¿El sueño del país normal?

El país normal es una añoranza política que reaparece en la Argentina en los tiempos de crisis, una coartada que basa en la anomalía nacional todos sus males. El Gobierno de Macri ha explotado esta idea con una serie de frases hechas que, por un lado, condenan “70 años de peronismo” y, por el otro, intenta ser “como todo el mundo”. Esa trama discursiva es la que analizaremos. 

-Es una política pública. Es así, a usted le puede gustar o no.

El clima comenzaba a tensarse. Apenas algunos días atrás, el juez federal Velázquez había procesado y embargado en la suma de $400.000 al policía Luis Chocobar, quien el 8 de diciembre del año anterior, tras presenciar un asalto, asesinó por la espalda al joven asaltante Juan Pablo Kukoc. Esto agitó el debate público y precipitó una serie de declaraciones por parte de funcionarios del Gobierno. Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, decidió salir a defender públicamente el accionar del policía.

-No. No me gusta. Algunas señales de esas políticas públicas no me gustan. No es que estoy en desacuerdo– responde el periodista Ernesto Tenembaum.

-Vamos a ver qué resultados da en la seguridad de todos los argentinos.

-Ojalá tenga razón usted. Lo que yo quiero decir es que…

Bullrich interrumpe con vehemencia, veloz, como quien no quiere dejar pasar un segundo más sin sentar con contundencia su posición.

-Voy a tener razón porque es lo que pasa en todas partes del mundo.

Hay un proceso por el cual una aspiración genérica se traduce en microejercicios de justificación de decisiones y posturas políticas. En tanto fin, se vuelve también una razón: hacemos esto o aquello porque queremos ser normales y esto es lo que hacen los países normales.

El cruce entre la ministra de Seguridad y el reconocido periodista se dio durante los primeros días de febrero del año pasado, en el programa radial Y ahora quién podrá ayudarnos. Dos meses atrás, Tenembaum había dedicado una nota a criticar a la ministra por el accionar de las fuerzas de seguridad en ocasión de las protestas por la reforma jubilatoria frente al Congreso en diciembre de 2017.

Detengámonos un momento en las declaraciones de Patricia Bullrich. Hay una característica llamativa en ellas, que se advierte también en los dichos de otros funcionarios de Cambiemos, y tiene que ver con la apelación a lo normal como recurso justificativo de sus decisiones. Este método, bastante frecuente por cierto, se observa tanto en el plano económico (“comparados con la región y con el mundo, hoy la Argentina está totalmente desalineada con su estructura impositiva” –Dujovne dixit); como en el plano político (“las huelgas generales prácticamente no existen en ningún lugar del mundo” –Patricia Bullrich) y en el plano penal (“en cualquier país civilizado el Estado lo primero que hace es darle la presunción de inocencia a su policía” –P. Bullrich). El propio Macri y Marcos Peña han dado explicaciones similares sobre la baja de las retenciones, Dujovne sobre el impuesto a la renta financiera y el ex ministro Prat-Gay para justificar la reducción gradual del déficit fiscal, entre otros.

Justificar es para Cambiemos, en muchos casos, insistir con que su propuesta es “la normal”, aquella palabra infaltable en la argumentación cambiemista, aunque intercambiable con otros adjetivos como “serio” o “civilizado”, que en modo alguno resulta casual.

UN PAÍS DE MIERDA

Ahora bien, al margen de la centralidad que el ideal regulativo del país normal adquiere en la comunicación del Gobierno, casi todo el arco político recurre a él para desarrollar críticas o justificaciones y trazar metas. Basta recordar el eslogan de campaña de Néstor Kirchner en 2003 (en rigor, “un país en orden”), el de Hermes Binner en 2011, observar la tapa del último libro de Axel Kicillof o tan solo sentarse a mirar un rato de televisión zappingueando entre programas políticos en medio de la campaña electoral.

Todos se apropian el concepto y lo transforman en horizonte, y todos se arrogan la capacidad para realizarlo. El sueño del país normal es compartido, pero cada uno entiende algo distinto por lo que ello significa. Sus límites están lejos de ser claros y el contenido de la normalidad que se declama se vuelve objeto de disputa: mayores o menores grados de intervención estatal en la economía; más o menos impuestos; más o menos severidad en la penalización de los delitos. Todo puede cobijarse bajo el paraguas conceptual del país normal. Como si hubiéramos pasado de discutir cómo debería ser el mundo a discutir como es el mundo. De la lucha por las ideologías a la disputa por detectar qué hace el resto para ver si podemos replicarlo en nuestra nación.

Volvamos al oficialismo: lo llamativo aquí es la centralidad que esto adquiere en su comunicación y la forma en que sus destinatarios lo receptan y reproducen. O quizás a la inversa: la forma en que se apropia de expresiones que ya se presentaban de forma dispersa en distintos sectores de la sociedad y logra articularlas en una narrativa común. Pero para entender esta recepción por parte de algunos sectores del electorado de Juntos por el Cambio debemos advertir un factor que va de la mano con ese ejercicio: la extendida percepción de que somos un país de extrema singularidad. Y no cualquiera sino particularmente una singularidad negativa.

En parte es eso: trabajar sobre esa percepción de que somos un país estropeado por culpa de una clase política que nos degrada desde hace 70 años, y de la que el oficialismo pretende situarse por fuera (“la nueva política”), aún cuando muchos de sus principales funcionarios integraron aquellos procesos dentro de esos decadentes 70 años. No importa que tengamos, junto a Chile y Uruguay, uno de los mejores indicadores de desarrollo humano de la región, ni el Juicio a las Juntas, ni que hayamos sido los primeros en América Latina en permitir el matrimonio igualitario. Siempre se apelará a una vuelta a etapas previas en una especie de revival nostálgico: la Argentina agroexportadora que pudo ser Australia y no fue. El hazmerreír de América Latina que permite que los habitantes de los otros países de la región vengan a operarse gratis, como escuchamos seguido en la tele y repite Miguel Pichetto. Un poco de vergüenza por lo que somos y un poco de esperanza por lo que podríamos ser.

Esta idea de los “70 años de”, donde Menem es igual a Alfonsín y Alfonsín es igual a Kirchner y, al fin y al cabo, todos son iguales a todos, se edifica sobre una homogeneización burda.

De esta manera, Cambiemos ha evocado una cierta normalidad que siempre se encuentra afuera (en el mundo) y de la que hace por lo menos siete décadas que no podemos gozar por culpa del populismo, aunque esta idea suele referir -implícita o explícitamente- al peronismo. Pero el oficialismo sabe que siete décadas es mucho y convierte la anormalidad en regla: luego de “70 años de autoengaños”, la normalidad argentina no es otra que el (des)orden peronista. Este planteo en el que el statu quo deja de estar caracterizado por las desigualdades sociales y económicas estructurales y pasa a estar constituido por los manejos y desmanejos peronistas, le permite al Gobierno presentarse como reformista (“reformismo permanente”; “cambio cultural”), no ya respecto del proceso previo de 12 años kirchneristas sino de uno más extenso. O mejor: “la ley y el orden”, frase típicamente asociada al conservadurismo, aparecería como un lema revolucionario en el país de las mafias sindicales, la corrupción y las crisis económicas recurrentes.

¿Cómo aparece entonces el mundo en su discurso? En primer lugar, como destino deseable (“queremos volver a ser parte del mundo” –Mauricio Macri en la reunión del Clinton Global Initiative). Allí afuera es donde está la normalidad que se ansía y no se tiene. Y en segundo lugar, como autoridad. Mejor dicho: en tanto que destino deseable, reviste también la calidad de sujeto imaginario legitimado para avalar o rechazar el rumbo político y económico del país, tercerizando las decisiones (“el mundo decidió que la velocidad con la que reducimos el déficit fiscal no es suficiente” –el presidente en conferencia de prensa). Es decir: una autoridad cuyo intérprete es, obviamente, el Gobierno.

Así, Cambiemos se arrogó ser la fuerza política que devuelve a Argentina al curso normal de las cosas y deposita afuera -en hechos o actores externos que están por fuera de su radio de control- la responsabilidad por cualquier alteración de ese curso, como fueron las crisis cambiarias de mayo y septiembre del año pasado (“el mundo se nos vino encima”; “esta tormenta que estamos pasando”).

Pero esta idea de los “70 años de”, donde Menem es igual a Alfonsín y Alfonsín es igual a Kirchner y, al fin y al cabo, todos son iguales a todos, se edifica sobre una homogeneización burda. Así, borran la heterogeneidad de ese recorte histórico de la política local como borra también la diversidad que se presenta en un mundo que, si bien claramente edificado sobre la democracia capitalista, se encuentra lejos de la uniformidad que se declama. Sucede que en la diversidad es más difícil hallarse exótico, y sin ese sentimiento el discurso normalizador pierde fuerza: para que ello funcione primero hay que tocar el nervio de la excepcionalidad. De ahí que el Gobierno desarrolle la construcción ficticia de un mundo que de tan homogéneo parece hasta aburrido: ¿Todos los países hacen lo mismo?

¿QUIÉN QUIERE MORALIDAD CUANDO PODEMOS TENER NORMALIDAD?

Si bien, como dijo Pablo Stefanoni, todos los gobiernos de 1983 para acá prometieron normalidad, la coalición actual se distingue por esa conjugación con un recorte histórico cuanto menos curioso y una apelación nostálgica a un pasado paradisíaco perdido, lo que resulta en una fórmula que pareciera calar hondo en parte de su electorado. Dice también Stefanoni: “Cambiemos evoca una normalidad que no sabemos bien de que se trata”. Y es que la idea cambiemista de normalidad se asienta sobre contornos esencialmente difusos pero que sus voceros se encargan de determinar ad hoc: ¿Qué es lo normal sino aquello que el Gobierno diga que es al momento de justificar una decisión?

Por otro lado, cuando Cambiemos (ahora, Juntos por el Cambio) –o cualquier otra fuerza política- justifica una medida apoyándose en que “es lo que hacen todos los países del mundo”, sobre todo si ese se vuelve el argumento exclusivo, evade otro tipo de discusiones (morales, políticas, incluso jurídicas), por no decir que se sostiene sobre razonamientos falaces (generalizaciones apresuradas, falacias de mayoría, símil citas de autoridad). Ni todos los países hacen lo mismo, ni lo que haga una mayoría de ellos o los más “civilizados” es correcto per se. ¿Consagramos las garantías del debido proceso porque es lo que hacen todos los países del mundo o por convicciones morales profundas? Si el mundo mañana es Bolsonaro y su autoritarismo, ¿vamos a seguir queriendo ser como el mundo? Quién quiere moralidad cuando podemos tener normalidad.

El corolario de este uso abusivo: hace unos días la ministra Bullrich compartió un video en redes sociales para defender el uso de las pistolas taser, en el que se decía que se utilizan en más de 200 países. Para la ONU, solo existen 194 países reconocidos como tales. En fin.

Digamos que el oficialismo sabe que apelando a la normalidad se exime de elaborar otro tipo de justificaciones más engorrosas y controversiales. Sabe, también, que la normalidad se justifica por sí sola en una sociedad con el ego dañado, cansada de ser la oveja negra.

TODO LO SÓLIDO SE PERONIZA EN EL AIRE

Digamos que el oficialismo sabe que apelando a la normalidad se exime de elaborar otro tipo de justificaciones más engorrosas y controversiales. Sabe, también, que la normalidad se justifica por sí sola en una sociedad con el ego dañado, cansada de ser la oveja negra. De ahí que construya el sentido de esa normalidad a la medida de sus necesidades, conjugándolo con el incesante ejercicio de profundizar el complejo de inferioridad argentino.

No obstante, todo esto parece haberse suspendido desde la incorporación de Pichetto a la fórmula presidencial y debido también a las circunstancias en que se desarrolla la competencia electoral (no es fácil hablar de normalización en tiempos de crisis autoinfligida). El Gobierno incorporó a un peronista de pura cepa y un símbolo de la vieja política a sus filas; el discurso volvió a focalizarse con más énfasis en el kirchnerismo (el “cambio” ya no es respecto de “70 años de decadencia” sino respecto del proceso de 12 años kirchneristas) y las ambiciones se moderaron marcadamente (ya no alcanza para el “cambio cultural” ni para una lluvia de inversiones sino que los esfuerzos se centran en evitar la vuelta del populismo y conservar la integridad de la República).

Sin embargo, las apelaciones a la normalidad como justificativo de decisiones gubernamentales y críticas opositoras se ha instalado con éxito y seguirá presente de forma dispersa en casi todo el arco político. Del “queremos volver a ser un país normal” de Macri al “voy a tener razón porque es lo que pasa en todas partes del mundo” de Bullrich hay un proceso por el cual una aspiración genérica se traduce en microejercicios de justificación de decisiones y posturas políticas. En tanto fin, se vuelve también una razón: hacemos esto o aquello porque queremos ser normales y esto es lo que hacen los países normales.

No es algo que se active solo a modo de eslogan en tiempos de campañas electorales, lo cual está perfecto. No es solo una promesa de campaña sino que ha encontrado espacio en las argumentaciones cotidianas de la dirigencia política en general. Y no hay nada de malo en el estudio de políticas públicas comparadas para replicarlas en nuestro país: es aceptable e incluso deseable. Solo hay que tener cuidado con que la obsesión por lo normal no anule la discusión por lo justo.

Tomás Allan

Tomás Allan

Estudiante de Derecho (UNLP). Ha escrito diversos artículos de opinión en "La tinta".

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