. Y ojo: no se debe a que Bunge no sea importante. Se trata de un autor sumamente conocido no sólo para estos filósofos que mencioné, sino incluso para las más de 20 universidades que le otorgaron Honoris Causa o para sociedades filosóficas activas e importantes, como por caso el Centro para la Filosofía de la Ciencia, cuyo co-presidente, Nicholas Rescher, es lector de Bunge y se admiran mutuamente.

Pero no todas son malas noticias. En 2015 se realizó en Argentina -¡y nada menos que en la Facultad de Filosofía y Letras!- el Primer Encuentro Latinoamericano de Filosofía Científica en homenaje a Mario Bunge. Además, se realizará este año (y se han realizado) numerosos congresos, charlas y ponencias en homenaje a su obra en toda latinoamérica.
Hay algo más a señalar: existe una nutrida comunidad científica y filosófica en Argentina que lee y discute la obra del maestro, en encuentros personales y virtuales. Esa comunidad se extiende además a otros países de latinoamérica -incluso Brasil, a pesar del idioma- y hay relación permanente entre sus miembros.

Y con esto quisiera volver al comienzo: el mensaje más importante es que el pensamiento y el trabajo están vivos y continúan creciendo. Está disponible para todos aquellos que estén interesados y quieran saber. Alcanza con ser curioso.

 

Esteban Sargiotto

Esteban Sargiotto

Licenciado en Letras y periodista. Es colaborador especial de La Vanguardia.

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