De rojos y amantes: revolución y amor en un libro sobre la transición española

El libro «A finales de enero» de Javier Padilla recupera la historia de la transición española desde una historia de amor que se entremezcla con la militancia antifranquista. El ensayo, ganador del Premio Comillas de la Editorial Tusquets, revela aspectos novedosos para encarar la reflexión sobre la memoria histórica.

Supongo que, al menos algunos de ustedes, se acordarán: los años ochenta -los ya olvidados años ochenta- eran españoles. No solo allá – donde, de hecho, eran un poco argentinos- sino acá, en este país en transición en el que el sonido de la democracia venía cantado por Serrat con “Para la Libertad” de Miguel Hernández y la más maravillosa música parecía la de Aute entonando los versos de “Al alba”. Ah, ¡la apertura democrática!: un universo hecho de Juicio a las Juntas y artículos de Manuel Vicent, de recitados del Preámbulo y películas de José Luis Garci, de marchas por “memoria, verdad y justicia” y de novelas negras de Manuel Vázquez Montalbán. Argentina y España: el combo de la clase media ochentista. España y Argentina: hermandad del progresismo sensible y democrático. Un combo de transición hecho de literatura postdictatorial, canciones libres y películas en las que mandaba el cliché: la dictadura era ese espacio negro y totalizador, la democracia era ese ambiente blanco en el que hasta las palomas de la Plaza de Mayo o del Parque del Retiro respiraban libertad. Como toda melodía nueva, suena para quien la comanda. Y las transiciones las comandan, culturalmente, las clases medias. Los olvidos los ponen otros. Los muertos, en general, también. Suelen estar abajo.

¿Qué le dio España a nuestra transición? Su cultura. Su “nueva” cultura. Su arsenal de cantautores, su cine sensible, su novela democrática. ¿Y qué le dimos nosotros a la suya? Exiliados. Le dimos un: “si son demócratas, ahora háganse cargo”. A mediados de los setenta, Franco se moría y ellos empujaban al bebé de la democracia para arrancar. Entonces, aparecimos nosotros. Les dimos un capital infinito: exiliados testigos de un país que, en menos de diez años, pasaba de Franco a Felipe González. Cientos de argentinos desterrados que aprendieron la melancolía del futuro y su nuevo orden: sembrar libertad y enterrar -al menos momentáneamente- el sueño de la igualdad.

¿De qué se habla cuando se habla de la “transición española”? Sí, se habla de Franco muerto, de Adolfo Suárez – el primer presidente democrático del país-, de los socialistas desbancando a los comunistas, de la llamada Movida Madrileña, de los cantautores, de la nueva televisión, y de los escritores que, como Francisco Umbral o Jorge Semprún, decían lo que se les daba la gana. Pero, pese a todo, la transición española fue algo más: fue un proceso político lento, una combinación de paz y de sangre, de pactos y tensiones. El Partido Comunista de España – el más importante dentro de la izquierda desde la guerra civil – siguió siendo ilegal incluso hasta dos años después de la muerte de Franco. Hubo muertes de civiles y crecimiento de partidos neofascistas. La violencia terrorista no se detuvo. La transición española también fue eso.

Argentina y España: el combo de la clase media ochentista. España y Argentina: hermandad del progresismo sensible y democrático.

Desde hace algunos años, los españoles parecen haber desempolvado ese pasado reciente sobre el que reinaba, bien la amnesia, bien el relato idílico. Relato idílico que decía: la transición fue un hermoso pacto entre todos, la izquierda puso el hombro y sus renunciamientos para llegar a la libertad, el Rey Juan Carlos y el comunista Santiago Carrillo se dieron un apretón de manos, el ex falangista Adolfo Suárez liquidó al franquismo, todo terminó bien con la elección del socialdemócrata Felipe González. Un relato de “todos juntos” contra la dictadura que quedó patentado en las imágenes del intento de Golpe de Estado de Tejero en 1981.

Las voces críticas, sin embargo, siempre existieron. Y, desde hace algunos años, cobraron fuerza. La discusión sobre el período quedó patentada por Podemos, la fuerza política de la izquierda según la cual, la transición fue, simplemente, un engaño. Es decir, una lavada de cara del franquismo. El “régimen del 78”, como Podemos denomina al modelo político de la naciente transición, sería una estafa. ¿Pero un régimen de libertades, aun cuando sea débil, es una estafa frente a una dictadura? Reducirlo a un maquillaje del franquismo es faltar a la verdad. Pero también es faltar a la verdad decir que la transición fue una panacea.

Frente a los dos relatos se ubica otro: el que asume que la transición fue problemática, que tuvo sus víctimas, sus reacomodamientos en el poder, pero que a la vez allanó el camino a un régimen de libertades. Una mirada que deja en claro quiénes eran los militantes antifranquistas (socialistas de izquierda y comunistas) y quienes eran los supuestos nuevos demócratas (en muchos casos, como en el de Manuel Fraga, primer líder del Partido Popular, eran fascistas dispuestos a aplicar la violencia contra sus adversarios). Es la mirada que el joven escritor Javier Padilla retrata en su libro A finales de enero (Tusquets, 2019).

El libro, reciente ganador del premio “Comillas” organizado por la Editorial Tusquets y publicado por la misma casa editora, no es un estudio historiográfico sobre la transición. Es, en cambio, el relato de una serie de historias reales de militantes antifranquistas durante ese período. Y es, además, una historia de amor. El libro relata la vida de Enrique Ruano (muerto tras caer por una ventana en 1969), Javier Sauquillo (asesinado en 1977), y de Dolores González, la mujer que cruzó la vida de ambos. Novia de Enrique y esposa de Javier, Dolores vio como la transición hacia la democracia, se llevaba puesta la vida de los dos hombres a los que había amado.

La historia de los tres personajes deja claro en qué consistía y de qué trataba la militancia antifranquista. Todos ellos eran militantes del Frente de Liberación Popular (FELIPE), una organización ubicada a la izquierda del Partido Comunista. Su estructura los mandataba a ser “revolucionarios profesionales”: hombres y mujeres preparados, bajo el paraguas del marxismo, para combatir a la dictadura, Aunque como antifranquistas luchaban “por la democracia”, sus ideas distaban mucho de ser las de un régimen democrático-liberal como el que finalmente se establecería. El libro de Padilla muestra, sin embargo, que las ideas de los militantes estaban lejos de ser homogéneas. En una época de luchas todo se prestaba a confusión. Hablaban de la “Europa socialista” en la que flamearían banderas rojas y puños cerrados. Confiaban en el “porvenir de la clase obrera”, aunque solían ser estudiantes de clases medias o altas que provenían, en muchos casos, de escuelas católicas acomodadas. Reivindicaban al “Che” Guevara y a Althusser, organizaban reuniones clandestinas, fumaban porros y escuchaban las estrofas de Al vent del cantautor valenciano Raimon. En realidad, estaban hartos de Franco. Eran militantes bajo un régimen de opresión.

La muerte de Ruano en 1969 -en lo que puede considerarse un homicidio que fue presentado oficialmente como suicidio- y el asesinato de Sauquillo -que murió en el atentado terrorista que, en enero de 1977, perpetró un grupo de extrema derecha contra un “bufet” de abogados laboralistas-, muestran a las claras que el final del franquismo y los inicios de la transición estuvieron muy lejos de ser la panacea. Dolores González, la mujer sobreviviente, lo tiene claro. Es la viva expresión de una época en la que hubo miedo y terror. Una época que abrió paso a la democracia. Pero en la que también gobernó la violencia.

El libro de Padilla llega para romper esquemas. Ni “transición maravillosa” ni “transición falsa”.

El libro de Padilla llega para romper esquemas. Ni “transición maravillosa” ni “transición falsa”. España es un país democrático pero el Valle de los Caídos sigue ahí: construido como un memorial a Franco en el que se encuentran enterradas muchas de sus víctimas. En muchos pueblos, fascistas con comprobados asesinatos siguen teniendo calles en su honor. Y, en esos pueblos, sin embargo, también hay democracia. El libro de Padilla actualiza el debate con una historia de amor que recuerda que toda transición tiene miserias y grandezas.

La canción “progresista” de la transición tiene una cara de la moneda cierta: se masificó la cultura democrática. Pero tiene también una parte falsa: en la transición no solo hubo paz, sino que hubo miedo y amnesia. Era necesario un libro como A finales de enero para que también nosotros, los argentinos, pudiéramos recordarlo.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

Sin Comentarios

No se permiten comentarios