Poética de los spoilers

El spoiler se ha convertido en uno de los elementos claves de nuestros actuales consumos culturales, enemigo de los creadores y del público. Sin embargo, su novedad es relativa y, al mismo tiempo, se ha vuelto en sí mismo un producto de interés en la era de la ansiedad y la inmediatez. 

Una noticia que circuló las últimas semanas obliga a repensar el concepto de “calma oriental”. En Hong Kong, un joven que salía del cine de una función de “Avenger’s Endgame” tuvo la mala idea de revelar, aparentemente a los gritos, el final de la película. Los fans que aún no habían entrado a ver el film reaccionaron drásticamente, dándole una paliza al incauto aguafiestas. Las fotos que circularon en la web lo muestran con el rostro cubierto de sangre, atendido por varios enfermeros. Unos días antes del estreno de la última entrega de la factoría Marvel sus directores, los hermanos Russo, difundieron un documento pidiendo a quienes ya habían podido verla que no difundieran datos reveladores hasta no pasado cierto tiempo desde el estreno del film. Sin dudas, al redactarlo nunca pensaron que pudiera tener consecuencias violentas en la vida real.

Los realizadores detrás de la saga de superhéroes no fueron los primeros en fomentar el hermetismo para conservar la necesaria capacidad de sorpresa que requiere disfrutar una película. En 1960, Alfred Hitchcock aparecía en varios posters promocionales de “Psicosis” aconsejándole a los concurrentes que no difundieran el final de la historia. Al maestro del suspenso le interesaría mucho la actual tendencia a comentar en exceso series y películas en los medios y redes sociales. La fiebre detrás de los spoilers es uno de los puntos más curiosos y polémicos de la forma en la que hoy nos acercamos a la ficción. La pulsión por difundir información referida al desarrollo de las historias que nos apasionan, así como las peripecias para evitarla, desata discusiones más acaloradas que aquellas generadas por los hechos y personajes propiamente dichos.

La fiebre detrás de los spoilers es uno de los puntos más curiosos y polémicos de la forma en la que hoy nos acercamos a la ficción. La pulsión por difundir información referida al desarrollo de las historias que nos apasionan, así como las peripecias para evitarla, desata discusiones más acaloradas que aquellas generadas por los hechos y personajes propiamente dichos.

El significado histórico del verbo del idioma inglés ‘to spoil’ equivale a arruinar o estropear, aplicándose sobre todo a objetos o personas maltratadas por algo o alguien, usándose spoiled para describir aquello que se encuentra en mal estado. El primer uso de la acepción actual tuvo fines humorísticos. En 1971 la revista satírica National Lampoon publicó un artículo con el nombre de “¡Spoilers! ¿Qué es lo que son? Simplemente conocer el giro tramposo de cada novela de misterio y cada película que usted puede ver ¡Ahorran tiempo y dinero!”. Doug Kenney, autor de la nota, daba a conocer los finales sorpresivos de “Citizen Kane”, “Psycho” y varias novelas policiales, a modo de servicio especial para el lector. Esta fue la práctica que quedó asociada a la palabra spoiler. Años más tarde los usuarios de Usenet, una red primitiva de computadoras considerada como un antecedente de internet, empezaron a utilizar el término con frecuencia en sus mensajes. Hacia fines de los ’90, con la popularización de World Wide Web, no existió lugar donde esconderse de uno de los mayores problemas que enfrenta la narrativa multimedia actual.

En los primeros años de este siglo empezaron las dificultades para mantener en secreto las tramas de series y películas en tiempos crecientemente virales. Matthew Richard se quejó públicamente al enterarse que el final de “The Mousetrap”, un misterio teatral de su abuela Agatha Christie, es revelado en su respectiva página de Wikipedia. Nuevas críticas llegaron cuando el realizador Andrew Jarecki vio como, inmediatamente después del estreno de su documental “Catfish”, la web mostraba una descripción del film que incluía sus sorpresivos últimos minutos. Paralelamente, Vulture, la sección cultural de The New York Magazine, fue denostada por usar títulos demasiado reveladores en sus artículos sobre las últimas temporadas de “Lost”. Todos estos medios debieron crear manifiestos y políticas para regular el uso de spoilers en sus contenidos. Desde entonces la frase ‘spoliler alert’ se usa entre críticos, periodistas, lectores y usuarios de las redes para indicar que hay datos de importancia sobre una ficción en una publicación.

Ante la reciente filtración de un capítulo de “Game of Thrones” la periodista Fiorella Sargenti señaló con acierto: “No entiendo ni comparto la industria de los spoilers. Se sienten pillos o qué se yo, pero una cosa es el juego de la teoría y la expectativa y otra es arruinar un consumo pop que supuestamente disfrutás. Estimo que será la adrenalina de sentirse protagonista”. Porque detrás de este fenómeno también está esa falsa sensación de popularidad que otorga la viralización en internet ¿Pero hasta dónde las grandes campañas de la industria audiovisual no contribuyen a esta manía? Una maquinaria de teasers, trailers, making off y entrevistas fogonean constantemente los niveles masivos de expectativa. Son tiempos de películas-evento y series-evento, con múltiples universos, constantes reboots y spin-off de cada historia, merchandising, convenciones de fanáticos, foros de discusión on line y re significación a nivel global de la ficción vía memes y fan-art. Entra tanta parafernalia la trama de la narración parece ser solo un factor más, carente del papel central que tenía antes. A esto se suma la ansiedad de gran parte del público, incapaz de esperar al estreno o streaming de su historia favorita. En este contexto complejo, las nociones clásicas de suspenso e incertidumbre parecen ser resignificadas.

En su Poética, Aristóteles afirmó que el suspenso debe equilibrar la sensación de peligro inminente con la posibilidad de una esperanza, de manera que nunca se sepa si las cosas se van a resolver según lo esperable o de manera impredecible. Por ello es que tanto teóricos como escritores y guionistas históricamente consideran a la incertidumbre un factor importante para atrapar al destinatario de la narración. Es lo que garantiza que el espectador se mantendrá “al filo de la butaca”, como rezaban los carteles promocionales de los viejos thrillers. Sin embargo, el suspenso es más complejo de lo que parece, ya que la respuesta emocional que provoca no solo depende de la anticipación y la sorpresa, como lo demuestra el hecho de que podamos disfrutar una historia numerosas veces como si fuera primera vez que la vemos. Por eso nos sorprendemos una y otra vez con el final de “Sexto Sentido”, aun cuando lo conozcamos con anticipación.

Una maquinaria de teasers, trailers, making off y entrevistas fogonean constantemente los niveles masivos de expectativa. Son tiempos de películas-evento y series-evento.

La audiencia ideal de antaño, aquella que disfrutaba de lo inesperado y de la ausencia de certezas con respecto al devenir de la trama, está cambiando. El ensayista Jason Mittel llamó spoilers fans a los espectadores a los que conocer de antemano datos cruciales de una ficción no les arruina la experiencia narrativa. “Aunque la sorpresa parece imposible de lograr cuando una revelación es conocida de antemano, el suspenso aún puede aparecer. Citando a Hitchcock, el suspenso no se apoya tanto en misteriosos secretos, si no en la tensión de conocer como los hechos irán ocurriendo. Según él todo nace de la imposibilidad de la audiencia de revelarle información crucial a personajes por los que siente empatía, ofreciendo lo que puede ser un mantra para los spoilers fans: por esta razón siempre trato de darle toda la información a la audiencia lo antes posible”, afirma Mittel. Por lo tanto, los ansiosos disfrutan más del cómo que del qué de la trama.

La prestigiosa revista Psychology Today fue más allá en el proceso de relativización de los spoilers. En un artículo titulado “The Spoiler Paradox” menciona un experimento del año 2011 realizado por los psicólogos Nicholas Christenfeld y Jonathan Leavitt, quienes ofrecieron varios relatos de autores como Agatha Christie, John Updike y Anton Chejov a un grupo de personas. Los cuentos estaban editados de manera en que se podían leer de tres maneras. Una incluía el final revelador como un prólogo inicial, mientras que la segunda contenía ese giro en el transcurso del texto. Una tercera opción era leer la historia sin spoiler alguno. Contra todo pronóstico, los participantes del experimento eligieron, sin importar el género narrativo de la historia, leer la resolución central del cuento primero, para después adentrarse en el mismo. La conclusión del estudio es que, como los seres humanos usamos naturalmente el storytelling para obtener información y así conocer mejor el mundo que nos rodea, las anticipaciones son algo positivo. “Un spoiler toma una historia compleja y la hace más simple, permitiéndonos procesarla más fácilmente” asegura el polémico artículo. Muchos fans, críticos y artistas no coincidirán para nada con esta idea.

Al presentar su última película “Once Upon a Time in Hollywood” en el Festival de Cannes Quentin Tarantino también pidió, como los hermanos Russo y Hitchcock, que los periodistas e invitados no dieran a conocer detalles de la historia al terminar la función. Esto confirma que la preocupación por los spoilers sigue presente entre realizadores y guionistas, que con estas maniobras buscan contrarrestar un fenómeno que no parece detenerse. Quizás, a modo de salto evolutivo, en un futuro cercano el público desarrolle una habilidad natural para navegar selectivamente sin encontrarse con los tan temidos datos reveladores, de la misma manera en que se acostumbró a ver series y películas en su celular sin demasiada alarma. Pero esto es solo fantasía, una posible historia a la que realmente nadie puede anticiparle el final.

 

Luis Alberto Pescara

Luis Alberto Pescara

Licenciado en Comunicación Social (UNC) y guionista (SICA), periodista y redactor.

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