Era política, es política y será política

No se trata de economía, la política es la que tendrá que dar una solución o morir en el intento. Hacer política no se limita a ganar elecciones ni acceder al Estado, se trata de construir acuerdos y políticas para el bienestar de todos. Fácil decirlo, difícil hacerlo. 

Está bien. Argentina es un país heterodoxo en todos los sentidos. Debe ser la única nación del mundo que sigue anclada en discusiones del pasado remoto a la hora de discutir el presente. Y ya no hablamos del pasado en términos simbólicos, sino que en muchos casos terminamos instalando la liturgia, como presunta solución a los problemas estructurales.

Era la economía, rezaba aquel cartel en el comité de campaña de Clinton, antes de ganar la presidencia de los Estados Unidos por primera vez. Y en Argentina, la de este angustiante 2019, y en cualquiera de las versiones trágicas que conocimos en el último medio siglo, nunca entendimos que el problema, es la política. Fue, es y será, hasta que un día lo comprendamos todos.

La política es la que encauza. Es la que integra. Es ese juego fascinante de combinar pretensiones con realidades. Esa alquimía que permite generar expectativas, cumplirlas en las medidas de las posibilidades, y generar otras, siempre.

Tenemos dirigentes pícaros, vivos para tomar decisiones cortoplacistas. Tuvimos, y tenemos, presidentes capaces de leer las demandas urgentes y otros, como el actual, que ni siquiera eso supo hacer. Saben ganar elecciones. Saben meter la traba al que viene cayendo, asociarse con velocidad al que se empieza a levantar, y en general manipulan con una enorme facilidad, asuntos profundos, para adaptarlos a la coyuntura. El kirchnerismo usó las causas de los DDHH para fortalecerse, Cambiemos se inventó en nombre de la institucionalidad y la República. Pero antes, ninguno había hecho nada por ambas cosas, que eran importantes, claro. Pero que para ellos lo fueron, recién cuando les resultaron útiles.

La política es la que encauza. Es la que integra. Es ese juego fascinante de combinar pretensiones con realidades. Esa alquimía que permite generar expectativas, cumplirlas en las medidas de las posibilidades, y generar otras, siempre.

Eso, no es política. Eso es picardía. Eso es chantada. Es el triunfo de la velocidad del especulador, y la admisión de que la política es, en una gran mayoría de los casos, una herramienta que les permite acceder al poder público para después ver. ¿Ver qué? Cuáles son los vientos que soplan alrededor, cuáles son los discursos que convienen, y cuáles son las maneras más sencillas de volver a ganar elecciones. Hasta que un día las pierden.

Es un país paradójicamente ausente de política. Una dirigencia -con excepciones contadas- que no comprende nunca la dimensión de la distancia con los ciudadanos, y que arremete, casi siempre, en la dirección equivocada. Y nunca escucha al otro, y siempre le echa la culpa al otro, y nunca, otra vez, es capaz de aprender de los errores.

Es el peronismo, dicen las entrañas de quienes siguen creyendo que hay un sector del país al que no le gusta trabajar:  léase cabecitas negras, esa casta de incultos mantenidos, que nunca quieren “garrarlapala”, por dos o tres generaciones. Los que lo dicen, o los que instalan ese discurso racista y un poco (seré piadoso) inmoral, son en su  gran mayoría , los argentinos que se enriquecieron en las últimas tres o cuatro décadas sin trabajar. O  sea, acumularon a partir de una enorme renta financiera, y fueron felices como consecuencia de la producción de materias primas, que se convierten luego en inversiones inmobiliarias, y que les terminan dando una renta que se multiplica. Nunca multiplican riqueza, sólo se enriquecen y crean burbujas que los favorecen.

Al revés, los que apuestan a la producción, a la generación de fuentes de empleo, los que creen que bajo las reglas normales de la humanidad occidental, la riqueza se multiplica produciendo, investigando, generando ciencia y tecnología que le inyecte valor al mercado primario, son los que pierden, siempre. Con los neoliberales, con los populistas y con todos los que hablan de política, pero que nunca, terminan generando políticas.

Claro, me dirán: pero estás hablando de economía. Y no, No es la economía. Porque más allá de las urgencias, las Leliqs, Lebacs, Bonex y cada uno de los inventos que fueron creando para paliar la administración de recursos del Estado, lo que subyace es que nunca, jamás, al menos desde los intentos alfonsinistas, se aplicaron políticas públicas serias en Argentina. Ni por derecha, ni por izquierda.

Lo que se hizo, lo que se hace, y lo que probablemente se seguirá haciendo si no aparece un grupo de dirigentes con liderazgo claro, es ganar elecciones. Turnarse en el juego de los desprecios colectivos, administrar del modo en que se les ocurra el Estado, y después ver.

Ni el kirchnerismo, que se llena la boca hablando de política, ni el macrismo que ayudó a demonizar a la política, hicieron política. Sólo administraron el Estado. Y los resultados son los que vemos.

Instaurar un sistema de asistencialismo estructural no es política. Es una medida de emergencia. Es lo que hacen los países después de una guerra. Pero después, salen a reconstruirse, no se quedan en esta instancia.

Creer, con la crueldad que eso significa, que las soluciones serán las que indiquen las planillas de cálculos de una empresa, sin medir que cada número que se tacha es una vida, tampoco es política. Es un modo de ajustar las estadísticas, para que algunos crean que nos volvimos prolijos y responsables. Y termina siendo al revés: es enorme la irresponsabilidad de quien arroja a la calle a miles de personas. Las consecuencias serán atroces. Primero para esas personas, después para el tejido social completo, y finalmente para el país y para ese gobierno, que como estamos viendo, será eyectado por todos.

Ni el kirchnerismo, que se llena la boca hablando de política, ni el macrismo que ayudó a demonizar a la política, hicieron política. Sólo administraron el Estado. Y los resultados son los que vemos. Y la indefensión que mostramos frente al mundo y cada uno de sus resfríos, es la consecuencia de no haber hecho política. De no haber comprendido que el Estado es algo más que acceder a los cargos públicos, sino un lugar desde donde se cuentan con más o menos herramientas para transformar su estructura, invitar a todos a proponer miradas, y establecr una mínima idea común del perfil que vamos a tener de acá a los próximos 30 años. 20, o 10, si es mucho pedir para la ansiedad generalizada.

Es mentira que Alberto Fernández sabe como resolver este quilombo. Y claramente Macri demostró no sólo no saberlo, sino que nos enquilombó más.

Y más allá de los nombres propios, de las estrategias comunicacionales, los errores, los esperpénticos discursos con vaivenes de un empresario encerrado en un sillón al que nunca debió acceder -mucho menos de la mano de dirigentes políticos, como los radicales, que lo impulsaron a llegar-, lo que desapareció en el país es la política como proyecto. Es el plan estratégico. Las ideas. Eso, las ideas.

Los sentimientos populares no son políticas. Los desprecios señoriales no hablan de política. Hablan de otros asuntos, muy menores en lo público y muy despreciables en lo humano. Pero no significan nada si no se traducen en decisiones efectivas.

¿ Cómo salimos de este agujero? Yo no lo sé, detalladamente, claro. Ni me siento capaz de hacerlo.

En cambio si sé, que será con política. Y nunca sin ella.

Fue, es y será la política. Fueron, son y serán los políticos los únicos capaces de torcer este nuevo vendaval. Sean del “partido” que las mayorías elijan, claro. Pero con los otros al lado dispuestos a colaborar y siendo respetados.

Con planificación, que incluya salidas A, B y C, en las contingencias. Con una fuerte decisión en materia educativa, con un sistema público financiero que ayude a producir. Con un esquema tributario que favorezca a los que producen. Con sanciones constantes a la especulación. Con una fuerte inversión en obra pública que impacte sobre el desempleo, con un acuerdo que nos invite a dejar de maltratarnos al menos por dos años, y con un funcionamiento de las instituciones que no admita correcciones permanentes, de acuerdo a las necesidades del gobierno de turno.

Y no hablo de decisiones económicas, sino de política.

Claro, me dirás. Estás hablando de una utopía, en el medio de un infierno.

Pero la política no se admite sin utopías, y sin utopías, como dice Serrat, la vida -en este caso la historia de un país- termina siendo sólo un ensayo para la muerte.

Fue, es y será la política. Fueron, son y serán los políticos los únicos capaces de torcer este nuevo vendaval. Sean del “partido” que las mayorías elijan, claro. Pero con los otros al lado dispuestos a colaborar y siendo respetados.

Si lo que viene no es política, sino la reiteración de esas muecas y parches, esos relatos falsos, esas promesas incumplibles, esas retóricas asociadas más a la mística religiosa que a la realidad… vayan bajando los botes. Un día de estos, amaneceremos y no tendremos país.

No será la primera vez que ocurra. Cientos de naciones desaparecieron. Por ausencia de política.

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