¿Quién le teme a Lavagna?

La viabilidad del tercer espacio en la Argentina parece estar en crisis. Sin embargo, Roberto Lavagna ratificó su candidatura presidencial. Con menos amplitud de la esperada, el veterano economista está dispuesto a ser la cabeza de un relanzado espacio de centro-progresista. 

LA CRISIS DEL TERCER ESPACIO

En su editorial de anoche, el periodista Carlos Pagni sentenció: “Lavagna, el mejor aliado de Cristina”. Ese fue el título de su monólogo y figuró en el zócalo durante toda su alocución, aunque este versó sobre muchos otros y diferentes temas. El énfasis, no sin antes advertir la debilidad de la candidatura en las encuestas, intentaba encasillar a Lavagna en un actor funcional al kirchnerismo y dar pie, de modo poco elegante por cierto, a su entrevistado, el jefe de gabinete Marcos Peña.

Pagni se sumó a las muchas voces que, entre análisis y expresión de deseo, sentenciaron el fin de la malograda tercera vía en la Argentina, tras el estallido de Alternativa Federal y las posiciones erráticas de sus principales referentes. La sucesión de hechos bochornosos, malos entendidos y desencuentros dejaron a un espacio con cierto potencial electoral al borde del abismo. La principal decepción provino de Juan Schiaretti, del que muchos esperaban que, tras su apabullante triunfo en la provincia de Córdoba, operara como un gran elector para ordenar la interna entre los múltiples candidatos del espacio que se había tornado conflictiva. Esto no solo no ocurrió, sino que el gobernador reelecto optó por reunirse con el presidente Macri y virtualmente dinamitar el espacio opositor, como observó con ironía el periodista Mauricio Maronna.

Entre los candidatos del espacio, esto profundizó las diferencias que preexistían. El gobernador Juan Manuel Urtubey relanzó su candidatura presidencial, con el peculiar apoyo de Libres del Sur, pero dio nuevas señales de cercanía y afinidad con Macri, con quien se volvió a reunir. Sergio Massa, tras la reunión plenaria de su espacio, mantiene la posición ambigua a la que nos tiene acostumbrado, pero con una ampliación de los márgenes de pendulación: hoy parece posible tanto que pueda formar parte de un frente más amplio con el kirchnerismo como que acuerde algún tipo de colectoras con Cambiemos. La amplitud de las opciones que baraja –y que le valió algún que otro apodo despectivo– tiene que ver con el agotamiento de una estrategia política y con el riesgo cierto de perder en el camino, en función de la alternativa por la que opte, a sus aliados o a sus potenciales (y pretéritos) electores. Por último, Roberto Lavagna se ha alejado paulatinamente del titubeante espacio peronista, con excepción de algunos dirigentes, y ha ratificado su candidatura anti-grieta y representativa de un espacio “centro-progresista”.

Roberto Lavagna se ha alejado paulatinamente del titubeante espacio peronista y ha ratificado su candidatura anti-grieta representativa de un espacio “centro-progresista”.

¿HAY UNA ALTERNATIVA PROGRESISTA?

La candidatura de Roberto Lavagna generó muchas expectativas, y a pesar de que no parece haber despegado en las encuestas como esperaban algunos de sus promotores, sigue llamando la atención de muchos periodistas y analistas. Su estrategia personal frente al escenario político incierto y a sus compañeros peronistas demostró no ser del todo acertada. Mezcla de candidez y quedantismo, su búsqueda de convertirse en candidato de consenso de un espacio amplio, que incluyera a un sector importante del peronismo, naufragó antes de partir del puerto. La candidatura inesperada de Alberto Fernández (que emparda muchos de sus rasgos como candidato, al menos en términos generales) y la implosión de Alternativa Federal golpearon duramente la viabilidad de ese tercer espacio soñado por el veterano economista.

La reacción de Lavagna, contra el pronóstico de los agoreros, fue confirmar su candidatura presidencial –que hasta el momento había permanecido incierta– y su adscripción al espacio progresista. A través de esta decisión, ratificó su equidistancia con los dos espacios principales de la disputa política en nuestro país y dio muestras de lealtad personal –y política– al que durante todos estos meses de indefinición fue su principal promotor, el gobernador socialista Miguel Lifschitz. Durante los meses de campaña sin candidatura, Lavagna cosechó expectativas y fotos, todavía no está claro que esto redunde en resultados y votos. Sin embargo, como lo demostró el editorial de Pagni, su candidatura incómoda a varios, incluso a aquellos que se empecinan en señalar su debilidad electoral y su escasa proyección.

La candidatura de Lavagna incómoda a varios, incluso a aquellos que se empecinan en señalar su debilidad electoral y su escasa proyección.

Para el progresismo argentino la ratificación de la candidatura de Lavagna representa una posibilidad y una esperanza, incluso en el escenario más pesimista que ofrecen las encuestas. La posibilidad radica en volver a tener una estrategia nacional nuevamente y con una candidatura con cierto potencial, volver a encender la llama que se extinguió cuando Hermes Binner quedó fuera de juego en 2015. La debacle de 2015 y 2017 (con efectos catastróficos incluso en el bastión de la provincia de Santa Fe) debería ser la vara realista con la que medir las expectativas políticas en torno a la candidatura de Lavagna, recuperar cierto caudal electoral y una identidad política menos vulnerable a los vaivenes que impone la polarización, incluso estos módicos objetivos representan un enorme desafío en base al punto de partida.

La esperanza, por otro lado, reside en el potencial del tercer espacio, que ante la indefinición de los otros candidatos puede quedar a la merced del armado y la campaña que logré concretar Roberto Lavagna y sus aliados. El escenario no se muestra nada sencillo desde el punto de vista territorial, dado que no se logró la adhesión de peronistas y radicales que se esperaba en un principio, pero puede ofrecer alguna sorpresa desde el paraguas que ofrece la propuesta nacional, como ocurrió, aunque en una situación radicalmente diferente, en las elecciones de 2011. Si fragua en una propuesta que logre escapar a la dinámica que impone la mentada grieta (imposible para algunos analistas, como Andrés Malamud), esto puede repercutir, si el electorado acompaña, en la recuperación de cierto espacio de representación parlamentaria que en los últimos años quedó reducida a la nulidad y, de ese modo, de una voz en los temas más importantes de la política nacional.

Los objetivos de mínima y de máxima que el progresismo proyecta en torno a la candidatura de Roberto Lavagna deben ser realistas, pero no dejarse apabullar por la rumorología que desde el día uno intenta desterrarlo de la competencia electoral. La reconstitución de un espacio de “centro-progresista” a nivel nacional ya es un objetivo en sí mismo, aunque sería importante poder ratificarlo con un resultado electoral que supere al menos los magros guarismos de los últimos dos turnos. En el ínterin, el progresismo tiene el desafío, nada sencillo por cierto, de retener la gobernación de Santa Fe, engranaje fundamental para que la propuesta nacional no pierda bríos. Pero en estos años, el progresismo también aprendió otra lección a fuerza de derrotas: sin paraguas nacional, los esfuerzos en el pago chico corren más riesgo de zozobrar.

Fernando Manuel Suárez

Fernando Manuel Suárez

Profesor en Historia (UNMdP) y Magíster en Ciencias Sociales (UNLP). Coautor de "Socialismo y Democracia" (EUDEM, 2015). Es editor de La Vanguardia Digital.

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