El zugzwang de Cristina

La jugada de Cristina poniendo un candidato y reordenando todo el panorama político ¿es una jugada magistral –un zugzwang de ajedrecista– o es más bien una retirada fruto de un cálculo realista?

Ya han pasado algunas semanas del anuncio de Cristina Fernández de Kirchner que sacudió el panorama político electoral de la Argentina, obligando a los demás jugadores a reordenar sus movidas, en un proceso que aun no ha concluido. Quizás ahora que bajó la espuma de la “genial estrategia” –según sus acríticos seguidores– o del “paso en falso que le restará votos” –según los gurúes del macrismo–, se puede comenzar a analizar con mayor detenimiento la decisión y sus implicancias.

Por ejemplo, se puede retomar la primera impresión de zugzwang que produjo la jugada. Zugzwang es una situación que se da en el ajedrez, cuando un contrincante pone al otro en una posición en la que –haga lo que haga– solo puede empeorar sus chances. No llega a ser jaque mate aun, pero está prácticamente liquidado. (Hay un célebre cuento de Rodolfo Walsh, muy recomendable, de ese mismo nombre).

¿Por qué zugzwang? Porque, aunque en el ajedrez hay un solo jugador enfrente, en el particular escenario de la política argentina todos los actores principales se vieron obligados a rehacer estrategias y a mover sus piezas a riesgo de sufrir el jaque mate. Claro que esto no es ajedrez, es la vida y hay otras salidas. Y tal vez por eso, se puede pensar que la jugada no es algo magistral sino algo más parecido al criterio de “valor razonable”, esa estimación contable en la que ambas partes (comprador y vendedor) quedan moderadamente satisfechas, porque se toman en cuenta los beneficios y los riesgos de manera racional.

Los acríticos seguidores de la ex presidenta oscilaron entre la desazón por ver bajarse a su candidata, y la euforia voluntarista de estar presenciando “la genial estrategia”. Pero a los pocos días las señales de la realidad disiparon en parte esos vahos eufóricos: comenzaban a percibir que la acción no era tan “genial”, sino que más bien evidenciaba un registro realista de la propia debilidad: Cristina entendió que su nombre divide y no logra el consenso necesario para ganar.  Y en el mismo acto empezó a dibujarse con mayor claridad la panoplia de mensajes que encierra la elección de Alberto Fernández.

A los pocos días del anuncio, los más férreos seguidores de Cristina comenzaron a percibir que la acción no era tan “genial”, sino que más bien evidenciaba un registro realista de la propia debilidad: Cristina entendió que su nombre divide y no logra el consenso necesario para ganar.

Pongámoslo en forma de interrogantes: ¿Qué es más realista: imaginar a Alberto Fernández haciéndole la guerra al grupo Clarín, o negociando la paz con ellos? ¿Pensarlo atacando a las grandes corporaciones, o pactando una tregua beneficiosa “para todos” que brinde gobernabilidad? ¿Especular con Alberto haciendo lo posible para encarcelar a Macri o al contrario, dando “seguridad jurídica” a todos y todas (los denostados jueces pero también los empresarios de la “patria contratista”) a cambio del archivo de las causas contra Cristina? ¿Un Alberto presidente enfrentando al FMI o más bien acordando mejores condiciones para seguir siendo “pagadores seriales”?

Las respuestas realistas a estas preguntas explican también por qué pasados unos pocos días, al disiparse la polvareda del impacto inicial, se intuye cierta perplejidad con un dejo de tristeza entre la tropa que ya no celebra tanto el pretendido jaque mate y ha adoptado un gesto resignado, pero aún batallador. Porque, claro, lo principal es derrotar a Macri.

No obstante, en apenas una semana y adelantándose a los interrogantes retóricos aquí formulados, el candidato elegido por Cristina dejó definiciones preocupantes para quienes se empeñan en ver a una líder de izquierda en la ex Presidenta: primero fue la invitación a sumarse a otro “traidor”: el intento de seducir a Sergio Massa; enseguida, la respuesta en extremo mesurada frente a la legalización del aborto: “ir más despacio”. Casi de inmediato, la entrevista en la que renegó de la Ley de Medios Audiovisuales, por si fuera poco calificando a la comunicación como “un negocio” y no como un servicio público, y la apelación a terminar la guerra: “Dejen de disparar que conmigo la guerra se terminó”. En el medio, la no desmentida cena con Héctor Magnetto, el mandamás histórico del Grupo Clarín. Ahí nomás, la declaración sobre el FMI (“Hay que cumplir”, incluso con la deuda privada) y la divulgación de nombres de su equipo económico, que incluyen a Guillermo Nielsen, alguien que si bien formó parte del gobierno de Néstor Kirchner, fue también duro crítico de las gestiones de Cristina.

No ha habido hasta ahora reacciones públicas destacadas del kirchnerismo en relación con estas definiciones de Alberto Fernández. Definiciones que lo ponen más cerca de las perspectivas de Urtubey, Massa o el propio Macri que de las posturas sostenidas estos años por el extinto Frente para la Victoria, por Unidad Ciudadana, ahora Frente Patriótico o como se vaya a llamar de aquí en más. Sí hubo algunas justificaciones elaboradas desde adentro (como Verbitsky explicando que “para gobernar hace falta una coalición más amplia que para ganar la elección”). Pero solo ha salido a ponerle límites Graciana Peñafort, la abogada de la ex Presidenta en un par de causas y ex integrante de la AFSCA, el organismo que reemplazó al Comfer y que el macrismo disolvió para crear el Enacom. Peñafort le salió al cruce: “La comunicación no es negocio. Es un derecho humano fundamental”, le respondió por Twitter. Y añadió:  “Sé que en esto diferimos, pero más allá de esta discusión, te diría que los notifiques del fin de la guerra, porque para ellos la sigue y en estos días, te tiene a vos como rehén”.

¿Pidió permiso Peñafort para responder de esta manera? Más interrogantes: ¿Qué hará Cristina ante estas diferencias que, para muchos de sus seguidores, son de fondo? ¿Qué harán ellos y ellas ante esta acumulación de sapos a tragarse en tan pocos días? ¿Aceptarán todo lo que haga o diga Alberto? ¿Esperarán señales de Cristina para saber cuántos sapos más deberán engullir desde ahora? ¿O habrá una luz verde para protestar ante cada paso dudoso o decididamente insoportable del ungido?

¿Qué hará Cristina ante estas diferencias que, para muchos de sus seguidores, son de fondo? ¿Qué harán ellos y ellas ante esta acumulación de sapos a tragarse en tan pocos días? ¿Aceptarán todo lo que haga o diga Alberto?

Más allá de esas preguntas que pueden atormentar a una parte minoritaria del kirchnerismo, también se puede analizar que la jugada de Cristina es la mejor posible en un escenario en el que no todo es posible. Como alguna vez escribió Marx, los seres humanos eligen, pero no eligen las condiciones en las que actuarán. Y el escenario, al que Cristina contribuyó, indicaba que si no había modificaciones, la Argentina se encaminaba (quizás aun lo hace) a un cuatrienio muy árido: si cualquiera de los dos polos de la grieta termina imponiéndose en las elecciones, el panorama aparece como temible. No solo por el hecho de que cualquiera de ellos tendría a dos tercios de la sociedad en contra de entrada, sin esa “luna de miel” que suelen tener las gestiones que recién se inician, sino sobre todo por las severas dificultades de la economía: el dólar y la inflación imparables, vencimientos de deuda muy difíciles de afrontar, pérdida de productividad y empleos, y una sociedad que no parece tener más paciencia para ajustes.

Ese era el peor escenario en la mirada de Cristina porque se sabe que no hay populismo sin recursos. Algo había que cambiar. Y la jugada alteró el horizonte de posibilidades. Los signos de tranquilidad del dólar y la módica baja del riesgo país lo muestran: Alberto da garantías a los “mercados”, esa forma nominal que la prensa amable del establishment elige para referirse a los sectores dominantes de la sociedad argentina,  que hicieron negocios tanto con las dictaduras como con el menemismo, con el kirchnerismo como con el macrismo y están ya listos para hacerlos con Alberto.

Parece claro entonces que para el establishment, esta “genial jugada” es lo mejor que podía hacer Cristina después de los errores y los callejones sin salida a los que condujo a su propia gente en los últimos 12 años. Pero si se lo mira desapasionadamente también pareciera lo mejor para ella y, tal vez, la única jugada posible para habilitar algunas instancias que parecían impensables, por ejemplo:

– la habilita a mostrarse autocrítica sin haber hecho jamás un reconocimiento público de aquellos aspectos más negativos de su gobierno, los que su propio candidato calificó como “deplorables” (haberlo elegido es aceptar en los hechos que, al menos, ya no cree que hayan sido tan acertadas la 125, la pelea con “el campo”, el pacto con Irán, la presión sobre los medios –y no tanto la Ley–, la intromisión en la justicia, y demás cuestiones que precisamente motivaron el alejamiento de su gobierno de quien hoy es el candidato de Cristina…)

– le permite mostrar un gesto de grandeza ante las personas menos avispadas o “malpensadas”, sean o no sus seguidoras (el “renunciamiento”, aunque a cualquier persona informada le produzca vergüenza ajena la analogía con el histórico episodio protagonizado por Evita);

– le da chances de zafar de las causas judiciales (chances, no certeza: puede perder las elecciones, pero en ese caso sigue siendo senadora hasta 2026);

– ayuda a desactivar la tercera opción, o al menos debilitarla. Y no porque la decisión de poner a Alberto haya tenido como objetivo principal el de sumar votos, sino por otro fin que en parte se logró el mismo día: varios gobernadores que se suponían firmes en Alternativa Federal –ampliada con Lavagna y el socialismo, o no– ese mismo sábado cambiaron de bando: apenas conocida la noticia, Manzur, Bertone, Casas y Peppo, felicitaron a Alberto y se engancharon al nuevo tren.

Es cierto que el oficialismo se refuerza en un sentido: le alcanza con repetir hasta el hartazgo en sus medios adictos aquellos videos donde Alberto decía que el gobierno de Cristina era “deplorable”. La técnica 6-7-8. Porque, como dijo Lanata: “¿Cómo creer en un candidato que puteaba a su vice?”. (Pregunta que, por analogía, se le aplica también a él: “¿Cómo creerle a un periodista que escribe en el diario para el que juró que jamás trabajaría?”. Y así se puede seguir, aplicándola a casi toda la dirigencia política y socioeconómica del país). En cualquier caso, la técnica vale para todos: también están a mano los videos de Elisa Carrió diciendo que Macri es un delincuente, un contrabandista y de derecha. Claro que Carrió no es la candidata a presidenta de Macri ni él su vice. En ese juego, no parece que el gobierno pueda sumar, pese a la teoría duranbarbista de que son “los menos peores entre los males”.

Ahora ¿de verdad alguien cree que la postulación de Alberto es “el fin de la grieta” como dijeron algunos analistas? No parece. Las encuestas que se conocieron desmienten a los eufóricos pero también a Durá

n Barba, que ese sábado salió a decir que la movida no le suma a Cristina, sino le resta: muestran que la fórmula doble F tiene casi los mismos números que tenía Cristina, es decir que no mejora las chances del peronismo kirchnerista. Pero parece plausible suponer que sí le sumaría en la segunda vuelta: la mayoría de las personas que no quieren más a Macri en el gobierno sintieron alivio: desde aquel sábado tienen a quién votar en la segunda vuelta. Por eso la jugada es un reconocimiento de debilidad: es Menem en 2003 previniendo que no llega. Pero con la lucidez que Menem no tuvo de poner a alguien que le pague al FMI, no cuestione al mercado y haga el ajuste. Con rostro humano, pero ajuste al fin, que Cristina jamás haría. O –mejor no descartar nada– que quizás ahora cree que debe hacerse.

¿De verdad alguien cree que la postulación de Alberto es “el fin de la grieta” como dijeron algunos analistas? No parece. Las encuestas que se conocieron desmienten a los eufóricos pero también a Durán Barba.

Como sea, el corrimiento de Cristina afectó al macrismo, que de pronto perdió el principal espantajo que tenía para agitar. Aunque unos y otros quieran creer otra cosa, está claro que Fernández no es lo mismo que Fernández. Y no deja de ser paradójico: la noticia de que Cristina no será candidata a presidenta fue tan lamentada por macristas como festejada por kirchneristas. Singular aporía de la política argentina contemporánea.

Persiste un interrogante para el final: ¿acaso la movida de Cristina también la coloca a ella misma en posición de zugzwang? Lo dirá el tiempo.

Américo Schvartzman

Américo Schvartzman

Director de La Vanguardia. Licenciado en Filosofía. Periodista. Autor de "Deliberación o dependencia. Ambiente, licencia social y democracia deliberativa" (Prometeo 2013).

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