¿Qué pasó con el Estado de Bienestar?: entrevista a Gøsta Esping-Andersen

Hace treinta años, el sociólogo danés Gøsta Esping-Andersen propuso una tipología para comprender los modelos de Estado de Bienestar y avanzó en la comprensión de las que ha sido las fuerza principal del progreso social en Occidente: la socialdemocracia. ¿Por qué ha entrado en crisis el modelo que combinaba capitalismo e igualdad?  Esping-Andersen analiza la situación del Estado de Bienestar en esta entrevista exclusiva.

En su libro The Three Worlds of Welfare Capitalism, usted expuso su teoría sobre los tres modelos del Estado de Bienestar: uno vinculado al mundo anglosajón y de cuño más liberal que apela al mercado como estructura fundamental y que apuesta principalmente por la llamada “inversión social”; otro asociado a la Europa continental en el que el Estado interviene en el mercado pero no sobre la estratificación social; y un tercer tipo – al que denomina socialdemócrata- desarrollado sobre todo en los países nórdicos, en el que el Estado interviene sobre la estructura social  y que tiene un papel fundamentalmente desmercantilizador de las relaciones sociales. ¿Este modelo sigue vigente luego de las mutaciones que se han experimentado en el capitalismo y de las transformaciones que han operado en diversos partidos de cuño socialdemócrata?

Además de los modelos liberal (anglosajón), socialdemócrata (nórdico) y conservador (europeo continental), algunos han argumentado que existe un modelo mediterráneo único. Este argumento se basaba principalmente en la debilidad de las políticas de asistencia social en estos países. Lo que distingue de manera más general la política social de estos países es la suposición familiar implícita, en particular en lo que se refiere a las necesidades de atención, ya sea en la primera infancia o en la vejez, y esta es probablemente la razón por la que la última de todas las redes de seguridad, a saber, la asistencia social, está tan subdesarrollada en estos países.

Otros han intentado ampliar el espectro de los mundos del estado de bienestar a cinco o incluso seis, extendiendo su estudio a países menos avanzados de América del Sur y Asia. Esto último es bastante problemático, ya que viola la condición previa clave para la existencia de un estado de bienestar, a saber, un estado cuyo objetivo primordial es garantizar el bienestar de sus ciudadanos.

Volviendo a la pregunta sobre si la tipología de los “tres mundos” sigue siendo válida hoy, 30 años después de la publicación del libro, mi respuesta es una combinación de sí y no. Hay, en primer lugar, características del régimen que siguen siendo tan distintas hoy como en el pasado: el régimen liberal sigue siendo tan residual como siempre lo fue en términos de cómo define los derechos sociales, y sigue firmemente dedicado al principio de que el gobierno sólo interviene cuando el mercado fracasa. El régimen socialdemócrata ha mantenido su dedicación a los derechos sociales universales, y este principio se ha extendido también a los ámbitos de las políticas de asistencia social, en particular en lo que se refiere a los servicios de atención infantil en la primera infancia y a los servicios (como la ayuda a domicilio) a las personas mayores. Y el régimen conservador sigue, como siempre, muy sesgado a favor del principio de seguridad social.

Al mismo tiempo, también somos testigos de cambios decisivos dentro de los modelos, excepto en el régimen liberal. Los países nórdicos han construido un nivel de seguridad social que se suma a su pensión popular clásica (convergiendo así parcialmente con la tradición conservadora), y el principio rector del universalismo se ha erosionado hasta cierto punto en respuesta al aumento de los movimientos antiinmigrantes que quieren limitar los derechos universales sólo a los ciudadanos. Y en el régimen conservador vemos signos paralelos de convergencia con el régimen socialdemócrata. Esto es más evidente en sus todavía muy embrionarias políticas de cuidado de niños y ancianos. A modo de ejemplo, España aprobó una ley que garantiza los derechos universales a los servicios de atención a las personas mayores, aunque sólo en teoría, ya que nunca fue financiada. También se observa la evolución de una cobertura de atención infantil cada vez más universal en países como Alemania e incluso España.

En términos generales, puede decirse que durante un período más o menos prolongado, capitalismo y Estado de Bienestar fueron compatibles. Para algunos autores, esto se debió a la necesidad de que el capitalismo compitiera con la Unión Soviética y el llamado “socialismo real”, para otros se trató de evitar una nueva crisis provocada por los efectos perniciosos del liberalismo económico como aquella que se había producido en los años treinta. Pero lo cierto es que el modelo funcionó. ¿Por qué cree que ahora parece haber un divorcio entre bienestar y capitalismo, y entre este último y la democracia?

Los orígenes de las políticas sociales y, eventualmente, de los estados de bienestar fueron influenciados indudablemente también por la “amenaza roja” que siguió a la revolución bolchevique. Pero sus fuentes principales procedían principalmente de las sociedades occidentales. Las reformas sociales pioneras de Bismarck tenían como objetivo aislar al creciente movimiento socialdemócrata en Alemania. La introducción de las pensiones de la seguridad social en los Estados Unidos fue principalmente una respuesta a la larga depresión económica. Y las primeras reformas sociales de Escandinavia, que comenzaron en la década de 1930-1950, fueron impulsadas en gran medida por las coaliciones políticas emergentes entre los partidos socialdemócratas, que representan a la clase obrera, y los partidos que representan a las poblaciones rurales. Lo que los dos tenían en común era un alto grado de inseguridad económica.

“Los orígenes de las políticas socialdemócratas fueron influenciadas indudablemente también por la “amenaza roja” que siguió a la revolución bolchevique. Pero sus fuentes principales procedían principalmente de las sociedades occidentales”.

Pero, ¿es compatible el Estado de Bienestar con el capitalismo, y este último con la democracia? Desde los primeros días de la evolución del Estado de Bienestar, la respuesta fue clara y totalmente evidente: una economía capitalista eficiente requiere un Estado de Bienestar. Para empezar, los mercados rara vez son proveedores eficientes de seguridad social. Dos ejemplos bastan para ilustrar este punto. El primero es el cuidado de la salud en los Estados Unidos, que es casi exclusivamente privado, con la excepción del cuidado de la salud de los ancianos y los pobres. La mayoría de los seguros de salud privados se organizan y financian a través del contrato de trabajo, lo que significa que el cierre de una empresa o el desempleo individual implica la pérdida del seguro de salud. Además, es enormemente caro, ya que absorbe el doble del PBI que en cualquier otro país europeo. Y ofrece resultados de salud inferiores. Las estadísticas de mortalidad infantil y longevidad son mucho peores que en la mayoría de los países de la Unión Europea. El segundo ejemplo es la privatización de las pensiones de jubilación que se produjo en Chile hace algunas décadas. Lo que pronto se hizo evidente fue que las compañías de seguros privadas incurren en costos administrativos muy elevados, y que además pueden tener un desempeño deficiente en sus mercados de inversión. Ambos implicaron que la privatización resultó ser mucho más ineficiente (y riesgosa para los asegurados) que un sistema de gestión central. Además, y esto es obvio, los ciudadanos que están sanos, bien educados y seguros acerca de sus destinos futuros, son sin duda mucho más productivos desde el punto de vista económico. También están más inclinados a asumir riesgos, lo que constituye un nuevo impulso para el dinamismo económico y el desarrollo.

Si el capitalismo es compatible con la democracia es una cuestión que prefiero dejar a los politólogos. Pero toda la evidencia sugiere que es así. De hecho, no hay democracia que no sea también capitalista. Hay, por supuesto, muchas naciones capitalistas que no superan ni siquiera una mínima prueba de democracia.

En el año 1985 en su libro Politics Against Markets: The Social Democratic Road to Power, usted hizo la siguiente afirmación: “La socialdemocracia ha sido, y sigue siendo, la expresión más exitosa de la política de la clase obrera en las democracias capitalistas. Sin embargo, resulta sorprendente que no dispongamos de una teoría adecuada acerca de una fuerza históricamente tan poderosa”. ¿Puede que la carencia de una teoría consistente acerca de la socialdemocracia constituya parte de los problemas que la socialdemocracia tiene hoy en tanto fuerza política? ¿Hay una crisis de éxito o, por el contrario, hay evidencias de un fracaso de las posiciones socialdemócratas?

Los movimientos socialdemócratas que antes tuvieron tanto éxito, parecen ahora estancados e incluso en declive, tanto en lo que se refiere al apoyo a los votantes como al impulso programático. En el norte de Europa, incluida Alemania, los socialdemócratas han visto cómo su base electoral se desplazaba tanto hacia la derecha (los partidos anti-inmigrantes) como hacia la izquierda (incluidos los partidos verdes). Donde alguna vez obtuvieron el apoyo de más del 40 por ciento del electorado, ahora están condenados a rondar el 25 por ciento. En gran medida, pueden ser víctimas de su antiguo éxito. Una vez que el Estado de Bienestar se estableció y maduró, los socialdemócratas tuvieron poco que ofrecer. Alrededor de la década de 1990, los socialdemócratas nórdicos lanzaron el cuidado universal de niños y ancianos, así como políticas activas del mercado laboral que ahora están esencialmente desarrolladas. Estos fueron básicamente la “crema de la torta socialdemócrata”, es decir, la culminación de la consolidación del Estado de Bienestar. A partir de entonces, es justo decir que los partidos socialdemócratas se han quedado sin fuerzas.

“En gran medida, los socialdemócratas pueden ser víctimas de su antiguo éxito. Una vez que el Estado de Bienestar se estableció y maduró, los socialdemócratas tuvieron poco que ofrecer”.

Los desafíos políticos al edificio del Estado de Bienestar socialdemócrata han venido de dos direcciones opuestas. Los partidos de la derecha antiinmigrante han tenido éxito, en buena medida, porque lograron capturar una parte sustancial del viejo electorado de la clase obrera socialdemócrata. Esto también implica que básicamente apoyan el edificio central del Estado de Bienestar socialdemócrata, pero excluyendo a los inmigrantes de los principios de los derechos sociales universales. Y dado el declive de los votos de los socialdemócratas, se han visto obligados a reunirse con partidos antiinmigrantes en el medio del camino. De hecho, como demostraron las recientes elecciones danesas, la adopción de una versión más suave de las políticas antiinmigrantes impulsó los votos de los socialdemócratas y condujo a un fuerte declive del partido antiinmigrante. Uno podría muy bien argumentar que los socialdemócratas daneses se han “prostituido” de nuevo al poder violando su principio básico de universalismo puro. El principal desafío político de la izquierda ha sido el llamamiento a favor de una garantía universal de ingresos básicos para los ciudadanos, un impulso programático que, sin embargo, ha seguido siendo relativamente marginal, entre otras cosas porque sería inviable desde el punto de vista financiero.

En los últimos años, usted ha insistido en que las mujeres serán el pilar del nuevo Estado de Bienestar. ¿Cómo se enmarca este postulado en la historia del modelo socialdemócrata?

En su formulación original, ya sea dentro del régimen socialdemócrata o de otro tipo, el establecimiento del edificio del Estado de Bienestar se basaba en el supuesto del hombre como sostén de la familia. La capacidad de las naciones para responder activamente a la revolución de los papeles de la mujer ha creado una nueva división entre los Estados de Bienestar. Los socialdemócratas escandinavos fueron pioneros en la promoción de políticas sociales que alimentaron y también aceleraron la revolución. De suma importancia eran las garantías universales de alta calidad (y asequibles) para el cuidado de los niños en la primera infancia, pero también el desarrollo de acuerdos flexibles y generosos para la licencia de maternidad y paternidad ha sido de vital importancia. Y, como consecuencia de segundo orden de estas políticas, el resultado fue un enorme crecimiento de los puestos de trabajo en el sector público, un mercado laboral para mujeres en expansión.

“La capacidad de las naciones para responder activamente a la revolución de los papeles de la mujer ha creado una nueva división entre los Estados de Bienestar”.

Hay muchos estudios que ponen de relieve la revolución estancada de los papeles de la mujer en los Estados Unidos. Esencialmente, lo que vemos es un escenario muy dualista, en el que alrededor del 25% de las mujeres estadounidenses regresan al papel clásico de ama de casa. Esto tiene, sin duda, sus raíces en la casi total ausencia de apoyo político para las madres trabajadoras. Vemos versiones del mismo dualismo en los otros Estados de Bienestar “liberales”. Para ejemplificar, en el Reino Unido las mujeres típicas son las que trabajan a tiempo parcial, en particular si también son madres. En ambos casos se observa una polarización entre, por un lado, los estratos profesionales y gerenciales de dos parejas profesionales y, por otro, el resto de la sociedad.

Los Estados de Bienestar conservadores representan una tercera variante en cuanto a la respuesta social a la revolución femenina. Hasta cierto punto, ni el espectro político ni el ciudadano medio han reconocido el advenimiento de la revolución femenina, como ha sido el caso en otros lugares. En gran medida, esto se debe precisamente a que la transformación de las identidades de las mujeres ha sido lenta en desarrollarse (excepto en Francia y, quizás, en Bélgica). Y el rezagado movimiento hacia una expectativa normativa de que, sí, toda mujer debe comprometerse a una carrera de por vida (en lugar de la gestión familiar) es sin duda causa y consecuencia de la falta de políticas que apoyen el apego de las mujeres, y especialmente de las madres, a sus carreras profesionales en lugar de la economía doméstica.

Mariano Schuster

Mariano Schuster

Jefe de Redacción de La Vanguardia y editor en Nueva Sociedad (www.nuso.org). Es columnista del suplemento ideas del diario La Nación y colaborador de Panamá Revista.

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