Dejar de ser para seguir siendo

El transhumanismo propone superar el dolor, la muerte y todas las limitaciones biológicas del ser humano a costa de dejar atrás al mismo ser humano y fusionarnos con la tecnología.

Todos vamos a morir. Algunos lo harán de viejos, en la comodidad de su casa y rodeados de afectos. Habrán vivido lo suficiente como para que la decadencia física y mental les impidan disfrutar esa casa y reconocer esos afectos. ¿Cuánto estamos dispuestos a hacer para escapar a ese destino de finitud y decadencia?

Hay quienes están dispuestos a sacrificar su condición humana con tal de no morir, ni sufrir, ni fallar. Son los transhumanistas, o simplemente +H, personas convencidas de que el cuerpo y la mente pueden mejorarse tecnológicamente hasta dejar atrás a su naturaleza. Seres como Zoltan Istvan, candidato presidencial norteamericano que propone en dejar de gastar dinero en rampas para discapacitados e invertirlo en exoesqueletos que les permitan moverse; como Dimitri Itskov, millonario ruso que invierte en escanear su mente para subirla a la nube y vivir allí para siempre; como Jason Xu, que protestó en la puerta de Google reclamándole a la corporación que “por favor, solucionara la muerte”.

Seres como Zoltan Istvan, candidato presidencial norteamericano que propone en dejar de gastar dinero en rampas para discapacitados e invertirlo en exoesqueletos que les permitan moverse.

Mark O’Connell es un escritor irlandés que describe el mundo y los sueños del transhumanismo en To be a Machine (Granta Books, 2017) . Bajo un formato de crónica que acentúa la humanidad del narrador, O’Connell presenta a los +H desde Suiza al desierto de Sonora, marcando distancia irónica pero también dejando ver sus dudas. En definitiva, todos nos sentimos imperfectos y frágiles en nuestros estuches de piel y grasa.

CONTRA NATURA

El transhumanismo, dice O’Connell es un movimiento de liberación: quiere emanciparnos de la naturaleza, de la existencia humana tal como nos es dada. Para ellos la “condición humana” es una condición médica: una larga y penosa enfermedad llamada “vida”, que nos limita y nos expone al dolor hasta terminar con nosotros. Es el alegato de Una carta a la Madre Naturaleza, que en 1999 firmó Max More, economista, filósofo, ex rosacruz, cabalista, libertario.

Nadie expresa tan radicalmente ese antinaturalismo como Tim Cannon, cofundador de Grindhouse Wetware, una compañía dedicada a “aumentar la humanidad usando tecnología open source”. Ex punk, ex Marine, ex alcohólico, “Tim the cyborg” soportó durante 90 días un dispositivo experimental implantado en su brazo para que la calefacción se regule según su temperatura corporal.  “Los humanos -dice Tim- somos monos con un hardware preparado para golpear cráneos en la Sabana africana pero no para vivir en el mundo en el que vivimos. Y las personas insisten en seguir siendo monos, el pensamiento mágico de lo natural como ‘auténtico’, la ilusión de que somos más que una bolsa de químicos”.

En un momento en el que la divulgación neurocientífica trafica la naturalización de la desigualdad social y el “derecho a la vida” es excusa para coartar otros derechos, el antinaturalismo +H es al menos atendible.

NO QUIEREN MORIR JAMÁS

Los transhumanistas tienen dos relatos de iniciación: o un libro revelador de ciencia (o ciencia ficción) o la proximidad de la muerte: Tim Cannon estuvo al borde del suicidio; Natasha Vita-More, editora del Transhumanist Reader, sufrió un embarazo ectópico; Zoltan Istvan, del Partido Transhumanista, casi pisa una mina olvidada en Vietnam; Laura Deming aún recuerda a su abuela incapaz ya de jugar con ella. Es la rebelión contra el ser-para-la-muerte lo que los motoriza.

El citado Max More gestiona junto a su esposa Natasha Vita-More la Alcor Life Extension Foundation, el centro de criopreservación más grande del mundo, con 117 “pacientes” vitrificados a la espera del día en que la tecnología permita su reanimación y transferencia a un cuerpo nuevo. Entre ellos hay deportistas, empresarios y el futurista iraní Fereidoun M. Esfandiary, autor Are You a Transhuman? y ex novio de Natasha.

Si bien no hay un solo científico en el mundo que esté dispuesto siquiera a discutir la idea de la criopreservación humana (que en Estados Unidos se practica desde 1966 y pese a que ya pudieron recuperarse células cerebrales de cerdos muertos), Alcor consiguió el respaldo del gurú lisérgico Timothy Leary (que a último momento traicionó a la causa y optó por que sus cenizas fueran disparadas a la estratósfera) y del gerontólogo inglés Aubrey de Grey. El negocio de éste, empero, no es suspender la vida sino aplazar la muerte.

Es la rebelión contra el ser-para-la-muerte lo que motoriza a los transhumanistas.

En 2010 de Grey dio una charla TEDx explicando que los cuerpos humanos son esencialmente máquinas que pueden repararse indefinidamente, “todo se trata de restaurar la estructura celular del cuerpo para mantenerlo en el estado de un adulto joven”. Todo cambió con la muerte de su madre al año siguiente: heredó 11 millones de libras en propiedades y las invirtió en Strategies for Engineered Negligible Senescence, una ONG que le ahorró unos cuantos impuestos. SENS comenzó con un modesto programa para extender 30 años la vida sana de una persona, pero SENS 2.0 ya se propuso la longevity escape velocity: prolongar la vida indefinidamente tratando a la vejez como una enfermedad curable.

También ninguneado por la comunidad científica, de Grey mudó su ONG a Silicon Valley en busca de un mejor clima de negocios. Allí Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google, crearon en 2014 la biotecnológica Calico, dedicada a combatir las enfermedades de la vejez. Peter Thiel, cofundador de Paypal y aportante de SENS, financia el Longevity Fund  de la niña prodigio neozelandesa Laura Deming para revertir el envejecimiento mezclando insulina con metformina.

Zoltan Itsvan prefirió llevar el asunto a la voluntad del pueblo: en 2014 se candidateó a presidente de los Estados Unidos y recorrió el país en un micro con forma de féretro para “sacudir el conformismo humano con la muerte. Estoy convencido de que el próximo debate sobre derechos civiles será sobre transhumanismo”. La vieja guardia +H lo recibió con frialdad y en 2018 Itsvan se presentó a gobernador de California por el Partido Libertario.

EN EL CUERPO EQUIVOCADO

Al igual que la comunidad transexual, los transhumanistas se sienten atrapados en el cuerpo equivocado, sólo que para ellos todos los cuerpos son equivocados. Los +H abogan por la “libertad morfológica” de adoptar cualquier soporte físico que la tecnología permita. O ninguno en absoluto: expandir su software cerebral hasta que no haya nada fuera de él y así pasear por el cosmos eternamente.

Anders Sandberg, luego de leer El principio antrópico cosmológico de Barrow y Tipler, concluyó que a) podemos y debemos expandirnos y controlar todo el universo, b) para ello, nuestra inteligencia debe pasar de procesar información a controlar la materia, y c) para ello, la mente debe ser existencia en sí, energía capaz de fundirse con la materia, ergo, emanciparse de estos cuerpos individuales que hoy la guardan.

Al igual que la comunidad transexual, los transhumanistas se sienten atrapados en el cuerpo equivocado, sólo que para ellos todos los cuerpos son equivocados.

Ese plan nos exige dejar atrás a estos excepcionales individuos que se supone que somos. Nuestra particularidad, nos consuela Sandberg, no es algo dado, sino una mera acumulación contingente. En su lugar, Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, nos propone la “Singularidad”: “la fusión entre nuestro pensamiento y la tecnología, resultando en un mundo aún humano pero que trasciende sus raíces biológicas”. Ese sería “el logro final del proyecto humano, una reivindicación definitiva de la cualidad que siempre nos distinguió como especie: el anhelo de trascender nuestras limitaciones físicas y mentales”, ya sin el lastre idiota del spleen, la envidia, la indignación, la búsqueda de status y tantas otras ideas de mierda que interfieren en nuestra creatividad e inteligencia.

MENTES SIN ROSTRO

A la hora de despreciar al cuerpo humano, los transhumanistas apelan a la “paradoja de Teseo”: si renovamos todas nuestras células cada 7 años, ¿se puede pensar que nuestra identidad reside en este saco de huesos? Claro que ese cálculo omite a las células cerebrales, que no se renuevan. O’Connell encuentra en la doctrina +H un paradójico materialismo platónico: entienden a la mente como una propiedad emergente de las cosas físicas pero creen que es posible separarla del cuerpo para salvarla.

El marco teórico de ese gnosticismo 4.0 son los desarrollos científicos en emulación cerebral. Desde que Anders Sandberg y Nick Bostrom publicaron en 2007 “Whole Brain Emulation: a Road Map”, muchos neurocientíficos adoptaron la premisa de que la actividad cerebral es un software que podría funcionar en cualquier soporte. Si pudimos hacer que la música suene igual en un CD, un MP3 o la nube de Spotify, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo con la mente?

Los transhumanistas apelan a la “paradoja de Teseo”: si renovamos todas nuestras células cada 7 años, ¿se puede pensar que nuestra identidad reside en este saco de huesos?

La mayoría de estas investigaciones se presentan ante la comunidad médica como herramientas de diagnosis y neuroprótesis. Pero casi todos sueñan en voz baja con poder escanear un cerebro, emular su mente, reescribirla, mejorarla y subirla a Dropbox. No por nada, detrás de estos desarrollos también están los dólares de Peter Thiel y su ex socio en PayPal, Bryan Johnson, un convencido de que “todo en la vida es un sistema operativo”.  Según Thiel, la computación involucra bits y procesos reversibles, y la biología involucra materia y procesos aparentemente irreversibles, ergo, en la medida en que la computación controle la materia, los procesos biológicos serán reversibles.

“El problema de la ‘conciencia’ -dice Ed Boyden, neurobiólogo del MIT Media Lab- es que no hay manera de testear si existe o no”. Para O’Connell, ese  ultrapositivismo +H repite el rulo dialéctico de concebir a la mente como máquina (Hobbes en 1655: “razonar es computar”) y luego a la máquina con mente (Turing en 1950: “hacia el fin de siglo hablaremos de máquinas pensantes”).

En “Brain metaphor and brain theory”, John Daugman afirma que la humanidad tiende a explicarse a sí misma mediante metáforas con la tecnología más avanzada de cada época. Eso es la quantified self transhumanista: la noción del ser como algo reducible a un conjunto de datos y estadísticas interpretables para generar más datos. Es el síntoma de una economía de la información que trafica cada vez más abstracciones sin cuerpo.

EL ENEMIGO INTERNO

El +H nos emancipa de la naturaleza sometiéndonos a la tecnología: su instrumentalismo implica que los seres humanos terminaremos desplazados por dispositivos más útiles y poderosos, porque ese es el destino de todos los dispositivos.

Ya en 1965, Irving John Good, compañero de Alan Turing y asesor de Kubrick en 2001, advirtió sobre la posibilidad de que una superinteligencia artificial se rebele contra nosotros y aconsejó que sea programada para ser dócil. En los últimos años las campañas contra la Inteligencia Artificial convocaron a las voces de Bill Gates, Elon Musk, Stephen Hawking y el omnipresente Thiel, además de Morgan Freeman y Alan Alda. Diversas universidades formaron centros de estudio y discusión sobre el tema.

Pocos piensan como Steve Wozniak de Apple que seremos las mascotas de los robots del futuro y nos tratarán con respeto y cariño porque somos sus dioses originales. Nate Soares, del Machine Intelligence Research Institute, no tiene dudas: la Inteligencia Artificial va a matarnos, es como si supiéramos que en 10 años van a invadirnos extraterrestres y no hagamos nada por evitarlo. Se invierten millones en desarrollar la IA y casi nadie se ocupa de la seguridad. Stuart Russell es más moderado: como el rey Midas, nuestro problema será la incapacidad de comunicar a las máquinas nuestros deseos de manera lógica. Es necesario que la IA aprenda a observar la conducta humana, sacar inferencias y jerarquizar acciones.

Nick Bostrom, físico y fundador de la Asociación Mundial Transhumanista, hoy distanciado, dice que no es que la IA vaya a ser hostil con nosotros sino que será indiferente hasta la crueldad, como lo fuimos nosotros con las otras especies. Su ejemplo favorito es que si le pedimos a una IA que maximice la producción de clips para papel probablemente reducirá todo el material útil del planeta a clips y destruirá el resto. La lógica de la IA, concluye O’Connell, es la del capital: quemar todos los recursos disponibles para reproducirse al máximo.

Nick Bostrom, físico y fundador de la Asociación Mundial Transhumanista, hoy distanciado, dice que no es que la Inteligencia Artificlal vaya a ser hostil con nosotros sino que será indiferente hasta la crueldad.

Entonces ¿qué hacer? Para Soares la mejor manera de evitar la aniquilación por parte de una superinteligencia artificial sería subsumirnos en la tecnología. Un pharmakon que remedia con la misma enfermedad, una comunión que nos redime.

DEJAR DE SER PARA SEGUIR SIENDO

La hipótesis fuerte de O’Connell es que el transhumanismo, rabiosamente ateo, es una religión: la criopreservación como limbo católico, la emulación cerebral como transmigración de las almas, la Singularidad como panteísmo, la tecnología como redención de la carne. “La ciencia es el nuevo Dios” dice Roen Horn, el escudero incel de Itsvan. Un capítulo entero de To de a machine está abocado a este encuentro, desde una ecumenica conferencia de transhumanismo religioso en Piedmont hasta Terasem, el movimiento espiritual de la CEO transexual Martine Rothblatt, que ofrece el upload de nuestras mentes a su nube.

La hipótesis fuerte de O’Connell es que el transhumanismo, rabiosamente ateo, es una religión: la criopreservación como limbo católico, la emulación cerebral como transmigración de las almas, la Singularidad como panteísmo, la tecnología como redención de la carne.

No es ningún mérito de O’Connell descubrir que todos los conceptos políticos modernos son conceptos teológicos secularizados. En definitiva, fue la vocación del siglo XVII por recuperar la inmortalidad y sabiduría adánicas perdidas lo que movió a personas como Francis Bacon hacia la investigación científica. Luego vendría el mecanicismo de Descartes, La Mettrie y d’Holbach, hasta llegar a los futuristas y el Yeats de Navegando a Bizancio. El transhumanismo atraviesa como un láser la historia de la modernidad. Y, como concluye O´Connell, quizás ya estemos viviendo el futuro que ellos proponen. Sólo habría que ponerlo a nuestro servicio.

Michael Goldblatt, director de la Oficina de Ciencias de Defensa de DARPA, dijo en 1999 que la “la próxima frontera está dentro de nosotros mismos”. DARPA es la agencia del Departamento de Defensa de Estados Unidos responsable del desarrollo de nuevas tecnologías militares a quienes les debemos, entre otras cosas, internet, PRISM y el exilio de Edward Snowden. ¿Cómo se posiciona el movimiento +H ante las políticas transhumanistas de facto de Google y el Departamento de Estado?

En Argentina la biohacker Melina Vicario ofrece costosos cursos de programación neurolingüística para mejorar nuestra productividad. En el otro extremo, Lepht Anonym en Cybernetics for the masses, propone un transhumanismo popular:  instalar nuestros propios dispositivos en nuestros propios cuerpos sin dejar que las corporaciones gobiernen la singularidad. Más moderado, James J.  Hughes, el bioético canadiense que en 2001 mapeó políticamente al +H, recomienda alejarse del liberalismo libertario para articular un “transhumanismo democrático” que proponga soluciones y bienestar para las mayorías. ¿Quién no quiere vivir mejor? ¿Qué discapacitado o enfermo terminal no puede dejar de soñar con mejorar su cuerpo? ¿Qué perdemos si el +H ya está en marcha en DARPA y Silicon Valley?

O’Connell observa una contradicción entre dos principios del capitalismo liberal: el individuo y la autosuperación, en un momento histórico en el que para superarnos quizás debamos dejar de ser individuos. De alguna manera, es la contradicción que define la transición del “siglo americano” al “siglo chino”. La utopía transhumanista, dice Berardi, es la distopía neoliberal. Sin embargo, también es posible un transhumanismo emancipador y subversivo inspirado en el Manifiesto cyborg de Donna Haraway: asumirnos post-humanos en contra de la sociedad que nos hizo post-humanos, ser lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

Alejandro Galliano

Alejandro Galliano

Licenciado en Historia y periodista. Es co-editor de Panamá Revista y colaborador de revista Crisis. Se desempeña como dibujante bajo el seudónimo de Bruno Bauer. En twitter es @bauerbrun.

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