La mayonesa y el albertismo

El acontecimiento político es el momento en que una preparación, por ejemplo una mayonesa, “cuaja”. Y el triunfo de Alberto Fernández, de hecho, lo es. La propuesta es que la preparación cuaje con todos adentro. Con peronistas, con alfonsinistas, con apartidarios. ¿Puede construirse un escenario de este tipo en Argentina?

En El infinito adiós, un libro maravilloso sobre la teoría política de Louis Althusser, Emilio De Ipola define el acontecimiento político como el momento en que una preparación, por ejemplo una mayonesa, “cuaja”. Esto es: cuando la conjunción de una serie de factores (ingredientes, intensidades, tiempos, contextos) hacen sistema y forman algo donde antes no había nada. Se trata de un momento mágico por lo impredecible y por lo contingente, ya que, por más que estén dispuestos todos los elementos, no es posible a ciencia cierta predecir cómo, cuándo ni dónde acaecerá el hecho prodigioso de la condensación. Es como en el amor (otro acontecimiento): ¿qué hace que, entre las miles de combinaciones posibles, se produzca un encuentro amoroso y no otro en una determinada coyuntura?

En “El infinito adiós”, un libro maravilloso sobre la teoría política de Louis Althusser, Emilio De Ipola define el acontecimiento político como el momento en que una preparación, por ejemplo una mayonesa, “cuaja”. La conjunción de una serie de factores hacen sistema y forman algo donde antes no había nada.

Algo semejante sucede con los acontecimientos políticos. Como la mayonesa, estos condensan y cuajan. Es decir, irrumpen y crean algo nuevo. Esto no sucede, evidentemente, ex nihilo, sino que se sustenta en elementos sedimentados que son su condición de posibilidad. Pero su composición, indefinible a priori, es el resultado de procesos aleatorios y de instancias de decisión que le dan una “puntada” a aquello que se forja.

El abrumador triunfo de Alberto Fernández en las elecciones primarias de agosto es, sin dudas, un acontecimiento político. Por lo inesperado, por lo novedoso, por lo disruptivo. Como todo acontecimiento, es creador de nuevos mini-acontecimientos interpretativos, que siempre son lecturas retrospectivas. En ese sentido: ¿dónde “fechar” el origen de ese triunfo? ¿A quien atribuirle la decisión que terminó de darle forma? ¿Cuáles fueron sus condiciones de posibilidad?

Indudablemente, el impacto del video publicado por Cristina Kirchner aquel 18 de mayo, con el anuncio de la candidatura de Alberto Fernández y, sobre todo, el de su corrimiento a un segundo plano (el de candidata a vicepresidenta) fue un mojón central en el proceso que derivaría en el triunfo de agosto. Cristina dio una puntada fundamental en esa operación que, sin su decisiva intervención, hubiera tomado un curso diferente. Un segundo mojón, sin dudas, fue el hecho de que Sergio Massa aceptara sumarse al nuevo espacio de unidad, lo que, combinado con el desinflamiento de la candidatura de Lavagna y con el nombramiento de Pichetto como compañero de fórmula de Macri, terminó de disponer los ingredientes necesarios, aunque no suficientes, para la conformación de un gran frente electoral capaz de imponerse en las urnas. La performance de Alberto Fernández como candidato, su cuerpo como garante de la unidad, sus acertadas intervenciones mediáticas (instalando clivajes certeros, como la política económica) y, por último, el apoyo contundente de los gobernadores, terminaron de engrosar el cuadro.

Los acontecimientos políticos son un corte en el tejido de la historia que disloca la temporalidad vigente y abre un nuevo tiempo histórico que, a su vez, permite releer el pasado e imaginar el futuro. El domingo 11 de agosto se abrieron varias temporalidades simultáneas.

El gobierno inauguró el periodo postelectoral aludiendo a un tiempo virtual. “Esto todavía no sucedió”, dijo Pichetto en la conferencia de prensa del 12 de agosto. Si esa expresión, la del “todavía-no”, aludía a la elección de un nuevo presidente y a la posibilidad, luego reafirmada por Carrió, de que todavía es posible dar vuelta el resultado, también remite a las promesas no cumplidas, al siempre postergado segundo semestre, a los campos yermos de brotes verdes. Un tiempo virtual y frustrado.

“Esto todavía no sucedió”, dijo Pichetto en la conferencia de prensa del 12 de agosto. La expresión “todavía-no”, aludía a la elección de un nuevo presidente y a la posibilidad de dar vuelta el resultado, también remite a las promesas no cumplidas, al siempre postergado segundo semestre.

Se abrió también un “tiempo nuevo”, como lo nombró Alberto Fernández en el bunker del Frente de Todos el mismo domingo: un tiempo que oscilará entre la refundación y la restauración, y que deberá encontrar en ese intersticio el pulso exacto. En esa línea, Alberto Fernández se propone “reconstruir el país con todos, sin nadie afuera”. Esa unidad es el ariete del nuevo tiempo: es con todes. Y muchos pueden ser los nombres de ese espacio que se abre con el tiempo de la unidad: “Habrá algunos a los que, como a mí, les guste decir más Patria; otros a los que les guste más la Nación, y habrá muchos a los que también, por qué no, les guste decir más República. Pero miren: digas Patria, digas Nación, digas República, la única bandera que hay es la de la Argentina”, dijo Cristina en uno de los discursos de cierre de campaña. El tiempo de la unidad, un tiempo laboriosamente trabajado.

En el último periodo de la campaña, el auge de las historias mínimas dio lugar, aunque exiguamente, a una narrativa de más largo alcance, el de las generaciones. Se sabe: Alberto Fernández se inscribe nítidamente en aquel primer kirchnerismo que sacó a la Argentina de la crisis, pero también se ha mostrado con remeras y libros de Alfonsín, recuperando así su pasaje por el gobierno radical y su propia trayectoria dentro del Peronismo Renovador, que enraizaba en los orígenes democráticos y republicanos del alfonsinismo. De ese modo, a la nueva generación “modernizadora” de Cambiemos, a la “generación diezmada” del nestorismo, a la “generación del Bicentenario” del cristinismo parece imponerse la remisión a una “generación del 83” que leyó el alfonsinismo desde un peronismo renovado. Un tiempo heredado.

Alberto Fernández se inscribe nítidamente en aquel primer kirchnerismo que sacó a la Argentina de la crisis, pero también se ha mostrado con remeras y libros de Alfonsín, recuperando así su pasaje por el gobierno radical y su propia trayectoria dentro del Peronismo Renovador, que enraizaba en los orígenes democráticos y republicanos del alfonsinismo.

Por último, se ha instalado crecientemente un clima transicional. Lo dijo Pichetto en la misma conferencia de prensa por la negativa (pero negar es afirmar lo implícito): “esto no es una transición”. Negación y denegación que funciona, en todo caso, como la invocación de un tiempo de pasaje, de un entretiempo, de una etapa de cambio en un contexto de alta incertidumbre.

Una transición supone, además, la suspensión del orden vigente. Se trata de un tiempo excepcional que, como tal, podría requerir decisiones excepcionales, que podrían poner en peligro la propia transición (si el gobierno continuara situado en el tiempo virtual del todavía no y pretendiera obstinadamente revertir el resultado, sin medir consecuencias) o, por el contrario, ampliar los límites de la unidad y sentar más mojones para lo que podría ser un definitivo acontecimiento político en octubre: la construcción del albertismo como una nueva identidad política, encarnada en la figura presidencial, sustentada en grandes bases partidarias, sociales y políticas y enraizada en una tradición popular, republicana y democrática. El tiempo de la transición debe ser, entonces, el tiempo de la responsabilidad: para que el proceso se condense y cierre con todos adentro.

Sol Montero

Sol Montero

Socióloga, Doctora en Letras, especialista en análisis del discurso político. Investigadora del CONICET y profesora en la Universidad Nacional de San Martín. En twitter es @monteraux

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