La «tesis Cachanosky» y la moneda argentina

El precio del dólar es un termómetro económico y social en la Argentina desde siempre. Las devaluaciones recurrentes y una economía involuntariamente dolarizada marcan la pauta de la inestabilidad perpetua. Algunos, como Roberto Cachanosky, invitan a deshacerse de la moneda nacional y su debilidad, aquí discutiremos sus argumentos. 

El 31 de agosto infobae publicó una nota de opinión del economista Roberto Cachanosky en la que afirma –tal es el título– “Por qué creo que la dolarización de la economía es la única salida”. A partir de la profunda desconfianza producida  por un futuro gobierno kirchnerista, en vistas al desplome de la Bolsa, de los bonos, la corrida cambiaria y en virtud de haber constatado –a julio– que son las personas físicas-humanas las que produjeron la mayor demanda de divisas –US$ 2 177 millones para ser exactos– Cachanosky afirma que “Argentina no tiene moneda”.

SOLIDEZ INSTITUCIONAL Y SOBERANÍA MONETARIA

El economista sostiene que la “mercadería moneda”, para ser tal, debe ser aceptada ampliamente como medio de intercambio y ser capaz de constituirse en reserva de valor; al no cumplir el peso argentino con estos requisitos mínimos, concluye: “no tenemos moneda”.

Yendo más al hueso –preguntándonos por qué– aparece la idea de un Estado que gasta más de lo que recauda y cubre el déficit con emisión. Que no sería exactamente el caso actual, ya que la cobertura se hizo, mayormente, con un endeudamiento sideral, antes que con emisión. Tal circunstancia coyuntural, sin embargo, no es óbice para que desconozcamos el hecho de que “darle a la maquinita para imprimir billetes”, como dice Cacha, parece ser un deporte nacional, caro, muy caro, por cierto.

El economista sostiene que la “mercadería moneda”, para ser tal, debe ser aceptada ampliamente como medio de intercambio y ser capaz de constituirse en reserva de valor; al no cumplir el peso argentino con estos requisitos mínimos, concluye: “no tenemos moneda”.

A su vez, advierte que la gente sabe que las “instituciones políticas y jurídicas de Estados Unidos funcionan”. Esto es algo que nunca perdemos de vista, incluso, no hemos dejado de advertir que el presidente Trump, a partir del enojo que le produjo la negativa del presidente de la Reserva Federal (FED), Jerome Powell, de bajar la tasa de interés, lo comparó con Xi Jinping, tratándolo de “enemigo”. Asimismo, no desconocemos el mito popular que sostiene que el 2% de sobreprecio en Estados Unidos, que está escrito en la letra chica del contrato y que ésta es tan pequeña que sólo los senadores y los empresarios contratistas del Estado son capaces de leerla. Nada, comparado con la maquinaria recaudadora descubierta por el equipo periodístico de La Nación tipificada como “la causa de los cuadernos”.

Obviamente, el buen funcionamiento de las instituciones estadounidenses, que explica la fortaleza del dólar, no se aplica en Argentina. Luego, la desconfianza en las instituciones del Estado, engendrada en el descreimiento de la gente hacia su dirigencia política, destruye la moneda. Este es un cul de sac en el planteo de Cachanosky –y de los liberales en general– pues si la soberanía monetaria es, tal como sostienen, erosionada por un manejo institucional negativo y dolarizar soluciona el problema ¿para qué apelar a un “cambio institucional”? o más aún a un “cambio de valores”, como también hemos podido leer. Y si se hace un cambio de valores que modifique la cultura política y mejore la cuestión institucional ¿Qué sentido habrá tenido dolarizar? Obcecados como pocos, nunca verán ese callejón sin salida, sobre todo porque para verlo hay que pensar la política económica como una Ciencia Social, antes que como una doctrina libertaria.

El atajo ha sido explicitado: se trata de quitarle el manejo de la moneda al populismo, ante un eventual triunfo de la fórmula del Frente de Todos. Esta idea debería despabilar a la sociedad política, por dos razones: en primer lugar, por la envergadura y complejidad del cambio social implicada en la adopción del dólar como moneda de curso legal. Pues, aunque el propio economista diga que no se pierde la soberanía, la fijación del precio del medio de pago, bajo acceptation, siempre es un fenómeno administrativo, insistimos: una cuestión reglamentaria, estatal. Que lo decida el Banco Central de la República Argentina (BCRA), en el marco de una política concertada con el ministerio de Hacienda o que lo haga la Reserva Federal con the Treasury, en el mejor de los casos, no parece una diferencia menor. Por otro lado, los “momentos jurídicos” en la historia monetaria, son oportunidades invaluables para golpes de timón. Los que, en caso de darse, esperamos, nos saquen de la tormenta. En ese sentido, quiero dejar aclarado que no se abona aquí la panfletaria idea de “fuera el FMI” o cosa parecida.

CACHANOSKY NO ESTÁ SOLO

Tras los pasos de Cachanosky siguen otros economistas, por lo general, nucleados en la Fundación Libertad y Progreso –entre ellos, su hijo Iván, economista en jefe de la misma, quien se ha mostrado preocupado por “la inexistencia de programas económicos” (como si Roberto Lavagna fuera nigeriano) y Agustín Etchebarne–. Este último interpreta que el nuevo cepo es sólo el comienzo, que de ganar el peronismo en las generales de octubre habría mayores restricciones y que esto constituye una “problemática de la moneda nacional”. Falso. La función de los Bancos Centrales y las Reservas Federales es, justamente, aplicar restricciones. Eso no va a cambiar. Con dólares o pesos, las restricciones van a estar. El problema, en todo caso, no son las restricciones sino la eficacia y el sostenimiento de las políticas anti cíclicas. Pero eso es harina de otro costal y nos llevaría a considerar la crisis por fuera del problema monetario, cuando la idea es tratar de comprenderlo en toda su complejidad.

Una política monetaria es, en tanto tal, un conjunto de restricciones a la emisión y circulación de billetes. Nótese que al avanzar desde la lógica de la teoría monetaria moderna, sobre los argumentos de los liberales, tras las primeras capas de significado, surge el núcleo de su desvelo: el Estado, la institucionalidad del dinero, más aún, el Estado argentino, peor aún: el Estado argentino en manos del kirchnerismo.

Si bien la política monetaria es la llave maestra del desarrollo, cualquier experimento que le quite injerencia institucional a la política en el manejo administrativo podría no sólo no resolver nuestros problemas estructurales, sino agravarlos.

Todo ese pánico quedaría bastante mitigado si prestaran atención al nivel de moderación y pragmatismo que ha expresado Alberto Fernández, pero, claro, como a muchos, la presencia de la “pasionaria del Calafate”, como Jorge Fernández Díaz llama a Cristina Fernández, es lo que preocupa.

En ese sentido, el periodista económico Daniel Sticco, postuló que, efectivamente, con la dolarización hay una pérdida de la soberanía monetaria, pero que es dable esperar una serie de beneficios compensatorios, a saber: 1) la eliminación del riesgo de devaluación fuerte o repentina; 2) una mayor confianza entre los inversores; 3) tasas de interés más bajas para el crédito internacional; 4) Menores costos fiscales; 5) Niveles más elevados de inversión y de crecimiento de la economía y 6) Posible integración más estrecha de los mercados financieros del mundo. Los puntos 5 y 6, que son los determinantes en materia ya no sólo de política monetaria sino de economía, no se han alcanzado, incluso en países como Panamá o Ecuador que ya han implementado esta nueva y brutal “convertibilidad” radical. Más aún, la inversión financiera en la industria es una materia pendiente desde la época de la última dictadura. Y aunque les duela a los “sin corbata” Nac&Pop, los niveles de transferencia de capital desde el Sistema Financiero Bancario al Sistema Productivo Industrial, aún tras la experiencia del neo-desarrollismo, no han presentado modificaciones sustanciales.

So? digámoslo sin embates, si bien la política monetaria es la llave maestra del desarrollo, cualquier experimento que le quite injerencia institucional a la política en el manejo administrativo podría no sólo no resolver nuestros problemas estructurales, sino agravarlos.

DISCREPANCIAS

Para cerrar  y retomar las ideas centrales de la nota de Cachanosky expresadas al comienzo, quisiera manifestar ciertas discrepancias –sobre todo en lo que hace a la cuestión de fondo– e indicar una contradicción notoria en el propio planteo del economista. Lo haré procurando desarroparme del género técnico-teórico, para sostener y, de algún modo, reconocer y celebrar la importancia del registro en el que suele expresarse el autor de la nota bajo análisis, muy próximo al público. Para esta tarea, me voy a valer de las enseñanzas del Profesor George Friedrich Knapp, quien en su libro The State Theory of Money (1923), establece claramente la idea de que el dinero es una “creatura” estatal. La tradición por él inaugurada, que había quedado obturada tras la caída de la República de Weimar, ha sido restituida contemporáneamente por Randall Wray, autor de Modern Money Theory (2012).

En primer lugar, Cachanosky dice que la moneda, para ser tal, debe tener amplia aceptación. Cierto. Los bonos de los bancos –Bank-notes– también requieren aceptación, la acceptation es lo más importante. ¿Pero aceptación de quién?, ante todo, del Estado, del Estado como garante de las leyes establecidas por la Constitución, específicamente, para el caso, de los reglamentos que atañen a la circulación monetaria. En esto, los puntos de vista parecen ser coincidentes, el dinero es una “cuestión normativa”.

En cuanto a su función de reserva de valor, cabría esperar un análisis menos somero sobre un tema estrictamente relacionado: el Sistema Financiero Bancario, sobre todo porque las políticas impulsadas durante la convertibilidad –la edad de oro de los voceros de la Chicago School of economics y del Washington Consenssus– han diezmado la institucionalidad pública monetaria. Y si para muestra bastase un botón, el proceso de privatización del Banco Provincial de Santa Fe sería muy representativo.

Si el problema central es que las instituciones políticas y jurídicas no funcionan, la solución no pasa tanto por lo que puedan hacer o decir los economistas, sino por aquello que propongan las Ciencia Jurídicas y el Parlamento.

En segundo término, el economista sostiene que la destrucción de la moneda se origina en lo que denominamos “problema de equilibrio de caja”, credo a partir del cual se suele explicar todo y –lo que es más preocupante– se suelen fundamentan decisiones que laceran gravemente la soberanía. Un planteo con pretensiones de seriedad, que vincule la cuestión fiscal con la cuestión monetaria, merece un tratamiento más refinado.

En tercer lugar, el colapso de la moneda nacional, nos dice Cachanosky, se explica por la desconfianza de la gente en las instituciones, afirmación con la cual no podríamos estar más de acuerdo. Ahora bien, si el problema central es que las instituciones políticas y jurídicas no funcionan, la solución no pasa tanto por lo que puedan hacer o decir los economistas, sino por aquello que propongan las Ciencia Jurídicas y el Parlamento, ruedo del cual los economistas suelen estar ausentes, como si Schumpeter o Polanyi nunca hubiesen escrito ni una sola línea.

Asimismo, no parece muy coherente llamar al dinero, a la moneda de curso legal (valuta, en la terminología de Knapp) una “simple mercancía” o “mercadería” y sobre todo determinarla por su función transaccional y esto lo sostenemos a la luz de lo que consideramos es la quintaescencia del dinero: en tanto matter o law, que funciona independientemente del trade, pero, sobre todo, a la luz de los propios argumentos esgrimidos por Cachanosky en su nota.

En definitiva, como hermanos hijos de la Ilustración, si bien compartimos un recelo ancestral hacia los nacionalismos, lo que nos distingue, a los socialistas de los liberales, sigue siendo la vocación por leer la biblioteca entera y no sólo la parte en la que están contenidas las razones de nuestros anhelos.

Mauricio Yennerich

Mauricio Yennerich

Profesor de Geografía (UNL). Está trabajando en su tesis de Maestría en Ciencias Sociales (UNL) y cursa el Doctorado en Ciencias Sociales (UNLP).

Sin Comentarios

No se permiten comentarios