Oesterheld: cumple cien años el Borges del cómic mundial

Héctor Germán Oesterheld, autor de “El Eternauta”, entre otras obras maestras, es reconocido desde hace poco tiempo como uno de los más grandes narradores argentinos. El reconocimiento a Oesterheld salta todas las diferencias imaginables. Aquí se propone recuperarlo para valorarlo como lo que es: el Borges del cómic mundial.

Esta semana Héctor Germán Oesterheld hubiera cumplido cien años. Para las generaciones más recientes es casi un desconocido, aunque su personaje principal es bastante más masivo que su creador: El Eternauta, su creación más destacada, fue revitalizado por la utilización algo espuria que se hizo de él en los años recientes.

Aunque es creciente el reconocimiento de que se trata del Jorge Luis Borges de la historieta mundial –o quizás un poco más prudentemente, el José Hernández de la historieta argentina– algunas fatalidades que lo tienen como punto de convergencia conspiran aún contra el reconocimiento de ese carácter. Por caso, su obra sigue dispersa, aunque cada vez más especialistas marcan su extraordinaria singularidad, al punto de inscribirla entre las piezas más valiosas de la literatura argentina (y en particular, a El Eternauta, como una obra cumbre de la ciencia ficción mundial).

“Es un hecho: Oesterheld es hoy menos un autor de historietas que un personaje de una histori(et)a guionada por la Muerte. Pero nos siguen gustando más los guiones que escribía él”. Eso decía Juan Sasturain hace ya casi un cuarto de siglo, en el formidable Libro de Fierro dedicado a Oesterheld (editado por La Urraca en septiembre de 1985). Además aseguraba allí que el gran HGO inventó la profesión de guionista “como Gardel la de cantor de tangos y Carrizo la de ‘arquero jugador’, y fue guionista de historietas como nadie lo había sido ni lo sería después”.

Sasturain también advertía que “la acumulación de capas generacionales de lectores y los avatares de una espantosa historia reciente, mezclaron su nombre y su destino personal a la lista del horror organizado”, restando en alguna medida los valores de lo que escribió, como un texto al pie, inseparable. Se refería a la tragedia que azotó a la familia del gran guionista: él, sus cuatro hijas, tres yernos y dos nietos fueron víctimas de la dictadura. HGO militó en sus últimos años de vida en la organización armada Montoneros, como sus hijas y yernos. Oesterheld desapareció el 27 de abril de 1977, al parecer por concurrir a una cita “cantada” en lugar de otra persona con un cargo mayor en la organización.

Aunque es creciente el reconocimiento de que se trata del Jorge Luis Borges de la historieta mundial –o quizás un poco más prudentemente, el José Hernández de la historieta argentina– algunas fatalidades que lo tienen como punto de convergencia conspiran aún contra el reconocimiento de ese carácter.

ENTRE EL MARGEN Y EL CANON

Comencé a leer historietas escritas por Oesterheld cuando el gran aventurador ya había desaparecido en alguno de los centros clandestinos de detención de la dictadura. En 1976 Ediciones Record publicó una Historia de la Historieta Argentina dirigida por Carlos Trillo y Guillermo Saccomano, en donde se enfatizaba el lugar de HGO en la historieta, no ya argentina, sino del mundo. Allí se afirmaba (creo que por primera vez) que este geólogo argentino que a los 31 años –y sin haber sido antes lector de historietas– se acercó a un oficio nuevo, cambió la historia de la historieta mundial.

No era una afirmación desmedida ni patriotera. Tiempo después, Benjamin Fraser, de la Universidad de Arizona, asegura que El Eternauta se inscribe en las obras consideradas como esenciales en la literatura de ciencia ficción junto con las fundacionales de H.G. Wells y con los cuentos de Borges y Bioy Casares: “Esta obra magistral de HGO marca un hito en la historia de la ciencia ficción en Argentina y por extensión toda América Latina”, afirma.

Sobre todo a partir de su asociación con Alberto Breccia en Mort Cinder –que inauguró un ritmo de narración y un planteo gráfico absolutamente nuevos– la historieta del mundo dejó de ser lo que era antes de HGO. En Europa –donde Mort Cinder no demoró en llegar– nadie podía entender que desde aquellas pampas lejanas hubiera gente como Oesterheld y Breccia creando esas historietas. El gran Hugo Pratt, que de joven había andado dibujando por estas tierras, bastante antes de trasformarse en referencia universal con su Corto Maltés, jugó a favor de la difusión de esos creadores en el Viejo Continente. En Buenos Aires, en los años 50, Pratt había dibujado unas cuantas historias de Oesterheld (algunas de las mejores: Sargento Kirk, Ticonderoga y Ernie Pike entre otras). Pratt, que murió en 1995, no tenia dudas: “Héctor Oesterheld ha sido el más grande guionista que yo he encontrado. Era el maestro del relato, capaz de contar una historia en tres páginas”.

HGO comenzó su carrera literaria escribiendo historias para chicos, y sus primeros (y bellísimos) relatos se publicaron en 1943. Como dice Liliana Feierstein, Oesterheld, pese a su apodo de “El Viejo” tal vez “nunca abandonó del todo el territorio de la infancia, no sólo en sus colecciones de piedritas, cosas extrañas y ‘reflejos’ sino en sus múltiples aventuras de historietas”.

Sasturain también llamó a Oesterheld “el domicilio de la aventura”. HGO, nacido en 1919, fundó en los años 50 las míticas revistas Hora Cero y Frontera, y guionó la mayoría de las historietas que allí se publicaban. Dejó su actividad profesional –la geología– para volcarse a un rubro en el que creó un nuevo concepto que no sólo sería de vanguardia en la Argentina, sino que revolucionaría el concepto del género a nivel mundial. Un ejercicio interesante para captar la dimensión del reconocimiento creciente de Oesterheld en ámbitos especializados consiste en buscar su nombre y apellido completo en Google Académico: los estudios sobre su obra son cada vez más numerosos y detallados, así como internacionales.

Como dice Sebastián Gago, hay una estrecha relación entre el proceso de consagración y canonización de Oesterheld y de parte de su obra, y una significativa presencia de sentidos vinculados a la contemporaneidad política y social, manifestada en la recepción del Eternauta, su título más reconocido. Es otra particularidad de HGO: su permanente deslizamiento entre el margen y el cánon, entre el mainstream (ya sea por el éxito comercial en su momento, como por el reconocimiento posterior) y los bordes (tanto por la insólita decisión de trocar la geología por la aventura, como años después por su paso a la clandestinidad montonera y la increíble persistencia de seguir realizando guiones en esa condición).

LA NEVADA

Para quienes no conocen la historia, El Eternauta es la narración de una invasión extraterrestre que toma como cabecera de la conquista a la ciudad de Buenos Aires. El ataque se inicia con una nevada mortal, que mata todo lo que toca. Luego, progresivamente se irá conociendo a los invasores, que esclavizan a otras especies (incluidos los seres humanos) para usarlos como robots-soldados. Las escenas transcurren, insólita, fundacionalmente, en escenarios cotidianos para la sociedad argentina: la 9 de Julio, la cancha de River, las calles porteñas o suburbanas.

La historia está contada en primera persona por un personaje que es el propio Oesterheld, dibujado libremente por Francisco Solano López –unos años después el gran Alberto Breccia lo hará casi fotográficamente en su versión para la revista Gente, que fue la que triunfó en Europa–. “El Eternauta” es el apodo que se ganó Juan Salvo, un vecino porteño que terminó vagando por una suerte de eternidad espacio-temporal tras huir de los invasores cuando derrotaron al desordenado y pequeño ejército de sobrevivientes que Salvo comandaba. Aunque Salvo es la voz principal, se trata de un relato coral con personajes entrañables y reconocibles: rostros típicamente argentinos, modismos y costumbres de la cotidianeidad, de pronto están en las escenas centrales de una aventura fabulosa. Alli se suceden la familia de Salvo (Elena y su hija Martita), los amigos Favalli, Polski, Lucas, los personajes del barrio, y hasta un periodista-historiador, que se esfuerza por registrar todo lo que ocurre incluso durante el fragor del combate. Pero también hay espacio para parte de quienes integran el elenco invasor: el Mano enemigo, que ante la certeza de la muerte, se “humaniza” ante sus inesperados vencedores. Una obra maestra, que se despliega asombrosamente y atrapa a quien a ella se asome.

Sobre ese “coro” de personajes, sobre esa galería, Oesterheld, años después, reflexionó así: “Quizás por esta falta de héroe central, El Eternauta es una de mis historias que recuerdo con más placer. El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe ‘en grupo’, nunca el héroe individual, el héroe solo”.

El Eternauta no es una pieza acabada: fue reescrita varias veces, fue cambiando al ritmo de las transformaciones de su autor, y luego fue modificándose con su memoria, con nuevas versiones y continuaciones, en manos de otros guionistas. Se puede hablar de tres fases de desarrollo del Eternauta en vida de Oesterheld: la primera, su edición por entregas en la revista Hora Cero Semanal, de septiembre de 1957 a noviembre de 1959. Poco después, en 1962, Oesterheld la retoma por poco tiempo en su nueva revista ahora llamada El Eternauta: Juan Salvo prosigue sus aventuras y la resistencia frente a los extraterrestres.

En 1969 arranca la segunda fase: una nueva versión de la primera parte se publica en la revista Gente con ilustraciones del gran Alberto Breccia, y modificaciones en en el guión que muestran la evolución del compromiso de su guionista: ahora los países del Norte acuerdan con los invasores, y “entregan” a los países del Sur. “Como siempre hicieron”, dice el nuevo guión. Después de 17 entregas, la dirección de la revista suspende la publicación, y Oesterheld-Breccia deben concluirla abruptamente.

Sobre ese “coro” de personajes, sobre esa galería, Oesterheld, años después, reflexionó así: “Quizás por esta falta de héroe central, El Eternauta es una de mis historias que recuerdo con más placer. El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano”.

Hay una tercera fase a partir de 1976: la continuación de la historia, la segunda parte de El Eternauta, de la mano nuevamente de Solano López, quien debió concluirla tras el secuestro del guionista. En ella se leen con claridad señales inequívocas de su experiencia montonera. Quizás la más tremenda y dolorosa, la pérdida de su primera hija: en una de las últimas páginas, el personaje de HGO recuerda a María, integrante de la resistencia que se sacrifica ante el invasor: “María… mi María…. No más llanto en los ojos. Ahora es el llanto por dentro. Y así será mientras viva”, dice. Y agrega: “No me quejo. Fue ella quien decidió luchar hasta vencer. Lo consiguió.” María era el nombre de guerra de la primera de sus hijas asesinada en la dictadura. Al igual que el propio Oesterheld, fueron parte de la cifra de pérdidas humanas aceptables dentro del cálculo delirante de Mario Firmenich y la impresentable conducción montonera.

Casi como ocurre en la vida del autor al ser escrutada desde la actualidad, cada fase incluye a la otra y, simultáneamente, la resignifica. Hay todavía una cuarta fase del Eternauta, con otros guionistas, que procuran recuperar la historia original y exploran otros caminos. Pero esa ya es otra historia.

SOLO UNA PARTE

El Eternauta es solo una parte de la impresionante obra de Oesterheld, que aun merece estudios de todo tipo a nivel académico. Hay investigaciones especializadas en ciencias sociales que, por ejemplo, rastrean la relación del discurso de Oesterheld en sus guiones con el discurso de Montoneros. Desde ya, en El Eternauta, pero también en obras como América Latina, 450 años de guerra, La guerra de los Antartes y Camote, las tres guionadas para publicaciones relacionadas cercanamente, o pertenecientes a Montoneros.

Su obra es monumental, extensísima. Y todavía no existe una edición de las obras completas de Oesterheld, aunque algunos esfuerzos editoriales aislados han recuperado cuentos y otras joyas casi desconocidas de su autoría. Sería imposible enumerar aquí todas sus creaciones, pero imperdonable no citar algunos de sus hallazgos: Bull Rocket, donde Oesterheld desplegaba todos sus conocimientos científicos (de hecho se la presentaba como “la historieta científica”); Sargento Kirk, un Martín Fierro yanqui (en la época en que no se podía soñar con ambientar una historia en Argentina); Rolo, el marciano adoptivo: la primera historieta de ciencia ficción que tenía lugar en Buenos Aires; Sherlock Time, con un episodio que anticipa de manera transparente a Alien, el octavo pasajero; Watami, la primera historia de la conquista vista “desde adentro” por las comunidades aborígenes, también ambientada en América del Norte; las historias de Ernie Pike, corresponsal de guerra, que raramente “terminaban bien”, donde Oesterheld se animaba a saltar sobre las trincheras absurdas que establecen los poderosos: no siempre los yanquis eran tan buenos, no todos los alemanes o japoneses eran tan malos; o Patria Vieja, dibujada por dos próceres: Carlos Roume y Juan Arancio, donde HGO se metía de lleno en la historia argentina y enseñaba más que la escuela; y en fin, El Eternauta, la obra cumbre de la historieta mundial, en la que el gran aventurador desterraba definitivamente el héroe solitario, el individuo heroico, para entronizar el héroe en grupo con una capacidad narrativa de una potencia desconocida hasta entonces.

LA OTRA HISTORI(ET)A

Trillo y Saccomano, en aquella Historia de la Historieta… que mencioné, dejaban entrever que algo había pasado con HGO, pero no decían qué. No se podía. Hasta 1982 (y gracias a la mítica revista Fierro) no supe que el gran aventurador era una de las víctimas del Proceso. Y a partir de ahí, comenzamos a conocer la otra parte de la histori(et)a: la que no habíamos leído en ningún lado, la que nadie había podido dibujar. Oesterheld, al que le encontrábamos –recién entonces, después de aquel “descubrimiento”– un cúmulo de simbologías políticas referenciales (la “nevada mortal” de El Eternauta, en plena Revolución “Libertadora”) había pagado con su vida el compromiso de su obra y de su persona, más allá de la opción elegida, que sorprendió brutalmente a su propia esposa (Elsa Sánchez de Oesterheld, en una recordada entrevista con la revista Humo(r) lo decía amargamente: no entendía cómo había sucedido que su marido “un demócrata, un pacifista”, había tomado ese camino).

En total, diez integrantes de la familia Oesterheld fueron arrasados por la nevada mortal, la de verdad, esa que algunos estudiosos quieren ver como el cumplimiento de una predicción sociopolítica realizada por HGO casi dos décadas antes en su creación más reconocida. La única sobreviviente del grupo familiar fue la esposa de Héctor. Elsa jamás pudo recuperarse del todo de semejante tragedia, pero alcanzó a valorar el reconocimiento hacia su marido en diferentes ámbitos, que trascendieron con mucho al especializado mundo del cómic. Elsa murió el 22 de junio de 2015 a los 90 años.

Socialista y un poco antiperonista en los años 50 (aunque sin militancia activa), Oesterheld se radicalizó en los años 60, como buena parte de las clases medias argentinas en aquellos tiempos de dictaduras y proscripciones. Eligió el peronismo revolucionario acompañando en esa opción a sus cuatro hijas. Entre 1973 y 1975 fue parte de la estructura comunicacional de Montoneros, y escribió guiones de historietas para la revista El Descamisado, para el diario Noticias y luego para Evita Montonera. Acompañó el paso a la clandestinidad de Montoneros, pero siguió escribiendo guiones para las editoriales comerciales Columba y Record.

Como dice Roberto Von Sprecher, hoy puede causar asombro que Oesterheld se sumara a la guerrilla con más de cincuenta años, mucho mayor que el promedio  de los militantes; pero en aquel contexto era una decisión comprensible, que otros de su edad también tomaron. “Podemos interrogarnos sobre por qué continuó con esa lucha cuando ya no era posible el triunfo militar y por qué siguió en 1976/7 el absurdo diagnóstico de la dirección de Montoneros que suponía a la dictadura en retroceso y a la organización armada en avance. Pero no fue el suyo un caso excepcional, ni la suya una decisión puramente individual: miles tomaron decisiones similares: la opción ‘liberación o muerte’ no era meramente una consigna para ellos”.

En total, diez integrantes de la familia Oesterheld fueron arrasados por la nevada mortal, la de verdad, esa que algunos estudiosos quieren ver como el cumplimiento de una predicción sociopolítica realizada por HGO casi dos décadas antes en su creación más reconocida.

EL GRAN AVENTURADOR

La cuidadosa advertencia de Sasturain merece ser recuperada. Porque propone, sin soslayar la tremenda tragedia en la que se sumió la vida de esa familia, calibrar la dimensión de Oesterheld como “el mayor escritor de aventuras que ha dado esta tierra de muchos escritores, montones de aventureros y pocos escritores de aventuras”.

Pensada originalmente como novela, El Eternauta “establece el momento preciso en que la ciencia ficción argentina abandona los tópicos y los modos de representación propios de la ciencia ficción anglosajona y consolida los suyos”, afirma Alfredo Rubione, para quien “nuestra ciencia ficción surge a través de la historieta”. Pablo Capanna reconoce que (de no haber sido en formato de historieta) la creación de HGO “pudo haber sido la primera novela de ciencia ficción argentina”.

Los aficionados a la historia del cómic o a la ciencia ficción, o a las narraciones de aventura, y como tales, fanáticos de Oesterheld, podrán perdonarle al kirchnerismo un montón de pecados cometidos en la función pública. No obstante, que hayan usado al Eternauta y a Oesterheld y, sobre todo, que le hayan cambiado el rostro de Juan Salvo por el de su líder partidario… eso, ¡jamás se lo vamos a perdonar!

Pero ironías aparte, y dejando de lado la trivialización de su personaje, varias generaciones de argentinos sienten un profundo agradecimiento hacia Oesteheld: son quienes alguna vez volaron con Bull Rocket, se emocionaron con Watami y Ticonderoga, se estremecieron con Mort Cinder y el Eternauta, cabalgaron con el Sargento Kirk y aprendieron filosofía, historia, ética y algo de ciencia con todas y cada una de las historias del gran maestro de la historieta mundial, cabeza de una familia completa que fue víctima del terror de Estado en los 70, y ocasional símbolo militante en la década reciente, en la que la versión gobernante del peronismo reemplazó el rostro del Eternauta por el de Néstor Kirchner.

Todo eso es Oesterheld hoy, a cien años de su nacimiento.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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