¿Tiene porvenir el socialismo?

A punto de cumplir cien años, una de las facetas del destacado filósofo argentino Mario Bunge es su prédica a favor de un socialismo democrático y cooperativista. En el libro de varios autores ¿Tiene porvenir el socialismo? (Eudeba, 2013) responde que sí a la pregunta del título, pero a condición de entender la socialización de todas las esferas como una democracia integral: ambiental, biológica, económica, política y cultural. La Vanguardia comparte aquí un extracto de ese riguroso ensayo a favor de un socialismo que “no requiere la restricción de la democracia sino su ampliación, del terreno político a todos los demás”.

En 1989 fue derribado el Muro de Berlín, que simbolizaba la moribunda dictadura comunista. Veinte años después se desplomó Wall Street, cúpula y símbolo del capitalismo desenfrenado. Curiosamente, los sismógrafos socialistas no registraron ninguno de ambos terremotos. No aprovecharon 1989 para buscar los motivos del fracaso del llamado “socialismo realmente existente”, y casi todos ellos se sumaron al coro antisocialista. Los socialistas tampoco están aprovechando la crisis económica iniciada en el 2008 para averiguar si el fracaso del capitalismo es coyuntural o estructural: si el mal llamado mercado libre es reparable con un parche keynesiano, o habrá que reemplazarlo por un sistema más racional, justo y sostenible.

¿A qué se debe el silencio de los socialistas en medio del estrépito de esos dos grandes derrumbes? ¿Habrán perdido los ideales? ¿Sólo les interesará la próxima elección? ¿Ya no se interesan por lo que ocurra fuera de sus fronteras nacionales? ¿O han perdido lo que Fernando VII llamaba “el funesto hábito de pensar”?

(…) Adoptaré una definición de “socialismo” que creo congruente con todas las corrientes de izquierda. En una sociedad auténticamente socialista, los bienes y las cargas, los derechos y los deberes se distribuyen equitativamente. En otras palabras, el socialismo realiza el ideal de la justicia social.

(…) Sin embargo, hay dos maneras de entender la justicia o igualdad social: literal y calificada, o mediocrática y meritocrática. La igualdad literal descarta el mérito, mientras que la calificada lo exalta sin conferirle privilegios. El socialismo que involucra la igualdad literal nivela por abajo: en él, como dijo Discépolo en su tango Cambalache, un burro es igual a un profesor. Por el contrario, el socialismo que involucra la igualdad calificada es meritocrático: fomenta el que cada cual realice su potencial y, a la hora de asignar responsabilidades, da prioridad a la competencia. Desprecia la chapucería y aprecia el valor social y moral del trabajo, que ensalzara Karl Marx.

El socialismo meritocrático practica la divisa propuesta por Louis Blanc en 1839: A cada cual conforme a sus necesidades, y de cada cual según sus capacidades. Esa fórmula se complementa con la divisa de la Primera Internacional Socialista que fundara Marx en 1864: Ni deberes sin derechos, ni derechos sin deberes.

Las diferencias entre las distintas formas de socialismo aparecen cuando se pregunta si el socialismo se limita a la esfera económica, y en qué consiste la llamada socialización. El socialismo economicista se limita a la justicia social, mientras que el socialismo amplio abarca a todas las esferas sociales.

No basta recuperar el sentido original de la palabra “socialismo” ni recordar las variedades que se han dado en el curso de los dos últimos siglos.

(…) Yo argüiré en favor de la socialización de todas las esferas. En otras palabras, romperé una lanza por lo que llamo democracia integral: ambiental, biológica, económica, política y cultural. Sostendré que la democracia parcial, aunque posible, no es plena, justa ni sostenible. En particular, la democracia política no puede ser plena mientras haya individuos que puedan comprar votos, puestos públicos e incluso leyes; la democracia económica no es plena bajo una dictadura que imponga el gobierno sin consulta popular; la democracia cultural no es plena mientras el acceso a la cultura se limite a los privilegiados económicos o políticos; la democracia biológica no será plena mientras los hombres no compartan las tareas domésticas con sus mujeres; y la democracia ambiental no se cumplirá mientras haya empresas, ya sean privadas, cooperativas o estatales, que extraigan recursos naturales o los contaminen con toda libertad. El ideal sería combinar democracia con socialismo. Esta combinación podría llamarse democracia socialista, a distinguir de la socialdemocracia o socialismo débil, que de hecho no es sino capitalismo con red de seguridad, también llamado socialismo estatal o de arriba.

En suma, tanto la democracia como el socialismo son totales o no son auténticos. La democracia socialista total sólo existió y subsiste en tribus primitivas. La cuestión es saber si es posible construirla sin renunciar a la modernidad y, en particular, sin romper las máquinas ni abandonar la racionalidad.

(…) Los partidos socialistas en el poder se han vuelto administradores del Estado benefactor. Con el apoyo de los sindicatos, han contribuido a mejorar los servicios sociales y a elevar considerablemente el número y nivel de escuelas y universidades. Por lo demás, no han tocado la pieza clave del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción, intercambio y finanzas.

O sea, los socialistas del último siglo han hecho el capitalismo más sufrible, pero han renunciado al ideal de justicia social por el que habían combatido los socialistas del siglo XIX. Su meta actual es mucho más modesta: ganar las próximas elecciones.

Esta política puede dar resultados a muy corto plazo. Pero es suicida a largo plazo porque, cuando disminuyen las diferencias entre los partidos, el electorado pierde interés: no solamente la gente ya no milita desinteresadamente en el movimiento, sino que ni siquiera se molesta por votar. Además, todos, dirigentes y masas, olvidan lo que significa ‘sociedad socialista’, a saber, sociedad sin clases.

Es hora de que los partidos socialistas, si quieren conservar su nombre, repiensen el ideario: que lo pongan al día a la luz de las ciencias sociales y de la crisis actual. Esta crisis es una oportunidad para los socialistas de todo pelaje: es la oportunidad para denunciar la injusticia e insostenibilidad del capitalismo desbridado. También es una oportunidad para explorar la posibilidad de un orden más justo y sostenible. Si semejante cambio disminuyera su caudal electoral, paciencia: la autenticidad cuesta.

SOCIALISMO DEL MAÑANA: PROPIEDAD PÚBLICA Y DEMOCRACIA INTEGRAL

Los totalitarios, tanto de izquierda como de derecha, soñaron una sociedad en la que no hubiera sino una esfera, la pública: una sociedad en la que los individuos no fueran dueños de nada, ni siquiera de sí mismos, e hicieran solamente lo que les permitiera el gobierno. Los socialistas democráticos, en cambio, respetan la esfera privada tanto como los liberales, aunque difieren de éstos en lo que respecta a la propiedad de los recursos naturales y de las grandes empresas. En efecto, los socialistas democráticos procuran la socialización de cuanto esté fuera de la esfera privada. O sea, respetan la libertad en la esfera privada al mismo tiempo que la limitan en la pública. Lo que no podría ser de otra manera, ya que la democracia implica la libertad, aunque no a la inversa, como lo muestra el caso de los neoliberales que transaron con las dictaduras fascistas en aras del mercado libre.

Bajo el socialismo auténtico, mi cepillo de dientes seguirá siendo exclusivamente mío, pero tu derecho a tu fábrica de cepillos de dientes será cuestionado: la conservarás si es una empresa familiar, pero si emplea a otros, los socialistas procurarán que se convierta en una empresa cooperativa poseída y administrada por sus trabajadores. En cambio, la tierra y el agua no serán privados ni de cooperativa alguna, sino bienes públicos administrados por el Estado, el que podrá arrendarlos a personas o a cooperativas.

Tanto los marxistas como los fundamentalistas del mercado sostienen que las cooperativas no pueden sobrevivir en un medio capitalista, en el que las grandes empresas cuentan con la ayuda de los bancos y del Estado; pueden producir en gran escala a precios bajos gracias al uso de técnicas avanzadas y pueden explotar a sus empleados, particularmente si éstos no se unen en sindicatos combativos. Esta es una proposición empírica, y por lo tanto se sostiene o cae al confrontársela con la realidad.

La construcción del socialismo no requiere la restricción de la democracia sino su ampliación, del terreno político a todos los demás.

¿Qué nos dicen los hechos? Que el cooperativismo ha triunfado en pequeña escala en algunos países, y fracasado en otros. En Gran Bretaña ya queda poco del pujante movimiento cooperativo nacido en Rochdale en 1844. En cambio, florecen cooperativas de varios tipos y tamaños en países tan diversos como Argentina, Brasil, España, Francia, los Estados Unidos, India, Italia, Suecia y Suiza. Otro ejemplo notable es Mondragón Corporación Cooperativa, un conglomerado compuesto por 130 cooperativas, que lleva más de medio siglo de existencia y ocupa el noveno puesto entre las empresas españolas. La crisis económica iniciada en 2008, que provocó un sinnúmero de quiebras, tiró abajo sólo una de las 130 cooperativas de Mondragón y sus componentes fueron distribuidos entre las demás empresas de la Corporación.

¿A qué se deben los triunfos y fracasos en cuestión? Este problema aún no ha sido investigado a fondo. Uno de los motivos del triunfo de Mondragón es que tiene su propio banco y su propia universidad para la formación de sus técnicos y gerentes. ¿Y a qué se debió el fracaso de la cooperativa argentina El Hogar Obrero un siglo después de su fundación? Creo que un factor fue el que sus dirigentes eran funcionarios del Partido Socialista: creían que la devoción a la causa podía reemplazar a la competencia profesional. Ignoraban que toda empresa exige empresarios y consultores técnicos. Otra causa de la decadencia de El Hogar Obrero puede ser la que ya había señalado hace un siglo su fundador, Juan B. Justo: paradójicamente, el triunfo de una cooperativa puede llevar a su ruina. En efecto, cuando una empresa crece mucho, la distancia entre la cúpula y la base aumenta tanto, que ya no hay participación efectiva. Y sin participación intensa no hay autogestión, que es la esencia del “espíritu cooperativo”.

(…) La cooperativa ofrece a sus miembros ventajas inigualables: seguridad del empleo, satisfacción en el trabajo y orgullo de pertenecer a una empresa común inspirada en ideales nobles: igualdad, democracia participativa, solidaridad dentro de la empresa y con empresas similares. Es imaginable que una sociedad en que todas las empresas fuesen cooperativas, como lo son de hecho las empresas familiares, sería menos imperfecta que las sociedades actuales.

Pero, como señaló Marx contra los cooperativistas de su tiempo, la cooperativa solo atiende al lado económico del polígono social, y tiene una existencia precaria en un mercado capitalista dominado por potentes oligopolios. En otras palabras, la igualdad económica dentro de la empresa no basta: es preciso extenderla a la sociedad íntegra.

En resumidas cuentas, las cooperativas son viables incluso dentro de la economía capitalista, pero no curan lacras macrosociales, en particular las crisis económicas y las guerras. Además, las cooperativas no pueden reemplazar al mercado ni eliminar la competencia. Previsiblemente, el mercado socialista conservará algunas de las características de todo mercado, capitalista o precapitalista: conocerá tanto la competencia como la cooperación entre empresas del mismo sector, e intentará explotar las diferencias de costos entre las distintas regiones. Pero se podrá evitar la colusión deshonesta, el dumping y la explotación si el Estado y la comunidad internacional se rigen por normas honestas. También se podrá evitar la competencia destructiva recurriendo a tribunales de asesoramiento y arbitraje.

(…) No basta recuperar el sentido original de la palabra “socialismo” ni recordar las variedades de socialismo que se han dado en el curso de los dos últimos siglos. También hay que averiguar si los ideales de igualdad y de mejora de la calidad de vida siguen teniendo vigencia y, en caso afirmativo, qué puede hacerse para realizarlos. Ya sabemos qué es lo que no funciona: la dictadura del proletariado. También sabemos qué es insuficiente: el socialismo estatal, que puede ser practicado tanto por gobiernos autoritarios como el de Bismarck, como por gobiernos liberales como los democratacristianos.

Debiéramos preguntarnos qué tipo de socialismo puede atraer a la enorme mayoría de la gente: qué promete más beneficios con menos sacrificios. O sea, cuál régimen puede mejorar la calidad de vida sin sacrificar el presente cierto por un porvenir imaginado por cantamañanas sin ciencia ni experiencia.

Es preciso emprender reformas sistémicas, y eso no puede hacerse del día a la noche, sino que insumirá varias generaciones.

Para resolver estos problemas debemos empezar por recordar que la sociedad moderna es un supersistema de sistemas: ambiental, biológico, económico, cultural y político. Estos sistemas interactúan entre sí, de modo que el progreso de cualquiera de ellos requiere el de los demás. La economía no puede avanzar mucho si los trabajadores están enfermos y no hay ingenieros ni gerentes competentes; a su vez, no se formarán ingenieros ni administradores competentes si la economía no los necesita y si el nivel cultural es bajo; la cultura no avanzará si está sometida a la censura del partido político gobernante y si la gente no tiene energía, tiempo libre ni ganas de estudiar; y la política no se renovará a menos que la gente participe masivamente en ella y disponga de la información necesaria para identificar los problemas sociales y proponer soluciones. Y nada de esto será posible si no se protege el medio ambiente.

La moraleja de lo anterior es que, para curar las lacras sociales, es preciso emprender reformas sistémicas, renovar todos los aspectos de la sociedad en lugar de limitarse a uno solo. Y esta reforma global no puede hacerse del día a la noche, sino que insumirá varias generaciones: hay que abandonar malos hábitos, como el autoritarismo y el consumismo, y crear nuevos hábitos, como la participación y la austeridad.

La sociedad capitalista está en grave crisis. Aunque los políticos y sus profesores de economía nos prometen que eventualmente saldremos de ella, no nos dicen cómo ni cuándo. No pueden hacerlo porque carecen de teorías económicas y políticas correctas: sólo disponen de modelos matemáticos irrealistas y de consignas ideológicas apolilladas, como la proverbial autocorrección del mercado libre.

Yo sostengo que hay motivos prácticos y morales para preferir el socialismo auténtico al capitalismo, y que la construcción del socialismo no requiere la restricción de la democracia sino su ampliación, del terreno político a todos los demás.

En suma, el socialismo tiene porvenir si se propone ir socializando gradualmente todos los sectores de la sociedad. Su finalidad sería ampliar el Estado liberal y benefactor para construir un socialismo democrático y cooperativista, que pondría en práctica una versión actualizada de la consigna de la Revolución Francesa de 1789: Libertad, igualdad, fraternidad. La actualización consistiría en agregar participación e idoneidad, salud y educación.

Así, juntos y de a poco, podríamos ir construyendo una sociedad de socios.

 

* Esta nota se publicó en La Vanguardia en papel en 2013.

Mario Bunge

Mario Bunge

Doctor Ciencias Fisicomatemáticas por la Universidad de La Plata. Fue homenajeado con el Premio Príncipe de Asturias, 14 títulos de doctor honoris causa y 4 de profesor honorario. Se desempeñó como profesor de Filosofía en la McGill University de Montreal (Canadá). Los temas principales de su amplia bibliografía (40 libros y más de 500 artículos) son la física, la filosofía de las ciencias naturales y sociales, la semántica, la ontología y la ética.

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