Javier Franzé: «Entre el PSOE y Podemos hay una cercanía programática y una gran distancia de cultura política»

España vive tiempos de incertidumbre política, la fragmentación partidaria y la escasa cooperación entre los actores hacen difícil la formación de un gobierno. El politólogo Javier Franzé nos ofrece algunas claves para entender cómo se ha llegado hasta ese callejón -por el momento- sin salida.

Javier Franzé es argentino, pero hace décadas que está radicado en España, donde se desempeña como profesor e investigador. Si bien el grueso de su investigación está centrado en la teoría política y la discusión de autores clásicos, ha desarrollado en los últimos años una interesante línea de indagación en torno al fenómeno de Podemos, las condiciones de su surgimiento, sus rasgos idiosincráticos, sus desafíos y limitaciones. También interviene periódicamente en el debate público a través de diversos artículos de opinión, que publica tanto en medios españoles como argentinos (entre los que está incluido La Vanguardia Digital).

La actualidad política española vuelve a mostrar, como ocurrió en el último lustro, una situación de gran incertidumbre con respecto a la posibilidad de formar gobierno e investir a un presidente. La fragmentación del sistema de partidos y la escasa vocación de cooperación entre ellos configura un escenario que podría -y no resulta aventurado preverlo- desembocar en una nueva convocatoria a elecciones, con todo lo que ello implica. Las causas detrás de este escenario incierto son múltiples y heterogéneas, algunas de largo aliento y otras coyunturales, algunas institucionales y otras fruto de la correlación de fuerzas contingente.

Para dar cuenta de toda esa complejidad, Javier Franzé tuvo la gentileza de conversar con La Vanguardia. Apelamos a su amplio conocimiento, combinado bien con una agudeza peculiar para analizar la actualidad política, para intentar iluminar algunos aspectos de esa confusa actualidad española, que parecía auspiciosa para las izquierdas y terminará, aparentemente, en una disputa ideológica fratricida con oscuros augurios.

«La democracia ya no cabe en la Transición. Estamos en un tiempo que requiere proyectos constituyentes pero sin estadistas».

La política española se acostumbró durante años a un bipartidismo relativamente estable (con mayorías propias) y un parlamentarismo con escasa necesidad de cooperación partidaria. ¿Cuándo cambió esto? ¿Cómo se adaptaron los actores?

En realidad el bipartidismo era atenuado. PP y PSOE, incluso teniendo mayoría absoluta, siempre deben contar con los partidos de ámbito autonómico, PNV y/o CIU. España tiene dos ejes políticos: izquierda-derecha y centro-periferia. En términos de formación de gobierno, siempre hubo más cooperación en el segundo eje que en el primero. Antes los dos partidos principales sumaban más del 75% de los votos y desde 2015 rondan sólo el 45%. A esto se suma la crisis catalana, que dificulta formar gobierno con los partidos independentistas. El resultado es un escenario que obliga a una cooperación en el eje izquierda-derecha, lo cual no se está dando, sobre todo dentro del bloque de la izquierda. Por eso se repitieron las elecciones generales en 2016 y parece que ahora se repetirán en noviembre las del 26 de abril pasado.

Mi perspectiva es que no se trata de una consecuencia directa de la crisis económica de 2008, ni de una crisis orgánica —como pensó Podemos en su día—, sino que hay una frustración de expectativas en virtud del relato dominante desde la Transición, lo cual generó una crisis de representación. Lo que se quebró con la crisis fue la promesa de la Transición de que poco a poco todas las demandas sociales serían atendidas y de que, más tarde o más temprano, los españoles vivirían cada vez más como el resto de los europeos y siempre mejor que sus padres. La corrupción, además, comenzó a verse como algo estructural de la elites, lo cual produjo una desafección —también por contraste con las elites de la Transición, vistas como capaces de sacrificios ideológicos en pos de la convivencia— y la percepción de que estaban desconectadas de los problemas sociales al mismo tiempo que le pedían a la sociedad que hiciera un esfuerzo para salir “entre todos” de la crisis. La llamada cuestión catalana —para mí es la cuestión nacional española— mostraría que esta crisis de representación no era un reflejo de lo económico, porque allí  —también en todo el país— los partidos tradicionales, tanto los soberanistas como los españolistas, movilizaron a la ciudadanía. También es cierto que la crisis en Cataluña ayudó por otra parte a ahondar el malestar en el resto del país, en tanto volvieron los fantasmas de un país que se percibe como históricamente no terminado, sin cohesión nacional, en parte por unas elites que no están a la altura de su reto histórico.

Tras las elecciones de 2015/16 y la moción de censura, hoy nos encontramos en un escenario nuevamente conflictivo, de fragmentación. ¿Cuáles son las regularidades en esa sucesión de acontecimientos y cuáles las novedades del actual escenario?

La regularidad mayor es que sigue siendo hegemónico el discurso de la Transición, que asimila democracia a consenso, diálogo, pacto —pese incluso al surgimiento de fuerzas como Podemos, que lo cuestionaron radicalmente, sobre todo durante su primer año de vida—. España es un país —pese a sus dificultades como nación— estadocéntrico, en el cual la política se canaliza principalmente a través de las instituciones y de las elites políticas, económicas y culturales, con procedimientos y rutinas incluso para la protesta. Incluso lo de Cataluña no deja de ser una disputa por ver quién tiene la razón en términos legales y constitucionales. En los términos de Laclau, es un país institucionalista. Para graficarlo, diría que es bastante diferente a Argentina, que sería sociocéntrico, en el cual la movilización social recorre la historia (1890, 1918, 1945, 1973, 1983, 2001…) y, otra vez con Laclau, es de matriz populista.

Lo que ha cambiado en estos últimos años es que ha habido un reimpulso democratizador, como efecto de un reclamo de mayoría de edad de la ciudadanía, acostumbrada a que las elites dirigieran institucionalmente el país. Es un ciclo largo, que se inicia en 2003 con las protestas contra la participación española en la guerra de Irak, contra las mentiras del gobierno de Aznar en los atentados de Atocha en 2004 y que llegan hasta el 15M en 2011 y al surgimiento de Podemos en 2014. En términos generales, significó una politización, sobre todo de las generaciones jóvenes.

Lo que queda pendiente es que los partidos tengan la valentía y la creatividad políticas para proyectar un reimpulso constitucional que democratice la idea de España. Ésta debe dejar de ser de base castellana (y monárquica) para dar cabida a las distintas formas de pertenecer a este país que hoy existen en él. La democracia ya no cabe en la Transición. Estamos en un tiempo que requiere proyectos constituyentes pero sin estadistas.

«El PSOE es prácticamente el único partido nacional en España, porque el PP casi no existe en Cataluña y es débil en el País Vasco. Tiene mucho arraigo popular: es el partido de la justicia social».

El PSOE, tras la crisis de 2008, parecía condenado a seguir el periplo de debacle (en algunos casos terminal) de otros partidos socialdemócratas europeos, sin embargo se repuso y hoy volvió a ser la primera fuerza. ¿A qué se debió esta recuperación? ¿Cuáles son sus desafíos actuales?

Nunca creí que el PSOE fuera a correr la suerte de otros partidos socialdemócratas europeos. La historia española es, como todas, específica. La democracia social, que en Europa se comenzó a vivir en la segunda posguerra, a España llega con la Transición y, en especial, con los primeros gobiernos de Felipe González. El PSOE es prácticamente el único partido nacional en España, porque el PP casi no existe en Cataluña y es débil en el País Vasco. Tiene mucho arraigo popular: es el partido de la justicia social. En ese aspecto, es como el peronismo en Argentina. El PSOE, como todo partido de gobierno (también los progresistas), lleva consigo las marcas y las manchas que deja todo paso por el Estado. La izquierda no socialista suele hacerle una critica principalmente moral por su inconsecuencia programática. Y si bien tiene parte de razón en su contenido —no en su tono moral, que siempre es impolítico—, pues la socialdemocracia se ha dejado ganar por el  neoliberalismo en materia laboral y de los acuerdos de comercio internacional, el problema es más estructural: nadie sabe cómo se hace política social en la globalización. Tampoco la izquierda de tradición no socialista, que en verdad programáticamente es una socialdemocracia de izquierda. Y no deja de ser curioso que sea esa izquierda, formada en el materialismo histórico, la que atribuya a la moral personal problemas estructurales del capitalismo global en su fase neoliberal.

Para una sensibilidad igualitaria, diría que los desafíos actuales en España son justamente terminar con el mercado laboral neoliberal, que está corroyendo los vínculos sociales y la posibilidad de proyectar una vida; desarrollar el Estado de Bienestar a la altura de la capacidad económica del país; e impulsar una política estatal de Memoria, para que no siga habiendo fosas comunes por todo el país y que la democracia tenga una base antifascista y de derechos humanos.

El requisito de esto es construir poder internacional, otro campo en el que la socialdemocracia ha fallado. Precisamente porque los problemas son estructurales —la pinza entre EEUU y China para ganar la guerra comercial reduciendo los costes al capital en desmedro del Estado social—, si las fuerzas igualitaristas no se reúnen e imaginan nuevas formas de sociedad, siempre podrán excusarse diciendo que la globalización es más fuerte y el neoliberalismo, invencible.

A pesar de la fragmentación, España parece seguir ordenada en una polarización entre izquierdas y derechas, pero hoy con más actores partidarios en danza. ¿Esto es así? ¿A qué considerás que se debe?

En parte es así. Es que en España hay, como decía antes, dos ejes: el social y el nacional. El primero se dirime en términos de izquierda y derecha. El segundo, no. El eje izquierda-derecha es más fuerte identitariamente que en términos de políticas públicas, donde desde la Transición rige un consenso básico: democracia con Estado de Bienestar. Incluso los partidos nuevos (Podemos y Ciudadanos) ideológicamente no varían mucho respecto de los tradicionales. Podemos tiene un programa socialdemócrata de izquierda y Ciudadanos es, en principio, más liberal que el PP, intentando ocupar el lugar de Suárez en la Transición. Ese consenso es posible también porque el PP no tiene un discurso neoliberal explícito, thatcherista, que hable de los más débiles como parásitos sociales y los abandone a su suerte. Creo que la tradición católica influye en la derecha creando una suerte de comunitarismo compasivo que frena el individualismo privatista del mundo protestante. Esto no significa que socialistas y populares no hayan aplicado la receta neoliberal para “salir” de la crisis de 2008, pero siempre lo hacen en nombre de preservar el bienestar en el futuro. La novedad aquí es Vox, un partido de extrema derecha que combina el tradicionalismo españolista de cuño franquista con el neoliberalismo explícito. Han crecido por la crisis catalana, pero mi impresión es que un discurso tan extremo —contra la inmigración, las autonomías, el feminismo, el colectivo LGTBI, etc.— en España, por la hegemonía del consenso y el temor al conflicto, no prosperará.

Las diferencias fuertes se dan en el plano del eje nacional. Este problema, que es el principal que tiene España hoy, divide transversalmente a los partidos. Están los partidos autodenominados “constitucionalistas”, los que apoyaron la suspensión de la autonomía en Cataluña: PSOE, Ciudadanos y PP. Y luego Unidas Podemos. El PSOE es federalizante, acepta la diversidad de naciones culturales, pero entiende que España es una nación política unificada. Para Ciudadanos y el PP, España es la única nación cultural y política. UP tiene una idea más plurinacional —aunque IU está más cercana en esto al PSOE—, impulsa  un referéndum en Cataluña, pero en él votaría contra la independencia catalana. Y luego está Vox, que desnuda el uso del término “constitucionalista” en España: es el modo que tienen los nacionalistas españoles para decir que el suyo no es nacionalismo sino meras “reglas de convivencia” neutrales, y así endilgar el nacionalismo a las “periferias” (País Vasco, Cataluña y, en menor medida, Galicia). Pues Vox, que representa un nacionalismo españolista de cuño franquista, y es favorable a la supresión de las autonomías (una de las señas de identidad de la Constitución de 1978) se autodenomina sin embargo “constitucionalista”…

«La relación entre Podemos y el PSOE tiene dos obstáculos: la confianza y la cuestión de Cataluña. El problema está más centrado en la figura de Pablo Iglesias, que no resulta confiable para el PSOE».

Tras años de disputa en duros términos, parecía que finalmente el PSOE y Podemos entraban en una fase de entendimiento, con fundamento en la afinidad ideológica, sin embargo esto parece haber naufragado antes de zarpar. ¿A qué se debe este conflicto e incapacidad de cooperación? ¿Cómo se puede llegar a dirimir? ¿Cómo se proyecta un escenario de nuevas elecciones?

La relación entre Podemos y el PSOE tiene dos obstáculos: la confianza y la cuestión de Cataluña. El problema está más centrado en la figura de Pablo Iglesias, que no resulta confiable para el PSOE. Es una historia corta pero intensa, basta recordar la mención a “la cal viva” (en alusión a la represión ilegal de los GAL en el gobierno de Felipe González) que Iglesias espetó a la bancada socialista en la investidura fallida de Sánchez en marzo de 2016. Por su parte, el PSOE escuda en esa desconfianza su temor a quedar muy a la izquierda para ese electorado de “centro” que en general define las elecciones en España. El PSOE también ha colaborado con esa mala relación, por ejemplo, cuando cerró un acuerdo con Ciudadanos en 2016 antes de hacerlo con Podemos, a sabiendas de que éste no aceptaría. Son partidos que compiten por un mismo espacio, además. También han colaborado: si no era por Iglesias, Sánchez no ganaba la moción de censura contra Rajoy en 2018. Pero no formaron gobierno juntos.

Lo de Cataluña es el verdadero obstáculo. Aunque el PSOE es el más abierto al diálogo político de los partidos autodenominados “constitucionalistas”, sigue habiendo una diferencia con UP difícil de salvar: Podemos está de acuerdo con que sean los catalanes los que decidan su vinculación con España. Aquí Podemos tiene una visión más política del tema, porque reconoce que hay un sujeto político en Cataluña, pero a la vez es valiente porque dice que votaría en favor de la no independencia. Un punto intermedio sería tomar como ese referéndum la votación en Cataluña de una eventual reforma constitucional. Esto podría pasar por una decisión del pueblo catalán, pero en el punto al que han llegado las cosas parece difícil. Máxime si en los próximos meses hay una condena a los dirigentes independentistas en el juicio que se les sigue.

Salvo en el tema catalán, entre el PSOE y Podemos hay una cercanía programática y una gran distancia de cultura política, porque UP está muy influida por el PCE crítico con Carrillo y cercano a Julio Anguita, secretario general de IU en los ’90 y adversario irreconciliable de Felipe González.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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